ARTÍCULO

Sobre País Vasco y terrorismo

Paidós, Barcelona
230 págs. 1.875 ptas.
Plaza y Janés, Barcelona
383 págs 2.750 ptas.
 

La necesidad de investigar y comprender la historia vasca más reciente, y en particular el problema de la violencia política y del terrorismo, está originando un auténtico subgénero del ensayo español, en el que participan tanto autores vascos, en muchos casos personalmente implicados en su campo de estudio, como también un número creciente de autores españoles y de otros países. Esta concurrencia indica el interés suscitado por un conjunto de temas que, aparte del peligro que a veces entrañan para el estudioso –los terroristas detestan que se les estudie–, no es fácil de abordar por su creciente complejidad. Más allá de la condena políticamente correcta de la violencia, apenas existe consenso acerca de la naturaleza y sentido del terrorismo vasco y de su mundo: para algunos se trata de una peculiaridad tribal que exige acercarse con cautela, recurriendo a una descripción etnográfica o periodística, que son las tradicionales para tratar de asuntos exóticos; para otros, poco hay en ETA y sus satélites de particularidad vasca o española y mucho, en cambio, de prácticas y creencias propias del lado siniestro de la modernidad; hay quienes aprovechan la explicación del fenómeno terrorista –que para el caso suele ser comprensiva– para saldar cuentas pendientes con la sociedad y el sistema político.

Los tres libros comentados a continuación son, en conjunto, un buen exponente de este panorama; su calidad y altura de miras es, sin embargo, muy diverso. Dato anecdótico: ninguno de los tres autores es vasco. Fernando Reinares es un conocido estudioso del terrorismo y catedrático de la UNED, Mª Jesús Funes es socióloga y también profesora de la UNED, y Antoni Batista es redactor del diario barcelonés La Vanguardia y corresponsal especializado en el País Vasco.

Los tres libros, como también la primera redacción de esta reseña, fueron escritos y publicados antes de que el 28 de noviembre de 1999 ETA declarara rota la tregua indefinida de acciones homicidas observada desde septiembre de 1998. La razón aducida por el grupo terrorista fue que sus condiciones, y sobre todo la exigencia de una ruptura absoluta e irreversible de los partidos del Pacto de Lizarra con las instituciones españolas y francesas, no estaban siendo cumplidas al pie de la letra por los nacionalistas moderados. El comunicado de ruptura indicaba también expresamente el absoluto desinterés de ETA por la paz y la normalidad política democrática y su implacable exigencia de una construcción nacional a su exacta medida: totalitaria y con sobrados indicios de que la misma implicaría la limpieza étnica de sus enemigos y de los disidentes de todo tipo. Dato que presta un interés especial al valor prospectivo y analítico de los tres estudios reseñados, pues todos ellos prestaron, como es natural, una gran atención al posible fin del terrorismo etarra, pronunciándose acerca de las estrategias más correctas para conseguirlo.

Para acabar con ETA, Fernando Reinares proponía una combinación de medidas políticas, jurídicas y culturales eficaces a medio plazo, sin caer en la tentación de extender recetas milagrosas ni en la ingenuidad de creer en un fin negociado fácil, rápido e imaginativo –como han venido sosteniendo, sin mayores precisiones, quienes durante la tregua criticaban al gobierno español por su falta de audacia e imaginación–; Mª Jesús Funes expresaba su confianza optimista en que los méritos y capacidades de los grupos pacifistas que estudia –Gesto por la Paz y el no tan pacifista Elkarri–, acabarían obligando a un fin próximo del terrorismo, pues ETA no podría permanecer insensible a la presión de la opinión pública; finalmente, Antoni Batista, que no se recata a lo largo de su autolaudatorio libro en presentarse como un gran experto en asuntos vascos, tomaba abiertamente partido en los mismos denigrando a los constitucionalistas y apoyando totalmente las tesis abertzales del Pacto de Lizarra, cuyo fracaso ha sido la causa mediata de la vuelta de ETA al terrorismo (pues la causa inmediata es, justamente, la naturaleza terrorista del grupo). No hace fácil decir que Reinares es quien mejor comprende la verdadera complejidad del problema y la inexistencia de soluciones mágicas, exactamente al contrario de lo que le sucede a Batista, que no comprende nada y ensordece al lector con su autobombo.

Fernando Reinares no se ocupa en esta ocasión de asuntos vascos, que ha tratado en trabajos anteriores, pero la historia de ETA le proporciona abundantes datos para ilustrar su teoría general del terrorismo. Reinares no afronta el fenómeno como un conjunto de casos particulares derivados de un contexto específico, sino que más bien propone un concepto universal y normativo de la praxis terrorista, fundamentado en muchas experiencias e investigaciones especializadas; compensa la aparente imprecisión del empeño con la fuerza de las conclusiones generales. El ensayo comienza recordando un hecho a menudo escamoteado, a saber, la vinculación funcional de las prácticas terroristas con la conquista de un poder que, en los estados democráticos, les está vedado por la falta de apoyo electoral a sus pretensiones. En efecto, los votos que reciben los brazos políticos de los grupos terroristas son insuficientes incluso allí donde cuentan con aguerridos colectivos simpatizantes, como sucede en el Ulster, Córcega y el País Vasco. La acción terrorista pretende suplir esa falta de apoyo social tratando de vencer por la fuerza la resistencia que se les opone. Entendido esto, y sólo entonces, es posible discutir el modo más eficaz y democrático de acabar con el terrorismo.

Contra lo que sostiene un tópico progre muy extendido, el terrorismo no suele nacer de las insuficiencias del sistema democrático, sino que más bien se beneficia de las oportunidades democráticas: libertades públicas y personales razonablemente garantizadas, una sociedad abierta y compleja que incluye colectivos marginados y hostiles al sistema político, una prensa poderosa e influyente sobre la opinión pública y el gobierno que multiplica el efecto de los actos terroristas, etcétera. En efecto, el terrorismo pretende provocar con sus acciones un gran impacto emocional en la sociedad atacada, efecto que requiere medios de comunicación masivos e independientes del gobierno, además de una opinión no sólo asustada, sino también sensible a las libertades cívicas; dos requisitos precarios en las dictaduras e inexistentes en los regímenes totalitarios. La producción de víctimas como el mejor vehículo para propagar sus mensajes y la toma de rehenes indiscriminada, pues cualquiera puede ser víctima de un atentado, pretende empujar a la opinión pública para que claudique y exija de sus gobernantes concesiones que aplaquen a los terroristas. Es obvio que semejante estrategia sólo puede ser eficiente en los países democráticos, donde la opinión pública es tan vulnerable como influyente.

Por tanto, las sociedades democráticas resultan particularmente proclives a sufrir el terrorismo y, esto es lo peligroso, también a tratarlo mal. En primer lugar, porque los terroristas suelen ser ciudadanos corrientes: Reinares reúne abundante información sobre las variables psicológicas, sociales y sexuales observadas entre la militancia terrorista, la edad de iniciación y ámbitos de reclutamiento, nivel educativo, lazos religiosos, frustraciones habituales, argumentos morales y justificaciones de su actitud y acciones, lecturas influyentes... (y aquí se debe lamentar la pereza editorial responsable de que este libro carezca de esos índices imprescindibles de conceptos, sucesos y entidades). Conviene recordar que si bien nuestro estilo de vida se funda en valores y costumbres que inhiben la violencia antisistema, también alberga muchos otros que la aprueban y estimulan. Cuando se imponen los últimos aparece una auténtica subcultura de la violencia –tan conocida en el País Vasco– que admira en el terrorismo un presunto estilo de vida heroico y cree que la violencia es un instrumento político legítimo y necesario. Comprender la lógica que sostiene esta admiración resulta esencial para combatir y prevenir el terrorismo de forma democrática.

Por otra parte, las reacciones antiterroristas excepcionales, espoleadas por la histeria de la opinión o por el oportunismo político –cosas que también hemos conocido en este país: plan ZEN, ley Corcuera u oposición del PP a la reinserción cuando estaba en la oposición, etcétera–, conllevan grandes riesgos: de violación de los derechos humanos, de detenciones arbitrarias, de tolerancia de la tortura y de los desvaríos legislativos y judiciales, y del más que probable descontrol y corrupción de los servicios secretos. España, Gran Bretaña, Italia, Alemania, Francia, Estados Unidos y muchos otros países han experimentado todos o algunos de estos fracasos democráticos. El antiterrorismo ciego, en efecto, tiende a estimular y reproducir el mal que pretende erradicar.

¿Entonces, cómo es posible erradicarlo? En primer lugar, conociéndolo a fondo, y para esto las distinciones sutiles son más importantes que las condenas grandilocuentes. Se debe considerar terroristas no sólo a los grupos como ETA, sino también a los llamados «escuadrones de la muerte», y a prácticas recientes como las limpiezas étnicas. El terrorismo es cualitativo, y por eso debe entenderse con independencia del contexto en que obre, de los fines que invoque para justificarse –que pueden ser banales, populares e incluso sensatos en apariencia–, del apoyo popular que concite o del número de víctimas que produzca; y por supuesto, de que algún acto suyo parezca beneficiar a terceros que tienden a disculparlo. Lo cual no desaconseja, sino todo lo contrario, estudiar a fondo la relación de cada grupo terrorista con su contexto original y con las tensiones sociopolíticas relacionadas. Sobre todo, debemos llamar al terrorismo por su nombre, pues el eufemismo –lucha armada, violencia defensiva, acción militar– significa una actitud condescendiente. Y muy extendida, por cierto.

¿Y con respecto a ETA? Reinares suscribe la hipótesis de que su fracaso en la forja de un proceso revolucionario vasco ha sido compensado por su protagonismo en el nacionalismo vasco, donde mantiene el liderazgo ideológico y simbólico, como se ha podido comprobar a lo largo del proceso de gestación y fracaso del frente nacionalista (Acuerdo o Pacto de Lizarra), seguidor de una estrategia dictada por ETA hasta que sus delirios e incongruencias lo hicieron inviable. La dilatada perduración del terrorismo abertzale, según una hipótesis compartida por muchos conocedores del tema, parece el resultado de la interacción de cuatro factores: la obcecada voluntad de perseverar a despecho de cualquier alternativa política integradora (como las que aceptó en su día ETA político-militar: amnistía y conversión en partido político); la ambigüedad del nacionalismo moderado respecto a sus fundamentos ideológicos y simbólicos; el acicate de una guerra sucia mal depurada y protegida por sucesivos gobiernos españoles (del Batallón Vasco-Español al GAL); y finalmente, la disposición de un contexto internacional favorable durante muchos años (el llamado santuario francés, hoy desaparecido).

Huelga decir que el fin de ETA se producirá a medida que vayan desapareciendo estos estímulos favorables. Porque conviene entender que el terrorismo no terminará de golpe, gracias a la aplicación de una receta milagrosa, sino por la interacción de medidas legislativas y policiales apropiadas y rigurosamente democráticas, de la cooperación internacional, del incremento del rechazo y la movilización popular antiterrorista, y de la crisis interna de la propia organización. Añadiría a esta lista el descrédito social de su identidad, sus símbolos y sus retóricas. Y a este respecto, sólo una pequeña objeción al irreprochable recorrido de Reinares por el universo terrorista: es necesario dar más atención a los problemas del imaginario simbólico, en particular a la identidad comunitaria y a las retóricas del terrorismo –esenciales para entender las prolongadas trayectorias de ETA o IRA, por ejemplo–, cuya importancia ciertamente señala el autor en diversos pasajes, pero que finalmente quedan eclipsadas por consideraciones politológicas, sociológicas y psicológicas que dejan otros vitales campos sin explorar.

El libro de Mª Jesús Funes, La salida del silencio. Movilizaciones por la paz en Euskadi 1986-1998, investiga la historia, objetivos y funcionamiento de los grupos pacifistas vascos enfrentados al terrorismo. Asunto tan importante como poco estudiado todavía, pese al reconocimiento general del papel desempeñado por unos colectivos que han debido asumir muchas veces el trabajo de las instituciones y los partidos políticos, paralizados en el campo de la educación cívica, la movilización ciudadana y la asistencia a las víctimas. Pero este solapamiento de papeles ha sido aprovechado por algún grupo de pacifismo y convicción democrática dudosa, autoproclamado grupo de diálogo y mediación del conflicto: es el caso de Elkarri. Este colectivo abertzale, nacido como contrapeso al auge de un pacifismo forzosamente crítico con el nacionalismo, ocupa buena parte del trabajo de Mª Jesús Funes. Se echa en falta una distinción más penetrante de los compromisos políticos de cada colectivo. Elkarri, promotor de un modelo de solución negociada a la irlandesa, siempre se ha alineado y movilizado con el mundo nacionalista, evitando las manifestaciones públicas contra ETA, cuyos atentados reprueba, pero no condena (y las triquiñuelas semánticas pesan mucho en todo esto). Su reacción ante el anuncio por ETA del fin de la tregua resulta elocuente: deploró la decisión terrorista y reclamó el mantenimiento de la tregua, pero culpó al gobierno español del fracaso del supuesto proceso de paz en curso –que la misma ETA declaró meramente instrumental y propagandístico. Elkarri, pues, es una parte interesada y un actor del conflicto que declama contra la parte contraria, no el mediador imparcial que pretende ser.

Funes soslaya o minusvalora el trabajo de otros veteranos grupos cívicos como Denon Artean, que comenzó en San Sebastián las famosas y dramáticas concentraciones semanales contra los secuestros, disputando la calle a HB, e inició –prácticamente en solitario– una discreta pero fundamental tarea de apoyo a las víctimas del terrorismo. La idea de que los colectivos pacifistas independientes de Gesto son una especie de apéndices de esta coordinadora, empeñados en mantener una autonomía aparente por una idiosincrasia localista muy guipuzcoana, no tiene el menor fundamento. La autora tampoco se ha interesado por un material que habría aportado mucho a su estudio. Me refiero a los debates políticos y éticos acerca de la violencia política en general y del terrorismo en particular, que en Euskadi son muy antiguos –tanto o más que la propia ETA, y en muchos casos animados por ex militantes o antiguos simpatizantes de este grupo terrorista– y que, en los últimos diez o quince años, han tenido amplio calado en la opinión pública gracias a la prensa. Admitiendo que el movimiento pacifista cristalizó y aumentó el rechazo de la violencia, hay que decir que las raíces de esta «voz y salida de la violencia» son bastante anteriores al nacimiento de Gesto por la Paz o Elkarri, que en realidad son un resultado orgánico del debate.

Estas lagunas no privan de mérito a una investigación que, según se afirma en la presentación, también se propone corregir la visión maniquea y simplista de la violencia política que se vierte en los medios de comunicación. Ahora bien, esta afirmación, tan popular como discutible, también exigiría muchas distinciones, pues la prensa democrática, tanto vasca como española, ha jugado un papel fundamental en la popularización del rechazo cívico a la violencia. La autora presenta así sus objetivos: «El trabajo que aquí presento no pretende hacer dictámenes políticos ni juicios de valor. Su carácter de investigación social me lleva a no despreciar ninguna parte de la realidad a la que he tenido acceso». Difícil propósito o acaso imposible, como se colige de otra afirmación inmediata que, se quiera o no, es un juicio de valor que procura justificar por qué la autora evitará hablar de terrorismo: «Utilizaré el término violencia política, en el que quedarán incluidas no sólo las acciones de ETA, sino todas aquellas que son censuradas por los propios colectivos que aquí se estudian». No parece riguroso eludir el núcleo del problema sólo porque algún colectivo de los estudiados se afane en el provechoso cultivo del eufemismo; tampoco utilizan para explicar su trabajo las categorías sociológicas de la autora, que no por ello se priva de emplearlas con esa finalidad heurística.

Hay, igualmente, otros diagnósticos políticos: la principal causa de la persistencia de ETA –dice– hay que buscarla en una estrategia policial y una política antiterrorista inútil, causa de la retroalimentación del odio en una sociedad esencialmente comunitarista e impregnada de una amplia conciencia antirrepresiva. Sin embargo, este diagnóstico parece identificar la sociedad vasca con el mundo nacionalista, que sí es comunitarista pero que, siendo parte importante de la sociedad vasca, no es ni mucho menos la sociedad en su conjunto. Los vascos, en definitiva, aparecen retratados colectivamente como un «tercer excluido» al que nadie escucha, ni ETA ni el Estado, pero de nuevo esta imagen sólo vale para la minoría de nacionalistas moderados y grupos alternativos (cristianos de base, ecopacifistas, antigua izquierda revolucionaria) que ansían una tercera vía o un tercer espacio comunitario sin terrorismo... pero también libre de algunas exigencias democráticas, como el monopolio estatal de la violencia legítima. Se trata de una concepción propia de una fase temprana de la conciencia cívica que todavía se empeña en compensar su crítica parcial de la violencia terrorista condenando como simétrica la violencia del Estado, sin distinguir la legítima – exigida por las leyes– de la ilegítima.

Si las premisas políticas son discutibles, el estudio resalta de modo apropiado la importancia del conflicto entre formas sociales modernas y tradicionales (comunitarismo), o la riqueza cultural de una sociedad que no se resigna al encierro en la horma nacionalista, como lo prueban las amplias discrepancias en la interpretación de su identidad. Su mayor valor radica en la descripción de dos importantes colectivos sociales: los aglutinados en torno a Gesto por la Paz y Elkarri. Buen trabajo de sociología cualitativa, aporta testimonios personales obtenidos en numerosas entrevistas con individuos y grupos implicados en el proceso estudiado, encuesta completada por la observación participante de la autora, que tomó parte en numerosas concentraciones de Gesto de la Paz, incluyendo algunas muy tensas y dramáticas. La interpretación de la crisis del mundo de ETA y HB, con las dificultades a las que se enfrenta la disidencia que pretende salir del encierro en sus confines, incluyendo agudas observaciones sobre el papel de Elkarri en ese proceso de apertura –probablemente esta es la tarea más positiva de ese colectivo–, constituye una aportación muy notable del libro, que apoya tanto la importancia del pacifismo, representado por Gesto, como la complementariedad de Elkarri en tanto que vía de normalización de la izquierda abertzale, y en definitiva, de la extinción paulatina de la violencia política. Es probable que esta concurrencia haya alejado del País Vasco, al menos de momento, el espectro de un enfrentamiento intercomunitario a la irlandesa, pero desde luego es completamente insuficiente para erradicar el terrorismo y su cultura ideológica.

Sin embargo, hay quien sostiene que la guerra que, según ETA, se desarrolla entre españoles y vascos ha existido, y por tanto se disponen a contarla. La neutralidad no es posible, por mucho que se invoque, cuando se trata de justificar o rechazar el asesinato como arma política. De aquí las pasiones que levanta el tema. Y no pocas se levantan en defensa de un mundo nacionalista que se cree inocente y difamado. Es el caso de Diario privado de la guerra vasca, de Antoni Batista. Defender cualquier inocente de ataques injuriosos es sin duda un fin loable, pero por desgracia no es el caso de este libro, prescindible, sectario y escrito a mayor gloria del autor. El título ya es todo un ejercicio de amarillismo. No sólo no ha habido guerravasca por ninguna parte, sino que tampoco es un diario privado, aunque esté repleto de copiosas anécdotas privadas acerca de las privilegiadas relaciones del autor con los capitostes nacionalistas –llega a incluir cartas donde éstos le agradecen su labor como informador veraz y objetivo– y sobre sus provechosas incursiones por los manteles vascos más afamados. Tal vez influido por la euforia gastronómica, Batista presenta su receta favorita para acabar con el terrorismo y la violencia en general: conceder de una vez al nacionalismo vasco todo lo que pida. Sería sin duda eficaz, sobre todo si se cree, como Batista, que los vascos de verdad son los nacionalistas, razón de que ignore olímpicamente la opinión, experiencia y existencia de la multitud de vascos que piensan y sienten distinto. Por eso elogia a conocidos militantes de ETA, cuyos infortunios narra con devoción, mientras desprecia y difama a los antiguos militantes comprometidos con la democracia, según él conversos de última hora que no pueden dar lecciones de nada a nadie (vaya, que unos son hijos pródigos y los otros hijos de puta).

En fin, el problema vasco se remontaría a «los orígenes de su lengua preindoeuropea, que ha resistido a todas las colonizaciones», necedad que, además de afirmar que los vascos llevan el conflicto en la mismísima lengua, peca del vicio abertzale de remontar sus agravios, frustraciones y glorias a tiempos remotos e insondables. La apoteosis de un partido y la denigración de sus contrarios, de lo que se han visto y verán muchos ejemplos, es origen de algunos textos admirables –no es el caso–, pero produce cierta repugnancia encontrar que este ejemplo quiera pasar por una narración realista y un análisis objetivo y equidistante que, por si fuera poco, se propone rescatar al periodismo de su actual decadencia, causa de excesos como éste: «Con ETA sucedió que la prensa informó mucho de lo sanguinarios que pudieran ser determinados personajes, pero jamás advirtió que los hubiera muy inteligentes». Como puede verse, también algunos periodistas han elegido invertir los términos de esta proposición.

01/01/2000

 
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