Werner Willikens era un veterano funcionario nazi. En el abatido y castrado gobierno de Prusia había llegado a ser secretario de Estado del Ministerio de Agricultura. Fue en febrero de 1934, poco más de un año después de que Adolf Hitler fuera nombrado canciller, cuando Willikens pronunció un discurso dirigido a altos cargos de Agricultura llegados desde todo el Reich, valiéndose de palabras que han fascinado a los historiadores en nuestro propio tiempo. «Al Führer –dijo– le resulta muy difícil con una orden desde arriba conseguir cosas que tiene la intención de llevar a cabo antes o después». De ahí que «la obligación de cada uno de nosotros sea, por tanto, intentar trabajar hacia él en el espíritu del Führer». El alemán, nada fácil de traducir con precisión, es «im Sinne des Führers ihm entgegenzuarbeiten».
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