ARTÍCULO

El judío errante

Losada, Madrid
Trad. de Raquel García Lozano
224 pp. 15 €
 

Debido a los cataclismos del destino desencadenados por la barbarie nazi, Aharon Appelfeld, nacido en 1932 en Bucovina, que hasta hacía pocos años formaba parte del imperio ­austro-húngaro, judío asimilado de lengua alemana, no es, como hubiera sido su lugar lógico, uno de los muchos escritores judíos de la literatura alemana, sino uno de los autores más importantes del Estado de Israel. Sin embargo, como no podía ser de otra manera, su tema recurrente sigue siendo el Holocausto, y de alguna manera ese holocausto transcurre en los escenarios de su infancia, en la Europa que tuvo que recorrer, separado de sus seres queridos, durante seis largos años. El resultado de esa forzada mixtura es una escritura peculiar, y alguna pequeña disfunción toponímica en la traducción, obligada a traer del hebreo topónimos alemanes.
Vía férrea vuelve sobre el Holocausto, pero lo hace desde una óptica especial y con una intención especial: en primer lugar, lo que se nos cuenta no es el Holocausto mismo, sino la trayectoria –nunca mejor dicho– de una de sus víctimas supervivientes, moralmente perdido en el país que un día fue suyo, buscando un objetivo para vivir. En segundo lugar, y de resultas de esa primera premisa, el recorrido del protagonista –que transita interminablemente una línea de ferrocarril, la misma en que los nazis lo dejaron al final de la guerra, en busca del asesino de sus padres– se convierte en trasunto y metáfora, una vez más, de la figura del judío errante. La sombra de Ahasver vuelve a surcar el mundo. Estación a estación, el narrador recorre la vía dolorosa de una vida que no sólo es apátrida, sino carente de lugar en todos los sentidos. Todo su ser mira hacia el pasado: la ocupación de la que vive es la recuperación de antiguos tesoros judíos, la gente con la que se relaciona se define por su actitud hacia él y, por extensión, hacia el judaísmo: por su condición de víctima, de soporte pasivo de la barbarie o de verdugo. Su destino final es el final de su destino.
Sin embargo, hay una circunstancia añadida que da a Vía férrea un carácter especial en la literatura del Holocausto: durante años, se ha extendido por el mundo la figura del judío llevado al sacrificio en actitud pasiva, perplejo por la persecución a la que es sometido, abrumados ellos y los espectadores no ya por la palmaria injusticia de la persecución, sino por su carácter absurdo, universal, inmotivado, por la persecución del judío por el hecho de serlo, a despecho de cualquier trayectoria personal. Esto no es así en Vía férrea. El protagonista, sus padres y su círculo son comunistas judíos, activistas políticos en la preguerra, es decir, adversarios del régimen, personas que no sólo se defendían, sino que atacaban. Con este motivo, Appelfeld aborda una temática novedosa y delicada: porque la reacción de los demás judíos ante la actividad de sus hermanos bordea la acusación de culpabilizarlos de lo que va a ocurrir; la pasividad adopta aquí una forma nueva, la de quien teme que cualquier cambio en el statu quo traiga la destrucción y, por tanto, culpa a quienes lo promovían de haberla traído.
Appelfeld dista mucho de ser simplista en el tratamiento del asunto: los supervivientes comunistas tampoco están seguros de sí mismos después de lo ocurrido, aunque sus razones no sean causales, sino profundas; ya no están seguros de tener razón. El resultado es un conflicto riquísimo en matices, servido por una escritura realista en apariencia y en realidad surcada por ramales oníricos, por secuencias que por momentos recuerdan a ese Kafka al que la crítica alude al referirse a Appelfeld, aunque estemos aquí ante una personalidad muy diferente. Una personalidad que se intuye compleja y atormentada, a la que quizá no es ajena la pregunta que él mismo se hacía en una entrevista reciente: «Qué hemos hecho mal, qué culpa tenemos el pueblo judío, por qué se nos odia tanto». El desenlace de la trama –que obviamente no vamos a revelar aquí– deja en pie la inquietante sensación de que algunas preguntas no pueden tener respuesta, y de que sin respuesta a esas preguntas no puede haber sosiego. 

 

Una breve y densa narración, un camino muy poco transitado. Un libro y un autor por explorar

01/02/2007

 
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