El poder de las ideas: el pasado es hoy
Antonio Feros
Los continuos cambios en el modo en que los historiadores de las últimas décadas han analizado el pasado ha llevado a la gran mayoría de ellos a destacar las discontinuidades, las rupturas. El pasado, en palabras de un gran historiador, es un mundo que hemos perdido, que ha desaparecido, una tierra extraña y quizás imposible de recuperar. No sólo imposible de recuperar, sino incluso no necesaria. De acuerdo con muchos historiadores, lo que ha sucedido en nuestras sociedades en los últimos dos siglos, desde al menos la Revolución Francesa, en cierto modo ha borrado, anulado, todo lo que había sucedido con anterioridad. Las ideas políticas dominantes en nuestras sociedades han surgido en los últimos siglos, al igual que las estructuras políticas. Naciones y nacionalismo, también patriotismo, sólo existirían desde el siglo XIX, del mismo modo que el racismo y las ideas raciales.
Nadiezhda, la compañera de los días oscuros
Marta Rebón
Moscú, madrugada del 13 al 14 de mayo de 1934. Un golpe seco en la puerta marca el final de una vida y el principio de otra para el matrimonio Mandelstam. O, en otras palabras, el inicio de «un tiempo de plazos hasta la realización de lo irremediable» (p. 79). Aquella noche no estaban solos: Anna Ajmátova se encontraba en la cocina, donde la acomodaban cuando iba de visita, y un traductor al que nadie había invitado declamaba sus versos favoritos. Luego resultó que el presunto admirador era cómplice de la policía, algo, por otra parte, en absoluto sorprendente, dado que los «colaboradores» se infiltraban a discreción: «cada familia pasaba revista a sus conocidos, buscando entre ellos a los provocadores, soplones y traidores» (p. 68). La otra gran figura de la poesía acmeísta rusa recuerda que, de fondo, se oía el tañido de la guitarra hawaiana del poeta Kirsánov. No tenían nada que llevarse a la boca y, momentos antes de la funesta inspección, Mandelstam había vuelto con un huevo prestado por un vecino.
Lacan con grelos
Julio Aramberri
Hubiera continuado en mi apacible e indocta ignorancia de Slavoj Žižek de no haber leído una crítica de sus últimos libros escrita por John Gray para The New York Review of Books. Vaya por delante que tengo a Gray por un snob; la expresión española petimetre o lechuguino sería más adecuada, pero prefiero dejarlo en inglés, que da un aire más académico. Gray está siempre atento a las novedades antes que a las ideas, e igual convierte a Saint-Simon en el pensador clave de los tiempos modernos que caza talentos –como el de Žižek– en los que pocos habían reparado antes. Con elogios de media boca (con la otra media da a entender alguna disconformidad no bien explayada), Gray confirmaba una vez más su prodigioso talento para convertirse en la comadrona de cualquier parto de los montes que se tercie. Pero el personaje de Žižek me intrigó.
En pleno estalinismo
Neal Ascherson
El libro de Anne Applebaum se abre con un grupo de mujeres en la ciudad polaca de Łódź y se cierra con otro. Les separan los cuarenta y cinco años transcurridos entre el final de la Segunda Guerra Mundial y la aparición de una Polonia libre, no comunista. Pero las mujeres más jóvenes han decidido empezar de nuevo en el punto en que lo habían dejado sus mayores, y evitar sus errores.
En 1945, la principal estación de tren de Łódź, al igual que la mayoría de las estaciones polacas, estaba atestada de refugiados desesperados. «Madres hambrientas, niños enfermos y, en ocasiones, familias anteras acampaban en mugrientos suelos de cemento durante días y días, esperando el próximo tren en que poder montarse. Las epidemias y la inanición amenazaban con acabar con ellas». Pero la Liga Kobiet –la Liga de las Mujeres Polacas– acudió en su rescate. Integrada por voluntarias, la liga preparó un refugio con comida, medicinas y mantas. «Toda aquella que tenía un minuto libre, ayudaba», le dijo una de sus miembros a Applebaum.
La imagen de España se encuentra atrapada entre dos extremos incompatibles entre sí, representados por la Carmen romántica, premoderna y anticapitalista pero «divertida», y por los conquistadores, protagonistas de la conquista americana y las guerras imperiales en Europa, poderosos, prepotentes y avasalladores. Ambas imágenes fundamentan percepciones de alcance universal [...]