ARTÍCULO

Will (1920-1997), una trayectoria de la historiografía francesa

Akal, Madrid, 1997
Trad. de F. J. Fernández Nieto
644 págs.
 

Nunca es tarde si la dicha es buena. Veinticinco años después de su primera edición en francés (1972, 2.ª ed., 1989), aparece la versión española del manual universitario probablemente más logrado de la Grecia antigua en la quinta centuria, el siglo de Pericles. Ya lo decía, desde el otro lado del Atlántico, un estudioso tan independiente y autorizado como Chester Starr: «Sería difícil predecir el curso futuro de las investigaciones históricas sobre el siglo quinto... Hasta el momento, el mejor panorama de la época es el complejo y meditado producto de la pluma de Will, con excelentes bibliografías para cada capítulo» (Past and future in ancient history, Univ. Michigan, 1987, pág. 9). Cuando no pocos productos espurios de la ciencia extranjera se vierten al español, incluidos los típicos historiadores de moda traducidos ad nauseam, resulta gratificante comprobar que también en nuestro panorama editorial se sabe encontrar un hueco para el que, en frase de Arnaldo Momigliano, ha sido uno de los mejores conocedores del mundo griego en su conjunto. Para su suerte, y a modo de justa reparación, la obra de Will ha caído en las manos de un traductor inmejorable. Y, además, con una fecha de aparición lo suficientemente anticipada como para que el autor aún pudiese contemplar la portada del libro en español, una lengua, por cierto, de cuya literatura era asiduo lector.

Catedrático jubilado de historia antigua en la universidad de Nancy, y fundador del Centre d'Information Documentaire «Le Monde Grec Antique», Will había nacido en esa encrucijada cultural que es Estrasburgo, a tiempo todavía de oír las clases de Marc Bloch, como aún nos recordaba cuando le rendimos desde Münster la última de nuestras visitas, en el otoño de 1996. Presentó su tesis de estado ––¡aquellas tesis de estado francesas!– bajo la dirección de André Aymard, sobre Corinto arcaico (Korinthiaka. Recherches sur l'histoire et la civilisation de Corinthe des origines aux guerres médiques, París, 1955). Ya por los años cincuenta daba la campanada con trabajos renovadores: contra la visión etno-racial de la Grecia antigua, su tesis complementaria de estado sobre los dorios y jonios (Doriens et Ioniens. Essai sur la valeur du critère ethnique apliqué à l'étude de l'histoire et de la civilisation grecques, Estrasburgo, 1956); contra las interpretaciones modernistas en la historia económica de la polis, su artículo seminal de puesta al día en Annales (Trois quarts de siècle de recherches sur l'économie grecque antique, 1954), aceptado en la revista gracias a la intervención de Lucien Febvre –como el propio Will nos relató una vez–, así como sus otros estudios sobre la componente ético-política en la aparición de la moneda griega (1954 y 1955). Etapa aún de juventud investigadora que se vería reconocida con el encargo de presentar el estado de la cuestión sobre la Grecia arcaica en la segunda conferencia internacional de historia económica celebrada en Aix-en-Provence (1962), formando terceto con Moses Finley (época clásica) y Claire Préaux (helenismo).

En los años de madurez vendría la obra quizá más valorada del autor, su Histoire politique du monde hellénistique, 323-30 av. J.-C. (I-II, Nancy, 2.ª ed., 1979-1982), preludio de lo que serían años más tarde sus dos monografías sobre el judaísmo helenístico, en coautoría con C. Orrieux, de las que citaremos su Ioudaïsmos-Hellenismos. Essai sur le judaïsme judéen à l'époque hellénistique (Nancy, 1985). A la par que su entrada en el mundo del helenismo, daba comienzo una etapa muy fructífera de colaboración con la Revue Historique de Maurice Crouzet, la publicación que fundara en 1876 Gabriel Monod (18441912), aquel historiador que «combinaba su entusiasmo por la historia "científica" alemana con su admiración por Michelet» (P. Burke). Colaboración de quince años en forma de Bulletin cuatrienal (1965-1979), sin ataduras de escuela ni orientaciones editoriales previas; una libertad de crítica, en fin, a la que el propio Will rinde homenaje en el Prólogo a la obra que aquí reseñamos (pág. 6), lo que no deja de ser una prueba más del carácter polifónico de la historiografía francesa en este siglo –algo que quizá no se ha llegado a captar del todo bien desde este lado de los Pirineos–.

Fue en esa década de los sesenta cuando se gestó el manual que ahora se publica en español, fruto y testimonio de la familiaridad del autor con la producción historiográfica habida desde el período de entreguerras hasta comienzos de los setenta. Sus intereses cubren el campo de las tres historias (política, económica y social), amén de las otras parcelas de cultivo común en los estudios clásicos, como la religión o las mentalidades y la vida del espíritu. Contra las ideas entonces en boga, Will situaría a la historia político-militar e institucional en el lugar de referencia que sólo los incautos pueden negarle, y de ahí su reconocimiento al papel de las individualidades: Clístenes, Milciades, Temístocles, Hierón, Cimón, Pericles, Brasidas, Cleón, Alcibíades, Nicias, Hermócrates, Lisandro, Sócrates, por ejemplo. Subvirtiendo, por tanto, los términos del discurso dominante, la llamada historia evenemencial deviene aquí basilar y se lleva la parte del león, con el primero y, con mucho, el más grueso de los dos libros en que se divide el volumen (Historia general, págs. 11-360). Porque para el griego antiguo las batallas no eran sólo gestos pasionales, sino también sucesos trágicos y gloriosos que hacían o deshacían a las generaciones y a las ciudades, al igual que los momentos políticamente constituyentes en la dialéctica de la stasis, la lucha/guerra civil. Y si no, leamos las fuentes que nos hablan de los argivos en Sepea, de los jonios en Lade, de los espartanos en las Termópilas y Egospótamo, de los atenienses en Maratón y Salamina, de los tebanos en Leuctra y Mantinea, de los macedonios en Queronea; o que nos hablan de la partida que se jugaban los conciudadanos de Aristágoras, de Gelón, de Efialtes, de Arcesilao IV, de Terámenes, de Trasíbulo, de Ducetio, por sólo ceñirnos a líderes de la quinta centuria. De esos destinos se ocupa esta primera gran sección: desde la fundación de la democracia ática por Clístenes (508507) y la revuelta de Jonia contra el imperio persa (499-494) hasta el final de la guerra del Peloponeso y sus inmediatas secuelas (404-399).

No contento con el énfasis dado a la historia política, el autor aún consagra la primera parte de su libro segundo (La civilización griega en el siglo V, págs. 361-605) a El marco político de la civilización griega en el siglo V (págs. 371-465: polis y politeia: generalidades, ciudades oligárquicas, las democracias, los estados federales, la teoría política en el siglo V ). Por si quedasen dudas, la polis y la politeia vuelven a centrar la atención del historiador en tanto que realidades fundantes en la existencia del heleno, que no era un «animal político» en el sentido que hoy se predica del ciudadano dedicado a la cosa pública: «la polis es el marco más evidente de la organización estática del mundo griego y de la civilización que ese mundo ha visto florecer. Ese "animal político" (...) tiene pues un sentido más amplio de lo que el término moderno de "político" permitiría pensar: no es simplemente un hombre que aspira a participar en los asuntos públicos y que se complace en los ejercicios de lo que nosotros llamamos "la política", sino un hombre incapaz de "vivir bien" fuera de ese reducido ambiente que no era institucional, sino social, moral, religioso y cultural» (pág. 373). Will, en el fondo, está queriéndonos decir que la ciudad no era una mera superestructura jurídico-política (estado o aparato legal opuesto a sociedad civil), lo cual hace pensar en el concepto schmittiano de constitución material (Verfassung), no lejano de la definición aristotélica de politeia como «una organización de la polis, de sus poderes y sobre todo del poder supremo» (Pol., 1278b).

Si la política a la griega –tan cara a una Hannah Arendt– constituye la matriz de la civilización en su conjunto, la esfera de lo sagrado se confunde básicamente con ella, hasta el punto de que adjetivos como laico o profano son a duras penas decibles de cualquier manifestación significativa de la vida colectiva. Los Aspectos religiosos de la civilización griega del siglo V (págs. 467-560) cubren una segunda parte de síntesis bastante bien lograda: generalidades, la religión cívica, círculos sociorreligiosos distintos a la ciudad, corrientes místicas, evolución de la mentalidad religiosa en esta centuria. Por último, la tercera parte de Economía y Sociedad (págs. 561-605) da paso a dos viejas amigas del autor –dos vedettes del siglo XX , que no del V –, y sobre cuya vida vamos sabiendo más cosas para la cuarta que para la quinta centuria –un tiempo que hasta el final de la Pentecontecia se nos antoja básicamente anclado en las tendencias del seiscientos–. Subrayemos, en cualquier caso, la conclusión general de Will: «Mucho se ha escrito sobre el extremo de saber si la economía griega era "primitiva" o "moderna", y algunas veces se ha pretendido dosificar sutilmente ambas tendencias. Son especulaciones inútiles: la economía griega era simplemente... griega» (pág. 605).

Le monde grec et l'Orient: he ahí un texto que acusa el paso del tiempo –hoy integramos mejor en nuestra perspectiva al más allá de Atenas y Esparta–, pero que retiene, a nuestro juicio, su validez esencial. Cabe pensar que una de las razones de esta lozanía reside en que, con el avance del especialismo, faltan los autores capaces de lograr la síntesis de una época en todos sus aspectos. Parece que con Will se despide la última generación de universitarios capaces de tales empresas. Bienaventurados ellos que, libres de algunas cosas hodiernas, laboraban en la concentración y en el amor y en la fe en el conocimiento histórico. Suyos han sido los favores de la gloriosa hija de Mnemosine.

01/01/1998

 
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