DISCUSIÓN

En la época de la farsa y la amnesia

París, Philippe Rey, 2015
256 pp. 18 €
Nueva York, The New York Review Books, 2013
576 pp. $19.95
 

En los años sesenta y setenta del pasado siglo, un país que se veía como la nación más sofisticada del mundo cayó presa del hechizo del mayor asesino de masas de la historia. Mao Zedong contaba con admiradores en muchos lugares, pero únicamente en Francia su atractivo se extendió más allá de los pequeños grupos de revolucionarios. Lo más granado de la intelligentsia progresista –de Jean-Paul Sartre a Michel Foucault, Roland Barthes y Jean-Luc Godard–, así como grandes pilares del establishment conservador, se mostraban entusiasmados con él. André Malraux fue el panegirista más desmesurado de Mao. Alain Peyrefitte, otro pez gordo gaullista, publicó un best seller en 1973 en el que defendía que, bajo la dirección de Mao, China estaba destinada a la grandeza. El presidente Valéry Giscard d’Estaing llamó a Mao un «faro» para la humanidad.

Ninguna persona en concreto puede arrogarse el mérito de haber roto el hechizo. Al igual que muchas modas pasajeras, la fiebre maoísta de Francia fue apagándose simplemente poco a poco. Pero Simon Leys, que murió en 2014, será recordado como el primero y el más elocuente de los desenmascaradores. Como escribe Pierre Boncenne en su extraordinaria biografía de un hombre extraordinario, nada lo predisponía a desempeñar ese papel. Leys, que se autodescribía como un «analfabeto político», estaba estudiando tranquilamente arte y literatura chinas en Hong Kong cuando la violencia de la Revolución Cultural explotó literalmente en la puerta de su casa. En 1967 vio cómo un ataque con coche bomba mataba a un famoso crítico de Mao justo delante de su apartamento. Escandalizado por el contraste entre lo que era vox populi en Hong Kong y el arrobamiento extático al otro lado del mundo, se dispuso a poner por escrito toda la verdad sobre la China comunista. Los tres libros que publicó entre 1971 y 1976 –El traje nuevo del presidente Mao, Sombras chinas e Imágenes rotas– dieron cuenta a modo de crónica de las atrocidades de la Revolución Cultural, explicaron las luchas de poder que se escondían tras ellas y sacó a la luz la insensible ingenuidad de los lejanos adoradores de Mao.

Resulta interesante que Le parapluie de Simon Leys (El paraguas de Simon Leys) no se abra con el inicio de la carrera de Leys, sino una docena de años después. Los primeros libros le habían granjeado los elogios de unos pocos pensadores antiestalinistas, pero no lograron causar un fuerte impacto. A comienzos de los años ochenta, muchos que ya habían renegado de la religión maoísta seguían aún pavoneándose en el escenario parisiense, llevando la insignia de su antiguo credo como el indicador de una juventud iconoclasta. Su infamia pública no llegó hasta la primera aparición televisiva de Leys en mayo de 1983. Entre el resto de invitados que participaban esa tarde en el prestigioso programa cultural francés Apostrophes se encontraba Maria Antonietta Macciocchi, que estaba promocionando su impenitente autobiografía como admiradora de Mao. Leys aprovechó la oportunidad para decir en la cara a los Guardias Rojos de la Margen Izquierda lo que llevaba pensando de ellos durante tanto tiempo: «Creo que los idiotas dicen idioteces del mismo modo que los ciruelos producen ciruelas: es un proceso normal, natural. El problema es que algunos lectores se las toman en serio», dijo. «Lo más benévolo que puede decirse de Sobre China [el libro de Macciocchi] es que es absolutamente estúpido; porque si no la acusaras de ser estúpida tendrías que decir que es una impostora».

Pierre Ryckmans firmaba con el seudónimo Simon Leys

El espectáculo de este académico tímido y de voz suave demoliendo no sólo a una destacada intelectual, sino una idea, tuvo un efecto instantáneo. El presentador reveló más tarde que fue la única vez en quince años de Apostrophes en que las ventas de un libro descendieron después de que su autor participara en el programa. Boncenne subraya el episodio tanto porque convirtió a Leys en un nombre familiar como porque ilustra una cualidad que brilla en todos sus escritos: el valor para tratar las falsedades con el desprecio que merecen. Como escribió Lu Xun, el escritor chino moderno predilecto de Leys: «Si hay aún personas que quieran vivir realmente en este mundo, deberían atreverse a decir lo que piensan, a reírse, a llorar, a enfadarse, a acusar, a luchar: ¡que puedan limpiar por fin este lugar execrable de su atmósfera execrable!»

Boncenne era amigo de Leys y su libro se halla informado por varias décadas de contacto personal. En él se cuenta la trastienda de la publicación de El traje nuevo del presidente Mao, que fue organizada por un observador francés de China al que le gustaba provocar al más puro estilo de los años sesenta, René Viénet. Una reunión en Hong Kong entre el reservado autor cristiano y el bromista ateo se tradujo en una improbable pero productiva colaboración. Simon Leys, que era belga, no quería escribir firmando con su verdadera identidad, Pierre Ryckmans. Fue Viénet quien sugirió el seudónimo basado en René Leys, el personaje belga amante de China de una novela de Victor Segalen. «Podría decirse literalmente que fue Viénet quien me inventó», dijo Leys a Boncenne.

Las reacciones a los primeros ensayos no habrían sorprendido a George Orwell, otro héroe de Leys. Los expertos en China lo acusaron de difundir propaganda de la CIA. Pero cuando Mao cambió de política y denunció la ferocidad de los «extremistas de izquierda» que ya habían dejado de resultarle útiles, sus partidarios franceses se apresuraron a asentir, olvidando los insultos que habían proferido contra personas que habían descrito esos mismos crímenes pocos meses antes. En otra carta a Boncenne, Leys expresó su consternación ante semejante irracionalidad en una cultura que había tenido en una alta consideración: «¡Me sentía tan decepcionado! […] Había preparado cuidadosamente mi defensa en previsión del inevitable debate que habría de producirse. ¡Al final no pasó nada! Me quedé horrorizado al descubrir que la opinión podía estar tan absolutamente divorciada de la información».

¿Merece la pena leer hoy la trilogía de Leys? Hace mucho tiempo que las autoridades chinas han enterrado el legado de Mao, que se ha quedado sin apologistas incluso en Francia (el filósofo Alain Badiou constituye una excepción inofensiva). Los horrores desencadenados por el Gran Timonel han sido ampliamente documentados. No resulta quizá sorprendente que estudios más recientes sobre el tema, como Mao. The Unknown Story (Mao. La historia desconocida, 2005), de Jun Chang y Jon Halliday, y Mao’s Great Famine (La gran hambruna de Mao, 2010), de Frank Dikötter, no hagan mención de Leys. Debe subrayarse que él nunca defendió estar afirmando otra cosa que lo que resultaba evidente en ese momento. Pero afirmar lo evidente constituye una habilidad no apreciada debidamente: «No pido disculpas por ser completamente banal; hay circunstancias en las que la banalidad se convierte en el último refugio de la decencia y la cordura», escribió en 1978.

Los ensayos sobre China siguen recompensando la lectura gracias al poder de Leys para contar verdades sencillas. Cuarenta años después, los investigadores han arrojado luz sobre episodios fundamentales y actualizado el número de muertos –que asciende hasta los cuarenta y cinco millones únicamente para el Gran Salto Adelante de 1958-1961–, pero pocos han pintado el conjunto del cuadro con una limpidez y profundidad semejantes. Leys aporta a la historia del maoísmo no sólo claridad fáctica, sino también moral. Sus observaciones sobre una utopía infernal y sobre la fascinación que puede ejercer lo convierten en una figura relevante de la literatura antitotalitaria.

Como reconoció el propio Leys, su papel desapareció en cuanto la información empezó a circular libremente: «Cuando comencé a escribir con el nombre de Simon Leys, existía un vacío que necesitaba llenarse», dijo a Boncenne en 1983. «La mayoría de los observadores de China sabían lo que yo sabía, pero evitaban decirlo. Este escandaloso silencio me obligó a decir lo que pensaba. Ahora las cosas son diferentes: muchos investigadores, estudiantes y periodistas están en mejor posición que yo para analizar la situación actual en China».

A partir de aquel momento Leys ignoró en gran medida la política y se centró en sus verdaderos intereses. Escribió ensayos sobre la cultura china, que enseñó en la Universidad de Canberra durante la mayor parte de su vida profesional; tradujo las Analectas de Confucio tanto al francés como al inglés; escribió sobre literatura mundial, navegación a vela y otras muchas cosas. Quand vous viendrez me voir aux antipodes, una selección de cartas enviadas por fax a Boncenne en el curso de los años, da una idea del voraz apetito intelectual de Leys. Las entradas están ordenadas alfabéticamente por temas, desde «Amitié» hasta «Wittgenstein», un modo de ordenación que Leys utilizó en algunos de sus estudios para evitar cualquier insinuación de pretensión de sistematicidad. La colección brilla con reflexiones personales y citas de una gran variedad de autores. Leys no fue sólo un gran escritor; fue un gran lector. Dos de sus libros constan exclusivamente de pensamientos de otras personas. De uno de ellos dijo a Boncenne: «Puedo decir sin ser intolerablemente fatuo que contiene cosas bonitas, porque no hay una sola línea que sea mía». Muchas líneas memorables de estas cartas, sin embargo, son del propio Leys, como por ejemplo: «Qué sensación tan estupenda es hacer enfurecer a los idiotas».

Leys, figura relevante de la literatura antitotalitaria, aporta a la historia del maoísmo no sólo claridad fáctica, sino también moral

The Hall of Uselessness (El salón de la inutilidad) es una maravillosa introducción a la polifacética obra de Leys. Incluye algunos artículos juveniles sobre China y gran parte de los comentarios literarios que dominaron la última parte de su carrera. Leys abordaba cada uno de los temas con una mezcla de lucidez e ironía. Algunas de las mejores piezas son polémicas. En un artículo sobre orientalismo –la idea de Edward Said de que la dominación imperial de Oriente había deformado los estudios occidentales y había dado lugar a la creación de un Oriente mítico–, Leys negaba que esto resultara cierto en relación con la sinología: «¿Quién sabe?», bromeaba. «Quizás un día se descubra que los mejores estudios sobre poesía Tang y sobre pintura Song han sido todos financiados por la CIA, un hecho que debería mejorar de algún modo la imagen pública de esta organización tan vilipendiada». En otra pieza clamaba contra el traslado de las cenizas de André Malraux al Panthéon, donde reposan los héroes nacionales: «Cada sociedad pone en su panteón al icono que merece y en el que puede reconocer sus propios rasgos. Hasta el momento nuestra época ha demostrado ser la época de la Farsa y la Amnesia».

Un tema conexo y subrayado a menudo por Leys es el de la «belguicidad», la idea de que proceder de un pequeño país constituía la mejor salvaguarda contra la pomposidad. Quienes nacen en un país grande tienden a pensar que su tradición comprende la totalidad de la experiencia humana y no sienten la necesidad de buscar en otros lugares. Son ellos, paradójicamente, quienes corren el mayor riesgo de caer en el provincialismo. En un artículo sobre «El carácter belga de Henri Michaux», señaló que en su juventud el poeta valón se atrevió a burlarse tanto de su país natal como de aquellos países que visitaba: una actitud típica de un outsider que no se toma nada demasiado en serio. Pero después de trasladarse a París, Michaux perdió su ligereza: se encontraba en el centro del mundo civilizado y no podía cuestionar la ortodoxia dominante. Leys, por contraste, siguió viviendo en la periferia, y desde Australia pudo conservar su humilde belguicidad. Pensaba que el humor era una cualidad esencial, y que no excluía en ningún caso la seriedad de las intenciones. A Leys le gustaba citar a G. K. Chesterton al referirse a este tema: «Mis críticos piensan que no soy serio, sino sólo gracioso, porque creen que “gracioso” es lo contrario de “serio”. Pero “gracioso” es lo contrario de “no gracioso”, y nada más».

Chesterton es el tema de uno de los ensayos más profundos contenidos en The Hall of Uselessness. Centrándose en la idea del mal, ilumina el propio estilo del antitotalitarismo de Leys. En su juventud, Chesterton padeció una crisis mental que él atribuyó a una imaginación desmedida. Tal y como escribe Leys, había quedado «atrapado dentro del infierno espiritual de su propia mente hiperactiva». El mal, concluía Chesterton, no es una amenaza externa, sino que procede del interior de tu cabeza. Resumió esta idea en su libro sobre Tomás de Aquino, que defendía que el cristianismo había invertido la antigua creencia platónica de que las ideas inmateriales eran buenas y que el mundo físico estaba corrupto. Lo cierto es lo contrario: Dios creó el mundo y vio que era bueno. «No hay cosas malas, sino sólo malos usos de las cosas», escribió Chesterton. El diablo puede tergiversar las cosas con mala intención. «Pero no puede hacer que las cosas sean malas; siguen siendo igual que eran en el primer día de la creación. La labor del cielo fue sólo material. La labor del infierno es absolutamente espiritual».

La verdadera religión, para Chesterton, era un modo de hacer que la mente dejara de dar vueltas sin control y de anclarla en la realidad (otro era la poesía). Es fácil ver cómo esta era una idea que había de atraer a Leys, que fue también un católico devoto. Las monstruosidades políticas del pasado siglo se enraizaban en la pura fantasía; eran vues de l’esprit. Esto resulta especialmente cierto en relación con el maoísmo, que afirmó la supremacía absoluta de la voluntad del líder: si seguías las enseñanzas de Mao, cualquier cosa era posible. Decenas de millones de personas fueron sacrificadas a la imaginación de un solo hombre. De ahí la denuncia que hizo Leys de los Maoïstes mondains, los sofisticados parisienses que se negaban a prestar atención a los hechos reales. Perdidos en el pensamiento abstracto, cayeron en las garras de una forma muy moderna del mal.

Henri Astier es un periodista francés que trabaja para la BBC.

Traducción de Luis Gago
© The Times Literary Supplement

02/05/2016

 
COMENTARIOS

Rúben 11/05/16 11:38
Desgraciadamente la gente que se considera "pensante", cae muchas veces en el autoengaño, consecuencia de su soberbia. Habría que recordar que antes de Mao, la admiración de esta gente por un falso profeta estuvo dirigida a Stalin, otro asesino de millones. Me gustaría entender porque los intelectuales de hoy necesitan idolizar algo cuando aparentemente ellos tienen la capacidad de discernir entre lo moral y lo amoral. ¿O no? Ionesco ya presentó el problema hace 50 años, pero todavía sigo en ayunas con respecto a una solución.

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