ARTÍCULO

Lo Fonseca, si breve, más Fonseca

Seix Barral, Barcelona, 160 págs.
 

Este libro es como un desfile de carnaval en Río, pero el día del Juicio Final, y ya de tardecita. Es como si El jardín de los cerezos tuviese lugar en Ipanema, debajo de las palmeras. Y es como tomar un baño de sol en la Antártida. Con el tiempo, además, creo que llegará a ser un clásico. Uno de esos libros que nos devuelven el placer de la lectura, uno de esos libros que ponen de relieve –de altorrelieve– la egregia categoría de un género tan ninguneado: el cuento. A propósito del cuento debo decir que durante mucho tiempo comulgué con aquello que dijo el gran cuentista que fue Cortázar, echando mano del léxico del boxeo, de que la novela nos gana por puntos mientras que un cuento nos debe ganar por KO. Ahora pienso, al contrario, que si la novela no nos gana por KO, en las primeras veinte a treinta páginas, tan sólo nos ganará por abandono, por tirar la toalla y/o la esponja, es decir, el libro. Todo lo contrario que el cuento, que sí nos gana por puntos, sobre todo si forma parte de un volumen. Y al final de la lectura del volumen, habrá tantos más puntos para el autor cuanto más cortos fueron los cuentos.

Secreciones, excreciones y desatinos, de Rubem Fonseca, que es el libro del cual me ocupo en estas líneas, resulta una demostración casi euclidiana de lo que acabo de exponer en el párrafo anterior. Cuento a cuento, desde Copromancia hasta Vida, el autor nacido mineiro pero criado carioca nos va atrapando en la red de su prosa, de sus puños que nos golpean suavemente, como con cornadas de cuernos de caracol, por muy duro, escatológico, perverso, impresentable que sea el tema de sus narraciones. De los catorce asaltos que dura este combate entre el autor y el lector, el décimotercero es el más flojo, como si el púgil de Juiz de Fora decidiera reservar fuerzas para el round final. Algo de lo mismo sucede recién pasada la mitad del libro, en el asalto noveno, y no creo que se deba a la casualidad que ambos sean los cuentos más largos del volumen: veinte páginas el noveno y treinta el décimotercero. Por ello, parafraseando a Gracián, ese título de esta reseña afirmando que lo Fonseca, si breve, más Fonseca. Muito melhor.

Muchas son las virtudes de Secreciones, excreciones y desatinos, y el crítico debe andar con mucho cuidado de no dejarse llevar por la euforia vitamínica que sintió como lector. No confundir las churras con las merinas. Pero, afortunadamente, un par de esas virtudes son tan explícitas que no importa embanderarse con ellas: la precisión, la concisión, la ascesis del tono narrativo, que casi no se permite un solo lujo verbal, y bien saben los dioses que Rubem Fonseca se los podría permitir, mucho más que otros, barrocos de guardarropía. Y también la elección de los temas, a trasmano de lo que en castellano moderno se llama mainstream: casi todos son, si se les mira con lupa, casi de novela rosa, pero visionados a través de un prisma que recuerda los espejos de Valle-Inclán en el callejón del Gato. Brasil como esperpento. Albergo la convicción de que Rubem Fonseca debe de haber sido un espectador entusiasta de las «tragédias cariocas» de Nélson Rodrigues, uno de los dramaturgos más hondos y desconocidos del siglo XX, si bien ese desconocimiento no atañe a Alemania, donde escribo y donde ya se le tradujo y se le representó. Como Nélson, Rubem accede a la universalidad de la mentira vital desde las pequeñas miserias cotidianas entre Flamengo y Gávea, en el compás abierto entre las olas que rompen en Arpoador, pasando por las favelas, hasta las abiertas manos del Cristo de Corcovado. Es la inimitable condición de los creadores natos, que nos hacen sentirnos en casa y saber que también están platicando de nosotros, de nuestra endeble condición humana, aunque el escenario sea el Comala de Juan Rulfo, el Winesburg/Ohio de Sherwood Anderson o la Rusia de Chéjov. Rescato como muestra del estilo de Rubem Fonseca dos breves frases del duodécimo cuento, Encuentros y desencuentros, variante profana y maravillante del episodio evangélico de la curación de la hemorroísa: «Un tiempo enorme se arrastró, interminable»; y sin darle un solo respiro al lector, tras el punto y aparte: «La verdad es que fue sólo una semana». Es un vértigo temporal, que pareciera un eco del que acontece entre las páginas 95 y 96, en Mujeres yhombres enamorados, cuando cambia de protagonismo la narración, y además comparece como deus ex machina don Miguel de Cervantes, «el maestro español desde lo alto de su sabiduría».

En un libro como éste, la traducción desempeña un papel de primer orden, para no desjarretar el ritmo del autor. Y en mi opinión, Basilio Losada reproduce en castellano lo que está escrito en portugués. Me queda sólo el mínimo reproche de que se le haya colado algún «falso amigo», traspiés que siempre suele darse en estos casos. Por ejemplo, cuando en la página 10 se habla de «cien billones de bacterias»: el bilhão (literalmente billón) brasileño no es un millón de millones sino sólo mil millones, un millardo. Pero a fuer de sincero, si tomo en cuenta el resto de la traducción, hasta ese falso amigo se perdona. Sobre todo tratándose de bacterias.

Y volviendo al libro en sí: el único cabo suelto que he descubierto en él, y nada menos que en un cuento tan bien armado como el primero del volumen, Copromancia, es si el 8 que el yo narrador descubre, entre las deyecciones de su amante Anita, era un 8 vertical u horizontal: porque un ocho tumbado a la bartola ( ) es el símbolo matemático del infinito, y en tal caso el augurio copromántico sería que el protagonista va a vivir eternamente. De todos modos, la narración es de las que siempre serán leídas mientras haya lectores en este mundo cada vez menos ancho y más CNN. Y a lo mejor, se me ocurre ahora, no debe descartarse que alguien tan sabio como don Fonseca sí contemplara esa posibilidad, dejando por ello el cuento en un final abierto.

01/04/2004

 
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