ARTÍCULO

Y el «homo oeconomicus» se liberó de Morfeo

Trad. de Marisa Serrano Alianza Universidad, Madrid, 1997
416 págs.
 

No cabe duda de que este reciente trabajo del profesor Simpson ha conseguido alcanzar en breve la difusión de aquellas obras que, cuando menos, tienen la difícil virtud de provocar la polémica entre los historiadores agraristas españoles. En la línea de estudios producidos desde los años setenta, el trabajo del investigador británico resulta desmitificador: la agricultura española estuvo a la altura de las circunstancias, alimentando a una población triplicada desde la segunda mitad del siglo XVIII .

No obstante, al contrario de la nueva corriente historiográfica de inclinación más técnica, Simpson consigue escapar del sesgo excesivamente dinámico concedido a nuestro sector primario: la exploración que recorre el libro acaba por diagnosticar en nuestro crecimiento patologías muy similares a las que caracterizaron la agricultura tradicional. En efecto, los límites inherentes al crecimiento extensivo y la continuidad de su secular letargo, de esa «larga siesta», constituían los rasgos más destacados de su sintomatología. A mediados de nuestra presente centuria, España continuaba presentando, pese a los avances producidos en el período de entreguerras, un nivel de productividad del trabajo en la agricultura que se reducía a un modesto 1,2%. No obstante, según demuestra Simpson, a partir de la segunda mitad de la década de los cincuenta tuvieron lugar procesos que dan cuenta de una auténtica modernización. Por primera vez en la historia contemporánea hispana hizo acto de presencia en la economía agraria una tendencia continuada y sistemática a transformar la producción hacia una mayor eficiencia. Y esta diferencia específica del crecimiento moderno se manifestó en niveles de acumulación, especialización e inversión agrícola que rompieron con la dinámica del cercano pasado, pulverizándola. Así pues, hacia 1965, se puede sostener que la economía agraria española había despertado definitivamente de aquel «prolongado sueño», a pesar de que continuara reflejando un desfase de productividad del trabajo respecto a Europa semejante al de finales del siglo XIX.

La historia relatada en esta obra no es, por tanto, la de una única trayectoria lineal de crecimiento económico a la que nos tienen acostumbrados los estudios sobre el desarrollo. Es la narración de la durabilidad, ocaso y surgimiento de dos de sus formas. La una, enterrada en el despuntar de los treinta, la otra aparecida dos décadas más tarde. No obstante, nueve de los doce capítulos que constituyen este trabajo están dirigidos a dar cuenta de las posibilidades y límites de la forma de crecimiento superada, de aquella cuyo reinado se extendió durante siglos por los campos españoles: la del crecimiento extensivo. En efecto, Simpson dedica un gran esfuerzo comparativo a reivindicar las posibilidades de satisfacer una demanda en auge de la agricultura anterior a la década de 1950 a través de un amplio recorrido transregional, en el que se contrastan estructuras y niveles productivos. Y es esta misma estrategia la que le permite determinar sus límites extensivos, resaltar la racionalidad de su funcionamiento, y manifestar la pluralidad de los factores condicionantes. Cierto es que la puesta en cultivo de una gran cantidad de tierra durante el siglo XIX y los bajos costes del trabajo agrícola fueron las principales fuerzas que operaron en favor del crecimiento no intensivo, cercenando las tendencias hacia la especialización, la irrigación y la mecanización del sector. No obstante, la débil integración de los mercados internos, la agresividad arancelaria de los externos, la insensibilidad de la política económica de los diferentes gobiernos y la estructura de las explotaciones agrarias se unieron para encauzar aún más su orientación extensiva. Sólo la desaparición de estos condicionantes desde mediados de los cincuenta abriría las puertas al cambio con el que definitivamente nuestra agricultura consiguió dar la mano a Europa.

El seguimiento de las diferentes trayectorias de cambio se efectúa en la obra aislando una variable dependiente que hasta ahora no había sido claramente especificada en los estudios agrarios españoles y que se convierte en eje del análisis: la productividad del trabajo. Pero sobre todo, Simpson, de la mano de viejos paradigmas smithianos, atrapa la esencia del crecimiento económico moderno al tiempo que pone al descubierto el mecanismo responsable de su funcionamiento: el mercado. Y son estas dos identificaciones –productividad del trabajo y mercado– las que hacen de La larga siesta una obra relevante para la historia agraria presente y que, sin duda, acabarán por convertirla en obra de referencia.

Otra cosa es que finalmente consiga explicar la aparición de las condiciones históricas para que el mecanismo «mercado» funcione eficientemente. Esto es, ¿por qué se desmoronó el crecimiento tradicional que dominó en el agro español desde el siglo XVIII ? O dicho de otra manera, ¿cómo dar Y el «homo oeconomicus» se liberó de Morfeo cuenta del surgimiento del nuevo tipo, de carácter autosostenido, que lo sucedió? La obra trata de responder a estas preguntas a través de explicaciones de sesgo eminentemente endógeno, es decir, económico: el productor campesino español, impenitentemente racional, se enfrentó a las fluctuaciones del mercado agrario como agente maximizador. Mientras los precios relativos de la tierra y el trabajo se mantuvieron bajos, prefirió seguir por el camino de antaño, por el que desde siglos atrás hizo posible el crecimiento extensivo. Por el contrario, en el momento en que aquellas tendencias se invirtieron, el homo oeconomicus hispanicus decidió tomar el sendero de la inversión, la especialización y la acumulación, al tiempo que borraba para siempre las huellas del pasado.

Es cierto que las variables endógenas pueden determinar correctamente la dinámica y modificaciones de una estructura económica específica. No obstante, resultan de limitada utilidad a la hora de explicar el cambio estructural: nuestra historia está recorrida por ciclos malthusianos que, sin embargo, no dieron lugar al despegue económico del siglo XX . Puesta la pregunta en términos de elección racional, ¿por qué y cómo surgieron las condiciones históricas para que el campesinado español prefiriese incrementar la productividad del trabajo? El silencio de la obra de Simpson a esta cuestión resulta desolador. Aunque descubra y muestre al lector, con la mejor lucidez del investigador de tradición anglosajona, cómo se operó el cambio en costes de oportunidad y precios relativos, no consigue llegar más allá en los porqués. No es de extrañar que, finalmente, terminase él mismo empleando instancias exógenas para explicar el cambio económico. Los ejemplos afloran en toda la obra, sobre todo en sus capítulos finales. Tal es el caso de un aspecto que resulta clave para la explicación de nuestro autor sobre el cambio de orientación de los precios relativos de los factores y, por tanto, de las preferencias de nuestros campesinos para invertir en tecnología: la abundancia o carencia de mano de obra en el sector primario, es decir, la cuestión del éxodo rural. Simpson declara: «La explicación más probable al retraso del éxodo rural era que, exceptuando Andalucía, la mayoría de los trabajadores agrícolas tenían acceso a su propia tierra o creían que lo tendrían en fecha futura» (pág. 270). Sin duda, esta afirmación recuerda bastante a otra de carácter más general: «El campesinado, en general, no enajenaba fácilmente sus tenencias que eran la base de su existencia y la de sus herederos». Sin embargo, esta segunda aseveración procede de un historiador, Robert Brenner, situado en el paradigma opuesto al que arropa la obra de Simpson. En definitiva, sin pretenderlo, nuestro autor acaba por deslizarse a una explicación extraeconómica del cambio: relaciones sociales de propiedad –y no menos derechos legales– condicionaban objetivamente a los productores económicos y definían su racionalidad económica. Factores no económicos cambiantes parecen propiciar o constreñir las posibilidades de aparición de estructuras más proclives al crecimiento autosostenidoR. Brenner: "Estructura de clases agraria y desarrollo económico en la Europa preindustrial", en T. H. Aston y C. H. E. Philpin (eds.), El debate Brenner, Barcelona, Crítica, 1998, págs. 21-81, especialmente, pags. 43-44..

Y este deslizamiento remite al desinterés de Simpson por contextualizar históricamente los comportamientos económicos. En primer lugar, no tiene en consideración que los dos diferentes escenarios estudiados crearon distintas posibilidades objetivas para la acción campesina, cursos opuestos de decisión racional. En el primero, el acceso campesino a sus medios de subsistencia propició alternativas de orientación económica que iban desde el autoconsumo a la mercantilización parcial o total de su producción. Sólo en un segundo escenario, aquel en que el campesinado perdió tal acceso y se vio absolutamente dependiente del mercado, se impuso una nueva lógica según la cual los actores debían –con independencia de sus preferencias– especializarse, innovar e invertir constantemente para sobrevivir. Únicamente en este escenario histórico, el mercado conseguiría funcionar como mecanismo de constante y sistemático crecimiento.

Y es que, para concluir, los contextos configuran además los comportamientos de los individuos ante los retos económicos. Dan forma a su racionalidad. Indudablemente, uno de los mejores aciertos de la obra radica en imputar a nuestro campesinado las conductas racionales que ya fueran aplicadas a otras sociedades por Popkin o Taylor. Sin embargo, la incorporación de la racionalidad instrumental en la economía agraria no puede hacerse sacrificando otras racionalidades más sustantivas que ponían en marcha muchos comportamientos destinados a reproducir el orden social campesino, aun a costa del crecimiento económico sostenidoS. Hargreaves Heap: Rationally in Economics, Oxford, 1989.. De no incorporar estas otras lógicas intencionales, el campesino español queda reducido en un sujeto individual, asocial y ahistórico, carente de especificidad explicativa. La paradoja de Simpson permanece incólume al imputar al productor agrícola español una única racionalidad –maximizadora y modernizadora– antes y después de que tuviera lugar la quincena crucial (1950-1965) durante la cual en nuestros campos germinó definitivamente la semilla de la modernidad económica. Estamos ante una singular representación en la cual el protagonista, el sempiterno homo oeconomicus, es atrapado por Morfeo para liberarse finalmente y despertar en un nuevo escenario que sólo puede haber sido recreado por la pluma invisible de algún dramaturgo (neo)clásico.

01/03/1998

 
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