RESEÑAS

Los hechos esenciales
rnde la historia contemporánea

Juan Pablo Fusi
Breve historia del mundo contemporáneo. Desde 1776 hasta hoy
Barcelona, Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, 2013
350 pp. 21 €

No podemos desconocerlo o permanecer al margen. Mucho más que una simple moda, más incluso que una poderosa corriente, es una exigencia de nuestro tiempo. Me refiero a la brevedad, a la síntesis, a la búsqueda de concisión en todos los órdenes de la vida, aunque ahora me ciño a la vida cultural e intelectual. El ensayo se convierte en artículo, las obras dramáticas en microteatro, las conferencias y discursos en titulares, y las informaciones de los medios en escuetos boletines o flashes, del mismo modo que la publicidad ha asumido desde hace tiempo que debe colocar su mensaje en los exiguos segundos de un spot (cuando no en una simple imagen) y las declaraciones campanudas o cualquier toma de posición se realizan en los ciento cuarenta caracteres de un tweet. Por supuesto que perviven formas o fórmulas tradicionales –si así puede llamárseles–, desde las novelas de mil páginas a las películas de tres horas o más, porque en esto, como casi en todos los aspectos de la vida, las tendencias no son uniformes ni afectan a todo en la misma proporción. En el terreno que nos ocupa, para no irnos por las ramas, las grandes obras de historia en varios volúmenes (Historia Universal o Historia de España) siguen teniendo un hueco en la producción editorial o en los estantes de las librerías, claro está. Pero se me concederá que se trata de un nicho cada vez menor y más problemático, al lado de las incomparablemente más numerosas y solicitadas obras de introducción, síntesis, resumen, bosquejo general o esquemático de las más diversas materias, siempre con una extensión tasada al detalle.

Los profesionales de otras disciplinas, o simples curiosos o interesados, quieren saber lo esencial y ponerse al día en determinados temas en cuestión de horas. Con razón se titulaba una popular colección de filosofía, aparecida recientemente, «Filósofos en 90 minutos», con ejemplares dedicados a Leibniz, Russell, Hegel, Foucault, Aristóteles, Wittgenstein y no sé cuantos otros. ¿Noventa?, diría alguno todavía. ¿Y no es posible en veinte, en un cuarto de hora? Bromas aparte, baste mencionar la proliferación del adjetivo «breve» acompañando cualquier sustantivo en los títulos de las novedades, para ponderar la importancia del proceso, paralelo al adelgazamiento del grosor de los volúmenes en papel para abaratar costes, aunque esto parece que quedará solventado por la pujante presencia del e-book como alternativa hegemónica en los próximos años. Sea como fuere, lo cierto es que el libro que nos aprestamos a comentar se inserta de modo natural en ese flujo, hasta el punto de que, por llevar, lleva hasta la etiqueta de «breve historia» en el frontispicio, como si su autor, Juan Pablo Fusi, hubiera asumido que así son los tiempos que corren. De hecho, su libro anterior, que tuvo una muy buena acogida crítica y de público, se titulaba, en la misma línea, Historia mínima de España (2012). Ahora, por tanto, parece que lo que toca es aplicar esa suerte de minimalismo o, para ser más exactos, ese mismo imperativo de brevedad y precisión, a la historia del mundo contemporáneo.

No vamos a cometer la ingenuidad de presentar a estas alturas al profesor Fusi, uno de los historiadores más conocidos y, sobre todo, reconocidos, en nuestro panorama académico, profesional e intelectual. Autor de una obra ingente –sobre el tema vasco, sobre los nacionalismos en general, sobre Franco y la historia española de los últimos siglos– es, además, un excelente divulgador y ha ocupado en los últimos años diversos cargos de responsabilidad en la administración cultural y educativa. Por tanto, más que hablar del autor, corresponde aquí hablar del libro que tenemos entre manos, un volumen que debe empezar a reseñarse acudiendo a los conceptos que, no por casualidad, fueron deslizados líneas arriba: imperativo, brevedad y precisión. Y ello es así porque conviene desde las primeras líneas despejar un posible equívoco: la concisión y el pequeño tamaño no son –no tienen por qué ser– sinónimos de divulgación. Este, como advierte el propio autor en el prólogo, no es exactamente un libro divulgativo. Sin que ello suponga, ni mucho menos, menospreciar esa tarea –lo explicita así el propio autor–, su objetivo ha sido otro y se inscribe en el marco de las dificultades que todos los historiadores encuentran al enfrentarse a los grandes acontecimientos de la historia contemporánea, y no digamos ya cuando tratan de abordar esta en su conjunto: la cantidad de información y de fuentes es tan descomunal que resulta literalmente inabarcable. No sólo el neófito, sino a veces hasta el propio especialista, corren el riesgo de perderse en ese piélago de datos, cifras, nombres, hechos, referencias, textos, leyes, informes, estadísticas y un larguísimo etcétera que hacen que la pretensión de dar cuenta cabal de todo sea, sencillamente, misión imposible.

Pero no queremos con todo ello limitarnos a señalar algo tan pedestre como que la selección debe imponerse como una cuestión imprescindible: eso es obvio. Además, hacen falta otras cosas. Entre ellas, como elemento primordial, un criterio firme, fundamentado, experto, que nos oriente en el bosque, que delimite los caminos principales de los senderos secundarios, que trace un mapa explicativo de esa realidad abigarrada, que encuentre un sentido –siquiera sea provisional– al conjunto de elementos heterogéneos que nos abruman, nos desconciertan, que casi nos aturden. La concisión, antes mencionada, puede traducirse así, en un nivel superior, como búsqueda de claridad y esta supone a su vez un imperativo de orden, de jerarquía. La precisión sólo adquiere sentido y consistencia sobre la base de que se distinga lo relevante de lo superfluo. Se aspira, de este modo, a llegar a lo esencial, descartando todo lo anecdótico o accidental, por reluciente y llamativo que pueda resultar a primera vista. No podemos a estas alturas ser tan ilusos como para aspirar a trazar unas leyes de la historia ni hablar de una «razón histórica». Como dice el propio Fusi, si acaso hubiera tal, sería «una razón inencontrable, perplejizante, fragmentada, situacional». Lo que hay en la historia, por el contrario, es «azar», «imprevisibilidad» y «circunstancia». Pero, con todo, pueden trazarse unas grandes líneas explicativas de lo que fue, aceptando naturalmente que las cosas podían haber sido de otro modo. Esa explicación coherente, breve, clara y precisa de lo que fue, de lo que ha sido el mundo contemporáneo desde 1776 hasta nuestros días, es el gran reto que asume Fusi en estas páginas.

Desde 1776, en efecto, es decir, desde la revolución norteamericana, y no desde 1789, con la revolución francesa. La opción que, como fácilmente puede barruntarse, es cualquier cosa menos casual, constituye más bien un elemento esencial para tomar la medida de cómo se concibe en estas páginas el devenir del mundo contemporáneo. Lo vamos a expresar sin ambages, con toda la rotundidad posible: se concibe como el penoso aunque progresivo desarrollo de la idea de libertad, y no tanto como el despliegue de otros ideales como la revolución, la transformación de las bases económicas o la liberación nacional. En este sentido, por ejemplo, decir que el autor no simpatiza con las distintas aspiraciones nacionalistas que se despliegan a lo largo de la edad contemporánea sería quedarse demasiado corto. Fusi argüiría que no se trata tanto de una opción política o ideológica como simplemente empírica: «el nacionalismo cristalizó como principal factor de desestabilización de la política europea» entre las últimas décadas del siglo XIX y las primeras del XX. Fue por ello el responsable directo o indirecto de las terribles conmociones de la primera mitad del siglo XX.

En otro orden de cosas, pero para seguir con el ramillete de planteamientos rechazados, no se encontrará en estas páginas simpatía alguna por las doctrinas radicales, maximalistas o revolucionarias. De hecho, lo que parece sugerirse es que las grandes revoluciones del mundo contemporáneo –que las hubo, y algunas muy positivas– fueron más bien silenciosas o, simplemente, transitaron por raíles muy distintos a los que soñaron los revolucionarios profesionales. Así sucedió con el cambio revolucionario que protagonizaron las mujeres, tanto desde el punto de vista social (su visibilidad y toma de responsabilidades) como político (derecho al sufragio). Otro tanto podría decirse del cambio de mentalidades en la esfera religiosa (laicismo), en la moral sexual (permisividad) o, todavía más claramente, en el surgimiento y desarrollo del llamado «Estado del bienestar». Así que, en conjunto, podría decirse que, para Fusi, la historia de los dos últimos siglos se caracteriza ante todo por el reconocimiento gradual de la tolerancia como mejor fórmula de convivencia, por la extensión a países cada vez más numerosos de una organización política de respeto a las libertades y, para expresarlo con una fórmula manida pero eficaz, por el triunfo de la democracia como forma ideal de gobierno –pese a todas sus imperfecciones– de un confín a otro del globo. El camino que conduce a estas constataciones y conquistas está, como bien puede imaginarse, empedrado de sufrimiento y miseria, de destrucciones masivas, catástrofes y horrores de todo tipo, de crueldad, ignominia y muerte hasta extremos casi inconcebibles.

No hay determinismo ni teleologismo en ese proceso ni, mucho menos, como antes dijimos, razón histórica digna de tal nombre. Las cosas fueron así, pero no como resultado de una necesidad superior ni unas supuestas leyes, sino por una conjunción de esfuerzos individuales y colectivos, circunstancias, fuerzas y tendencias sin control alguno y hasta –¿por qué no decirlo así, a falta de mejor nombre?– simples casualidades que en algún caso rozaron lo rocambolesco. No son pocas las ocasiones en que Fusi subraya que determinados hechos, incluso grandes acontecimientos, lejos de estar escritos, fueron resultado de una confluencia de factores aleatorios o caprichosos. El caso más conocido es el del estallido de la Gran Guerra –la Primera Guerra Mundial–, pero otro tanto podría decirse, por ejemplo, del proceso de independencia de la América hispana. Ello no quiere decir, sin embargo, que debamos sustituir la causalidad por la casualidad. Son varias también las ocasiones en que Fusi subraya explícitamente la presencia de fuerzas poderosas que empujaban las cosas en un determinado sentido. Así, al relatar la revoluciones de 1848, escribe que la «evolución hacia el Estado liberal no era un mero accidente histórico», para pasar inmediatamente a desgranar sus «causas profundas» (p. 71). Del mismo modo, al dar cuenta de los sucesos de 1989, consigna que el «fracaso del comunismo en la Unión Soviética y en la Europa del Este no fue, en modo alguno, el resultado de las circunstancias históricas» (p. 235).

Volviendo, por tanto, a lo que antes apuntábamos –ese triunfo relativo de la libertad y la democracia a comienzos del siglo XXI–, ¿cabría entonces decir que por vericuetos tortuosos hemos arribado a una especie de final feliz? No hay tal, porque aquí no se contempla ninguna estación término o fin de la historia, sino un continuum que puede dar un quiebro inesperado en cualquier momento: frente a las estimaciones eufóricas por las caídas de tantas dictaduras en el tramo final del siglo XX, advierte Fusi que el mundo en realidad «era ante todo, e iba a seguir siéndolo, una pluralidad de situaciones; y un mundo, además […], inestable y peligroso» (p. 239). Hasta las sociedades más prósperas y estabilizadas tienen que luchar día a día para preservar los bienes de los que hoy disfrutan. Sería muy cínico, por otra parte, ceder a cualquier tipo de satisfacción después de un siglo como el pasado, que presenta la ejecutoria más tenebrosa de matanzas en masa de toda la historia universal, llámense deportaciones, genocidios, holocaustos o limpiezas étnicas. Lejos, por tanto, de un optimismo simplón y complaciente, el historiador se limita con cautela y un cierto escepticismo a registrar los hechos y levantar acta de lo que hay, de cómo hemos llegado hasta aquí, felicitándose, como hemos dicho, de las conquistas positivas, pero sin bajar la guardia ante las amenazas de todo signo que siguen presentes en el mundo contemporáneo.

Porque, además, conviene no olvidarlo, si algo nos enseña la historia es que todo proceso –incluso el más positivo– suele tener su envés. Nadie puede minimizar la importancia de la revolución industrial en la conformación de un salto cualitativo trascendental en la historia contemporánea, pero dicha transformación de las bases económicas, sociales y, en último término, políticas, se hizo con un coste tremendo. Hasta en una sociedad como la norteamericana, que se libró de las convulsiones atroces que sufrió gran parte de Europa a mediados del siglo XX, la independencia y la abolición de la esclavitud fueron el resultado final de sendos conflictos bélicos que costaron cientos de miles de vidas. Sin necesidad ahora de mencionar los costes revolucionarios (la revolución francesa como paradigma), las numerosísimas guerras civiles (casi podría decirse que fueron excepcionales los países que no las sufrieron), la trastienda de los sueños imperiales y el peaje de la expansión colonial, hasta las grandes ideas y los avances incuestionables aparecen como procesos contradictorios y frustrantes. «El triunfo del liberalismo fue, en todo caso, un proceso complejo y en muchos sentidos, decepcionante», escribe, por ejemplo, Fusi (p. 72). Y la afirmación o el juicio podían hacerse extensivos a otros ámbitos y otros períodos. No resulta casual, en este sentido, que nos encontremos que precisamente cuando Europa arriba a su edad de oro, la Belle Époque (1870-1914, grosso modo), se empeñe con un entusiasmo digno de mejor causa en una guerra de proporciones hasta entonces desconocidas, que hizo trizas los ideales de cultura y civilización que constituían el orgullo del Viejo Continente.

Un paso más en esa interpretación nos mostraría que, dejando aparte los costes o tributos de cualquier proceso, el hombre –tanto a escala individual como colectiva– parece reaccionar a su propio éxito con la insatisfacción, el vacío o aun la eclosión de impulsos autodestructivos, como si fuese incapaz de asumir y, mucho menos, celebrar sus grandes logros. El llamado «malestar de la modernidad» surge precisamente cuando la civilización occidental consigue, tras larguísimos siglos de oscuridad y miseria, hacer realidad una convivencia en libertad sobre unas bases de prosperidad desconocidas en su largo tránsito histórico. Schopenhauer o Nietzsche surgen precisamente cuando la sociedad decimonónica ha hecho realidad la mayor parte de sus ideales, incluso mucho más allá de lo que hubiera podido soñar el más iluso u optimista de los europeos a las alturas de 1800. El irracionalismo, respuesta pendular al imperio del positivismo, se convierte en una alternativa peligrosa al aliarse con el darwinismo social, el racismo, la crisis económica, la transmutación de valores y el miedo a la libertad. Más allá de su conceptuación en las ciencias físicas, la incertidumbre se convierte en el principio que informa a las sociedades avanzadas de los primeros compases del siglo XX. La «nueva modernidad –escribe Fusi– es incertidumbre, caos, dislocación, pesimismo, desilusión y sorpresa» (p. 116). El hombre del siglo XX toma conciencia clara de que su vida, por decirlo con la célebre formulación de Ortega, es «sustancialmente más problemática». No es extraño que, después de la descripción de ese panorama cultural, el título del capítulo siguiente nos enfrente directamente al abismo: «Laboratorio de destrucción». Y aun así, lo peor estaba por venir, aunque llegó rápidamente: «La Segunda Guerra Mundial –sesenta millones de muertos, el Holocausto judío, Auschwitz, Hiroshima–, pese a ser en buena medida una guerra justa, ahondó todavía más el malestar del siglo XX» (p. 189).

Desde el punto de vista histórico, una de las consecuencias fundamentales de la Segunda Guerra Mundial fue la ratificación definitiva del «declinar de Europa». La cuestión es importante desde el punto de vista de la organización y estructura de la obra que comentamos, pues le permite a Fusi fundamentar sólidamente su visión del mundo contemporáneo como la era de esplendor del Viejo Continente hasta ese momento histórico. Hasta llegar a ese capítulo 30 –y son treinta y cinco los capítulos del volumen– el predominio europeo y americano (lo que llamamos básicamente la «civilización occidental») ha sido abrumador. La segunda mitad del siglo XX nos muestra un mundo sustancialmente distinto en el que Europa y, sobre todo, las grandes potencias de la Europa Occidental, pierden no sólo su capacidad de imposición –aún conservan, aunque disminuida, su influencia– sino, sobre todo, su diseño geopolítico del mundo: «el eje del orden mundial –escribe Fusi– no era ya, después de 1945, un eje europeo». Queda como gran aportación europea (y estadounidense) del momento el surgimiento en las décadas siguientes de la llamada «sociedad del bienestar». Y queda también el triunfo en todo el mundo (desde la Europa Oriental a los países de otros continentes) de valores y principios que habían sido consustanciales al éxito europeo: libertad, tolerancia, derechos humanos, democracia, alternancia pacífica. No obstante, como antes adelantábamos, el autor previene ante una visión complaciente o simplemente prematura de unos procesos complejos que están lejos de cristalizar en realidades satisfactorias. No ya porque en este aparente triunfo de la democracia como ideal haya «mucho de espejismo», sino, sobre todo, porque el mundo sigue siendo, para «al menos la tercera parte de la población mundial», un lugar inhóspito de «subdesarrollo y miseria», cuando no de «genocidios, hambre, sequía, epidemias, inundaciones calamitosas, guerras civiles, choques étnicos, refugiados, migraciones masivas, guerrilla» (p. 249).

Pudiera dar la impresión, por el tono y los asuntos comentados en esta reseña, que Fusi ha escrito un libro básicamente interpretativo, tipo ensayo para apremiar y entendernos. No hay tal. Conviene enfatizar que, del mismo modo que se dijo al principio que no es un libro propiamente divulgativo, tampoco es un ensayo sobre el mundo contemporáneo. Se trata de una síntesis histórica, con todo lo que ello comporta. Quiero decir que atiende en primer y fundamental término a los acontecimientos, a los datos concretos. Parafraseando el célebre dictamen de determinadas corrientes filosóficas, como el positivismo o la fenomenología, Fusi procura ir siempre a las cosas mismas, atenerse a los hechos precisos. Las interpretaciones son escuetas y se limitan casi a lo imprescindible. Apenas hay valoraciones personales propiamente dichas, más allá, claro está, de la inevitable valoración implícita en el enfoque del autor, que ha de elegir como significativos determinados asuntos sobre otros. Aquí, desde luego, no podemos desconocer que se abre un flanco a la crítica, pues no faltará quien catalogue la óptica de Fusi de conservadora o tradicional, en dos sentidos diferentes pero complementarios: por un lado, una poco o nada escondida perspectiva eurocéntrica, que hace de la llamada civilización occidental el punto de referencia privilegiado prácticamente a lo largo de todo el recorrido histórico; en segundo lugar, el predominio absoluto de la historia política entendida en su vertiente más clásica, por encima de otros enfoques alternativos (historia económica, social, cultural, de las mentalidades, etc.), que quedan relegados a una función complementaria de la anterior. Conste claramente que quien esto firma no suscribiría tanto la primera de esas objeciones como la segunda (y aun ello muy matizadamente).

Por lo demás, debe subrayarse que se trata de un libro con una fuerte carga empírica, quizás incluso excesiva para todo aquel que se acerque sin un conocimiento previo de la historia contemporánea, pues corre el riesgo de perderse en la maraña de datos, fechas y nombres. Las ayudas que puede hallar en este aspecto son tan austeras como lo es en su conjunto el propio volumen: una cartografía muy elemental (ocho mapas, para ser exactos), una breve relación cronológica y una sucinta bibliografía por orden alfabético, sin apartados temáticos ni comentario alguno. Volviendo a las consideraciones iniciales, lo que Fusi ha procurado realizar aquí es una síntesis, no en el sentido impreciso o introductorio de bosquejo o apunte, sino todo lo contrario, como tentativa de ir «a la esencia misma de los hechos históricos». Pese a su brevedad, por tanto, conviene no engañarse: no es exactamente un libro fácil. Otra cosa muy distinta es la siempre opinable cuestión de hasta qué punto era necesaria tanta concisión para dar cuenta de tantos y tan complejos hechos a lo largo de más de dos siglos de un rincón a otro del globo y si, con ello, inevitablemente, la síntesis no incurre en una cierta simplificación o en apreciaciones sumarias que, a buen seguro, hubieran podido quedar más y mejor matizadas en un contexto menos encorsetado. En cualquier caso, como digo, esas son cuestiones siempre abiertas; al fin y al cabo, no hay opción que no tenga su contrapartida. Lo cierto, por atenernos nosotros también a los hechos mismos, es que, teniendo en cuenta esas distintas opciones, Fusi ha elegido una determinada vía y ha elaborado un tipo de obra más ambiciosa de lo que a primera vista parece. Y, en fin, lo que es más importante, ha culminado su empresa con acierto y eficacia. Y para terminar, un apunte anecdótico: no deja de resultar paradójico que, en un mundo tan complejo y cambiante, la referencia final que se haga en el libro sea precisamente a Keynes, y a su diagnóstico de hace casi un siglo (1926), para caracterizar los grandes desafíos a los que hoy día se enfrenta la humanidad.

Rafael Núñez Florencio es Doctor en Historia y profesor de Filosofía. Sus últimos libros son Sol y sangre. La imagen de España en el mundo (Madrid, Espasa, 2001), Con la salsa de su hambre: los extranjeros ante la mesa hispana (Madrid, Alianza, 2004) y El peso del pesimismo: del 98 al desencanto (Madrid, Marcial Pons, 2010).

18/11/2013

 
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