ARTÍCULO

Summa (¿y seguirá?)

Anagrama, Barcelona
388 pp. 19 €
 

Quienes hemos estado leyendo a Enrique Vila-Matas durante más de veinte años (incluida la obra «menor»: crónicas, artículos, columnas, reportajes, crítica literaria, ensayos, etc.) conocemos con cierta precisión el territorio del que emergen las peculiares y arriesgadas propuestas narrativas de este escritor, que ha ido alzando y encerrando en ellas un mundo inconfundible: un espacio interior, intelectual, estético y existencial. Con El mal de Montano (2002) creí que tan personalísima vía había alcanzado su cenit.Vino después París no se acaba nunca (2003) –deliciosa autobiografía ficticia de la bohemia y los años de aprendizaje de escritor en el París de mitad de los años setenta–, novela que recuperaba la sobriedad, contención y equilibrio de la muy celebrada Bartleby y compañía (2000), después de la expansión que había supuesto Montano y que yo no creía superable. Y, sin embargo, aquí tenemos Doctor Pasavento, que tensa y extrema aún más la singular poética narrativa de Vila-Matas: un ars combinatoria de experiencias vitales, sedimentos literarios y otras averiguaciones expresadas desde el más irreductible hibridismo de géneros.
En El mal de Montano asistíamos a la aventura de un ser (el Narrador) tentado de convertirse en literatura, ser él mismo un relato escrito por su hijo, donde estuviera «la historia de la literatura vista como una corriente extraña de aire mental de súbitos recuerdos ajenos que habían ido componiendo, a base de visitas imprevistas, un circuito cerrado de memorias involuntariamente robadas». Ahora, en Doctor Pasavento, el narrador explora su pasión por desaparecer, pasión vinculada al conflicto de la identidad y la impostura, que el autor ya había esbozado y/o desarrollado en lejanas páginas. Así, en Impostura (1982), una nouvelle ambientada en la Barcelona de los años cincuenta, que narra la historia de un vagabundo mendigo a quien sorprenden robando vasos funerarios y que, tras ser detenido, declara no saber quién es, desconocer su identidad, pasando entonces a vivir en una especie de no-tiempo y de no-ser, entre desconocidos y desmemoriados, en un hospital psiquiátrico (espacio que retorna ahora, en el sanatorio de Herisau y el recuerdo de los años que allí vivió recluido-desaparecido Robert Walser, cuya presencia gravita omnímoda en Doctor Pasavento). Así, en el Anatol de «El arte de desaparecer», relato de Suicidios ejemplares (1991); en Cyrano, el escritor de Extraña forma de vida (1997), que decide romper con su trayectoria y ensaya ser otro; en Federico Mayol, de El viaje vertical (1999), cuya historia es la de un exilio sin retorno. Siempre, en el centro de la literatura vilamatiana (tan excéntrica, por otra parte), hallamos este tipo de personajes que viven la experiencia de la extrañeza, la impostura o la negación, y que anhelan desaparecer y metamorfosearse. Precisamente la tercera parte de Doctor Pasavento («El mito de la desaparición») empieza así: «En la mañana del 1 de enero, al despertar tras unos sueños agitados, me encontré en mi cama convertido en un doctor en psiquiatría».Y la anterior, la segunda, recupera en su título el que hubiera debido ser el de América, la novela de Kafka: «El que se da por desparecido».
Sí, como reconoce el narrador, hay en Doctor Pasavento «los mismos temas míos de siempre»: la impostura, la idea de viajar y perder países, la muerte, la desaparición, el abismo, la bella infelicidad. Hay una similar estructura narrativa, que disloca especularmente el tiempo de la historia hasta hacer que los distintos planos reverberen los unos sobre los otros y todos entre sí hasta lograr una opresiva impresión de circularidad, acentuada por las constantes repeticiones y azares y juegos à l'envers. Hay el mismo modo compositivo de obras anteriores, articulado a partir del fragmentarismo y el collage, resultando todo en un mosaico compuesto por piezas de muy diversa naturaleza procedentes del doble plano aquí amalgamado: realidad y ficción.Y hay, cómo no, la poderosa presencia de un narrador-escritor que tiene un mundo y un lenguaje propios, lo que se dice un estilo, según lo entiende el autor, Enrique Vila-Matas, que, a propósito de Cesare Pavese, escribía en Para acabar de una vez con los números redondos: «Cuando digo estilo, estoy hablando de intentar lograr un espacio y un color interno en la página, un sistema de relaciones que adquiere espesor, un lenguaje calibrado gracias a la elección de un sistema de coordenadas esenciales para expresar nuestra relación con el mundo; una posición frente a la vida, un estilo tanto en la expresión poética como en la conciencia moral».
¿Hay algo nuevo, entonces? Sin duda. Aparte de en las historias propiamente dichas, el paso adelante, el salto sin red de Vila-Matas en Doctor Pasavento, radica en la amplitud de lo recobrado y en la profundidad con que retornan aquellos temas suyos, revisitados ahora no tanto desde el juego y el ingenio cuanto desde una honda gravedad: desde la dolorosa escisión de una conciencia, desde la pérdida de identidad del sujeto moderno. Gravedad trágica si consideramos que el deseo de desaparecer queda incumplido y que ese deseo nace de la repugnancia hacia el que se ha llegado a ser: un escritor relativamente conocido, que vive el horror de la gloria literaria: «Escribir para ser sobre todo fotografiado, amargo destino».
La brecha que este conflicto abre genera lo mejor de la novela: una serie de reflexiones sobre la escritura y la literatura.Y hasta puede decirse que tal brecha es la novela en sí: este libro, Doctor Pasavento, en el que, bajo el opulento despliegue de historias o su incesante vaivén errático, hay un radical despojamiento y la revelación directa y desnuda de cómo espontánea y libremente trabaja la imaginación creadora, cómo azarosamente va construyéndose una historia, cómo llegan o se imantan los materiales, cómo se manipulan... Cómo escribir puede volver a ser «un desposeerse sin fin».

01/01/2006

 
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