ARTÍCULO

Aún queda mucho

 

José María Vaz de Soto, autor de Sevilla, Estación Términus constituye, dentro de la narrativa española, el caso del corredor de fondo de Allan Sillitoe, no sé si lo recuerdan (hay película brillantísima de Tony Richardson), que nunca llega a la meta en primer lugar, estando perfectamente capacitado para ello, porque en el tramo final «se deja», o deja que otros venzan, por un mero prurito de orgullo o pertenencia a una clase. En el caso de Vaz de Soto –tengo la impresión–, se trata de no renunciar a los principios literarios que le son propios y que tienen que ver, tal vez, con la vieja dignidad del letraherido, tipo Valle, cuando éste se muestra en conocida foto en una chaise-longue en posición tendida y con un libro en la mano; solamente que las suelas de los zapatos están definitivamente horadadas.
Vaz de Soto, que sepamos, lleva publicando novelas desde 1971, en que viera la luz en Edhasa su El infierno y la brisa (hay película basada en ella, de 1977, titulada ¡Arriba Hazaña!). De 1972 es Diálogos del anochecer que, además de prueba contundente de la parcialidad del autor (nacido en Paymogo, Huelva, en 1938) por la narrativa dialogada, algo no muy corriente en nuestro país (y hay una excepción relativamente reciente con Un peso en el mundo de José María Guelbenzu), nos habla de un episodio «comercial» muy curioso. Y es que en el otoño de 1972 el señor Lara apostó en su colección Planeta Universal por el lanzamiento de unos autores «novísimos» que vinieran a ser a la novela lo que los de Castellet habían sido a la poesía. La apuesta de Lara incluía a Vázquez Montalbán (Yo maté a Kennedy), José Antonio Gabriel y Galán (Punto de referencia), Federico López Pereira (La última llave), Ramón Hernández (Invitado a morir) y, por supuesto, José María Vaz de Soto. De mí sé decir que, hallándome por entonces en Glasgow (Escocia), no lejos de donde Medardo Fraile ejercía la docencia, llegaron a mi poder de mano caritativa estos libros –tapa blanda, precio económico–, que preconizaban un nuevo concepto de novela allí donde el realismo social se había agotado. El camino seguido por estos autores ya fue otro cantar. De Gabriel y Galán estuve muy cerca en El Urogallo, justo en los tiempos de su «larga y penosa» enfermedad. Y creo que, tan corredor de fondo como Vaz de Soto, gravitaba sobre él un peso de amargura poética, habiéndose quedado en el estribo del tren de los «novísimos» como reflejó en irónico artículo en El País. Por cierto que, afortunadamente, ahí están sus diarios para comprender mejor su personalidad de outsider de nuestras letras. En paralelo con la operación del señor Lara hubo otra, con la firma de Carlos Barral, en la que sus «novísimos» de la ficción narrativa se llamaban Javier del Amo, Félix de Azúa, Ana María Moix, Javier Fernández de Castro o Javier Trías. Dejo al criterio del lector el preguntarse cuál ha sido su evolución. De momento sólo diré que entre Lara y Barral se llevaban tres «novísimos» –Vázquez Montalbán, Félix de Azúa y Ana María Moix– que hacían doblete, poético y ficcional.
Pues bien, desde aquellos comienzos literarios de hace ahora cuarenta años José María Vaz de Soto ha continuado, en paralelo con una importante actividad (y actitud) mediática, ejercitando el arte narrativo. Con tendencia, ya se dijo, a la expresión dialogada. Lo que nos lleva de alguna manera a la vieja comedia humanística, donde el teatro y la novela se confunden en una tercera vía (que explotaría con éxito mucho después Manuel Azaña en La velada en Benicarló) trabajada con provecho por José María Vaz de Soto. Un señor que sabe mucho de literatura, que le sale por todos los ángulos, y de ahí las referencias poéticas que de Núñez de Arce, Rodrigo Caro y Luis Cernuda van tapizando su último libro, por lo demás espeso, en el sentido más barroco del término. Alusiones poéticas, pero también a escritores, como el retrato inmisericorde ma non troppo del memorialista y poeta jerezano que se acerca a Sevilla a presentar su libro de memorias. Se trata de un tal Juan Manuel Hidalgo, y detrás de él cabría imaginar la figura de José Manuel Caballero Bonald. De quien se dice: «Es que como poeta –soltó Javier– puede dar el pego y como novelista no, porque se le entiende todo. Como memorialista no es que ya no dé el pego, sino que se descubre más fácilmente que a un político corrupto».  Añadamos ya que Javier es uno de los coprotagonistas de la novela, el enfermo convaleciente de una depresión, y de nuevo profesor de Literatura, quien recibe como huésped «del sevillano» (que es él) a un antiguo conmilitón de sus tiempos bordeleses, llamado Luis, a su vez tocado de cáncer. De ahí el título de la novela, en la que Sevilla, lejos de ser parada y fonda, se convierte en escenario donde estos dos personajes ciertamente histriónicos, desde el omphalos de unos diálogos para ser oídos (por ellos y otros diversos personajes que ayudan a oxigenar una acción que podría resultar, en caso contrario, demasiado claustrofóbica), elucubran sobre sus pretextos y contextos. Nada se nos dice, en cambio, de sus textos, sin duda existentes pero a buen recaudo, porque aquí, más allá de la literatura, prima la vida. Y es entonces cuando estos diálogos torrenciales van pespunteándose con la aparición de tertulianos escépticos, profesoras progres y promiscuas (lo que no tiene que ser necesariamente un pleonasmo), yonquis exhibicionistas («ídem de lienzo») y –ahí el rizo del rizo– un crimen que roza a nuestros personajes, combinado con la aparición de un Sherlock Holmes local, más cerca de García Pavón que de Chandler, lo que ayuda a digerir mejor la ironía. En ella es maestro Vaz de Soto, bien entendido que sin permitir que ésta haga cartón piedra de una novela muy seria, que se mueve entre luces y sombras, abriendo paso a lo que pueda venir detrás. Como diciendo: aún queda mucho para llegar a esa meta con Vaz de Soto haciendo de tortuga y los expertos en la ciencia de lo light, o lolailos, de Aquiles. O cosa semejante.

01/09/2010

 
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