DISCUSIÓN

La economía española en la Segunda Guerra Mundial

El testimonio de los embajadores

 

Introducción

Algunos de los embajadores, encargados de negocios, ministros y consejeros de embajada de los países que ejercieron mayor influencia en la política y en la economía españolas durante la Segunda Guerra Mundial publicaron libros de memorias. También lo hicieron dos de los tres ministros españoles de Asuntos Exteriores de la época. Un simple inventario de esta literatura permite hacer ya una primera evaluación de su importancia.

Después de la Guerra Civil, el primer embajador de Estados Unidos en España fue Alexander W. Weddell. Hombre culto e interesado por la historia, viajó por toda España y obtuvo mucha información. Al parecer, pensó escribir un libro sobre su misión en España, donde permaneció algo más de dos años, pero no lo hizoLos papeles de Weddell, con valiosísima información sobre España, se encuentran depositados en la Virginia Historical Society, en Richmond (Virginia). Utilizando estos papeles y los fondos de la Secretaría de Estado, Charles R. Halstead («Diligent Diplomat. Alexander W. Weddell as American Ambassador to Spain», The Virginia Magazine of History and Biography, vol. 82, núm. 1 (enero de 1974), pp. 3-38) ha estudiado su misión diplomática en España. El historiador español Joan Maria Thomas (Roosevelt and Franco during the Second World War, Nueva York, Palgrave MacMillan, 2008) también se ha ocupado extensamente de él en un libro más reciente. Weddell, «un académico diletante, estudioso de la historia y la literatura», según Willard L. Beaulac, no tenía el menor interés por la economía española, salvo en lo concerniente a su misión.. Aunque generaba simpatía y gozaba de prestigio, bien ayudado por su acaudalada mujer, que estuvo al frente de importantes obras benéficas, sus graves conflictos con Serrano Suñer −pese a ofrecerle insistentemente la ayuda de Estados Unidos−, le hicieron tomar la decisión de dejar España, alegando motivos de saludClaude G. Bowers, predecesor de Weddell entre 1933 y 1939, también se había visto obligado a dejar España por su oposición al régimen franquista. Su libro My Mission to Spain. Watching the Rehearsal for World War II (Nueva York, Simon & Schuster, 1954) es una crónica personal de la República y de la Guerra Civil.. A su marcha, ejerció como encargado de negocios el ministro consejero Willard L. Beaulac, quien, además de otros libros de memorias como diplomático, escribió uno específicamente sobre España: Franco. Silent Ally in World War II (Carbondale, Southern Illinois University Press, 1986). En mayo de 1942, por deseo expreso de Roosevelt, fue nombrado embajador Carlton J. H. Hayes, un prestigioso catedrático de Historia Europea de la Universidad de Columbia, sin experiencia diplomática, católico, que trató de alejar a España de Alemania y hacerla una aliada de Washington. Estuvo en el cargo hasta enero de 1945, cuando, muy criticado por la izquierda de su país por la comprensión mostrada hacia el Gobierno de Franco, consideró cumplida su misión y volvió a su cátedra. Publicó un libro sobre sus apenas tres años en España, Wartime Mission in Spain (Nueva York, Macmillan, 1945), para el que utilizó su diario y sus recuerdos personales, sin hacer uso de documentos oficiales del Departamento de Estado. Años después, publicaría otro libro, The United States and Spain. An interpretation (Nueva York, Sheed & Ward, 1951), dirigido a disipar los perjuicios de los estadounidenses sobre España.

Otros diplomáticos estadounidenses que intervinieron directamente en la política española durante la Segunda Guerra Mundial también publicaron libros de memorias. Herbert Feis, historiador, economista y profesor en Harvard, consejero para Asuntos Económicos Internacionales en el Departamento de Estado entre 1931 y 1943, es autor de The Spanish Story. Franco and the Nation at War (Nueva York, Knopf, 1948), centrado principalmente en la política comercial de Estados Unidos con España y muy crítico con el régimen franquista. Emmet John Hughes, agregado de prensa en la embajada estadounidense en Madrid entre 1942 y 1947, publicó Report from Spain (Nueva York, Henry Holt, 1947), también muy poco amistoso con FrancoCordell Hull (The Memoirs of Cordell Hull, Nueva York, Macmillan, 1948) y Summer Welles (The Time for Decision, Nueva York y Londres, Harper & Brothers, 1944), secretario y subsecretario de Estado de Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial, también han publicado libros de memorias. Hull había luchado como capitán en la guerra hispanoamericana de 1898..

Samuel John Hoare, vizconde de Templewood, fue embajador británico en España entre junio de 1940 y finales de 1944Samuel John Hoare sucedió a Maurice Peterson, que fue el primer embajador británico en España después de que el Reino Unido reconociese el régimen de Franco, entre marzo de 1939 y junio de 1940. Dejó también un libro de memorias, Both Sides of the Curtain. An autobiography (Londres, Constable, 1950), en el que incluyó algunas referencias a su breve estancia en España.. Tampoco era diplomático de carrera, sino un brillante político conservador que antes de llegar a España había ejercido cargos importantes y aspirado a primer ministro. Su misión como embajador fue también alejar a España de los países del Eje e impedir que participase junto a ellos en la guerra. Para ello colaboró estrechamente con Hayes, aunque sus respectivos gobiernos no siempre estuvieron de acuerdo en las políticas a seguir, principalmente en lo relativo a las medidas económicas. Publicó un libro, Ambassador on special mission (Londres, Collins, 1946), reeditado el año siguiente con el significativo título de Complacent dictator y traducido al español en 1977 con un jugoso y crítico prólogo de Serrano Suñer. Al igual que Hayes, sólo utilizó sus notas y cartas personalesDe su misión en España afirmó Winston Churchill en Their Finest Hour: «Nadie habría cumplido mejor esta incansable, delicada y cardinal misión de cinco años». No pensaron igual sus críticos en España, ni quienes se hicieron eco de su libro sobre España..

Tom Burns, que estuvo en la embajada junto a Hoare con un trabajo entre agregado de prensa, servicio de inteligencia y propaganda, publicó muchos años después The Use of Memory (Nueva York, Sheed & Ward, 1993), con un capítulo sobre estos años, en los que no parece que se interesara mucho por la economíaSu hijo, Jimmy Burns Marañón, ha completado recientemente esta crónica en su libro Amor y traición en la España de los cuarenta. Papá espía (Barcelona, Debate, 2010), en el que tampoco hay apenas nada de economía.. Hugh Ellis-Rees, agregado económico con Hoare, fue años después presidente de la misión del Banco Mundial que elaboró el informe sobre la economía española en 1962Hugh Ellis-Rees et al., The Economic Development of Spain, Baltimore, The Johns Hopkins Press, 1963.. Y Robert Hodgson, un diplomático que, ya retirado, volvió al servicio activo como encargado de negocios británico ante el Gobierno de Franco en Burgos entre diciembre de 1937 y abril de 1939, publicó Spain resurgent (Londres, Hutchinson, 1953), un libro con el que pretendió influir en la opinión pública británica para que aceptara la vuelta de España a las instituciones políticas internacionales, de las que había sido separada en 1946Resulta curioso que Bernard Malley, que sirvió a Hoare en su embajada en España y le ayudó a escribir sus memorias, había traducido a Víctor Pradera (The New State, Londres, Sands & Co., 1939). Hay que citar también aquí a Walter Starkie, primer director en Madrid del British Council y profesor de literatura en varias universidades, que mantuvo una estrecha relación con Hoare y publicó media docena de libros sobre España. .

Franco y Hitler en Hendaya

De los países del Eje, ninguno de los tres embajadores de Alemania durante este tiempo, Eberhard von Stohrer (1937-1943), Hans von Moltke (1943) y Hans Dieckhoff (1943-1945) dejaron memorias escritasLos libros de Rafael García Pérez (Franquismo y Tercer Reich, Madrid, Centro de Estudios Constitucionales, 1994) y Christian Leitz (Economic Relations Between Nazy Germany and Franco’s Spain, Oxford,  Clarendon Press, 1996) incluyen textos de los informes oficiales de los tres embajadores.. Roberto Cantalupo, embajador de la Italia fascista ante el gobierno franquista de Salamanca entre febrero y abril de 1937, incluyó un capítulo sobre España durante la Segunda Guerra Mundial en su libro Fu la Spagna. Ambasciata presso Franco (Milán, Mondadori, 1948), traducido al español en 1951, en el que apenas se interesó por la economía. De los embajadores que le sucedieron, Giacomo Paulucci cuenta con una biografía, poco útil para nuestros fines, y Tommaso Gallarati Scotti, embajador del nuevo Estado italiano durante los años 1945-1946, dejó unos interesantes papeles, sacados a la luz por Luis de Llera y José Andrés-Gallego (Madrid, CSIC, 1992)Giacomo Paulucci di Calboli fue embajador fascista en Madrid a partir de 1923. En 1943 aceptó continuar como embajador del Gobierno Social Republicano de Mussolini. Durante este tiempo, hubo una doble embajada italiana en Madrid, la suya y la del nuevo gobierno monárquico, que ostentó Tommaso Gallarati Scotti. En el reciente libro de Pablo del Hierro Lecea (Spanish-Italian Relations and the Influence of the Major Powers, 1943-1957, Basingstoke, Palgrave-Macmillan, 2015) se estudian las relaciones hispano-italianas entre 1943 y 1957.. François Piétri, hacendista, exministro del Presupuesto y de Finanzas, embajador de la Francia de Vichy en España, de octubre de 1940 a agosto de 1944, publicó Mes années d’Espagne (París, Plon, 1954), un libro de escaso valor para los objetivos de esta nota, pese a que con anterioridad se había ocupado de la economía española, ya que es sólo una vindicación de sus servicios a Francia después de haber sido condenado por un delito de «indignidad nacional»En octubre de 1943, Jacques Truelle comenzó a ejercer como representante en Madrid del Comité Francés de Liberación Nacional del general De Gaulle. Según Hayes (Misión de Guerra en España, Madrid: Ediciones y Publicaciones Españolas, 1946, p. 46), en las recepciones oficiales al cuerpo diplomático Franco incluía a François Piétri entre los embajadores de las potencias del Eje. Al parecer, el embajador francés no gozó de simpatía entre los españoles. Además de la obra citada, Piétri publicó artículos sobre la Hacienda española y fue autor de Vecindad histórica. Españoles y franceses, Madrid, Cultura Hispánica, 1951..

De los embajadores de Argentina, el país neutral con mayor peso en la política económica española de estos años, Adrián Escobar, embajador entre diciembre de 1940 y noviembre de 1942, los dos años decisivos en la política de neutralidad española, publicó Diálogo íntimo con España (Buenos Aires, Club de Lectores, 1950), un libro con interesantes opiniones sobre los protagonistas de la política económica exterior de España en esos años.

Dos de los tres ministros de Asuntos Exteriores que estuvieron al frente de la diplomacia española en la Segunda Guerra Mundial también han dejado libros de memorias. Serrano Suñer, ministro entre octubre de 1940 y septiembre de 1942, publicó Entre Hendaya y Gibraltar (Barcelona, Ediciones y Publicaciones Españolas, 1947), en el que apenas se interesó por la economía española, pero sí comentó ampliamente los libros de Hayes y HoareRamón Serrano Suñer dedicó un capítulo completo de su libro a los «embajadores que escriben sobre España». Ni Samuel John Hoare ni Carlton J. H. Hayes habían sido amables en sus memorias con el ministro español, por considerarlo muy próximo al Eje. En justa reciprocidad, y contrariamente a la generalidad de los escritores y periodistas españoles de ese tiempo, que fueron muy críticos con Hoare pero dedicaron grandes elogios a Hayes, él fue también muy crítico con ambos. De este último dijo, entre otras muchas lindezas, que era un político sin experiencia, que no hablaba español ni francés pese a ser profesor de historia de Europa y que jamás le había oído «la más mínima cosa de interés en que poder fijar mi interés». Con Hoare fue aún más crítico, pero reconoció su inteligencia y su capacidad política. No fue sólo Serrano Suñer quien opinó sobre los embajadores en España. En los libros de memorias de todos ellos hay retratos recíprocos, a veces muy extensos.. Carlos Seco Serrano y Rafael Gómez-Jordana han editado los diarios de Francisco Gómez Jordana, conde de Jordana, dos veces ministro entre abril de 1937 y agosto de 1939, y entre septiembre de 1942 y agosto de 1944Sobre los ministros de Asuntos Exteriores durante la Segunda Guerra Mundial, véase Javier Tusell, «Los cuatro ministros de Asuntos Exteriores de Franco durante la Segunda Guerra Mundial».. José María Doussinague, director general de Política Exterior y jefe de la oficina de prensa del Ministerio de Asuntos Exteriores en estos años, publicó España tenía razón (1939-1945) (Madrid, Espasa-Calpe, 1949). Ramón Garriga, que estuvo cerca de Serrano Suñer como agregado de prensa, pasando después a corresponsal de prensa en Berlín entre 1941 y 1945, es autor de varias obras sobre Franco, entre ellas La España de Franco. Las relaciones con Hitler (Buenos Aires, Jorge Álvarez, 1965)El archivo personal de Emilio de Navasqüés y Ruiz de Velasco, uno de los directores generales de Política Económica del Ministerio de Asuntos Exteriores durante la Segunda Guerra Mundial, está depositado actualmente en el Archivo Real y General de Navarra..

Toda esta literatura diplomática, que en su mayor parte apenas fue objeto de atención cuando se publicóDe los libros citados, solo el de Hayes, muy complaciente con la política del nuevo régimen, mereció la máxima atención en España. La red de periódicos del Movimiento y algunos otros periódicos, como La Vanguardia (15 de noviembre de 1945, página 9), alabaron su imparcialidad y criticaron que los grandes rotativos estadounidenses «antiespañoles» (The New York Times, Herald Tribune) tildasen al exembajador de «candoroso universitario». Parte de ellos, no obstante, llegaron a algunas bibliotecas españolas, como, por ejemplo, el de José Vergara Doncel, catedrático de Economía en la Escuela de Ingenieros Agrónomos, en la que he consultado algunos de ellos. En un libro dedicado prácticamente a Hoare y Hayes, del que he tomado parte el título de este trabajo, José María de Areilza (Embajadores sobre España, Madrid, Instituto de Estudios Políticos, 1947) fue muy crítico con el primero y tituló, en cambio, uno de sus capítulos como «Hayes dice la verdad»., ha sido luego utilizada parcialmente por los historiadores políticos de España durante la Segunda Guerra Mundial, pero muy poco por los historiadores económicos, para los que resulta todavía bastante desconocida. En ninguno de los libros citados se hace, ni mucho menos, una exposición sistemática de la economía española, pero en casi todos ellos hay interesantes observaciones sobre el carácter de los españoles y sobre las ideas económicas del régimen, sobre la situación económica de España en la Segunda Guerra Mundial y sobre la influencia que tuvieron en la política económica española las relaciones económicas exteriores y la llamada guerra económica practicada por Inglaterra, Estados Unidos y Alemania para atraer a España a sus respectivas causas. En esta nota bibliográfica se exponen sucintamente las opiniones y comentarios de sus autores sobre estas tres grandes cuestiones.

Para ello he contado casi exclusivamente con los testimonios de estos diplomáticos, testigos privilegiados de la política económica española en la Segunda Guerra Mundial, teniendo a la vista también los libros publicados por periodistas ingleses y norteamericanos acreditados en España en ese tiempoHe utilizado los libros de Thomas J. Hamilton (Appeasement’s Child. The Franco Regime in Spain, Londres, Victor Gollancz 1943), corresponsal de The New York Times en España entre 1937 y 1941, y Charles Foltz (The Masquerade in Spain, Boston,  Houghton Mifflin, 1948), corresponsal de guerra durante la Guerra Civil y jefe de la oficina de The Associated Press en Madrid entre 1942 y 1946, ambos poco amigos del régimen de Franco. Algunos periodistas extranjeros trabajaron simultáneamente para las embajadas y para agencias privadas. Fue el caso, por ejemplo, de Ralph Forte, director de la oficina en España de la agencia United Press International y periodista de la embajada de Estados Unidos. Sobre la extensísima literatura de los corresponsales extranjeros en España durante la Guerra Civil y la Segunda Guerra Mundial, véase Paul Preston, We Saw Spain Die. Foreign Correspondents in the Spanish Civil War, Nueva York, Skyhorse, 2008. y que estuvieron en contacto permanente con sus respectivas embajadas por la censura franquista a que fueron sometidas sus crónicas. Seguramente las fuentes diplomáticas oficiales, con los informes oficiales de estos embajadores y de sus agregados económicos, proporcionan resultados mucho más ricos, un trabajo que viene haciéndose poco a poco, pero son de naturaleza distinta.

Ideas económicas en España

La psicología social, una ciencia que pretendía definir el carácter de los pueblos, había estado de moda en Europa durante el primer tercio del siglo XX. España había sido objeto de un interés especial por parte de estos científicos sociales e incluso algún importante filósofo español, José Ortega y Gasset, la había cultivado en su Teoría de Andalucía (1927), reeditada en 1942, en plena guerra mundial. Nada tiene de extraño, pues, que algunos de los diplomáticos extranjeros en España se afanasen en describir el «carácter económico» de los españoles, aunque hay que decir desde ahora que más con prejuicios y tópicos que con sus propias observaciones.

Hayes, historiador, siempre medido en sus observaciones, estuvo entre ellos. Encontró a los españoles individualistas y «reacios a cualquier tipo de gregarismo tal como el de la Alemania nazi o el de la Rusia comunista o el que la minoría de Falange quiere imponer», «inflexiblemente opuestos por temperamento a regimentación interior y a injerencia externa», activos y muy trabajadores en su mayoría. También pueden encontrarse en Hayes referencias a las ideas económicas de los españoles y de algunos grupos políticos o sociales del nuevo régimen. Según el embajador, los españoles temían al comunismo hasta el punto de constituir una verdadera obsesión para ellos: «Temían a los comunistas tanto los españoles de buena posición, debido a su programa y doctrinas económicas marxistas, cuanto los católicos, por su hostilidad contra la religión, profanación de iglesias y persecución del clero», siendo un temor común «tanto a los izquierdistas como a los derechistas», porque creían que les traería aquello que más odiaban: la intervención de una potencia extranjera, Rusia, y su entrada en una nueva guerra. Para él, España era, ante todo, xenófoba.

Carlton J. H. Hayes siguió la evolución ideológica del régimen a través de los discursos de Franco en las grandes ocasiones: 18 de julio, 1 de abril, 1 de octubre, recepción de la Pascua Militar y sesiones de apertura del Consejo Nacional del Movimiento y de las Cortes. En su discurso de la sesión inaugural de las Cortes el 17 de marzo de 1943 creyó ver un primer punto de inflexión del nuevo Estado: «El Caudillo, aunque seguía repudiando el liberalismo para España, admitió por primera vez que no era una calamidad universal, sino que podía servir a las necesidades de otros países». Sin embargo, a los pocos meses, se sintió «muy incómodo» con su discurso del 18 de julio, por su «amarga alocución hostil a monárquicos, republicanos y todos los grupos que no fuesen la Falange, cerrando violentamente la puerta a cualquier intento de liberalización». Estas idas y venidas del régimen comenzaron a parecerle luego habituales, dependiendo de las circunstancias de la guerra, de las relaciones políticas y económicas con los países beligerantes y de la política interior. En todo caso, consideró que «la dictadura del general Franco no se apoyó en la ideología nazi, ni fue dirigida solamente por fascistas, sino que participó más bien de la naturaleza del mando militar dictatorial, consuetudinario en los pueblos de lengua hispana».

La natural aversión de los españoles a la guerra no era suficiente para que pudieran darse cuenta del peligro que representaba Alemania 

Willard L. Beaulac, encargado de negocios de los Estados Unidos, opinaba lo mismo: «El régimen nacionalista no era fascista −en un sentido convencional− o totalitario, como decía ser, sino autoritario, y era Franco, no la Falange o cualquier otra institución o ideología, quien ejercía la autoridad». La psicología de los españoles fue determinante para que Samuel John Hoare, embajador británico, preconizara ante su gobierno una política de apaciguamiento y colaboración económica con España, en lugar de la amenaza y la confrontación: «Si amenazas a un español, se convierte en una mula que da coces. Si le dices que pasará hambre si no acepta tus condiciones, te replicará que prefiere el hambre a rendirse». Además, la natural aversión de los españoles a la guerra no era suficiente para que pudieran darse cuenta del peligro que Alemania representaba para ellos: «Siendo increíblemente irresponsables, no teniendo líderes, y siendo casi anarquistas en su conducta, podrían ir a la deriva hacia alguna aventura bélica para conseguir Gibraltar». Los españoles necesitaban ser conducidos, presionados continuamente para ir por el camino correcto. Cuando escribía esto, Hoare apenas llevaba unas semanas en España. Se trataba, por tanto, de ideas recibidas, que, sin embargo, resultarían cruciales para la suerte de España en la Segunda Guerra Mundial y para el propio éxito del embajador en su misión de guerraSegún el propio Samuel John Hoare, los dos libros españoles que más influyeron en él fueron El Criticón, de Baltasar Gracián, y Las ideas estéticas en España, de Marcelino Menéndez Pelayo. Al primero lo consideraba un ataque directo al materialismo y al totalitarismo de Maquiavelo, y al segundo un canto a la unidad de la civilización europea..

Recién llegado a Madrid en 1945, Tommaso Gallarati Scotti vio también a los españoles como un pueblo extremadamente individualista, pronto al gesto heroico, pero incapaz de un esfuerzo continuado y, por ello, inclinado a la anarquía y tendencialmente ajeno a cualquier tipo de organización eficaz, como la del Partido Comunista.

Sobre la ideología del régimen franquista también hubo coincidencia. En Appeasement’s Child, Thomas J. Hamilton rechazó que el nuevo régimen de España fuera una copia exacta del fascismo «de Hitler o de José Antonio Primo de Rivera», lo que, por otra parte, consideraba imposible por los intereses cruzados y las disputas internas entre los distintos grupos que lo apoyaban. Sin embargo, no por ello «era menos fascista», debido a sus fines imperialistas y a su intransigencia con las democracias cuando parecía que Hitler podía ganar la guerra. De la misma opinión fue François Piétri: «Otra de mis sorpresas al llegar fue darme cuenta de que la Falange, la que se ha querido ver en nuestro país como una imitación servil de la fórmula nazi o fascista, difería, en verdad, no solamente en su organización, sino también en su espíritu, su influencia, su comportamiento». Para él sólo se trataba de un mecanismo de encuadramiento que agrupaba a un número limitado de adeptos, «no un partido único», del que sí se había valido el Caudillo en los primeros momentos, pero al que él mismo había ido debilitando a partir de 1942.

Roberto Cantalupo, que conocía bien los fascismos europeos, definió la Falange fijándose principalmente en sus propuestas económicas: «La Falange era la nueva creación española: quería constituir el orden en la legalidad, el socialismo en el liberalismo, la conciliación entre capital y trabajo, la evolución en el progreso, la evolución de los privilegios de la plutocracia y la igualdad social siempre dentro del antimarxismo».

Situación económica de España

Antes de emprender su primer viaje a España, Hayes había sido ya advertido de la «gran escasez de alimentos y de que las condiciones materiales bordeaban el hambre y la depauperación» y por eso había comprado a una empresa de su país grandes cantidades de harina, azúcar, cereales, aceite, leche condensada, mantequilla, legumbres y otras provisiones, que le fueron remitidas en un barco portugués, que zarpó de Filadelfia con destino a Lisboa. Su entrada en Madrid, desde el aeródromo de Barajas, vino a confirmarle estas advertencias, quedando «impresionado por tantos signos de pobreza y desnutrición». Su misión era apartar a España de la guerra para que sirviera de barrera a posibles avances de Alemania en el Mediterráneo y África, y estaba dispuesto a ofrecerle toda la ayuda económica necesaria para conseguirlo. En su discurso de presentación de credenciales a Franco, después de proclamar el respeto de Estados Unidos a la soberanía de los demás pueblos, sin imponerles su propia forma de gobierno, se lo expresó claramente: «Mi país es partidario también del principio de que el comercio internacional carezca en absoluto de las restricciones que han impedido a los diversos pueblos la libre adquisición de las materias primas».

En sus primeros días como embajador en Madrid, Hayes continuó observando la falta de alimentos y el pésimo estado de las vías de comunicación y de los transportes: «Los ferrocarriles están verdaderamente destrozados y las carreteras piden a gritos una nueva pavimentación. Casi no se ven coches particulares y los pocos autobuses y camiones, al igual que los taxis, avanzan a saltos, con unos contrapesos que llaman gasógenos. La falta de transportes, unida a la carencia durante seis años de abonos, explican la terrible escasez de alimentos». Y, en sus viajes de 1942 por todo el país, pudo comprobar que esta situación era común a toda España: «Jamás vimos mantequilla o verdadero pan en ningún hotel u hogar español, y el inevitable aceite de oliva estaba siempre rancio. Para los trabajadores españoles y otros menos favorecidos por la fortuna que nosotros, existía un racionamiento a un precio mínimo fijado por el Gobierno, que consistía en los artículos de primera necesidad de que se disponía. Pero la escasez y la miseria eran patentes; no acierto a comprender cómo podían subsistir las masas de habitantes de las ciudades. Los campesinos se las componían mucho mejor; para las clases potentadas existía un excesivamente caro pero próspero mercado negro, llamado en el lenguaje castizo estraperlo».

Hayes anotó la mejora de la situación en los años siguientes: «Pasado el año 1942, las condiciones económicas y de vida en España fueron mejorando de un modo visible y gradual. Había más y mejor comida. Frente a las grandes dificultades del momento, se registró también una verdaderamente notable y casi milagrosa reparación de las carreteras, rehabilitación de los ferrocarriles, reconstrucción de iglesias, pueblos y edificios públicos (incluso la Ciudad Universitaria de Madrid) y construcción de nuevas casas de alquiler y viviendas baratas». Y tampoco le pasaron inadvertidas las riquezas de las distintas regiones españolas. En Valencia, por ejemplo, recorrió «millas y millas entre naranjos y almendros, que abundan en toda la costa mediterránea» y se admiró de que los campesinos se gobernaran a sí mismos para adjudicar el riego, independientemente de cualquier autoridad oficial.

Thomas J. Hamilton dedicó tres largos capítulos de su libro a describir la economía española de la posguerra. Sólo estuvo dos años en España como corresponsal de The New York Times, a partir de agosto de 1939, por lo que su testimonio se limita a los años más difíciles del nuevo Estado. Llevado por su antipatía hacia el régimen de Franco, puso de manifiesto todas las ineficiencias e improvisaciones de su política económica. Para él, las múltiples intervenciones del Gobierno con el fin de elevar el nivel de vida de la gente eran totalmente contraproducentes, dados sus reiterados fracasos a la hora de elevar la producción y frenar la subida de los precios, así como por su éxito en mantener inflexibles los salarios. Ninguna empresa de importancia podía vivir sin tener amigos en el Gobierno y la corrupción estaba generalizada. Los recursos y bienes escasos se despilfarraban en usos inadecuados. Había una gran incompetencia para administrar una economía casi totalitaria. La fijación arbitraria de precios a los productos agrícolas básicos hacía imposible que la producción fuera suficiente para cubrir las necesidades nacionales.

Muy crítico también con el régimen de Franco, la descripción de Charles Foltz del funcionamiento de la economía española es demoledora. Además de su experiencia como periodista, procuró ilustrarse con abundante bibliografía, que incluyó en el texto con un breve comentario sobre cada uno de los libros utilizados. Desde aventureros, como Albert Elder von FilekAlbert Elder von Filek ofreció al Caudillo convertir las aguas del Jarama en gasolina, llegando incluso a obtener un Decreto por el que se aprobaba su proyecto y se le concedían las aguas., que trataban de aprovecharse de las necesidades económicas del régimen y de la incultura de algunos de sus dirigentes, hasta los enredos de unos y otros para mantenerse cerca de alemanes y aliados y recibir de ellos todo lo que podían, nada le pasó inadvertido.

En 1944, él mismo realizó un estudio económico para Associated Press. Tomando como base el año 1936, el índice del coste de la vida había aumentado hasta 325, en tanto que el de los salarios sólo había subido hasta 131. Los hombres de negocios de la Familia −llamaba así a todos los hombres del régimen− colaboraban con la Falange para mantener a los españoles en la esclavitud económica. Sus observaciones sobre los programas de vivienda, los planes de obras públicas, la educación primaria y secundaria y el INI son muy interesantes.

En junio de 1940, Samuel John Hoare, embajador de Gran Bretaña, escribía a Neville Chamberlain, entonces lord Presidente del Consejo: «Vivir en Madrid es como vivir en una ciudad asediada. Hay falta de casi todo, los precios son terriblemente altos y hay una pesada atmósfera de crisis inminente en todas partes». Y pocos días después, a lord Halifax, ministro de Asuntos Exteriores: «Es obvio que todo el mundo está aterrorizado por el hambre. Toda España está ya sufriendo de algo muy cercano al hambre y la cosecha en muchas partes del país es tan mala como podría ser. Si no tenemos cuidado, el grito de hambre, fomentado por la propaganda alemana, se volverá enteramente contra nosotros. Es esencial que tengamos claras nuestras mentes y, al mismo tiempo, lo que podríamos hacer para prevenir el hambre en España».

Sir Samuel John Hoare

Hoare fue muy crítico con el programa de envío de trabajadores españoles a Alemania, aprobado por el Gobierno español, no sólo porque iba contra los intereses de su país, al poner al servicio de la agricultura e industria alemanas mano de obra extranjera especializada, sino también porque perjudicaba a la propia economía española, necesitada de estos hombres. José María Doussinague, que fue presidente de la Comisión Interministerial para el Envío de Trabajadores a Alemania (CIPETA), defendió, en cambio, el programaEste importante episodio de la historia económica de España no fue conocido con cierto detalle hasta el trabajo de Heine Harmut, «El envío de trabajadores españoles a la Alemania nazi, 1941-1945». Más recientemente, se ha publicado el libro de José Luis Rodríguez Jiménez, Los esclavos españoles de Hitler, Barcelona, Planeta, 2002. Samuel John Hoare atribuye a Demetrio Carceller, ministro de Industria, el mérito de que el envío de trabajadores, entre los que hubo muchos procedentes de las minas inglesas de Río Tinto, no llegara a sobrepasar la cifra de veinte mil, como al parecer estaba dispuesta a hacer la Comisión Interministerial para el Envío de Trabajadores a Alemania. José María Doussinague, presidente de esta Comisión, ofrece una visión distinta al afirmar que la operación fue muy beneficiosa, porque los trabajadores estuvieron muy bien pagados y se fueron voluntariamente..

El embajador inglés viajó por España y dejó observaciones interesantes de todo lo que veía. En su viaje a Barcelona quedó impresionado por el hecho de que el mundo de los negocios fuera todavía muy anglófilo y porque quedaran aún centenares de capitanes de industria ingleses, pese a haber pasado por un largo período de persecución, que, según él, ya había pasado.

A comienzos de 1948, dejada atrás la Segunda Guerra Mundial, Tommaso Gallarati Scotti, embajador italiano, envió a Roma un extenso informe sobre la economía española. El aparato productivo, decía, se ha reducido sustancialmente, incluso desde 1939. Ha disminuido la superficie cultivada y la producción agrícola. Faltan capitales para explotar las minas. La situación de los transportes es desastrosa, particularmente el ferrocarril. El coste de la vida aumenta incesantemente, desde 241 en 1940 a 497 en 1947. Y todo ello se debe al sistema de intervención estatal, que somete a control todos los sectores de la economía, limitando precios y producciones.

Las descripciones de la economía española de posguerra de Adrián Escobar, embajador argentino, que sentía gran amor y simpatía por España, son escalofriantes. Todo estaba desorganizado y debía reconstruirse: «la justicia, las instituciones, el comercio, la industria, las universidades, los colegios, las escuelas… En España existía hambre. Los campos destinados al cultivo del trigo, del olivo, así como a otras sementeras o plantaciones, estaban destruidos o arruinados». Ante la falta de divisas, se había tratado de implantar una autarquía, manteniendo para ello un tipo de cambio insostenible.

En casi todos los escritos comentados hay, sin embargo, optimismo respecto al futuro inmediato de la economía española. Carlton J. H. Hayes consideraba que la mayoría de los males de España se derivaban de su atraso económico y que una pequeña ayuda de Estados Unidos podría ser muy beneficiosa para ambos países. Por ello, en lugar de abrumarla con exportaciones de artículos de lujo, «que agotan sus dólares», Estados Unidos debía levantar sus restricciones en exportaciones de materias primas de primera necesidad y rebajar la tarifa de las exportaciones que debía pagar España: «En un futuro inmediato −añadía− España podría ser utilizada como un importante proveedor de tejidos, neumáticos y alimentos para nuestras fuerzas armadas de las zonas liberadas de Europa si le otorgamos nosotros algodón, caucho y los abonos que necesitan». Los problemas se derivaban además de la «falta de una educación popular y técnica suficiente», y en esto también podría haber colaboración mediante un programa de relaciones culturales. En nada de todo ello debía influir que los españoles fueran derechistas o izquierdistas «mientras permanezcan siendo amigos y cooperadores».

Política comercial y guerra económica

Los aliados emplearon como principal arma para evitar que España entrara en la guerra junto al Eje lo que se llamó entonces la guerra económica. Otras armas importantes fueron la propaganda y el soborno. Samuel John Hoare sabía bien que España dependía de Ultramar en ciertas materias primas y alimentos, como petróleo, algodón, caucho y trigo, y que Gran Bretaña podía abastecerla de algunas de ellas. España, por su parte, podía facilitar a Gran Bretaña hierro, potasa, frutos cítricos y otros productos, pero necesitaba también el concurso de Estados Unidos, que pudo conseguir. Aunque la opinión pública estadounidense era contraria al régimen de Franco, y aunque el temor a que parte del petróleo suministrado a España terminase en manos de los alemanes llevó a que se suspendiera este comercio en julio de 1940, pronto se reanudó por el miedo a que una reducción de la gasolina disponible en España desembocara en una falta absoluta de alimentos, al no poder transportarlos por el país, y en graves desórdenes que indujeran a Alemania a intervenir.

Pese a estos programas conjuntos de Gran Bretaña y Estados Unidos, hubo siempre disensiones entre ambos países y entre las embajadas de Hoare y Hayes respecto a la forma de instrumentarlos, ya que, razones políticas aparte, los británicos eran, en todo caso, muy dependientes de determinados productos españoles. Especialmente importantes en estos programas fueron las llamadas compras preventivas, con las que se trataba no sólo de privar a Alemania de productos españoles, o de reducir sus importaciones, sino de disminuir la cantidad de productos que España debía entregar a Alemania a cambio de sus importaciones de este país, elevando los precios de sus exportaciones. Tanto Hoare como Hayes creían que España era un campo fecundo para este tipo de operaciones porque, al contrario de lo que hicieron otros países neutrales, siempre tuvo un mercado abierto a la compra de sus productos, tanto por parte de los países aliados como del Eje.

Gran Bretaña realizó estas compras preventivas por medio de una rama madrileña de la United Kingdon Commercial Co. y Estados Unidos, inmediatamente después de su entrada en guerra, a través de la United States Commercial Co. Ambas compañías gubernamentales compartían oficinas en Madrid, intercambiaban información y realizaban operaciones conjuntas. El director de la compañía estadounidense para toda la península Ibérica fue Walton Butterworth, primer secretario de embajada en Madrid entre 1942 y 1944, aunque para Hayes el mérito principal de los programas económicos para España fue de Ralph Ackerman, agregado comercial de su embajada.

Los programas de compras preventivas se dirigieron sobre todo a los minerales y, muy especialmente, al wolframio, del que España disponía en abundancia y del que Alemania necesitaba imperiosamente para su industria armamentísticaSobre la minería española del wolframio durante la Segunda Guerra Mundial se han publicado algunos trabajos. También ha merecido la atención de historiadores extranjeros. Véase especialmente Xán Carmona Badía, «La minería española del wolframio, 1936-1954: los años de la fiebre», en Glicerio Sánchez Recio y Julio Tascón Fernández (eds.), Los empresarios de Franco. Política y economía en España, 1936-1957, Barcelona, Crítica, 2003, pp. 261-280.. Dice Hayes: «Cuando los alemanes anhelaban un mineral y ofrecían por una tonelada [de wolframio] doscientas pesetas, los aliados proponían su compra por seiscientas». La competencia entre Alemania y los aliados por la compra de estos productos fue un balón de oxígeno para la economía española y para el Tesoro, que aprovechó la situación para fijar un elevado impuesto sobre su producción. Aparte de su valor estratégico en la guerra, Hayes concedió a este comercio una extraordinaria importancia para la economía española: «Con el aumento de importaciones tanto de los aliados como de los alemanes se reforzó considerablemente la economía española. Paulatinamente fue decreciendo la escasez de alimentos y tejidos. Disminuyó el racionamiento y mejoraron los transportes».

En octubre de 1943, Hayes creía tener casi ganada la guerra económica. En la primavera de ese año se había eliminado a Alemania del mercado de cueros, tejidos de lana y guantes. Sólo quedaba el wolframio, pero los alemanes estaban también retirándose, porque no podían disponer de las pesetas necesarias para pagar los altos precios a los que conducía la política de compras preventivas de los aliados. De acuerdo con cálculos tomados de la United States Commercial Co., durante los once primeros meses del año se habían vendido en España 3.743 toneladas de wolframio, de las que los aliados habían comprado 2.563 y los alemanes 1.180. De éstas últimas, 701 procedían del mercado libre, 390 de minas de su propiedad y 170 del comercio clandestino, muy activo por los altos precios que se pagaban y por el minifundismo empresarial del sector, al que habían acudido numerosos mineros improvisados. Sin embargo, pese a esta disminución del comercio con los alemanes, Hayes estaba convencido de que España trataría por todos los medios de proseguir con él dados los extraordinarios beneficios que le proporcionaba: «Lo elevado de los precios pagados por la competencia entre los compradores extranjeros aseguraba a España balances favorables en dólares, libras esterlinas y marcos, con los que podía comprar no sólo petróleo, trigo, algodón y otros productos vitales del Nuevo Mundo, sino también armas, maquinaria y otros artículos proporcionados por los alemanes».

Hayes estaba convencido de que España trataría por todos los medios de proseguir con el comercio con los alemanes dados los extraordinarios beneficios que le proporcionaba

Pese a ello, Estados Unidos estaba dispuesto a acabar con él. En noviembre de 1943, siguiendo instrucciones de su Gobierno y sin contar con el apoyo de Hoare, Hayes presentó un memorando al ministro Jordana pidiendo que no se concedieran nuevas licencias de exportación a Alemania. Por su parte, Alemania presionaba en sentido contrario, exigiendo el pago de la deuda contraída durante la Guerra Civil y aumentando sus suministros a España de productos químicos, carbón, maquinaria, equipos militares y otras materias primas, que le proporcionaban pesetas con que poder pagar el wolframio. Sólo quedaba un arma para obligar a España al cese de sus ventas, que era el suministro de petróleo, pero Hayes la consideraba de «excesivo calibre» para utilizarla en este asunto, y tampoco la quería Hoare. Pese a ello, a finales de enero el embajador estadounidense recibió instrucciones del Departamento de Estado para notificar a las autoridades españolas que quedaban suspendidos los envíos de petróleo correspondientes a los días 21 y 22 de febrero de 1944, un simple aviso de lo que podía seguir.

Hayes cuenta las medidas adoptadas por España para resistir: «Inmediatamente hizo España más severas las ya duras restricciones de la gasolina, para que su exigua reserva le durase el mayor tiempo posible. Los turismos y las motocicletas desaparecieron de la circulación, excepto los que funcionaban con gasógenos. Se redujo un cincuenta por ciento el número de taxis y camiones. La mayor parte de los autobuses fueron eliminados, al igual que las embarcaciones de pesca y los tractores agrícolas. Los cupos para los trabajos públicos quedaron reducidos a la tercera parte». Después de más de dos meses de forcejeos y negociaciones, el acuerdo llegó a finales de abril. España se obligó a no enviar a Alemania más que cuarenta toneladas mensuales de wolframio, lo que equivalía a la mitad de lo suministrado el año anterior, y los envíos de petróleo se reanudaron.

El desembarco de Normandía en junio de 1944 hizo innecesario que España continuase cumpliendo su parte del acuerdo. A partir de entonces, Hayes consideró que su misión de mantener la neutralidad de España estaba ya garantizada y pudo dedicarse a salvaguardar los intereses estadounidenses en España, incluida la recuperación de la Compañía Internacional de Teléfonos y Telégrafos, a fiscalizar las propiedades de los alemanes y a promover el comercio de las grandes empresas estadounidenses que habían seguido operando en España, como Ford, General Motors, General Electric, Westinghouse, Remington Rand, Baldwin Locomotives Works o Singer.

Willard L. Beaulac mantuvo un punto de vista similar al de Hayes en cuanto a las relaciones España-Estados Unidos, dándose cuenta de que, cualquiera que pudiese ser la inclinación de España, por ideología o por agradecimiento a las ayudas recibidas de los países del Eje durante la Guerra Civil, su política exterior en la Segunda Guerra Mundial estaba inexorablemente condicionada por su pésima situación económica y por las ayudas que pudiera recibir de cualquier parte: «El país estaba económica y emocionalmente postrado. Su agricultura, enormemente inadecuada para alimentar a su población. Su sistema de transportes, anticuado e interrumpido. Las fábricas habían sido destruidas o dañadas y aquellas que habían quedado intactas carecían de los materiales para su funcionamiento». En estas circunstancias, la mejor política de Estados Unidos y Gran Bretaña para que España no entrase en guerra junto a Alemania no podía ser otra que el comercio. Esta era su principal y casi única arma.

Revela Beaulac en su libro cómo, a principios de diciembre de 1940, el embajador alemán, Eberhard von Stohrer, después de examinar las posibles vías de actuación de Alemania respecto a España, llegó a la conclusión de que sólo consideraba viable entonces aumentar su apoyo económico, «ya que el hambre era terrible y el pueblo estaba muriendo de hambre en las calles». El Tratado de Amistad Hispano-Alemán y las actividades de la Sociedad Hispano-Marroquí de Transportes, y de su director, Johannes Bernhardt, formaron parte importante de esta agenda.

Beaulac se refiere también ampliamente al programa conjunto de compras preventivas de Gran Bretaña y Estados Unidos, dedicando especial atención al wolframio: «El resultado fue un boom distinto a cualquier otro de los que España había experimentado desde el descubrimiento de oro en las Américas. Cientos de pobres campesinos descubrieron wolframio en sus campos y se abrieron nuevas minas de la noche a la mañana mientras el precio del mineral subía desde doscientos a veinte mil dólares la tonelada. Además, el Gobierno estableció un impuesto sobre las exportaciones, que conseguía diez mil dólares por tonelada. Para España fue una fiebre del oro; a los alemanes les hacía tanta falta el wolframio que estaban dispuestos a dar casi cualquier cosa por él, y los aliados estaban siempre preparados para ofrecer un poco más de lo que pagaban los alemanes. Después de las penurias de la Guerra Civil y de la inmediata posguerra, todo esto era como un sueño para muchas personas y el Gobierno esperaba que no acabase nunca».

Para Emmet John Hughes, agregado de prensa con Hayes, «España fue un campo de batalla mayor durante toda la Segunda Guerra Mundial en términos de guerra económica». Y en este ámbito, la política económica del régimen de Franco no fue un simple instrumento de la política alemana sino que, por el contrario, «siguió su propio curso, con frecuencia en conflicto con los intereses alemanes». La incuestionable penetración de Alemania en la economía española, de «enormes proporciones, no dictó la política de comercio exterior española. Su fin fue exclusivamente el propio interés».

Extraccion de wolframio en España en los años cuarenta

Desde su posición de consejero en el Departamento de Estado, Herbert Feis fue un extraordinario cronista de la política comercial estadounidense con España en la Segunda Guerra Mundial, desde las primeras e insistentes peticiones de Alexander W. Weddell al secretario de Estado, Cordell Hull, para que se concediese a España una ayuda humanitaria, que llegaría a través de la Cruz Roja, y un préstamo del Export-Import Bank para que adquiriese en Estados Unidos todo aquello que le resultaba imprescindible para el funcionamiento de su economía (petróleo, algodón, trigo y otros alimentos), hasta la negociación final sobre el embargo del wolframio. Resulta meridianamente claro a partir de su crónica que el programa económico de su Gobierno para con España estuvo condicionado principalmente por la defensa de los intereses estadounidenses, pero que de ello se benefició también la economía española.

Algunos puntos del libro de Feis resultan especialmente interesantes. En el otoño de 1940, cuando el curso de la guerra favorecía todavía a Alemania, Serrano Suñer y Franco acogían con desdén las ofertas de ayuda económica para España que Weddell reclamaba a su Gobierno y que éste se mostraba entonces muy reacio a conceder. Las negociaciones para las compras preventivas angloamericanas en España se iniciaron a finales de 1941 a instancias del Gobierno británico. El acuerdo hispano-alemán de 17 de diciembre de 1942, ampliado después en varias ocasiones, por el que se convenía que Alemania suministrase a España no sólo armas, sino también carbón, fertilizantes, productos químicos y acero, a cambio de materias primas y alimentos españoles, permitió elevar las exportaciones alemanas a España de 16 millones de dólares en la primera mitad de 1942 a más 30 en el mismo período de 1943, y las exportaciones españolas a Alemania de 24 a 54 millones de dólares, lo que llevó entonces a los aliados al convencimiento de que las compras preventivas no eran suficientes para privar a Alemania de lo que necesitaba de España y de que había que dar un paso más, exigiéndole el embargo de determinados productos, principalmente wolframio.

Feis trata con todo detalle la cuestión del wolframio. España no estaba en modo alguno dispuesta a aceptar el embargo, no sólo por defender su posición de país no beligerante, sino, sobre todo, por razones económicas: «El wolframio era la suerte encontrada, el tesoro enterrado, la tierra rica en un país en el que había tantas tierras pobres. Si se acababa el comercio de wolframio, millares de trabajadores españoles perderían su sustento, propietarios de minas e intermediarios perderían sus beneficios, el Tesoro perdería muchos ingresos y el Banco de España perdería su principal fuente de dólares, libras y marcos». Por ello, dice Feis, dilataba la negociación con numerosas argucias, desde tipos de cambio bilaterales que aminoraran el precio del wolframio para alguno de los contendientes hasta tolerar el contrabando y la adquisición de minas por extranjeros. De este modo, sólo pudo llegarse a un acuerdo cuando la guerra estaba ya decantada a favor de los aliados. Y entonces, «España dejó de ser el principal foco de la diplomacia aliada».

El embajador británico, Samuel John Hoare, fue el gran artífice de la política comercial de los aliados con España. Aunque fuera Alexander W. Weddell quien primero vio la necesidad de ayudar económicamente a España para alejarla del Eje, fue él quien convenció a su Gobierno y al de Estados Unidos de la necesidad de arbitrar un programa económico en el que fueron sucediéndose la ayuda económica, la guerra económica y el embargo del wolframio. En una carta de 27 de mayo de 1940 a lord Halifax, le decía ya que la situación de la guerra podía llegar a ser muy oscura y que «podría ser necesario gastar grandes sumas de dinero en propaganda y en el desarrollo del comercio con España». De entre las dos posibles medidas, el «palo» (dando un ultimátum a los españoles para que aceptasen las condiciones que se les impusiesen si no querían pasar hambre) o la «zanahoria» (pidiéndoles que miraran al trigo, petróleo, caucho y demás recursos de los aliados como mercancías para intercambiar por los productos españoles en un comercio favorable a ambas partes), optó claramente por la segunda, por ser la más adecuada en función de la «psicología» de los españoles. Su gran objetivo consistía en crear una red de intereses comunes entre ambas partes que alejaran a España de Alemania y, pese a su manifiesta antipatía por el régimen de Franco, persistió siempre en él incluso cuando Estados Unidos intentó endurecer la postura de ambos países con medidas de fuerza.

Como no estaba en manos de Hoare proveer a España de lo que más necesitaba en aquellos momentos (petróleo y trigo), tuvo que empezar por convencer a su país, cuando estaba todavía fuera de la guerra, que sí podía hacerlo, para que implementase un programa conjunto con Gran Bretaña. Después, en la cuestión del wolframio volvió a desempeñar un papel esencial, poniendo freno a las exigencias de embargo estadounidenses. Respecto a lo que supuso el wolframio para España, escribió: «La burbuja de los Mares del Sur no es comparable con lo que sucedió en la Península. Se hicieron fortunas en una noche, se cometieron crímenes extremos al hacerlas, el contrabando se convirtió en algo común y las enormes sumas dadas por este polvo otras veces sin valor fue una de las principales causas de la subida general del coste de la vida». Y añadió: «La palabra wolframio estará probablemente escrita sobre mi tumba».

El libro de Robert Hodgson es una crónica de la historia de España desde los últimos años de la monarquía, en los que ya estaba aquí, hasta la fecha de su publicación en 1953, con abundante información sobre la economía española. Su interpretación de la política exterior y económica de España fue ajustada. Para él, el conde de Jordana, uno de sus principales intérpretes, no fue favorable al Eje, como pretendían algunos, ni a los aliados, como creían éstos, sino que veló por los intereses de España, y, aun inclinándose por la causa aliada, trató siempre de no enfadar ni a unos ni a otros porque sabía bien que con ello estaba en juego la satisfacción de las necesidades económicas de los españoles.

No sin cierto cinismo, pero ajustándose a la realidad en lo esencial, Charles Foltz describió la política económica española respecto a los países beligerantes así: «Ellos [la Familia] no deseaban arriesgar su participación en los despojos de una victoria del Eje, pero podían hacer del Eje un socio en el agradable juego de aceptar regalos de las democracias. Podían hacer esto gracias en parte a los conflictos de intereses de los ángeles, Alemania e Italia, y en parte a las políticas de apaciguamiento adoptadas por las democracias».

Respecto al wolframio, Hoare escribió: «La palabra wolframio estará probablemente escrita sobre mi tumba»

Adrián Escobar, el embajador argentino, impresionado por la situación económica de España, aconsejó a su Gobierno que vendiera trigo a España. Ya en 1939, en los meses transcurridos desde el final de la Guerra Civil, Argentina había sido el primer país exportador a España, con un saldo desfavorable en su balanza bilateral de más de 90 millones de pesetas, el mayor de todos los países con los que mantenía relaciones comerciales. Después, vendrían el Convenio de 16 de enero de 1941, por el que Argentina se comprometía a enviar 350.000 toneladas de maíz a cambio de productos siderúrgicos españoles, las ventas de algodón, la venta de 550.000 toneladas de trigo, las ventas de carne, el empréstito de 160 millones de pesos en una operación combinada con la Compañía Hispano Americana de Electricidad y el Convenio General de Comercio de 5 de septiembre de 1942, cuando Escobar se encontraba ya en Río de Janeiro como embajador de su país.

Ya he dicho que en el libro de Ramón Serrano Suñer no hay referencias a la economía española. Tampoco en los diarios de Jordana, aunque sí aparecen en ellos con detalle las dificultades de las relaciones económicas de España con los países beligerantes y su pésima relación política con Demetrio Carceller por sus injerencias en asuntos que él consideraba de su exclusiva responsabilidad y por sus continuos cambios de posición en los acuerdos económicos que se negociaban en su ministerio.

José María Doussinage tampoco se detiene en cuestiones económicas, que no eran de su estricta competencia en el Ministerio de Asuntos ExterioresEl director general de Política Económica del ministerio era Vicente Taberna Latasa, experto en asuntos económicos. Murió en marzo de 1944, cuando todavía no había terminado la guerra., pero en su libro queda reflejado el contexto en que se llevaban a cabo las negociaciones económicas. Especialmente interesante resulta su narración de la crisis del petróleo, cuando Estados Unidos pidió a España el embargo del wolframio que enviaba a Alemania.

Mucho más rico en información económica es el testimonio de Ramón Garriga. Según él, Franco rechazó reiteradamente el crédito de cien millones de dólares que le ofreció Roosevelt en 1940 y no fue hasta la primavera de 1942 cuando cambió su política antirooseveltiana. Antonio María Aguirre, antifalangista, fue enviado a Alemania como agregado comercial para tratar de poner fin al ventajoso comercio bilateral hispanoalemán implantado por Johannes Bernhardt a través de las empresas Hisma y Rowark para atender fundamentalmente a las necesidades de Alemania, una tarea en la que encontró grandes dificultades, incluida la oposición interna de parte del GobiernoAntonio María Aguirre, hermano de José María Aguirre Gonzalo, luego presidente de Agromán y del Banco Español de Crédito, había realizado un doctorado en Economía en Alemania.. El embajador español en Washington, Juan Francisco Cárdenas, desempeñó un papel esencial en las relaciones económicas de Estados Unidos con España.

Conclusión

Embajadores, encargados de negocios, consejeros y ministros de legaciones extranjeras en España durante la Segunda Guerra Mundial escribieron memorias sobre sus respectivas misiones en España. También lo hicieron ministros españoles de Asuntos Exteriores, directores generales y otros servidores públicos próximos a este ministerio.  Para un historiador de la economía, la lectura de estos textos tal vez no ofrezca altos rendimientos, e incluso éstos pueden resultar decrecientes por la reiteración de buena parte de la información, pero ofrece, en cambio, el atractivo de poder conocer de primera mano las impresiones personales de quienes fueron protagonistas de los hechos y participaron en decisiones económicas que condicionaron el curso de la política interior y exterior española de este tiempo.

De forma resumida, lo esencial que se desprende de toda esta literatura es lo siguiente:

1) Al comienzo de la guerra mundial, la economía española estaba totalmente destrozada, no había alimentos y el Gobierno se veía obligado a hacer todo cuanto estaba en su mano para que la gente no muriera de hambre.

2) La política de apaciguamiento de los aliados, para evitar que España entrase en la guerra junto al Eje, y la necesidad de los alemanes de proveerse de determinados productos españoles, indispensables para la guerra, facilitó las cosas al Gobierno, al poder acudir a unos y a otros «para comprar pan a cambio de palabras», en expresión de Samuel John Hoare, siempre quejoso de la falta de compromiso de Franco con ninguna causa.

3) El Gobierno no sólo pudo resolver de este modo el problema de las subsistencias, sino que hizo de su posición estratégica en la guerra una oportunidad para proveerse de materias primas, como el algodón o el petróleo, y para fortalecer su economía, aprovechando la llamada «guerra económica» de compras preventivas.

4) Mención especial merece la cuestión del wolframio y de otros productos mineros, con los que el Gobierno supo llevar al límite sus relaciones económicas paralelas con el Eje y con los aliados, nutrir el Tesoro y proveerse de divisas para su comercio exterior.

5) Esta política económica, que exigía difíciles equilibrios, estuvo salpicada de escándalos, traiciones, corrupción y cambios de chaqueta, y acompañada de intervenciones económicas que se justificaron por la escasez existente, pero que produjeron graves desajustes económicos en precios, salarios y asignación de recursos.

6) Aunque los representantes diplomáticos de los aliados reivindicaron haber sabido mantener a España alejada del Eje gracias a su política comercial y de apaciguamiento, la realidad de la posición de España durante la guerra y de lo que habían sido estas difíciles y ventajistas relaciones se impuso finalmente cuando España se vio separada de las instituciones de las Naciones Unidas al concluir la Segunda Guerra Mundial.

Manuel Martín Rodríguez es catedrático de Economía Aplicada de la Universidad de Granada y miembro de la Academia de Ciencias Sociales y del Medio Ambiente de Andalucía. Sus últimos libros son Análisis económico y revolución liberal en España. Economistas académicos en las cortes liberales, 1834-1874 (Madrid, Civitas, 2009), Azúcar e intervención económica en España. La fábrica azucarera San Isidro (1904-1984) (Granada, Universidad de Granada, 2009), Economistas académicos del exilio republicano español de 1939 (Granada, Tleo, 2010), Historia del pensamiento económico en Andalucía (Granada, Comares, 2012) y El georgismo en España. Liberalismo social en el primer tercio del siglo XX (Cizur Menor, Aranzadi, 2014).

08/12/2016

 
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