En los años sesenta y setenta del pasado siglo, un país que se veía como la nación más sofisticada del mundo cayó presa del hechizo del mayor asesino de masas de la historia. Mao Zedong contaba con admiradores en muchos lugares, pero únicamente en Francia su atractivo se extendió más allá de los pequeños grupos de revolucionarios. Lo más granado de la intelligentsia progresista –de Jean-Paul Sartre a Michel Foucault, Roland Barthes y Jean-Luc Godard–, así como grandes pilares del establishment conservador, se mostraban entusiasmados con él. André Malraux fue el panegirista más desmesurado de Mao. Alain Peyrefitte, otro pez gordo gaullista, publicó un best seller en 1973 en el que defendía que, bajo la dirección de Mao, China estaba destinada a la grandeza. El presidente Valéry Giscard d’Estaing llamó a Mao un «faro» para la humanidad.
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¿Justicia o reconciliación?
Jacobo Machover

Con el traspaso de poderes de Fidel Castro hacia su hermano Raúl y esa sucesión dinástica plagada de incertidumbres y de misterios, ¿llegó la hora del balance en Cuba? En su monumental summa, el ensayista Rafael Rojas, uno de los más valiosos investigadores sobre la realidad de una isla sometida [...]


 
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