ARTÍCULO

Amok se escribe sin hache

Seix Barral, Barcelona, 288 págs.
Premio Biblioteca Breve 2002
 

Una cierta verdad de Pero Grullo es que para escribir un relato cuyo protagonista sea el Mal, y no quedar mal, es necesario hacerlo muy bien. O bien tan rematadamente mal que se pueda pensar que, en efecto, el Mal estuvo rondando el escritorio y/o el ordenador del pobre novelista, con fines antiliterarios. Este pudiera ser el caso que nos ocupa.

Confieso sin ambages que la única razón para hacer la reseña de Satanás es el hecho increíble de que le haya sido otorgado el Premio Biblioteca Breve, y por un jurado en el que no faltan, sino que son varios, los nombres de calidad reconocida. ¿Cómo se explica un blackout de semejante calibre? Desde luego que siempre puede recurrirse al proverbial «errare humanum est» de la fórmula medieval contra los herejes, cuya segunda parte –dicho sea de paso– tal vez proporciona una explicación del fallo del jurado: «perseverare autem diabolicum». Pues por ese diabólico perseverar, multiplicado por siete, en el error, ¿qué más congruente que haya sido Satanás quien se llevó el gato al agua?

La verdad dura y pura es que cuesta harto vencimiento tratar de resumir lo que es esta novela. Baste tan sólo con un botón de muestra. El primer hilo narrativo corre a cargo de María, que –el simbólico nombre ya lo indica– es virgen, pero dejará de serlo en algún momento del relato. María tiene una hermana, Alix, que es cinco años mayor que ella (pág. 85), y a la que, por consiguiente, llama «la pequeña» (pág. 88), un detalle que no ha sido tenido en cuenta por la editorial cuando nos asegura que la nueva novela colombiana se ha desvinculado del realismo mágico. María vende bebidas calientes por las calles de Bogotá, y como es linda los clientes no le pagan sino que la asedian sexualmente. Hasta que un día su buen amigo Pablo le ofrece un pingüe negocio. Servirle de señuelo, a él y a su socio Alberto, para engatusar a ejecutivos con la billetera llena de tarjetas de crédito, dejarles caer en su copa unas gotas de burundanga (=escolopamina), desplumar al incauto y luego repartirse el botín. Eso sí, el negocio es honesto, le asegura Pablo: «Primero quiero decirte que te respetamos. [...] Ni Alberto ni yo vamos nunca a sobrepasarnos contigo». ¡Oh manes de Corín Tellado!... La indesvirgable virgen de los sicarios.

De los demás hilos narrativos no sería tampoco muy lisonjero el resumen. Hay un cura zafado que huele el Mal instintivamente, aunque el azufre no abunde en Colombia. Hay un pintor que se la pasa contemplando cuadros de martirios y pintando retratos que le dejan calambrazos de premoniciones trágicas y siempre cumplidas. Y hay un veterano de la guerra de Vietnam, que ya se sabe cómo son esos veteranos cuando se deciden a echar a un lado sus inhibiciones y dejan asomar la oreja de Mr. Hyde por debajo del cuidadoso corte a navaja del Dr. Jekyll. Para colmo, este psicópata lleva un diario, que son exactamente veintisiete páginas en primera persona y en cursiva, y se titula..., sí: «Diario de un futuro asesino». Es el Mal, siempre al acecho.

Los diálogos transitan el filo de la navaja entre el Steinbeck de la saga del condado de Salinas, o el Saroyan de los cuentos protagonizados por niños –pero un Steinbeck o un Saroyan mal digeridos (o bien leídos en una pésima traducción)–, y el cartón piedra o el papel maché, e inevitablemente se caen siempre del lado manufacturas. ¡Qué manía, señor, la de querer cambiar o explicar el mundo de esa manera!, ¡y qué nostalgia del Mempo Giardinelli de Luna caliente y de la avasalladora primera persona de Fernando Vallejo! Apabullantemente culebronesco es, para destacar nada más que una escena, el diálogo entre María y Sandra (págs. 210-218): casi se acierta a vislumbrar el recuadro de la pantalla de la caja boba enmarcando las nueve páginas.

Y a propósito: algo que creo que se trasluce bastante claro a lo largo de esta novela es que hay una voluntad decidida de contarla a partir del presupuesto cinematográfico ¡Luz, cámara..., ACCIÓOOOOOON!, por si acaso la lee un alevín de Quentin Tarantino decidido a hacer una Pulp Fiction ambientada en Bogotá. Con Shakira en el papel de María y tarareando Laundry Service para que quede claro que aquí se van a lavar los trapos sucios del Mal.

No cometo infidencia si anuncio que el final de la novela es un baño de sangre cometido por el veterano de Vietnam, a quien la editorial bautiza como «ángel exterminador». En una explosión de eso que los malayos llaman amok, especie de locura homicida que suele terminar con el suicidio del poseso, el buen hombre no deja títere con cabeza, no se salva ni el apuntador, uno llega a temer que el propio autor de la novela haya tenido que dictar el final desde ultratumba.

Menos mal que amok se escribe sin hache, lo cual, según Jardiel Poncela, es rasgo distintivo de las cosas que carecen de importancia. Este amok, desde luego, es una de ellas.

Como bien se habrán percatado los lectores, no es Satanás una novela que me haya hecho tilín, y si me la he jalado hasta el final ha sido por pura honestidad profesional, y para cargarme de razón. Con todo, hay una página que les recomiendo, la 237, donde se cita íntegro el poema en prosa Los viajes, de Álvaro Mutis. ¡Qué suspiro de alivio para el lector, el reencuentro con la literatura! Y hay otras dos páginas asimismo destacables (181-182), en las que se deja sentir la presencia de la raíz del mal: cuando el autor arremete, a través de uno de sus protagonistas, contra la clase y el establecimiento políticos colombianos. Pero un balance de tres páginas sobre un total de 273 es bastante poco, diría yo.

Y la coda: una cierta verdad de Pero Grullo es que para escribir un relato cuyo protagonista sea el Mal, y no quedar mal, es necesario hacerlo muy bien. Como antídoto contra Satanás les recomiendo a quienes, a pesar de todo, lean este libro, que a continuación busquen y lean (o relean) El peregrino en la tierra, de Julien Green.

01/05/2002

 
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