Los dos sistemas

por Julio Aramberri

Es fama que Deng Xiaoping, el verdadero fundador de la Nueva China, era un político archipragmático. Una virtud básica de los políticos pragmáticos es la búsqueda de soluciones perentorias para todo tipo de problemas, sin detenerse demasiado en averiguar si funcionarán más allá del corto plazo. Pero, como nada dura eternamente, a menudo conviene no dejarse paralizar por los principios y salir de un paso embarazoso como mejor se pueda. Ya habrá tiempo de imaginar nuevas soluciones cuando las circunstancias cambien y se haga necesario modificar la decisión inicial, sólo coyunturalmente satisfactoria. Entre tanto, se va tirando. Con la célebre expresión de Bert Lance, el director de presupuestos del presidente Carter, «If it ain’t broke, don’t fix it» («Si no se ha roto, no lo arregle»).

A Deng le acuciaba en los años ochenta aventurar una fórmula estratégica para llegar a la unificación de China que, al tiempo, hiciese felices a todas las partes a las que pugnaba por integrar en el país o, al menos, no causase mayor desazón entre ellas. Y no era fácil. En aquellos momentos, China sólo estaba formada por lo que, con una expresión no demasiado afortunada, suele llamarse mainland China o China continental. Fuera de ella estaban dos pequeños enclaves administrados por potencias coloniales (Macao por Portugal y Hong Kong por Gran Bretaña), además de Taiwán. En 1945, al final de la Segunda Guerra Mundial, Japón rindió esta última isla (conocida entonces entre nosotros como Formosa, el nombre que le habían dado los portugueses) a la República de China, a la sazón representada por el gobierno nacionalista del Kuomintang. En Taiwán se refugiaron Chiang Kai-shek y sus aliados tras la victoria comunista en 1949. Con su sola existencia, Taiwán seguía recordando que la guerra civil entre los chinos no había terminado.

Al tiempo, ninguno de esos territorios podía tener un acomodo fácil en la utopía agraria y colectivista que trataban de imponer los maoístas bajo las etiquetas de economía socialista y dictadura del proletariado. Todos ellos, cada cual a su manera, podían ser definidos como economías capitalistas y como sociedades abiertas, aunque sólo con calzador para lo último en el caso de Macao.

Así que Deng optó por subrayar la común herencia china, olvidarse de imponer a todos la solución triunfante en la China Popular y adoptar la máxima de un país, dos sistemas (en pinyin, yīguóliǎngzhi) con uno de esos lemas que tanta importancia tienen en el uso político del mandarín y que condensan en un simple par de expresiones bisilábicas de ritmo particular (dos por dos en este caso) un significado complejoPara los interesados, un excelente libro sobre el tema de Perry Link, An Anatomy of Chinese. Rhythm, Metaphor, Politics, Cambridge y Londres, Harvard University Press, 2013, ilustra cumplidamente el tropo y es de lectura obligatoria.. En resumidas cuentas, lo que Deng proponía como la mejor fórmula para la reunificación era el derecho a que cada uno de los invitados mantuviese sus instituciones idiosincrásicas: «Si ustedes quieren seguir adelante con su capitalismo, bienvenidos sean. Nosotros, que creemos que el socialismo es mejor, vamos a concederles amplio tiempo para que se lo piensen. Entretanto garantizamos la coexistencia pacífica de ambos sistemas».

Casino, Macao

La fórmula jurídica para lograrlo era la oferta de convertir a Macao y a Hong Kong en Regiones Administrativas Especiales (SAR por sus siglas en inglés, generalmente utilizadas) y dotadas de un régimen legal distinto del de la China continental. Cada una de ellas tendría su propia Ley Básica, una Constitución otorgada por el Gobierno central, que garantizaba una sedicente separación de poderes (con una cámara legislativa parcialmente designada por Pekín y parcialmente elegida por elecciones indirectas; un ejecutivo cuya cabeza ha de contar con la confianza de la capital; y una judicatura regida por sus propias normas de raíz portuguesa en el caso de Macau y británica en el de Hong Kong). Por supuesto, no son Estados soberanos, pues tanto el Gobierno británico como el portugués transfirieron la suya a la República Popular en 1997 y 1999, respectivamente, pero ambas SAR tienen algunas atribuciones internacionales y militares propias.

¿Podrá China, ya convertida en un solo sistema económico a partir de las reformas de 1978-1979, acomodar en su sistema político totalitario a la sociedad abierta que prefieren muchos habitantes de Hong Kong y de Macao?

El sino y el casino

Fue en agosto de 2001 cuando visité Macao por primera vez. La ocasión era una conferencia sobre desarrollo turístico y los organizadores nos habían alojado en el Hotel Lisboa, que, a la sazón, pasaba por ser el mejor de la ciudad. Construido en 1970, estuvo inicialmente compuesto por una torre de doce pisos y un edificio más bajo en el que se ubicaba un casino; luego el conjunto fue ampliándose con nuevas adiciones. Las habitaciones habían conocido mejores días y pedían a voces un lavado de cara. Si algo parecía apuntar hacia el siglo recién entrado era un casino que se estrenaba con la segmentación, hoy triunfante, entre los amplios espacios donde el perraje se deja los cuartos en cantidades homeopáticas (apuesta mínima: un centavo de dólar) y las salas VIP reservadas a gente de posibles babilónicos con apuestas máximas de trescientos mil dólares o dos millones y medio de patacas (la pataca es la moneda local, con un cambio en torno a ocho a uno con respecto al dólar estadounidense).

El casino del Lisboa mantenía aún un aire lúgubre, como de refectorio conventual, que remitía a otros tiempos: a los fumaderos de opio y a los garitos del enclave internacional y la concesión francesa en el Shanghái de los años treinta. El liderazgo de la modernidad naciente estaba en otras manos: las de las chicas del teléfono móvil. Las tiendas y los restaurantes de medio pelo que atendían en el sótano del Lisboa las necesidades de una clientela provinciana de hombres de negocios de Hong Kong o Singapur rebosaban de mujeres jóvenes, delgadas, bien vestidas y maquilladas, en su mayoría de buen ver. Como la Santa Compaña, deambulaban sin tregua por aquellos pasillos cavernosos hasta dar con algún as del naipe dispuesto a compartir con ellas sus ganancias recientes e inesperadas. Pero algunas se decantaban ya por una estrategia diferente y repartían tarjetas con su nombre y su número de teléfono móvil.

En la conferencia a la que me habían invitado, como suele ser habitual, los académicos no dábamos una. Todo el mundo en Macao sabía que el escenario del turismo local estaba por cambiar. Macao se convirtió en colonia portuguesa en 1557, a cambio de un tributo anual de diecinueve kilos de plata; fue el primer puerto cedido a los occidentales en el Asia oriental, pero ya en el siglo XIX los portugueses se convencieron de que Macao nunca podría ser un competidor serio de Hong Kong y de que la pesca a que se dedicaba la mayor parte de la población local sólo dejaría unas cuantas raspas para repartir.

Fue entonces, en 1847, cuando Isidoro Francisco Guimarães, el gobernador de la plaza, empezó a conceder licencias a pequeños empresarios chinos para organizar casas de apuestas de fantan (un juego local) y así ocupar lo que los expertos en marketing llaman hoy un nicho: el del juego. Seguramente, el personaje se habría dado una vuelta por el Baden-Baden o el Homburg de la época y habría visto las ventajas económicas de legalizar el vicio. En 1937, los portugueses reorganizaron y centralizaron el sistema para convertirlo en un monopolio, y en 1962 se lo entregaron a la Sociedade de Turismo e Diversões de Macao, una corporación dominada por Stanley Ho, quien fuera el rey de los casinos hasta finales de 2001Ho cumplió noventa y cinco años en 2016. Ha estado casado cuatro veces y tiene diecisiete hijos. En 2011, la revista Forbes estimó su patrimonio en dos millardos de dólares. Aunque consiguió el monopolio de los casinos macaneses en 1962, Ho mantenía buenas relaciones con los comunistas chinos, que respetaron los términos de la concesión portuguesa cuando Macao volvió a la soberanía china en 1999..

En 2002 –y éste era el punto de la discusión académica a la que me refería arriba–, Ho iba a perder su monopolio y posiblemente eso afectaría al futuro del turismo en Macao. Mis colegas académicos que suelen compartir mayoritariamente las ilusiones del progresismo posmoderno daban vueltas y más vueltas para aprovechar la ocasión y proponer que la industria local se reestructurase sobre bases distintas al juego. Confundían las moquetas ajadas y polvorientas del Hotel Lisboa con el futuro y, por supuesto, hacían como si las chicas del móvil no existieran.

Sus preferencias apuntaban a la identidad. Si nadie sabe muy bien qué significa eso, en Macao la cosa era aún más endemoniada. Macao había sido chino en los tiempos imperiales, cuando a menudo la autoridad central desaparecía durante largos períodos; hablaba en un dialecto cantonés; había sido entregado a Portugal; era sede episcopal en tierras de infieles; en 1622 había rechazado un ataque de los herejes holandeses gracias a los esclavos animistas traídos de África por los católicos portugueses; se había extendido desde la minúscula península inicial a dos isletas adyacentes (Taipa y Coloane) al calor de las guerras del opio; había visto a Portugal obtener una concesión perpetua del territorio; y, en fin, había disfrutado de una neutralidad sui generis durante la Segunda Guerra Mundial.

Llevados por su natural querencia, los académicos posmodernos se afanaban en defender un producto turístico basado en la identidad local negociada (un añadido que en nada menguaba la confusión del sintagma previo): a la postre, se componía de poco más que de un par de entelequias insípidas. Una, la gastronomía macanesa, una fusión tan fugaz como escurridiza entre la cocina local (¿cuál: la cantonesa, la chiu-chow, la fujianesa, por ventura las de Hunan o Sichuán?) y la portuguesa. Otra, una tautológica diversidad cultural legada por quienes coincidieron durante un tiempo en ese punto geográfico del planeta. Todo bastante endeble.

En 2013 el juego generó en Macao cuarenta y cinco millardos de dólares, en comparación con los dos millardos y medio de 2002

En cualquier caso, el turismo se disparó en Macao como un cohete espacial a partir de 1999. En 2002 llegaron ya al territorio once millones y medio de visitantes internacionales; en 2013 superaban los veintinueve. Los ingresos por turismo, que en 2002 se cifraban en torno a los dos millardos de dólares estadounidenses, subieron a cincuenta y dos en 2013, situando a Macao en la quinta posición mundial. Macao batía en ingresos por turista a todos los destinos importantes del mundo, con excepción de Australia En 2013, el 90% de los visitantes de Macao provenían de la China continental (64%), Hong Kong (22%) y Taiwán (4%), es decir, del área de lo que podríamos llamar la Gran China. Por lo que hace a la economía local, la contribución directa (gastos domésticos e internacionales, públicos y privados) e indirecta (inversiones públicas y privadas) del turismo en Macao, se estima que ascendió al 71,2% del PIB en 2015 y que ascenderá al 82,4% en 2026.

Todo lo cual lleva a subrayar la vacuidad de las propuestas biempensantes para el desarrollo sostenible del turismo en Macao. Ateniéndose tan solo a los números, podría pensarse que la diversidad cultural, su identidad negociada y otras sansiroladas antropodérmicas han contribuido a ese ascenso espectacular, pero nada hay tan lejos de la realidad. ¿Qué buscan los turistas en Macao?

El producto señero es el juego. Se argüirá, con razón, que ya estaba presente cuando se acabó el monopolio que Stanley Ho ostentaba en 2001, pero a partir de 2002 empezaron a operar en Macao dos fuerzas nuevas. Por el lado de la oferta, desembarcaron en la ciudad las grandes compañías que habían llevado al triunfo a Las Vegas y tenían una noción más moderna y competitiva del negocio. Primero se asentaron en la península, justo al lado del Lisboa, que se vio obligado a acometer una fenomenal renovación interna. La compañía de Ho lo complementó en 2008 con un nuevo edificio, el Grand Lisboa, en forma de flor de loto (261 metros de alto, 52 pisos, 430 suites, varios pisos de apuestas VIP). Luego se colocaron otros muchos en Cotai Strip, los terrenos ganados al mar que han convertido a las islas de Taipa y Coloane en una sola. Hoy hay veintiocho casinosLos hay de todo tipo, desde los de escaso aforo ubicados en algunos hoteles pequeños, hasta los espectaculares Sands Cotai Casino (del grupo Las Vegas Sands Co., que preside Sheldon Adelson), con una superficie de unas dos hectáreas, y Wynn Resort Casino Macau, con 1,9 hectáreas. que, además de las salas de juego, albergan, como en Las Vegas, centros comerciales de lujo, restaurantes plagados de estrellas Michelin y galerías de arte en las que entretienen su tiempo de ocio y se gastan enormes cantidades de dinero las familias de los yúnxiāo fēichē, los ases del naipe. La superficie total de los casinos de Macao está por encima de las veintidós hectáreas, que albergan unas tres mil quinientas mesas de juego y ocho mil setecientas máquinas tragaperras.

Por su parte, en 2002 el Gobierno chino comenzó a liberalizar las visitas a Macao y el número de viajeros subió como la espuma. Ya se ha dicho. Lo que se conoce menos son las cifras. Según un estudio de la Universidad de Nevada en Las Vegas, en 2013 el juego generó en Macao cuarenta y cinco millardos de dólares, en comparación con los dos millardos y medio de 2002. En 2013, Las Vegas Strip (la mayor aglomeración de casinos en el área metropolitana de esa ciudad de Nevada) no llegó a los seis millardos.

Parece que Xi Jinping hubiese participado en mi conferencia macanesa de 2001. En 2014, el presidente chino visitó la ciudad y animó a su Gobierno a adoptar «una perspectiva global, nacional y de futuro», diversificando su economía y limpiando la gestión de los casinos. De paso, advertía de los peligros de dejarse seducir «por fuerzas extranjeras» y no había que hacer un gran esfuerzo de imaginación para saber cuáles eran. Xi quería una lucha abierta contra la corrupción, especialmente en ese destino que tan atractivo resultaba para los turistas chinos. Ya antes de su visita, la campaña desencadenada en 2013 había tenido un fuerte impacto sobre las ganancias de los casinos en 2014 y, al rebufo, sobre los ingresos fiscales del gobierno y la economía local. 2014 cerró con la primera caída de ingresos por juego (-2,6% respecto a 2013) desde 2002, cuando decayó el monopolio de Stanley Ho. En 2015 la recaudación fue un 30% menor que en el ya pésimo 2014. Y el temporal descargaba justo cuando varias grandes empresas tenían planes para invertir alrededor de veinte millardos de dólares en nuevas instalaciones.

Esa mala racha se vio acompañada de una fuerte represión de actividades ilegales nacidas en torno a la industria del juego. Los medios locales hablaban de un aumento del crimen y de la prostitución, pero a Pekín le preocupaba más la imagen del Partido Comunista. Había que frenar las noticias de jerarcas del neomandarinato apostando en las salas VIP con dinero de los contribuyentes. Alguno había llegado a perder tres millones de dólares en una semana. En 2014 se prohibió a los casinos aceptar depósitos de dinero público y se les exigieron cuentas más transparentes. Macao generaba también problemas de lavado de dinero y de evasión de capitales. Los ases del naipe bien conocidos no tenían que arriesgarse a sacar de China más dinero del legalmente permitido. Un gancho (localmente conocidos como junkets y cercanos a las empresas de juego) les abría crédito ilimitado en patacas que luego cobraba con cargo al presupuesto en renminbis y con intereses en la República Popular.

A mediados de 2016, la meteorología pasó de borrascosa a bonancible, con una recuperación de los ingresos de los casinos. Aunque el año terminó con una caída del 3%, el declive fue el menor de los tres últimos. El cambio de tendencia no es fácil de explicar. Hay algunos factores locales, como la apertura de nuevos y rutilantes casinos; otros son regionales: el proyectado puente para unir Macao y Hong Kong; una nueva terminal de ferries en Taipa; un aeropuerto internacional en Zuhai, la ciudad vecina; todo lo cual hará a Macao aún más accesible. Al tiempo, Singapur y Japón han decidido jugar la carta del vicio e impulsar sus propios casinos en una amenaza a su vedado que el Gobierno chino no ve con simpatía. Sea como fuere, los analistas concuerdan en que los ases del naipe han vuelto a dejarse ver por la ciudad y las masas de turistas chinos, también.

Pero lo más importante es la nueva actitud de Pekín. En octubre de 2016, Li Keqiang realizó una visita a la ciudad y su tono resultó notablemente más conciliadorEl motivo del viaje fue la reunión del Forum Macau, una iniciativa del Gobierno chino para convertir a la vieja colonia portuguesa en el eslabón central en la cadena de países lusoparlantes (Brasil, Portugal, Angola, Mozambique y otros menores). El cónclave internacional no fue óbice para que Li anunciase varias medidas directamente encaminadas a aceptar tácitamente el antiguo mix turístico de Macao.. La economía local había caído un 21% en 2015. Si el desastre continuaba, podía esperarse un aumento del descontento entre una población cercana al medio millón de habitantes. Sin duda, no son los más de siete millones del revoltoso Hong Kong y podrían ser más fácilmente metidos en cintura. Pero, por el momento, Zhongnanhai prefiere no cargar la suerte. Por supuesto, Li aún insistía en la necesidad de diversificar el producto turístico y enarbolaba a Las Vegas como meta a alcanzar, pero su falta de fe en esa estrategia resultaba muy perceptible. El primer ministro sabía que los turistas suelen darse una vuelta por la antigua y bellísima ciudad portuguesa para hacerse una foto delante de la fachada barroca de la iglesia jesuita de San Pablo, el resto de la cual está en ruinas. Eso es todo lo que hay que ver fuera de los casinos, sus salas de juegos, sus restaurantes y sus galerías comerciales. A nadie se le ocurre ir a la ciudad sólo para probar la cocina macanesa.

No hay cómo diversificar el producto turístico de Macao.

Los paraguas de Hong Kong

¿Podrá China acomodar en su sistema político totalitario a la sociedad abierta que desean tantos habitantes de Hong Kong? A menos que el neomandarinato dé –o se vea obligado a dar– un imprevisible golpe de timón, una respuesta positiva parece poco probable. Pero, a su vez, una actitud de dureza tendría consecuencias poco gratas para Pekín. La apuesta no es del mismo porte que las que se cruzan en el Parisian de Macao. Lo que suceda en Hong Kong va a marcar con seguridad el futuro de la China continental.

Hong Kong es un territorio de 1.104 kilómetros cuadrados en el estuario del río de las Perlas que fue cedido a Gran Bretaña como una colonia tras la primera Guerra del Opio (1839-1842). A la isla de Hong Kong le siguieron la península de Kowloon en 1860 y, luego, los llamados Nuevos Territorios en 1898. La concesión de los Nuevos Territorios tenía una duración de cien años; las de Hong Kong y Kowloon eran a perpetuidad. Tras una breve y brutal ocupación japonesa entre 1941 y 1945, Hong Kong volvió a la corona británica y, con motivo del final de los cien años de dominio sobre los Nuevos Territorios, el Gobierno inglés comenzó a discutir el futuro de toda la colonia con el chino. En 1984 ambos aprobaron una Declaración Conjunta que preveía la trasmisión de soberanía a China en 1997 y en ese año Hong Kong se convirtió en una región administrativa especial de la República Popular. La declaración de 1984 establecía que la futura excolonia gozaría de una «amplia autonomía» durante los cincuenta años siguientes a su traspaso a China. En 1990, la Asamblea Popular Nacional, la institución que pasa por ser el parlamento chino, aprobó la Ley Básica de Hong Kong, que entró en vigor en 1997. Bajo el principio de «un país, dos sistemas», Hong Kong ha gozado de un amplio autogobierno que sólo excluye defensa y relaciones exteriores.

Durante la dominación colonial, Hong Kong se convirtió también en un centro comercial y financiero mundial. Aún hoy sigue en eminencia sólo a Nueva York y Londres. Se estima que en 2014 su PIB (nominal) estuvo en torno a los 303 millardos de dólares con una renta per cápita de 41,421 dólares; en PPP, serían 405 millardos de dólares estadounidenses y 55.383 dólares per cápita, uno de los niveles más altos del mundo. Bajo la dominación británica, la colonia no sólo fue enriqueciéndose, sino que su población gozó de amplios derechos civiles, de una administración eficaz y de un sistema judicial independiente basado en la common law. Hoy es una de las ciudades más prósperas del mundo; tiene una de las más altas esperanzas de vida (82 años para los hombres y 85,6 para las mujeres, según la Organización Mundial de la Salud); y cuenta con excelentes servicios públicos en transportes, sanidad y educación.

Su población estimada en 2013 era de 7,2 millones. Cuando los ingleses llegaron en 1841, Hong Kong contaba con 7.450 habitantes, que fueron creciendo a medida que la colonia se desarrollaba y servía de refugio para chinos que huían de las guerras civiles en su país, por ejemplo, durante la rebelión Tai Ping (1850-1864). También sirvió de refugio a muchos de los políticos e intelectuales opuestos a la dinastía Qing y a refugiados sin más entre 1945 y 1949, durante la guerra civil entre comunistas y nacionalistas del KuomintangVéase la excelente historia de Hong Kong de Steve Tsang (A Modern History of Hong Kong, Londres y Nueva York, I. B. Tauris, 2004), especialmente su segunda parte («El cenit de la dominación imperial»), que seguiré a menudo en esta entrega.. Muchas de las empresas capitalistas de Shanghái y de Cantón se refugiaron en Hong Kong durante esos años. También acabaron allí muchos seguidores de Chiang Kai-shek que prefirieron esa ciudad a Taiwán. En esa medida, puede decirse que una mayoría de la población local no miraba precisamente con simpatía al régimen comunista que la rodeaba, y sigue sin hacerlo.

Un niño juega con paraguas de papel, el símbolo de los manifestantes prodemocracia

La Ley Básica de 1990 estipulaba que Hong Kong podría conservar su sistema capitalista y sus libertades civiles. También establecía algo similar a un régimen parlamentario, con un consejo de gobierno o Ejecutivo que controla la burocracia civil, un consejo legislativo (conocido como Legco) y un poder judicial independiente. La Ley Básica prometía que la elección de los miembros del consejo legislativo se haría en un futuro no especificado por sufragio universal. Pero –y éste es un asunto clave en los crecientes conflictos con Pekín– Hong Kong está sometido a la soberanía china y, en última instancia, la interpretación y actualización de su Ley Básica corresponde a la Asamblea Nacional Legislativa de Pekín.

Al Gobierno de la excolonia lo elegía un grupo de votantes distinguidos de entre los candidatos seleccionados por un comité de notables dóciles a los deseos de Pekín. A lo largo de los años, a medida que aumentaba la exigencia de un proceso realmente democrático, el neomandarinato aparentó estar dispuesto a aceptar el sufragio universal y lo prometió para las elecciones venideras de 2017. Pero Pekín se guardaba un as en la manga: los candidatos seguirían siendo seleccionados por otro comité igualmente dócil y entre personalidades de «acendrado patriotismo». Traducido al castellano: listas cerradas y bloqueadas. Traducido al mandarín: sólo podrá elegirse a mandaderos de Zhongnanhai, como Tung Chee-hwa, Donald Tsang o Leung Chung-ying, los tres presidentes de la ciudad desde 1997. Todos ellos tuvieron o han tenido serios enfrentamientos con los partidarios de un sistema democrático de elecciones, pero Pekín se niega en redondo a cambiar el trampantojo. Como decía Martin Lee, uno de los defensores de la democracia local, los votantes de Hong Kong sólo podían elegir entre currito A y currito B. Ese es el trasfondo de los movimientos de protesta de 2014.

A mediados de 2013, un pequeño grupo de profesores universitarios hizo circular la idea de ocupar Central (la zona burocrática y financiera de la ciudad) recurriendo a la desobediencia civil pacífica y dio pie a una iniciativa conocida como Occupy Central with Love and Peace (Ocupemos Central con Amor y Paz) o, a secas, Occupy CentralAunque comparten un nombre casi idéntico, el Occupy Central with Love and Peace de 2014 es distinto del Occupy Central de 2011-2012. Este último consistió en la ocupación, similar a la de Occupy Wall Street, de una plaza de la ciudad para protestar contra la desigualdad económica y social. Los ocupantes de entonces mantuvieron su protesta durante casi un año, hasta que, en septiembre de 2012, en cumplimiento de una sentencia del Tribunal Superior de Justicia, fueron desalojados.. Desde entonces, sus seguidores llevaron a cabo una larga campaña en pro de un sistema electoral democrático. El movimiento de 2014 tenía poco en común con Occupy Wall Street y con los indignados europeos. Favorable a la desobediencia cívica, se limitaba a exigir el sufragio universal, activo y pasivo, en 2017, es decir, reformas democráticas concretas sin discutir el sistema político y económico local. En el mes de junio, el movimiento propuso y desarrolló una consulta indicativa al respecto: 787.767 votos válidos, alrededor de un 10% de la población local, se declararon a favor. A la consulta le siguió una amplia manifestación el 1 de julio en la que participaron decenas de miles de ciudadanosDesde el traspaso a la soberanía británica en 1997, la Alianza de Hong Kong para el Apoyo a los Movimientos Patrióticos y Democráticos en China ha convocado manifestaciones anuales en esa fecha. De ese movimiento surgió más tarde el Frente pro Derechos Humanos Civiles, que se convirtió en una organización estable para los fines que expresa su nombre..

Los jerarcas chinos tienen por costumbre no dejar sin castigo ninguna buena acción. A mediados de junio, el Gobierno publicó un documento con su interpretación del lema «Un país, dos sistemas», en el que negaba cualquier posibilidad de aceptar las peticiones del movimiento prodemocracia. El 3 de julio se formaba en Hong Kong una Alianza por la Paz y la Democracia (APD), teledirigida desde Pekín, para organizar a los adversarios de Occupy. APD dijo haber conseguido un millón y medio de firmantes para las suyas y organizó una manifestación patriótica a mediados de agosto.

El 31 de ese mes, el comité permanente de la Asamblea Legislativa Nacional de China aprobó una declaración en la que reafirmaba la decisión de rechazar la elección democrática del gobierno de Hong Kong. «Hong Kong no es un Estado y los “dos sistemas” sólo tienen sentido cuando se garantiza “un único país”. Habrá que desarrollar esfuerzos a largo plazo para conseguir que la sociedad de Hong Kong entienda cabalmente esta visión y la acepte», sentenciaba Global TimesEl Gobierno chino añadía también que esperaba que la judicatura de la ciudad se mostrase «patriótica», lo que fue rápidamente interpretado como una amenaza para su independencia y motivó una rara protesta del colegio de abogados para condenar la «errónea idea» de que los jueces tuviesen que cantar a coro con el Gobierno.. Como tantas veces, la actitud pública de Pekín para con aquellos a quienes considera sus súbditos rebosaba prepotencia. Por su parte, los dirigentes de Occupy Central respondían que si el puño de hierro del Gobierno chino caía sobre Hong Kong no sólo dejaría en evidencia su abandono del compromiso contraído por Deng en 1984, sino que acarrearía serios perjuicios para los intereses económicos y políticos chinos. También señalaban que el adagio de los «dos sistemas» quedaría maltrecho para los fines con que Deng lo puso en circulación. Su renuncia a la imposición inmediata del modelo chino, que había sido también un gambito lateral para empujar a Taiwán a una vuelta pacífica a la patria común, perdería galanura si el Gobierno chino resultaba incapaz de acomodar a la excolonia británica. Pero, al Partido Comunista le preocupaba aún más otro aspecto del problema: ¿cómo explicar al resto de los mil trescientos millones de chinos que ellos no merecían respeto para sus libertades si los revoltosos de Hong Kong lograban imponerlas? El tigre de papel, como llamaba Global Times al movimiento contestatario, parecía contar con unos colmillos imprevistos.

El portazo de Pekín cayó como un jarro de agua fría entre los partidarios de la ocupación, que pasaron el mes de septiembre en un mar de dudas. Mientras los dirigentes iniciales de Occupy Central se mostraban precavidos, el movimiento Scholarism (fundado en 2012 para oponerse a una asignatura de educación patriótica impuesta a instancias de Pekín) y la Federación de Estudiantes convocaron una semana de huelga entre el 22 y el 26 de septiembre. El 27 comenzaron las protestas pacíficas ante la sede del Gobierno y el 28 se sucedieron las cargas policiales y las bombas lacrimógenas contra grupos, aún no muy numerosos, de manifestantes pacíficos. La actitud de la policía en esa noche llevó a Occupy Central a abandonar su actitud expectante y a llamar a la ocupación de la zona central de Hong Kong, que empezó al poco y, que pese a sus altibajosDe la exigencia radical de partida, los dirigentes de Occupy se vieron empujados a reducir progresivamente sus demandas. Primero, pidieron la dimisión de CY Leung, la cabeza del Ejecutivo local, por haber respondido con una brutal represión (29 de septiembre); cuando CY aclaró que no pensaba dimitir (30 de septiembre), aceptaron su propuesta de parlamentar con Carrie Lam, la segunda autoridad del Gobierno local (2 de octubre). Tras muchos tiras y aflojas, las conversaciones finalmente se celebraron y se emitieron por televisión (21 de octubre) pero, como cabía prever, terminaron sin resultados tangibles. Ante el bloqueo de la situación, los líderes del movimiento respondieron (2-5 de noviembre) con propuestas dispares. Algunos sectores reclamaban un referéndum; otros proponían la disolución del órgano legislativo local para dar paso a una elección en la que los votantes mostrasen sus preferencias; otros, en fin, querían entenderse directamente con Li Keqiang, el primer ministro chino. Sueños., se mantuvo con una fuerza inesperada durante más de dos meses.

El 27 de noviembre, cuando se cumplían casi día por día los dos meses del inicio de Occupy Central, la policía local, siguiendo una orden judicial, comenzó a desalojar el área de Mong Kok en la península de Kowloon, donde se congregaba un buen número de ocupantes. Los otros dos focos estaban en la isla de Hong Kong; uno, en la zona de Causeway Bay, cerca de Victoria Park, un distrito de compras muy frecuentado por los jóvenes y, el otro, en el área de edificios gubernamentales cercana al metro de Admiralty.

El tigre de papel, como llamaba Global Times al movimiento contestatario, parecía contar con unos colmillos imprevistos

Uno de mis paseos favoritos en Kowloon me lleva desde Mody Road, en su vértice meridional, hasta Mong Kok, a unos tres kilómetros al norte. A medida que uno deja atrás los hoteles y los almacenes de lujo de Tsim Sha Tsui, va metiéndose imperceptiblemente en China. Las joyerías Tiffany o Chow Tai Fook; l’Atélier de Joël Robuchon o el Otto e Mezzo Bombana, con sendas tres estrellas Michelin; las cervecerías alemanas tipo King Ludwig Beerhall; las tiendas Apple o Samsung; los Urban Outfitters, los Uniqlo o los Zara y esos Starbucks que Dios confunda, donde se congregan turistas, expatriados y horteras chinos riquísimos, desaparecen uno a uno como en una novela de Agatha Christie. Cuando quiere darse cuenta, el curioso desocupado se ve en Tung Choi Street rodeado de tiendas de ropa, de accesorios, de cosméticos o de carritos de comida callejera y restaurantes familiares, todos baratos. Y, si es de noche, de bares bien provistos de droga, clubes de alterne, casinos clandestinos y casas de masaje ful. El juego y la prostitución están perseguidos en Hong Kong, pero las tríadas mafiosas protegen sus negocios.

La ocupación de Mong Kok comenzó al poco del 28 de septiembre, el día en que la policía repelió con gases lacrimógenos y fuertes cargas a los seguidores de Occupy Central en su intento de llegar a la Casa de Gobierno. El 4 de octubre, en Mong Kok, en el cruce de Nathan Road con Argyle Road, se produjeron las primeras escaramuzas violentas entre sus numerosos ocupantes y unos mil enmascarados que les exigían desalojar. Fracasado el intento de los matachines, tras el cual no resultaba difícil ver la larga mano de Pekín, Mong Kok se convirtió en un escenario clave para el movimiento democrático.

¿Por qué era tan importante Mong Kok? Con una densidad de ciento treinta mil habitantes por kilómetro cuadrado, el barrio no sólo alberga centros de recreo clandestino, sino también a miles de familias de clase media y baja, tenderos, menestrales, camareros, empleados de banca y hostelería, trabajadores subalternos de los servicios y muchos estudiantes. Occupy Central se inició entre estos últimos y, aunque luego se sumara a sus ocupaciones gente de todas clases, el gobierno local mostraba un enorme y lógico interés por evitar que el movimiento se coaligase con organizaciones sindicales como la Confederación Sindical de Hong Kong (HKCTU, por sus siglas en inglés) o el sindicato de profesores (HKPTU). Si en algún lugar podía producirse esa alianza, tendría que ser en Mong Kok.

No llegó a suceder. Aunque ambas organizaciones llamaron a la huelga tras el 28 de septiembre, pocos les siguieron. Las ocupaciones no lograron unir la exigencia de elecciones democráticas, libres de la tutela de Pekín, con reivindicaciones capaces de arrastrar a otros sectores sociales.

No faltaban motivos para los más jóvenes. El salario anual de entrada para licenciados universitarios se sitúa en 25.525 dólares estadounidenses y ha subido tan solo un 1% anual (en términos nominales) desde el final de la colonia en 1997. En términos reales ha descendido y muchos estudiantes tienen que vivir con sus padres, porque los precios en flecha de los alimentos y de las casas no les permiten independizarseEl índice de precios de la vivienda había caído un 70% entre 1998 y 2004, cuando muchos residentes decidieron mudarse a otros pagos ante el traspaso de la colonia a Pekín; pero, a partir del último año, se disparó hasta el 125% (2014).. Los buenos trabajos escasean. Muchos de ellos se han transferido a la República Popular a medida que las grandes compañías han trasladado allí sus operaciones. La generación más joven, estudiantes o no, afronta, pues, un futuro más difícil que el de sus padres.

Hong Kong tiene un índice de paro un poco superior al 3%, es decir, lo que suele llamarse pleno empleo, pero entre los menores de veinticinco años la tasa llega al 8%. La economía local gira en torno a las finanzas, la construcción y los servicios, con sus extremos de altísimos salarios para profesionales bien cualificados y otros muy bajos para los subalternos. Muchos licenciados universitarios no encuentran un sitio cómodo en esa división del trabajo y se da la paradoja de que están demasiado cualificados para los trabajos que se les ofrecen con salarios, por supuesto, inferiores a sus aspiraciones. Al tiempo, la tecnología sigue promoviendo el reemplazo de trabajadores por ordenadores y otras aplicaciones informáticas.

El Hong Kong actual aparece, pues, como un clon del Hotel Península, la gran dama de la hostelería local, donde se alojan huéspedes extranjeros, muchos de ellos de China continental, que gastan dinero sin duelo en su planta comercial. El hotel, las tiendas y los bancos pertenecen a empresarios locales o globales que obtienen grandes ganancias, pero las limpiadoras, las camareras de piso, las dependientas de las boutiques, los pinches, los administrativos y los vigilantes de seguridad, también residentes locales, tienen salarios exiguos. El territorio es, sí, más próspero que antes del fin de la colonia, pero, al tiempo, el índice de Gini se ha ampliado y la ciudad supera hoy en desigualdad a Estados Unidos y a Singapur.

Entre medias, sin embargo, hay muchos más grupos sociales de cuanto las diferencias binarias de Piketty y sus seguidores permiten comprender. Entre los oligarcas locales y la gente del común, otros grupos de intereses se distinguen por sus rentas, pero también por su procedencia geográfica o su inspiración política. Las dos o tres generaciones que emigraron desde la República Popular en busca de mejores condiciones de vida las han conseguido en buena medida y temen que una transformación del actual estado de cosas redunde en su contra. A los refugiados políticos, la idea misma de un cambio les aterra por otras razones. Aunque no gocen de las mismas libertades que en otros países democráticos, son conscientes de que el legado británico de seguridad jurídica, tribunales independientes y libertad de expresión quedaría pulverizado si Pekín se decidiese por una intervención cruenta. Hay deseos, como los que expresaban los jóvenes ocupantes, que ellos preferirían no conseguir. Esas son las fuerzas con las que, además de sus propios partidarios, que no son pocos, cuenta Pekín para neutralizar los intentos de cambio.

Las fotos que llegaban de Hong Kong el 11 de diciembre de 2014 no dejaban lugar para la duda. Tras una decisión judicial que decretaba la ilegalidad de la ocupación, la policía se había puesto manos a la obra y en veinticuatro horas ya no quedaba rastro de las barricadas ni de las tiendas de campaña: Occupy Central había acabadoA petición de instituciones y particulares, los tribunales comenzaron a fallar que las ocupaciones eran ilegales, abriendo así el camino a los desalojos. El primero iba a producirse (26 de noviembre) en Mong Kok, una barriada considerada por el poder local como la más difícil de las tres zonas ocupadas. Luego vendría el área de Admiralty (11 de diciembre) y, finalmente, Causeway Bay (15 de diciembre).. El orden reinaba en Hong Kong.

El orden, se entiende, de los jerarcas de Pekín. Tan pronto como la operación policial acabó, el Gobierno chino hacía saber «su total acuerdo y firme apoyo» a sus acólitos de Hong Kong y a la policía local, que habían impuesto el imperio de la ley frente a unos alborotadores resueltos a que se tambalease el orden social, la economía y el progreso democrático del territorio. China Daily, la cara bonita de la diplomacia pública china, animaba a sus lectores con una particular salida a los medios: «La derrota de la “Revolución de los Paraguas”», titulaba exultante en su editorial. «Ahora los habitantes de Hong Kong finalmente saben que […] “el Gobierno de Hong Kong por el pueblo de Hong Kong” no puede colisionar con la legítima autoridad del Gobierno central».

A la legítima autoridad, los acontecimientos les habían pillado por sorpresa. Nunca pensaron sus partidarios que iban a llegar tan lejos. Tras un desconcertante nerviosismo al comienzo de la ocupación, que hizo temer otra matanza como la de Tiananmén en 1989, pronto los medios de comunicación oficiales habían dado muestras de mayor paciencia. Pekín seguía en su trece. No es no. Las elecciones de 2017 se harían por sufragio universal, pero restringido a la elección entre los candidatos seleccionados por los leales locales del Partido Comunista. Al tiempo, sin embargo, el Gobierno aceptó esperar a que la situación fuera resolviéndose sin echar mano de la represión indiscriminada.

¿Quiénes eran los miles de manifestantes que ocupaban la ciudad? Los medios progresistas occidentales, es decir, casi todos, difícilmente lograron entender que era un movimiento mayormente espontáneo y buscaban desesperadamente un líder, un cerebro, una estrategia de largo alcance donde no la había hasta que finalmente se abalanzaron sobre uno de sus portavoces: Joshua Wong, el más telegénico de todos. Wong tenía diecisiete años; no hubiera podido sacarse un carné de conducir, ni beber alcohol legalmente, ni votar a su candidato favorito, en el inverosímil caso de que Pekín hubiese cedido. Y llevaba unas gafas rectangulares que, seguro, eran de una marca famosa. ¿Hay quién dé más? Sin embargo, Wong los decepcionó al desechar que lo convirtieran en el oráculo de las masas. Los demás portavoces del movimiento hicieron gala de una modestia similar.

La policía disuleve una protesta

Algunos grandes rasgos del proceso sí eran notorios. El movimiento de los paraguas de Hong Kong en 2014 (bautizado así para evocar los que portaban los ocupantes para defenderse de la lluvia y de los gases lacrimógenos) no era la Primavera Árabe que los medios globales ensalzaron hasta la saciedad sin reparar en sus consecuencias. En la realidad, esa convulsión concitó en contra de las tiranías locales a gente de todas las tendencias políticas, pero al final la mayoría sólo quería cambiarlas por otras dictaduras de distinto cariz. Justo lo contrario de los partidarios de la democracia en Hong Kong, que no se proponían emular a octubre de 1917 o al París de 1870. Las epopeyas proletarias habían desaparecido allí del imaginario popular porque sus protagonistas sabían por la experiencia de la República Popular que, a la postre, viven envueltas en el terror; que sus logros son magros; y que mayormente benefician a burócratas y capitalistas rojos. Con una candidez insensata digna de María Antonieta, Leung Chun-ying, el jefe del Ejecutivo de Hong Kong impuesto por Pekín, explicaba a periodistas de varios medios internacionales por qué ni él ni sus jefes podían aceptar las demandas de los demócratas: «Si todo se convierte en una lotería y en la representación por el número [de votantes], obviamente estaríamos hablando de [dejar las decisiones en manos de] la mitad de los habitantes de Hong Kong que ganan menos de mil ochocientos dólares mensuales». Por si quedaban dudas de que, para los capitalistas rojos, el motor de la historia es la lucha de clases.

¿Sería Hong Kong, por ventura, un nuevo mayo del 68? No, a todas luces; y eso tiene un tanto amostazados a todos los progres del ancho mundo, que dejaron enseguida de interesarse por los événements locales. Los estudiantes de Hong Kong y sus apoyos sociales no apuntaban el menor deseo de proponer la desaparición de eso que los posmodernos llaman capitalismo tardío. En realidad, los estudiantes de Hong Kong se encuentran a gusto en la sociedad de consumo e Internet les pone en contacto directo con compatriotas que respiran un aire más libre (Taiwán) o con otros, tan chinos como ellos, a los que sus gobernantes no les permiten siquiera saber que el aire en Hong Kong está menos contaminado que en Pekín.

Lo que los demócratas de Hong Kong reclamaban, con respeto y con firmeza, no era más que el derecho a la vida, a la libertad y a buscar la felicidad. En esa medida, los paraguas amarillos de Hong Kong recuerdan, ante todo, a las revoluciones de colores como las de Georgia en 2003, Ucrania en 2004 y Líbano en 2005, o a las de 1848, cuando en Europa se combatía a los gobiernos absolutistas. Ninguna de ellas acabó bien: a corto plazo, todas probaron el amargo sabor de la derrota.

La revolución de los paraguas (¿necesitan de verdad los medios de comunicación globales de esa bobada para definir al movimiento prodemocracia?) fue una proeza mayormente espontánea sin una trama intelectual más allá de sus metas típicamente liberales. Como suele decirse, nuestra época carece de grandes narraciones. No es, pues, casual que, lejos de estar comidos por el deseo de acabar con las clases sociales, con la desigualdad, con el consumismo, o con la identidad de género, algunos de los dirigentes del movimiento de Hong Kong fueran cristianos. Lo era Joshua Wong, lo es Benny Tai, lo es Chu Yiu-ming (otro fundador de Occupy) y eso es un demérito indudable en la escala de valores de los diarios globales. Sin duda, para quienes no somos creyentes y, más aún, hemos sido testigos del apoyo de la Iglesia católica al franquismo, eso resulta difícil de digerir. Pero en China la situación de los creyentes es otra. La religión, perseguida hasta extremos sainetescos, les ofrece esperanza, estimula las virtudes cívicas y refuerza su capacidad de sacrificio. Además, en Hong Kong, las iglesias operan con mayor libertad, lo que permite a los fieles espacios de organización independiente inimaginables en el resto de China.

A primera vista, la apuesta de Pekín por la paciencia ha dado fruto. Pese a movilizar a decenas de miles de seguidores en sus momentos críticos, y pese a contar con la comprensión, incluso con la simpatía, de otros muchos más, Occupy Central fue un movimiento espontáneo cuyo éxito pilló de improviso a las personas y organizaciones que lo formaron y a sus rivales. Su fuerza radicaba en la claridad del objetivo –elecciones libres–, pero en esa apuesta contra la banca se escondía también una debilidad. Pekín no estaba dispuesto a ceder y los demócratas carecían de la fuerza suficiente para imponerse, de modo que, a medida que pasaba el tiempo, su impotencia se manifestaba de forma palmariaA medida que pasaba el tiempo sin lograr que el Gobierno local se moviese y sin poder formular una alternativa propia, el movimiento de ocupación iba perdiendo fuerza, aunque su popularidad se recuperase ocasionalmente cada vez que sufría un ataque violento, ya fuera el de unos gángsteres en Mong Kok (3-4 de octubre), ya de resultas de nuevas cargas policiales (18-19 de noviembre). Pero el cansancio entre la población y entre los ocupantes crecía. El 17 de noviembre aparecían los resultados de un sondeo realizado por la Universidad China de Hong Kong. Aunque variaban notablemente según la edad de los encuestados, dos tercios del total pensaban que debía ponerse punto final a las ocupaciones. Dos días después, la Universidad de Hong Kong publicaba otro sondeo. Ahora el número de quienes querían su fin ascendía al 83%. Ambas encuestas reflejaban, además, un descenso de los apoyos para Occupy Central. En la realizada por la Universidad China, quienes criticaban al movimiento representaban un 43% (sobre el 35% de otro sondeo realizado el mes anterior); en la de la Universidad de Hong Kong ascendían al 55%..

Pero Pekín no ha podido usar con los demócratas de Hong Kong el despiadado catón represivo que acostumbra a utilizar en la República Popular. Los amigos del Gobierno chino mantienen que su mañosa paciencia en este lance es una muestra de sabiduría. No hay que creerlo. No fue la virtud, sino el cálculo, lo que decidió la conducta gubernamental. Su verdadero instinto era el que propuso el Diario del Pueblo, cuando, al principio de las protestas, advertía de que «las consecuencias serán inimaginables». Pero Pekín sabía que no podía permitirse ese gusto, porque Hong Kong es aún un centro económico y financiero vital para su país y que las consecuencias de una represión cruenta resultaban perfectamente predecibles.

La suya ha sido, pues, una victoria pírrica. Por más que haya habido algunos castigos para quienes osaron reclamar libertad para Hong Kong, el aún existente imperio de la ley en el territorio ha impedido que sean tan ejemplares como los que suelen imponerse en la República Popular. El movimiento prodemocracia no está acabado. A la entrada del campamento de los ocupantes de Queensway había un dintel adornado con la inscripción «It’s just the beginning», que derribó la policía en uno de sus primeros envites el 11 de diciembre. Sus jefes presentían que aquello no era una baladronada.

Los miles de ocupantes que tuvieron en Occupy Central su bautismo político aprendieron y, si reflexionan sobre sus limitaciones, entenderán que la libertad no puede asegurarse sólo en el estuario del río de las Perlas. La democracia en Hong Kong sólo será posible si sus demandas se extienden a China, algo que la represión, la férrea censura de las informaciones sobre Hong Kong y, también, el innegable desinterés de sus compatriotas del continente hicieron imposible en 2014.

En el movimiento democrático de Hong Kong se probó también que la desobediencia civil deja sin excusas a sus eventuales victimarios. Los manifestantes añadieron a su protesta pacífica una minuciosa recogida y reciclaje de las basuras que creaba su estancia en las calles. Entre todos, despojaron a Goliat del menor ápice de legitimidad. Y lo hicieron solos, mientras los dirigentes de los países democráticos preferían mirar hacia otro lado y, en los momentos más duros de la protesta, cuando se temía una reacción brutal de Pekín, el presidente Obama, fiel a sus costumbres, decidió, una vez más, no resollarMientras el primer ministro Li Qekiang recordaba a los habitantes de Hong Kong su obligación de acatar la Constitución de China, el Gobierno británico, garante del cumplimiento de los acuerdos de traspaso de 1997, mantenía algo más que un silencio cómplice. Hugo Swire, ministro de Asuntos Exteriores en 2015, declaraba ante los Comunes que la antigua colonia transitaba «hacia una mayor democracia y responsabilidad gubernamental» y que el sistema impuesto en Hong Kong «puede no ser perfecto», pero «es mejor que nada». No debe ser Mr. Swire una persona difícil de contentar..

Pese a ello, lo conseguido fue espectacular. Los ocupantes pusieron de relieve que la voluntad reformista de Xi Jinping era inexistente, aunque la celebraran sin duelo los Amigos de China y la escuela «realista» de relaciones internacionales; certificaron la esclerosis del neomandarinato; y, en contra de los medios oficiales chinos y del derrotismo de tantos posmodernos, mostraron que, una vez más, la lucha por la libertad no deja indiferente a la gente decente. Más importante aún, dejaron patente que no existe una identidad china refractaria por naturaleza a la democracia.

Martin Jacques, un escritor británico, intelectual de cámara del régimen chino, mantuvo a la sazón que, para Hong Kong, China no era el enemigo: era el futuro. Jacques se ganó así una cita a pie de página en la magna Historia Universal de la Infamia: tampoco merece más. Pero si el combate por la libertad no se extingue, muchos chinos en el continente y en Taiwán pensarán exactamente lo contrario: que el futuro de China tiene que ser Hong Kong.

Bajo el volcán

Las elecciones de 2017 para elegir al nuevo jefe del Ejecutivo están previstas para el 26 de marzo. El 31 de agosto de 2015, el Gobierno central (Consejo de Estado por su nombre legal) publicaba un documento para insistir en la resolución de la Asamblea Nacional de 2014 que desató la ocupación de la ciudad: los electores designarán al nuevo mandatario entre dos o tres candidatos de su confianza. Pekín ha mantenido intacta, pues, su estrategia, aunque acompañada de alguna licencia cosmética. En recientes alusiones a la cuestión de Hong Kong, el presidente Xi se mostró satisfecho con el trabajo del jefe saliente del Ejecutivo, CY Leung, y le animó a mostrarse «resuelto» en la defensa de la unidad nacional. Pero, al tiempo, su procónsul en la ciudad no puso objeciones a la renuncia de Leung –un personaje atrabiliario, sospechoso de corrupción y activo represor de Occupy Central– a presentarse nuevamente a la elección. Meses antes, Zhang Dejiang, el presidente de la Asamblea Nacional y miembro del Comité Permanente del Politburó, había tranquilizado a sus habitantes, insistiendo en que Hong Kong no sería absorbido por China ni perdería su identidad. Wang Guanya, el representante máximo del Partido Comunista de China en Hong Kong incluso apuntó que el método electoral podría cambiar tras las elecciones de 2017, aunque la idea tenía interpretaciones discordantes. Más llamativas, sin duda, fueron las muestras de desconcierto y hasta de disgusto con la estrategia gubernamental entre los secuaces de PekínUno de ellos llegó a criticar los ataques a la independencia de la justicia local en la resolución de la Asamblea Nacional de 2014 y, en una maniobra absurda, sus compañeros permitieron en junio de 2015 que el Consejo Legislativo vetase el plan electoral del Gobierno central..

Eran lógicas porque la rigidez de sus jefes empujaba a muchos habitantes de la ciudad a distanciarse de ellos. El 4 de septiembre de 2016 hubo elecciones al Consejo Legislativo (Legco)  y los resultados supusieron un fuerte golpe para el neomandarinato. La cámara cuenta con setenta escaños que, en 2012, se repartieron entre una gran mayoría de adictos al régimen y una minoría de demócratas desigualmente moderados (localmente conocidos como pandemócratas). En 2016, la participación en las elecciones legislativas fue la más alta (58%) registrada hasta la fechaLas elecciones de Legco tampoco son un espejo de democracia. Sólo cuarenta de sus miembros emanan del sufragio universal. El resto siguen los cánones de la democracia orgánica, restringiendo la participación a grupos de interés profesional, empresarios y otros sectores de confianza, lo que permite a Pekín colocar a muchos de sus partidarios.. Aun manteniendo su mayoría, los patriotas, como les llaman los medios oficiales, se quedaron con sólo cuarenta escaños, por veintidós para los pandemócratas y –ésta fue la gran sorpresa– ocho para los radicales salidos de las filas de Occupy Central. Seis de ellos habían hecho campaña a favor de lo que llamaban «localismo» (completa autonomía respecto de Pekín), en tanto que dos se inclinaban sin rodeos por la independencia del territorio.

Ante la incapacidad gubernamental para ceder o, al menos, maniobrar, los partidarios de esas soluciones van ganando fuerza, por muy lejanos o irreales que puedan parecer sus objetivos finales. En esas condiciones, la creación, en marzo de 2016, del Partido Nacional de Hong Kong, con su propuesta de liberar al territorio de la soberanía china, desató las máximas alarmas entre el neomandarinato. Al poco, tras el desplome en las elecciones legislativas, Pekín volvió a reinterpretar la Ley Básica para impedir que ocupasen sus puestos en Legco los dos representantes radicales que aprovecharon la ocasión del juramento de sus cargos para incluir una llamada a la independencia. «No habrá independencia de Hong Kong en los próximos mil años», les contestaban desde el otro lado de la frontera.

Pekín tiene razones para preocuparse: está perdiendo apoyos con rapidez. En las elecciones a Legco, los candidatos localistas y radicales –que no participaban en todos los distritos– obtuvieron 409.025 votos, cerca del 20% de los emitidos; el resultado resulta más alarmante al tener en cuenta otras tendencias de fondo. El porcentaje de los habitantes que se ven sólo como miembros de su ciudad por oposición a China se ha duplicado desde 2012. En una encuesta de la Universidad de Hong Kong de marzo de 2016, un 43% de los participantes desconfiaba del Gobierno central; en el grupo de edad entre dieciocho y veintinueve años, la tasa ascendía al 75%.

Pekín se ve nuevamente atado: no puede otorgar a una parte de sus súbditos libertades que no tardarían en ser reclamadas por el resto

Los brotes de particularismo han recibido fuertes ataques por parte de los órganos del Partido Comunista, que resaltan la irresponsabilidad de sus partidarios. La conseja «un país, dos sistemas», según ellos, sólo puede ser interpretada por la Asamblea Nacional y el Consejo de Estado, con lo que la posición de los disidentes no sólo se torna errónea; sostenerla es también un delito. En definitiva, Pekín se ve nuevamente atado por lo que Mao llamaría su contradicción principal: no puede otorgar a una parte de sus súbditos libertades que no tardarían en ser reclamadas por el resto.

Pero el Gobierno central y sus partidarios locales pueden jugar otras cartas y están haciéndolo. Una de ellas –el futuro de la economía– resulta particularmente efectiva ante los oligarcas del territorio, ante el empresariado y ante las clases medias. El diario South China Morning Post, que había mantenido una relativa independencia desde hacía cien años, fue adquirido en diciembre de 2015 por Jack Ma, el fundador del grupo Alibaba y uno de los grandes patronos de la China continental. Tal vez por casualidad, desde entonces se ha hecho eco de opiniones pesimistas sobre la economía y sobre la ciudadAsí despedía uno de sus comentaristas en 2016: «Hong Kong fue en tiempos el nombre de una marca global. Nos veíamos por encima del resto de tigres asiáticos. Éramos una ciudad internacional con un alto conocimiento del inglés. Nos reinventábamos cuando era menester. Aún más importante, sabíamos cómo conseguir nuestros objetivos. Hoy somos una ciudad en decadencia. Nuestros vecinos asiáticos ya no se relamen con nuestra música, moda y series de televisión. Hoy somos nosotros quienes nos volvemos locos con el K-Pop [música pop de Corea del Sur] y los culebrones japoneses».; o publica artículos que predicen que los días de Hong Kong como centro de las finanzas globales están contados. No es de extrañar, pues, que un 10% de los multimillonarios locales se planteen cambiar de aires.

Sin duda, el desarrollo de la China continental ha ido fagocitando a la ciudad. En los noventa, con una superficie igual a la diezmilésima parte del territorio de China, Hong Kong tenía un PIB equivalente a la cuarta parte del total del país; hoy sólo representa un 3%. Shanghái y Pekín sobrepasaron a Hong Kong en 2009 y 2011, respectivamente, y próximamente ciudades como Cantón (Guangzhou), Tianjin y Shenzhen también le alcanzarán. Pero mientras China mantenga un completo control de su sistema financiero y cambiario, Hong Kong seguirá siendo una plaza imprescindible para su comercio internacional. Las noticias sobre el irremediable declive de Hong Kong exageran o se cumplirán a muy largo plazo.

Para el Gobierno chino, eliminar de un plumazo el peso económico, comercial y financiero de Hong Kong sería como dispararse en un pie, pero Pekín sí puede echar mano de otros avíos en los que tiene probada su destreza. La represión en el interior del territorio ha aumentado, con un fuerte menoscabo de la seguridad jurídica, sin duda el más formidable legado de la etapa colonial.

A principios de 2016 corrían rumores en Hong Kong de que la desaparición de cinco libreros ligados a Causeway Bay Books, una editorial especializada en las interioridades financieras, familiares y sexuales de los jerarcas chinos, no era fortuita. El primero en esfumarse había sido Gui Minhai, un ciudadano sueco de origen chino y copropietario de la editorial, que, al parecer, estaba trabajando en un libro sobre la vida privada de Xi Jinping. El 17 de octubre de 2015, Gui abandonó inopinadamente su apartamento de vacaciones en la ciudad tailandesa de Pattaya acompañado por otros chinos. Según algunos medios, salió del país en un vuelo hacia Pekín junto a otros disidentes chinos repatriados con permiso del Gobierno de Tailandia. Otros tres miembros de la empresa (Lui Por y Lam Wing-kei, que dirigían la editorial, y Cheung Ji-ping, secretario de Lui) fueron detenidos en Shenzhen poco después. Lee Po, el otro propietario de la editorial y ciudadano británico, había sido visto por última vez el 30 de diciembre en uno de sus almacenes en Hong Kong. Salió de casa sin documentos de viaje, pero al cabo llamó a su esposa desde Shenzhen para decirle que estaba en la República Popular ayudando a la policía local en una investigación. Todos los indicios apuntaban a un secuestro en serie por parte de la policía china.

Los días pasaban sin que los rumores se calmasen y sin que China o el Gobierno de Hong Kong explicasen cómo se habían producido las desapariciones. El silencio se disipó el 17 de enero de 2016, cuando Gui Minhai apareció en la televisión estatal de China y, entre sollozos, declaró que había viajado a China por su propia voluntad. Quería saldar su deuda con la justicia china, dijo, por haber salido del país sin respetar la sentencia que le habían impuesto en 2004 por conducir ebrio. Lee Po no apareció en televisión, pero escribió una carta para explicar a su mujer que estaba en China ayudando a la policía en la investigación de Gui, «un sujeto moralmente impresentable». El aire que se dio a ambas «confesiones», a todas luces violentadas, y la declaración del Ministerio de Asuntos Exteriores chino de que Lee era, ante todo, un ciudadano chino por nacimiento, señalaban al buen entendedor que se trataba de un asunto de mayor importancia que un simple ajuste de cuentas a cargo de algún grupo parapolicial.

La operación, en cualquier caso, había sido un éxito, hasta el punto de que China decidió poner en libertad a los peces menores pasados varios meses, una vez que el tiempo había limado las asperezas del caso. Con esa insignificante prueba de magnanimidad para tranquilizar a sus críticos, las autoridades chinas cometieron su único error de bulto. Lam Wing-kei, uno de los liberados, decidió romper el pacto de silencio que le habían impuesto y dio cumplidos detalles de su secuestro y del trato recibido. Lo detuvieron en Shenzhen, le vendaron los ojos y lo trasladaron a Ningbo, una ciudad cercana, donde le pusieron en régimen de «residencia vigilada», una forma de detención secreta que permite a la policía mantener a los sospechosos seis meses sin transferirlos a los jueces. Durante cinco meses, Lam estuvo en reclusión solitaria en una pequeña celda y fue sometido a largos interrogatorios, que le llevaron a pensar en el suicidio. Una «confesión» de sus crímenes fue hecha pública en una cadena regional de televisión, tras lo cual la policía le permitió volver a Hong Kong a cambio de un disco de ordenador con datos personales de seiscientos clientes chinos de la editorial. Fue en ese paso cuando Lam, de vuelta en Hong Kong, decidió renunciar al compromiso y dio publicidad a su historia.

El riesgo que corrieron las autoridades chinas fue alto. Al cabo se trataba de una actuación policial fuera de su jurisdicción nacional; sus agentes habían cometido varios delitos de secuestro; y el suceso dejaba en cueros al adagio de «un país, dos sistemas» y condenaba al ridículo a sus pecheros de Hong Kong. ¿Por qué actuaron así? Los argumentos de los medios oficiales apuntaban a que la editorial había introducido clandestinamente sus publicaciones en China y había obtenido el correspondiente enriquecimiento injusto, pero no explicaban por qué ese eventual delito no se había perseguido ante los tribunales locales. En realidad, con esa actuación, los jerarcas de Pekín querían dejar meridianamente claro que la ciudad no podrá seguir permitiéndose su tradicional respeto por la libertad de expresión ni convertirse en un refugio de disidentes o revoltososA finales de enero de 2017, Xiao Jianhua, un multimillonario chino con excelentes relaciones en Pekín salió de su residencia en un hotel de lujo de Hong Kong acompañado por un grupo de hombres con aspecto de policías chinos y cruzó la frontera hacia Shenzhen. Las causas del asunto están aún por aclarar, pero la lectura es inconfundible: nadie puede sentirse a salvo del poder comunista en Hong Kong..

El aire de Hong Kong ya no hará libres a sus habitantes.

01/03/2017

 
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