RESEÑAS

El arte de contarlo todo

Alan Hollinghurst
El hijo del desconocido
Barcelona, Anagrama, 2013
Trad. de Francisco Pardo
600 pp. 25,90 €

A este magnífico novelista inglés nacido en 1954 le gusta jugar traviesamente con la Historia, con las identidades sexuales, con la literatura, sin dejar nunca de ser él mismo en lo mejor y en lo peor; lo peor también aflora en El hijo del desconocido, lo que no impide que la lectura del libro sea fundamentalmente placentera. Lo peor de Hollinghurst está entreverado con lo mejor, como les pasa a muchos artistas; en su caso, la pega es que su aguda mirada se detiene a menudo demasiado en lo que contempla, su oído, que es finísimo, no deja nunca de escuchar, por trivial que sea lo que sus personajes dicen, y su dotada mano no perdona una filigrana. Todo ese exceso sensorial y palabrero llena una estructura siempre de gran refinamiento, y que en El hijo del desconocido alcanza una maestría en el transcurso de los casi cien años que cubre el arco de la novela, desde 1913 a 2008.

Los juegos literarios de Hollinghurst nunca son caprichosos; tienen un correlato que ayuda a la trama de cada novela y la hace más elocuente. En su primera obra, La biblioteca de la piscina, el referente era el formidable decadente Ronald Firbank; en La línea de la belleza, Henry James, sobre cuya obra el protagonista escribía una tesis que acaba filtrándose en su vida; y en la que aquí comentamos, poblada de nombres verdaderos de escritores de los siglos XIX y XX, quien constituye el eje es el imaginario Cecil Valance, autor de un poema mediocre pero histórico, «Dos acres», que tiene ecos de «La vieja vicaría, Grantchester», publicado en 1912, tres años antes de morir en el frente, por Rupert Brooke, figura que obviamente inspira al novelista para delinear su personaje de Valance.

La novela empieza en época eduardiana y suena eduardiana desde el principio; al igual que Thomas Hardy, Hollinghurst se recrea en la narración morosa, aunque más parece acercarse a otro modelo del primer tercio del siglo XX, la gran Ivy Compton-Burnett, en la meticulosa transcripción de los diálogos de la aristocracia y alta burguesía retratadas en ese primer capítulo de más de cien páginas. Pero lo que podría entenderse como una estratagema brillante para reflejar, mimetizando sus modismos, el espíritu de una época y una clase social, no desaparece en las siguientes cuatro partes de El hijo del desconocido, que alternan pasajes de fascinante peripecia con un a veces tedioso detallismo ambiental y el reguero de conversaciones inacabables.

El extenso libro se sostiene sobre dos personajes que lo atraviesan de principio a fin, uno vivo hasta la longevidad y el otro prematuramente fallecido. El vivo, y resulta vivísimo en el trazo que le da el autor, es Daphne Sawle, la muchacha adolescente que se queda prendada de Cecil, el amigo íntimo y compañero universitario en Cambridge de su hermano George, a lo largo de un fin de semana campestre con el que arranca la novela. Daphne ignora la verdadera relación que une a los dos amigos, homoerótica, pero en razón del poema, el después celebérrimo «Dos acres», que Cecil le dedica de su puño y letra y con palabras tiernas en el cuaderno de autógrafos de la muchacha, esta se ilusiona, hasta que la Primera Guerra Mundial le quita al objeto de sus ensoñaciones.

Cecil, que muere en combate, no desaparece de la memoria de sus contemporáneos más próximos ni de la novela; su presencia ausente constituye el gran acierto de ideación de Hollinghurst, quien compone sugestivamente varias escenas en la capilla donde una estatua funeraria del fallecido se convierte en lugar de peregrinación, de fantasía erótica, de revelación. El enigma gradualmente –pero nunca del todo– desvelado de la corta vida de Cecil Valance, mantiene el interés creciente del relato, y asimismo mantiene ocupados a una galería de personajes posteriores a él que no se lo pueden quitar de la cabeza: biógrafos, reseñistas de The Times Literary Supplement, libreros, enamorados o pretendientes suyos de ambos sexos. Y la idea, de fondo «jamesiano», de cómo el arte tenido por sublime esconde a menudo una baja estofa, domina El hijo del desconocido hasta su desenlace, que es desolador y memorable; de lo mejor que ha escrito su autor.

Es imposible al reseñar una novela de Hollinghurst obviar el componente homosexual que tienen todas las suyas, en mayor o menor grado. En esta última permea cada una de sus páginas, pero sin detenerse, como en alguna de las anteriores, en la pornografía blanda. Más que escenas de titilación, aunque las tiene (es estupenda en la primera parte, por pastoril y sinvergüenza, la de Cecil y George holgando en la poza de un riachuelo mientras Daphne avanza por la espesura dejando ver su pamela), El hijo del desconocido propone una metáfora recurrente sobre la homosexualidad o, mejor dicho, sobre el progreso y cambio que esta manera de amar experimentó en Gran Bretaña desde la época augusta y subrepticia en que se llamaba Uranismo hasta hoy, en que lo gay, por no hablar de lo queer, tienen una carta de naturaleza muy visible. El capítulo en que esto queda de manifiesto con mejor arte es el tercero, subtitulado «¡Mantened el rumbo, muchachos!», quizá, junto con las casi cien páginas finales, lo más excelente del libro. Se ve ahí un ejemplo de cómo armonizar la pequeña historia del lenguaje de los sentimientos con la pesada voz maquinal de la costumbre y la ley.

La traducción de Francisco Pardo es destacable, modulando una prosa que sufre variaciones lógicas. Sorprende por ello que cometa el mínimo error de traducir road por carretera cuando está hablando (en la página 461) de una calle, que también puede ser una road, claro, de Oxford, situada entre los muy céntricos colleges de Balliol y Exeter.

Vicente Molina Foix es escritor y cineasta. Sus últimos libros son El hombre que vendió su propia cama (Barcelona, Anagrama, 2011), La musa furtiva. Poesía, 1967-2012 (Sevilla, Fundación José Manuel Lara, 2013) y, con Luis Cremades, El invitado amargo (Barcelona, Anagrama, 2014).

03/02/2014

 
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