ARTÍCULO

Toros y fútbol

 

La fortuita coincidencia en la aparición en el mercado editorial español de estos dos libros, de procedencias y planteamientos dispares, propicia la consideración conjunta en el sentido y con las resonancias que anuncia el titular de estas líneas. Una tentación que también ha afectado en cierta manera a los autores de estas obras que, independiente, pero explícitamente, propenden a la misma asociación de estos dos espectáculos de masas. Quizá, en primer término, por las obvias connotaciones de instrumentalización política de la que los españoles guardamos memoria reciente: «Sería injusto afirmar que el fútbol fue el único deporte que ayudó a mejorar la imagen exterior de la España franquista. Las corridas de toros (al margen de la polémica de si pueden ser consideradas como deporte o no) eran una poderosa atracción turística» (González Aja, pág. 199).

La vinculación se ve favorecida, en segundo lugar, por las graves consecuencias que las autoridades, fueran del signo que fuesen, temían que pudieran derivarse de esas imprevisibles grandes concentraciones humanas: «En Gran Bretaña, el desarrollo del fútbol profesional y su consiguiente popularidad [...] despertó miedos y ansiedades» equiparables a las que en España despertaba «el comportamiento del público en la plaza, y en particular la falta de respeto que a veces mostraba por el presidente de la corrida» (Shubert, pág. 170). Unos paralelismos que, en todo caso, no se agotan ahí, naturalmente, sino que podían prolongarse sin mayores esfuerzos en la consideración de ambas actividades como los grandes eventos festivos de nuestra época, con todo lo que ello supone, que no es poco: entretenimientos modernos, generadores de pingües operaciones económicas, suscitadores de grandes pasiones colectivas, viveros de nuevos mitos y, en fin, por encima de todo, contiendas simbólicas o acontecimientos cargados de múltiples significados.

Una vez dicho todo eso, sería urgente precisar que estas obras no tratan tan solo de corridas de toros y partidos de fútbol sino, por un lado, de la inserción del fenómeno taurino en la sociedad española y, por otro, de la contaminación política de las competiciones deportivas en general. En el trabajo de Shubert, encontramos que su análisis responde con creces a lo que sugiere el subtítulo del libro, y se convierte en una ejemplar «historia social del toreo», casi desde sus orígenes hasta nuestros días, pero con especial dedicación a ese siglo de oro que va desde mediados del XIX a las décadas centrales del XX. La obra colectiva coordinada por González Aja, que contiene estudios de varios especialistas extranjeros, se nos presenta en apariencia como caso opuesto, aunque en el fondo coincidente con el anterior, por cuanto el contenido del libro va mucho más allá de lo que unos absurdos título y subtítulo reductivos nos anuncian. Basta, en efecto, la más superficial de las revisiones para comprobar que, aunque en sus páginas se concentre el foco en el manejo que hicieron los regímenes autoritarios –en especial la Alemania nazi, la Italia fascista y la Unión Soviética– de sus «equipos nacionales» y de los certámenes de sport del período de entreguerras, otros artículos y numerosas referencias nos hablan de la política deportiva de los Estados democráticos (Francia, Bélgica, Gran Bretaña). Más aún, una de las conclusiones más llamativas del libro es precisamente que fueron estos últimos, los países democráticos, los pioneros y, en algunos casos concretos, los más hábiles, en la manipulación política de los encuentros deportivos.

Aunque, obviamente, el tema de la utilización del deporte por parte del poder –cualquier tipo de poder– es el núcleo vertebrador de Sport y autoritarismos, el contenido del libro se desborda hacia otros márgenes que personalmente considero tan interesantes como aquél. Podemos fijarnos como puntos de referencia en las cuestiones con las que Pierre Arnaud abre el capítulo sugerentemente titulado «El deporte, vehículo de las representaciones nacionales de los Estados europeos»: «¿A partir de qué momento y en qué circunstancias el deporte se convirtió en un medio para alcanzar un mayor prestigio entre las naciones, en un instrumento de propaganda, en el índice de la vitalidad de un pueblo o en el escaparate de un régimen político?» (pág. 11). Aunque sería descabellado, por supuesto, exigir en una obra de estas características, amalgama de diversas plumas y varios enfoques sectoriales, una cumplida respuesta a todos esos interrogantes, la lectura de las distintas contribuciones puede proporcionar, no obstante, algunas pistas interesantes, a la par que deshacer algunos tópicos. Así sucede, por citar un caso, en lo referente a la extensión por el continente europeo de las prácticas deportivas acuñadas en el solar británico.

Es obvio que la anglomanía en este apartado específico derivaba del prestigio de la educación inglesa (y del papel relevante que en ella ocupaban los ejercicios físicos), pero los estudios empíricos muestran que hay que ser cautos a la hora de atribuir simplemente a esa moda y a la habilidad de los agentes británicos la implantación y desarrollo de la semilla. Serán otras causas más complejas, ligadas a la urbanización y la industrialización de las diversas sociedades del viejo continente las que propicien el marco adecuado para que prosperen las competiciones deportivas y los espectáculos de masas. Del mismo modo, el proceso de nacionalización, primero, y de internacionalización, después, en las diversas disciplinas deportivas se presta mal a la simplificación: el papel del Estado, por ejemplo, como promotor y controlador, resulta ser menos relevante de lo que en un principio tiende a suponerse; antes de que aquél intervenga hacen falta múltiples iniciativas individuales o de grupos concretos, la organización de clubes y competiciones, un número suficiente de atletas, un público interesado y dispuesto a gastar el dinero, etc. Incluso el auge indudable del nacionalismo deportivo posterior a la Gran Guerra plantea en este sentido diversos interrogantes que no son fáciles de despejar.

Enlaza de modo natural este planteamiento y esa perspectiva con la aproximación que realiza Shubert a nuestro espectáculo de masas más característico: no sólo descarta el hispanista anglosajón toda consideración de la llamada fiesta nacional en términos esencialistas (expresión de un supuesto espíritu patrio inmune a las vicisitudes históricas), sino que enfatiza el encuadre opuesto, hasta el punto de que halla en las corridas el «primer espectáculo moderno» del mundo occidental. De este modo, frente a los apologistas retóricos o los detractores furibundos, el autor, con esa falsa candidez que tan buen resultado ha proporcionado a algunos de sus colegas en el acercamiento a la realidad hispana, se limita a señalar lo obvio: que las corridas de toros constituyen «en primer lugar y por encima de todo» un negocio, un gran negocio, como (al margen de remilgos o hipocresías) reconocieron ayuntamientos, diputaciones y hasta sindicatos obreros, al apuntarse al carro de su organización cuando necesitaban fondos. Para las autoridades en general, dinero cómodo, naturalmente, sin correr el riesgo de promover nuevos impuestos.

En este aspecto, ¡menudo éxito el de las corridas durante todo el siglo XIX y gran parte del XX! ¡Sin contar, por supuesto, las rentabilidades de todo orden que extraerán los sectores directamente implicados: ganaderos, empresarios y, sobre todo, toreros! He aquí, pues, dice Shubert, una compleja industria cultural que implica a distintos estratos con intereses divergentes, pero con un horizonte común: sacar un buen rédito a una actividad que además tiene la estupenda justificación de propiciar la diversión popular, el entretenimiento de grandes multitudes a lo largo y ancho del país. ¿Especificidad hispana? En parte sí, ¿para qué negarlo?, pero rebajando las aristas: tanto en Inglaterra como en Francia y Estados Unidos hubo espectáculos taurinos a lo largo del siglo XIX, sólo que los valores dominantes de las clases altas llevaron a su persecución y a su prohibición definitiva. Su lugar sería ocupado en estos países por las competiciones deportivas de pago. En este sentido, como acontecimiento de masas, la corrida no hizo más que anticiparse a lo que iba a ser uno de los grandes hechos sociológicos del mundo en que vivimos. Lo extraño, por ello, es que estas industrias del ocio hayan despertado hasta ahora una atención relativamente escasa en los estudios históricos. Los dos libros aquí considerados ponen claramente de manifiesto que no hay temas menores si se abordan con coherencia y con rigor.

01/05/2003

 
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