«Nadie tiene derecho a impedir la secesión de Cataluña si así lo quieren una mayoría de catalanes». Entre las mercancías políticas de los últimos años, una de las de mayor éxito es la que vincula la secesión a la democracia. El sintagma «derecho a decidir», un verdadero extravío desde el punto de vida conceptual, desprovisto de cualquier anclaje jurídico con la legalidad internacional, se ha mostrado muy eficaz precisamente porque evocaba de manera inmediata al ideal de autogobierno, de democracia. La apelación a la democracia era la única manera de comercializar un producto que, en realidad, se trataba, simple y llanamente, del clásico derecho a la autodeterminación, a la secesión, por ser más claros. Quienes lo facturaron no tuvieron problemas en reconocer que«el derecho a decidir es una chorrada que nos inventamos para no decir lo que es: derecho a la autodeterminación». Los independentistas no tiraron por lo derecho porque no ignoraban que apelar a ese derecho requería convencernos previamente de que Cataluña era una colonia, una tesis que nadie en su sano juicio podía admitir.
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