ARTÍCULO

Reinaldo Arenas contra el Reprimero

Tusquets, Barcelona, 191 págs.
 

Antes de suicidarse en Nueva York, enfermo de sida, Reinaldo Arenas quiso acabar su obra literaria, lo que él llamaba su «pentagonía», una quíntuple agonía mil veces recomenzada en sus libros más autobiográficos, a saber: Celestino antes del alba, El palacio de las blanquísimas mofetas, Otra vez el mar, El color del verano y El asalto. Este último título fue publicado por primera vez en 1991 por las ediciones Universal de Miami, editorial dirigida por Juan Manuel Salvat, quien ha hecho un trabajo considerable de conservación del patrimonio literario y cultural cubano del exilio, salvando del olvido todo lo que fue censurado por el régimen castrista, lo que significa la mayor parte de la creación en todos los ámbitos. Hoy día, Tusquets reedita el conjunto de la obra del autor maldito, en un esfuerzo tardío por unificar el conjunto bajo un mismo sello. Recompensa post mórtem, ya que el escritor exiliado tuvo que batallar para ser publicado, una vez en el exilio, con las editoriales del mundo entero, después de haber sido prohibido por las autoridades culturales cubanas y encarcelado por el carácter, considerado subversivo, de su escritura y de su vida. Después de la edición de sus memorias, Antes que anochezca, Reinaldo Arenas se volvió un mito planetario. Desgraciadamente, el mito ocultó a menudo lo esencial de su creación literaria.

Siempre me sorprendió la aparente contradicción entre la dulzura personal de Reinaldo Arenas, prototipo del guajiro cubano, a la vez temeroso y deslumbrado ante la gran urbe, y la violencia de su escritura. Era como si dos personalidades radicalmente distintas y hasta contradictorias se enfrentaran en un combate cotidiano. Ese enfrentamiento alcanzaba hasta los meandros de la escritura: por un lado, la inspiración poética, ligada a la naturaleza y al campo de la infancia, por otro, la herida provocada por la irrupción de la política, del Estado totalitario, en sus pulsiones sexuales e intelectuales. Son las dos facetas de una dicotomía que el escritor deja traslucir dentro y fuera de la «pentagonía», en sus poemas y en sus sátiras o, incluso, en El mundo alucinante, que los académicos consideran, en general, como su novela más acabada. En realidad, no hay ninguna novela acabada en ese magma multiforme. Lo que hay son vaivenes, intratextualidades recurrentes de un libro con otro libro y, sobre todo, múltiples esbozos, unos, los más, elaborados en la isla, otros, tal vez los menos necesarios, en el exilio.

La mayor parte de la obra de Reinaldo Arenas fue escrita en condiciones de urgencia y de necesidad absolutas. En muchos casos, sus manuscritos fueron confiscados y destruidos por el régimen. Por ello, los tuvo que volver a escribir un sinnúmero de veces y particularmente en el exilio, confiriéndoles de paso otra voz, otras palabras o imprecaciones, más libres pero con menos matices. Fue este el caso, sobre todo, de Otra vez el mar y de El asalto.

Esta última novela podría ser considerada, si se siguen las indicaciones de su autor, como la parte final de un ciclo, la que revela lo que quiso decir en las anteriores, dando las claves necesarias para entender lo que la precedió. Pues no. Aquí se trata de otra cosa, de un ajuste de cuentas con un personaje muy poco literario pero fácilmente reconocible: el Reprimero. Reinaldo Arenas es incapaz de seguir la veta de las novelas latinoamericanas sobre dictadores (como El recurso del método de Alejo Carpentier, El otoño del patriarca de García Márquez o Yo el Supremo de Augusto Roa Bastos), ya que le es imposible (por razones obvias) ponerse en su lugar. Su retrato de un dictador, el único aún en ejercicio, carece de matices pero da cuenta del odio de su creador. A lo largo de su escritura, el poeta perseguido quiso identificar al responsable de sus males. En sus primeras obras, Celestino antes del alba o El palacio de las blanquísimas mofetas, el culpable de la miseria material de sus personajes, campesinos primitivos pero soñadores, era el campo en toda su cerrazón, con sus prejuicios, desatados sin piedad con los que pensaban en algún momento transgredir sus leyes no formuladas, las de una productividad necesaria. Luego, fue identificando más precisamente al culpable, en los relatos «La vieja Rosa» o Arturo la estrella más brillante: era la madre castradora, la que impedía el desenvolvimiento de la homosexualidad y de las costumbres alejadas de la moral impuesta. Por fin, el responsable máximo cobró nombre y apellido: Fidel Castro, o sea, el personaje principal de El asalto, pero también la sombra tutelar de otras novelas, aunque apenas fuera nombrado, por deseo de exorcisar una presencia demasiado abrumadora, que no tiene estatuas suyas en cada esquina, pero que sí se invita en cada rincón de la mente a cada rato, en los momentos más inesperados. Y entonces se produce la confusión que hace del conjunto de los libros de Reinaldo Arenas un rompecabezas. Fidel Castro se personifica en la mujer castradora, que va adquiriendo el rostro de la Madre Superiora del convento ideológico que es la isla, y a quien en múltiples ocasiones el narrador busca para matar en un acceso de locura o de furia.

El Reprimero es el orden moral, el que se inmiscuye en los intersticios de la vida cotidiana de cada uno, reprimiendo la homosexualidad o cualquier conducta que no se adapte a las normas establecidas por su revolución. ¿Cómo hacerlo desaparecer? El narrador de la novela, como el de otro cuento, «Termina el desfile», busca algo indefinido al que quisiera agarrar para hacerlo desaparecer por cualquier medio, una forma extraña, indescriptible. De un escrito a otro, Reinaldo Arenas sigue sin definir el objeto de su escritura. Todo se queda en algo borroso como si, a pesar de haberse entregado casi totalmente en su autobiografía, quedara un secreto en el tintero, indescifrable a través de la escritura.

La obra de Reinaldo Arenas es de una estructura circular, como la de un pez que se intenta morder la cola. Los títulos de capítulo de El asalto son una parodia de los viejos libros de aventuras y, también, de El mundo alucinante. El escritor emprende un diálogo consigo mismo, sabiendo que se ha tenido que callar durante demasiado tiempo y que, ya en el exilio, cuando lo pudo decir todo, no le quedaba sino repetir lo mismo de otra manera, volver una y otra vez sobre el pasado, ya que el exilio nunca fue su materia literaria de base. La vida del escritor se secó el día en que emprendió la huida a través del puerto de Mariel, en 1980, llegando a Estados Unidos, donde no tuvo entonces el reconocimiento merecido a la vez por su obra y por su lucha. Los diez años que vivió fuera de su isla natal, donde encontraba su inspiración junto a la tierra que pisaba, fueron sólo el tiempo necesario para entablar un diálogo a destiempo con el que había sido, para reordenar sus obsesiones y para llevar a cabo su combate de siempre, contra la opresión secular.

La conclusión, se la dejo a Reinaldo Arenas: «Aunque el poeta perezca, el testimonio de la escritura que deja es el testimonio de su triunfo ante la represión y el crimen».

01/08/2003

 
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