ARTÍCULO

Rara avis

Anaya, Mario Muchnik, Madrid
200 págs. 12 €
Algar Editorial, Alzira
232 págs. 12 €
Planeta, Barcelona
273 págs. 17 €
Taller de Mario Muchnik, Madrid
212 págs. 16 €
 

Vicente Muñoz Puelles vivifica el substrato histórico por medio de seres auténticamente literarios. El cráneo de Goya está protagonizada por el director del cementerio de Burdeos, un antiguo «communard» que ha accedido a su cargo gracias a la traición que en su momento llevó a ca bo contra antiguos compañeros. Su presencia, en compañía de un turbio policía, en París lo lleva a reconstruir en flash-back, no sólo su experiencia en la Comuna, sino también ciertas vicisitudes del Segundo Imperio; también la caída de éste. Más adelante Muñoz Puelles se permitirá un homenaje privado (un auto private joke) a su novela La emperatriz Eugenia en Zuzulandia, cuando le lleguen a André Ducatel –el protagonista– noticias de la muerte del hijo de Napoleón III y Eugenia a manos de los zulús. Vicente Muñoz Puelles, dueño de un estilo funcional y brillante con tendencia a lo descriptivo, es sin duda una rara avis en el panorama novelístico español, poco dado a cabriolas mitificadoras en el concepto como la que supone El cráneo de Goya; libro difícilmente encasillable, y muy rotundo en su planteamiento y en el descaro y gracejo con que se lleva éste hacia adelante. Pero también es Vicente Muñoz Puelles un escritor atípico cuando aborda, por ejemplo, el género policíaco. Lo que hace en La ciudad en llamas, delirante desmitificación del género, en que nos encontramos con un país imaginario del Cuerno de África, llamado Papaver. Por cierto, que su capital, Volubilis, presenta sorprendentes coincidencias con Valencia, ciudad natal del autor. Aparte de las similitudes geográficas circula por aquí una «cultureta», amante de mamandurrias y subvenciones, a la que Muñoz Puelles deja muy malparada. Pero la posible fábula de La ciudad en llamas no se limita a tan, por otra parte, reducida anécdota. En este caso la esperpéntica parábola alude a un país refugio de nazis, a los que terminará cercando un joven policía llamado Tiv. Pero es que a éste, en doble vuelta de tuerca, lo atrae hacia el compló totalitario el propio líder de la conjura, un sujeto con ínfulas de escritor y que busca en Tiv el castigo placentero de sus culpas, sin éxito ninguno, lo que reforzaría aún más el papel sadomasoquista de su propuesta. Antes de llegar al remate de la novela, tan elíptico como en espiral (también dialéctica) pasaremos por mutilaciones pintorescas producidas por tiburones de acuario, escritores decadentes y una atmósfera decididamente rancia. Con La ciudad en llamas Vicente Muñoz Puelles demuestra una gran ductilidad para tocar diferentes palos, bien que la fabulación histórica, acompañada de las consabidas dosis de intriga, sea su hábitat natural. Los amantes de la niebla, la última novela del autor valenciano, circula de nuevo por los ámbitos de la recreación de la realidad, aunque en este caso sean el arte y la literatura los que se aúnan como fondo de una trama con aditamentos morbosos. Y es que la hermandad prerrafaelita –epicentro de Los amantes de la niebla– buscaba, a partir de una belleza apolínea, los límites insondables a los que se llega después de transgredir las normas sociales impuestas por los reductos más filisteos del sistema. Y en este caso sí que no se muestra Muñoz Puelles con su habitual ironía, ya que la historia que Los amantes de la niebla cuenta tiene mucho de seriedad e incluso de drama. Sus protagonistas son Dante Gabriel Rossetti, jefe de filas de los prerrafaelitas, y su pareja sentimental, Elizabeth «Lizzie» Siddal, modelo que fue no solamente de su amante, sino también de William Holman Hunt («Holy» Hunt) o Walter Howell Deverell, entre otros destacados pintores. La historia de Lizzie Siddal se nos cuenta aquí a través de un supuesto diario suyo, en el que Muñoz Puelles despliega ese estilo tan marca de la casa, funcionalmente lírico y siempre presidido por el placer de contar historias intensas. Como lo es la de Lizzie Siddal, feminista avant la lettre y aun así arrastrada por el amor, un amor en un principio moderadamente escéptico y que termina convirtiéndose en pasión imparable, hacia una relación destructiva. Y es de destacar la pericia con que Muñoz Puelles relata esta caída hacia el abismo. En el trasfondo de esta novela subyace la fábula cruel, en la que se cuenta cómo y por qué los moldes (y los modelos) artísticos terminan siendo devorados por quien primero los copia y después los destruye. De esta manera el lector observa con impotencia –esta novela es de las que enganchan– el descenso de Lizzie Siddal hacia la nada. Doblemente observada: por el lector y por el propio Dante Gabriel Rossetti. En el coro de la novela aparecen Swinburne, Christina Rossetti, John Everett Millais y el mismísimo Ruskin. Millais, por cierto, se casó con la esposa de Ruskin, quien en el proceso de divorcio alegó impotencia por parte del «crítico intransigente». Estas y otras intimidades no menos sabrosas aparecen en el diario apócrifo fabulado por Vicente Muñoz Puelles. Un diario que despide un intenso sabor a láudano. El mismo que se llevó a la tumba a Lizzie Siddal, víctima indirecta como Ofelia (y «la Sid» fue precisamente quien posó como el personaje de William Shakespeare en el famoso cuadro de John Everett Millais) de la pasión destructiva que artistas y perplejos poseen. Los amantes de la niebla, bastante más que la simple novelización de ciertos lances artísticos o literarios, es probablemente la mejor narración de Muñoz Puelles, un escritor contracorriente en un panorama narrativo como el nuestro, castigado por los habituales sota, caballo y rey. Este libro merece una lectura muy atenta. Lizzie Siddal, también.

01/11/2002

 
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