ARTÍCULO

Una democracia exigente

 

En los tiempos que ­corren, una reflexión crítica so­bre algunos problemas de nuestra democracia como la que nos propone este libro debe ser bienvenida, sobre todo, porque nos recuerda que los principios que sustentan el gobierno democrático son y deben ser perfectibles. La democracia se ha convertido en un talismán del lenguaje político contemporáneo. Sin embargo, las connotaciones positivas de esta noción no pueden ocultar cierta complacencia en su uso actual. El fin de los totalitarismos del siglo xx supuso su elevación como forma de gobierno sin oponentes y legítima universalmente. La globalización determinó su consagración como sistema político que mejor se adapta al capitalismo en un mundo global. Sin embargo, aunque algunos hechos apoyan esa interpretación, las cosas son más complejas que lo que el pensamiento único quiere hacernos ver. La democracia liberal está lejos de ser tanto una fórmula política perfecta como un instrumento eficiente para regular la economía globalizada. Probablemente, estamos más cerca de la verdad si concebimos la democracia como una idea con una larga y polémica historia y un sistema político relativamente reciente en el que la interpretación de sus principios normativos y sus problemas de funcionamiento en la práctica política están lejos de tener un encaje perfecto. Por ello, a pesar de su extensión y de su legitimidad, la tarea de repensar la democracia es una tarea necesaria e imprescindible. Desde esta perspectiva, la democracia surge como una idea nueva que debe asumir críticamente el legado teórico del pasado para, al mismo tiempo, ­reo­rien­tar los problemas de los sistemas políticos democráticos de hoy.
Este espíritu es, a mi juicio, el que caracteriza y permite comprender mejor este libro. Instalado en un ponderado espíritu crítico, más revelador de problemas que portador de fórmulas mágicas, el núcleo de las preocupaciones del profesor Rubio Carracedo emanan del papel que debería ocupar la educación cívico-democrática en nuestros sistemas democráticos y, sobre todo, de un modelo democrático-liberal que reduce al mínimo el papel de la ciudadanía en su imprescindible papel de control político. El problema viene de lejos en la teoría de la democracia, desde la tradición liberal hasta autores más recientes que, desde Schumpeter hasta Dahl, han puesto el énfasis en una visión de la democracia realista, procedimental o «mínima» en la que la participación de la ciudadanía no tiene un papel destacado para el buen funcionamiento de los sistemas democráticos. En este sentido, Ciudadanos sin democracia constituye una reflexión crítica, escrita desde una clara vocación de regeneración democrática. Para ello, el autor despliega su amplio conocimiento sobre la obra de Rousseau en el ámbito de los fundamentos (Parte III); se alinea dentro de una posición vinculada al republicanismo en su tratamiento de los problemas tratados en su análisis (Parte I); y, por último, analiza algunos de los debates ético-políticos contemporáneos más importantes (Parte II). Sin embargo, uno de los elementos más interesantes del libro es que aúna el rigor académico sin dejar de enfrentarse a cuestiones candentes de nuestros sistemas democráticos, lo cual refleja por parte del autor una auténtica y radical voluntad de pensar para actuar y, por tanto, transformar no sólo nuestras ideas sino también nuestras prácticas democráticas. Desde esta perspectiva, la idea de fondo del libro es que sólo otra idea de ciudadanía puede remediar las antinomias de una democracia insuficiente como la que tenemos. Este punto de vista es bien conocido entre los partidarios del modelo democrático participativo en sus múltiples variantes. Sin embargo, lo nuevo es que la ciudadanía se ha convertido en un concepto fundamental de la teo­ría política contemporánea y un eje de articulación de la vida política democrática debido al cambio que está sufriendo el papel del Estado-nación en las sociedades occidentales, como consecuencia de procesos de cambio social que refuerzan la dimensión internacional de la política, tales como la globalización, los fenómenos migratorios, el cambio tecnológico o los problemas internacionales. La transformación de la comunidad de la política que está operándose en nuestro mundo está trastocando la convivencia de las identidades políticas junto con la diversidad intercultural. Nos hace falta otro concepto de ciudadanía y, por ello, Ciudadanos sin democracia es un buen exponente en nuestro país de una amplísima literatura, fundamentalmente anglosajona, que hace de la ciudadanía uno de los ejes de la transformación democrática.
Rubio Carracedo señala acertadamente los principales males de la democracia. De entre ellos yo destacaría: una escasa cultura política democrática por parte de la ciudadanía, que oscila entre la indiferencia y la desafección políticas; un modelo democrático representativo que apenas aprovecha los mecanismos posibles de representación directa que ha­rían posible una mayor participación política; una democracia clientelar en la que los partidos políticos y la propia clase política se distancian cada vez más de los intereses reales de los ciudadanos; y, finalmente, una crítica al criterio de la paridad en la ocupación de cargos de responsabilidad política como una fórmula adecuada y suficiente de reforma democrática. Ante este diagnóstico, los pilares de la regeneración democrática pasan por una recuperación de la educación cívica en la educación de la ciudadanía; un modelo democrático liberal-republicano; una crítica a los enfoques liberales de representación indirecta; un estudio concreto que establece una interesante crítica a la democracia paritaria; y, finalmente, una reivindicación de la civilidad como virtud que impulse el sentido cívico de los ciudadanos y su respeto por lo público. Sin embargo, tan interesante como el rigor académico de la argumentación crítica lo es, sin duda, la puesta en escena de una perspectiva constructiva muy bien fundamentada tanto en el plano doctrinal como en el aplicado. De este modo, algunas de las ideas que se apuntan para el caso español son extremadamente sugerentes: la implantación de un código ético para los políticos democráticos, una cooptación del liderazgo en los partidos políticos a través de elecciones primarias, la implantación de una asignatura de educación cívico-democrática junto con una potenciación de los mecanismos permitidos por nuestro sistema político de participación directa en nuestra Constitución. No se trata de todas, sino las que más han llamado mi atención.
Además, Ciudadanos sin democracia se interroga y reflexiona con acierto sobre otras cuestiones colaterales en los capítulos de la segunda y tercera partes: en primer lugar, la necesidad de elaborar una ética cosmopolita a partir del diálogo transcultural y una reflexión muy interesante sobre los criterios en que debe basarse; en segundo lugar, un estado de la cuestión muy clarificador sobre la respuesta de la ética a la biotecnología; y, por último, un tratamiento muy riguroso de algunos aspectos de la obra de Rousseau que complementan e iluminan los fundamentos teóricos del libro.
En síntesis, la tesis de esta obra sería que ante una democracia actual insuficiente sólo puede postularse una democracia exigente fundada en una ciudadanía educada a su altura. Así, la reflexión sobre la ciudadanía y, en particular, la educación en valores democráticos se convierte en un elemento tan fundamental como necesario. El asunto trasciende al debate académico y adquiere una especial relevancia en el debate político en estos momentos, dado que el gobierno de nuestro país está impulsando una asignatura de «Educación para la Ciudadanía» en el currículo de los escolares españoles para su implantación antes del final de la legislatura. En este sentido, este libro nos ayuda a comprender tanto los fundamentos como la importancia de esta propuesta gubernamental que va a afectar a nuestro sistema educativo. Ciudadanos sin democracia contiene además, como se ha apuntado más arriba, un sólida reflexión sobre los males de nuestra democracia junto con una propuesta teórica constructiva que exhibe un puñado de buenas propuestas prácticas aplicadas al caso español que debe­rían ser tomadas en consideración. Quizás el único pero de la obra, en el marco de la elaboración de esa democracia exigente que postula, es la escasa atención que presta su autor al modelo democrático deliberativo, tan importante en la teoría de la democracia contemporánea. En cualquier caso, esta observación no hace que desmerezca en ningún caso el resultado final: un libro riguroso, crítico y constructivo, que nos muestra que pensar la democracia hoy constituye un desafío intelectual tan fascinante como complejo, pero también una tarea inexcusable en la que el debate de las ideas no puede alejarse del compromiso cívico y de su auténtico sentido: la ciudadanía. 

01/08/2007

 
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