ARTÍCULO

«Teoría marica»

Sege Publications, Thousands Oaks (California), 1997
State University of New York, Albany (New York), 1998
en Journal of Women's History, vol. 10, nº 1, 1998
New York University Press, Nueva York, 1996
Editado por Emmanuel S. Nelson, Journal of Homosexualitgy, vol. 26, nº 2/3, 1993
 

Primero el nombre. Queer theory es un término de fácil y difícil traducción; «teoría marica» quizás suena muy fuerte, pero es lo más cercano que tenemos en castellano. Queer theory no es sólo una nueva denominación destinada a unificar la teoría homosexual, gay y de las feministas lesbianas; es también una vindicación. Aunque la historia de esta etiqueta comienza a principios de los noventa, es ahora cuando se va imponiendo. Pero no sin reticencias. William G. Tierney nos explica que, acostumbrado a ser un teórico homosexual, a reclamar para sí la etiqueta de pensador gay, no asume sin reparos el nombre de teórico queer. Con reparos o sin ellos, lo cierto es que una serie de teóricos de procedencias e intereses muy diversos, han venido a abrigarse bajo el paraguas de esta nueva denominación común, lo que al cabo les confiere cierto parecido de familia.

Pero ¿qué es exactamente la queer theory? En ella se reúnen dos orientaciones fundamentales. Por un lado están los que, influidos por el Foucault norteamericano, andan preocupados desde hace tiempo por establecer los mecanismos de configuración de la identidad y, específicamente por los discursos y prácticas sexuales. La traducción de los dos últimos volúmenes de la Historia de la Sexualidad de Foucault significó una revolución que ha llevado a un trabajo minucioso sobre la genealogía de los conceptos de heterosexualidad, género, matrimonio, etc. El carácter militante de estos estudios los aproxima al otro grupo que contribuye a la queer theory: las feministas lesbianas. Nociones como las de «cuidado», «diferencia» y otras, características del pensamiento feminista, no tienen problema en reunirse con las desafecciones foucaultianas (o con las motivaciones deconstruccionistas) para desvelar la unilateralidad sexual del pensamiento moderno (no sólo patriarcal; también heterosexual) y para reclamar el reconocimiento de su peculiar diferencia. En esa demanda todos participan de una recuperación diferente de los conceptos en torno a los cuales configuramos nuestra identidad. Identidad individual y social pues, como ha mostrado Robert McRuer, es imposible hablar de identidad sin implicar una postura social (o «política», como suelen decir estos autores, haciendo del término un comodín un poco empalagoso, en un «todo es política» que incluye hasta la elección de calzado).

En esa línea han aparecido multitud de trabajos de calidad muy variable: reconstrucciones históricas, genealogías y lecturas de conceptos, imágenes y metáforas intelectuales. Entre los mejores, hay que mencionar el formidable estudio de Robert Samuels, Hitchcock Bi-textuality: Lacan, Feminisms and Queer Theory y el libro, no menos revelador, de Jeanne Lorraine Schroeder, The Vestal and the Fasces: Hegel, Lacan and the Femenine que, aunque su autora quizá no lo incluiría en esta línea, entra en el tono de la queertheory. Es cierto que la fijación de la mayoría de los autores de la queer theory por el final del siglo XIX, unida a la necesidad editorial de publicar rápidamente para un mercado virgen, ha contribuido a que proliferen hasta la minucia irrelevante textos sobre la composición o represión homosexual en el último cuarto del siglo XIX y en el primero del siglo XX ; también es cierto que esos estudios tienen más de protesta que de logro teórico. Pero a veces son el primer paso para trascender la mera denuncia histórica. Lisa Duggan, en una de las mejores exposiciones sobre la historia y el estado actual de la queertheory, explica que, al principio, su interés por la historia de las mujeres y de los homosexuales estaba muy cerca de la «nueva historia social» empeñada en dar la palabra a los silenciados pero luego advirtió que tal preocupación era insuficiente si no se ponían en claro los mecanismos de formación de los conceptos que daban cuerpo a las categorías de género o heterosexualidad. Así se trata, no sólo de hacer emerger voces ocultas, sino de comprender el pasado como un terreno donde rastreamos los conceptos, imágenes y metáforas que guían la formación de nuestra identidad individual y social.

Llegados a este punto, cabe preguntar qué novedad aporta todo esto a una lectura europea que no necesita explotar nuevos campos comerciales dentro del pensamiento. Yo diría que la queer theory replantea la historia, el canon y el saber del presente. La historia, en tanto que aparece no como algo que aconteció simplemente, sino como un lugar donde cabe el intento militante de construir un mundo acorde con nuestras necesidades. El canon, pues, el pensamiento (literatura, filosofía, historia...) no dice nada si no se puede interrelacionar con la política, con preocupaciones de configuración de la identidad, sentimentales, utópicas, etcétera. Y en fin, replantea el saber del presente, pues ya no existe un único conocimiento, sino un ámbito de la reflexión surgido de la confluencia y conflicto entre diversos saberes, instituciones, políticas, un conglomerado donde el teórico reconoce todo aquello que le afecta personalmente.

En lo que respecta a la forma, la característica más relevante de la queer theory es que cambia el modo de hablar. En sus textos, lo primero que nos llama la atención es que suelen ser tremendamente autobiográficos, y en ellos las experiencias particulares del autor pueden irrumpir en medio de una sesuda argumentación. Incluso en un manual introductorio, como el de Annamarie Jagose, Queer Theory: AnIntroduction, no hay reparo en que la voz del autor interrumpa su propia exposición. Esta ruptura de los géneros era casi inevitable tratándose de una teoría que exige ante todo que se reconozca la particularidad sexual de quien escribe, que se reconozca que el sujeto de las teorías tiene siempre un sexo determinado (y la mayoría de las veces represor de otros sexos u opciones sexuales). No es extraño que ese sujeto que chilla su homosexualidad (y al que no le importa llamar la atención calificándose de «marica») aparezca en el centro de todas las argumentaciones. Es cierto que en el mundo anglosajón siempre ha habido un interés particular por la autobiografía, pero aun así, no es muy común que lo autobiográfico interfiera cuando se trata de cuestiones de filosofía política, antropología o deconstrucción textual. Que el autor, mientras habla de la ciudadanía política (y aquí el libro de Tierney, Academic Outlaws, es paradigmático), se refiera a sus enamoramientos o a sus desgracias personales, no suena serio y puede hacer que le perdamos el respeto. Pero quizá no haya otra opción si se trata de reivindicar un yo sexuado, que plantea sus deseos y pretende realizarlos. A menos que se reconozca que se mira mal a estos textos porque son homosexuales.

Y realmente son homosexuales y eso es lo que pueden aportarnos: miran nuestro mundo desde otra perspectiva, invitándonos a hacernos sensibles a reivindicaciones, expectativas y planteamientos que por impensados (o pensados pero reprimidos) no suelen aflorar en nuestras teorías al uso. Esta sensibilidad empapa el pensamiento queer desde muy temprano. Ya en 1993 el Journal of Homosexuality publicó un número monográfico sobre escritores homosexuales negros apercibiéndose de que ni todos los homosexuales eran iguales, ni lo eran todos los negros, ni siquiera todos los homosexuales negros. No hace mucho, Celia Amorós se quejaba de que sólo las mujeres acudan a la teoría feminista, cuyas aportaciones quedan así relegadas a un gueto. Quizás sea este el destino que espera a la queertheory. Y no contribuye a evitarlo su inclusión en los planes de estudios de las universidades norteamericanas como una materia casi obligada, no por su interés intelectual, sino porque hay que ofrecerla a un sector muy determinado. Pero si alguien sueña todavía con una teoría implicada directamente en la vida, la queertheory será en todo caso uno de los pocos lugares donde aún puede encontrarla.

01/05/1999

 
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