ARTÍCULO

La normalidad desquiciada

Menoscuarto, Palencia
220 pp. 15 euros
 

Un libro como Temporada de huracanes pone en evidencia tres cosas: la primera es, sin duda, que la actualidad y el mercado de los libros, de un lado, y el de la literatura y la exigencia literaria, de otro, discurren por caminos paralelos que apenas llegan a encontrarse; la segunda, que el género del cuento, por muchos empeños que se han sumado, y siguen sumándose, para acrecentar su estima y valoración, no parece despojarse del estigma indeleble que lo confina por lo general en el reducto y el gusto de la minoría; la tercera, consecuencia de las anteriores, es que escritores como Gonzalo Calcedo, autor de casi una docena de libros de cuentos, y todos con méritos sobrados, permanecen casi en el anonimato para gran parte de los lectores.
Y eso a pesar de que el autor (nacido en 1961) lleva años hurgando en la llaga de una sociedad dañada en sus propias entrañas, representando los trastornos y conflictos de la convivencia y la incomunicación, o destapando las miserias que germinan de modo natural en la vida cotidiana. Situada muy lejos de la neutralidad complaciente o de la comodidad liviana que habitualmente se quedan en la piel de las apariencias sin traspasarla, su narrativa, al recrear una realidad dura, punzante y molesta, provoca el desasosiego y la desazón suficientes como para que la lectura no favorezca la pasividad, sino que intensifique su función catártica de limpieza y purificación. En estas coordenadas se sitúa Temporada de huracanes. Los once cuentos que contiene el libro presentan un variado y oscuro círculo de personajes (y digo círculo porque esa es la imagen que mejor cuadra a su trayectoria vital: un pozo en el que sólo es posible girar sobre sí mismos) que comparten la marca de la desorientación. Hombres y mujeres de distintas edades, casados y divorciados, padres e hijos, vecinos, todos son personajes desnortados y, por tanto, imprevisibles, enfrentados sin concesiones a una situación agobiante que se les presenta siempre inesperada, como el andar cauteloso de un animal al acecho.
Se trata de una obra dialéctica de seres humanos en conflicto, no sólo con los demás, sino sobre todo consigo mismos. Pueden ser tipificados, por tanto, de fronterizos y otrificados, como si por su mismo desencuentro bailaran siempre en la cuerda floja, o como si por querer cambiar o reparar un daño buscaran la solución en la huida de las circunstancias y, no obstante, se vieran abocados a perjuicios mayores. Gonzalo Calcedo crea de esta forma pequeños mundos sin salida, trayectorias humanas urdidas con las tramas de la desilusión y el de­sa­lien­to o, peor aún, con los restos y los despojos de unas vidas yermas condenadas a la incertidumbre.
Así, mientras unos personajes se encierran en su tela de araña y no encuentran salida al túnel de su zozobra, como los hombres casados de «Tres muñecos de nieve» con su desequilibrio doméstico y familiar, los competidores de «Conversación», a la vez verdugos y víctimas, o las mujeres de «Instrucciones para náufragos» y «Temporada de huracanes», que no pueden librarse de su vida anodina y estéril, otros pretenden borrar su presente con la huida hacia delante, como la profesora de «A dos mil metros de altura sobre el nivel del mar» que, por escapar de la rutina matrimonial, se embarca en experiencias tal vez más insatisfactorias; la protagonista de «El hombre que charlaba con las ardillas», cuya desazón existencial avanza durante una noche al mismo paso que la inseguridad futura; o los hijos descastados y azuzados por la falta de amor o por el remordimiento en «La máquina del tiempo» y «Televisión por satélite», inequívocos ejemplos de la desolación y la impotencia de recuperar lo per­dido.
Bastaría, pues, con recurrir a palabras como soledad, incomunicación, angustia, desasosiego y otras semejantes, o a imágenes como la de un archipiélago familiar de islas desprendidas de su núcleo para definir el sentido de estos cuentos de personajes. Sin embargo, conviene añadir que esta interpretación quedaría incompleta si no se hiciera mención al tono y al sentido de su escritura. Pese a la densidad y gravedad de sus contenidos, Temporada de huracanes no explota el dramatismo ni la fácil morbosidad. Calcedo no entra en ese juego, sencillamente porque si de algo puede ser calificada su escritura es de inteligente.
Inteligente es, sin duda, ser imprevisible en el tratamiento de los asuntos, un tratamiento que tiene en su base y en su propósito contar historias sin explicar nada, y mucho menos sus claves. Todo su desarrollo depende de la perspectiva desde la que se cuentan, en todo momento oblicua, refleja y nada directa. Y eso es lo que ha de descubrir el lector. Como también ha de descubrir lo que se esconde detrás de la historia y los argumentos y, ante todo, el tono o los sentimientos que, como una vuelta de tuerca, acaban otorgando a estos cuentos una forma muy diferente de la que en principio tenían.
Por ejemplo, el humor es la solución literaria a un estado de desolación en el primer cuento o en el titulado «El club Gucci»; la ironía o el cinismo resuelven una situación descoyuntada en «Tres muñecos de nieve», «Instrucciones para náufragos» o «El poney rojo y otras lecturas»; la sensualidad suaviza una experiencia límite en «El hombre que charlaba con las ardillas»; y la ternura cierra unas circunstancias incómodas en «Temporada de huracanes» o «Televisión por satélite». Una escritura sugerente que, ya se sabe, está al alcance de pocos. 

 

01/05/2008

 
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