ARTÍCULO

Prosa caducifolia

 

En la contracubierta nos avisan de que «esta novela es un prólogo imprescindible para los lectores del ya clásico Trilogía sucia de La Habana, del mismo autor», y el lector se dice que tan imprescindible no será cuando se publicó (y hasta puede que se escribiera) después de su trilogía. Pero ello no debe de predisponernos en su contra. Para ello se basta y sobra el libro por sí solo, a no ser que al lector le guste este tipo de escritura.A quien suscribe, lo confieso a calzón quitado y sin el menor rubor, no. Sin embargo, ello tampoco tiene que ser impedimento de mayor cuantía para tratar de reseñar la novela, antes al contrario: lector y crítico juegan con todas las cartas encima de la mesa. El narrador en primera persona se llama como el autor de El nido de la serpiente, así que podríamos partir sin muchas dudas de que el libro es autobiográfico en un alto porcentaje, y ello a pesar de que ese mismo autor advierte en la página 9: «Esta novela es una obra de ficción.Todos los sucesos y personajes son imaginarios», lo que suena poco convincente; y encuentra su contrapeso en la página 168: «¿Nunca has pensado tu vida como una novela? Siempre hay algún cabrón al lado tuyo dictándote cada palabra.Y hay que ser fuerte para decir no. Cállese y respéteme. Mi novela la escribo yo». Pero en fin, estos tiquismiquis ya son agua pasada en el molino de la narrativa occidental: Sheherazade nunca tuvo necesidad de usarlos.
Se nos cuentan en el libro aquellos años entre los quince y aproximadamente los veinte de un muchacho de Matanzas, cerca de La Habana, con un hambre sexual desaforada y que siempre encuentra ocasión de calmarla, ya sea con putas viejas, con mocitas calenturientas (aunque defiendan numantinamente su virginidad: «¡No, eso no! ¡Yo soy señorita!») y, si viene al caso y la necesidad aprieta, con una ternerita en el campo, durante el servicio militar. Todo ello relatado con –literalmente– pelos y señales. Sobre todo pelos.

Pero el muchacho padece otra hambre, y es la cultural. Cuando no está encamado con alguna de sus hembras de turno, se pasa el tiempo en la biblioteca del lugar (y más tarde en la de una casa señorial abandonada por los propietarios, quienes huyeron a Miami apenas después de pisar Fidel La Habana), devorando todo lo que cae ante sus ojos. Mas no es que sea nuestro narrador un omnívoro indiscriminado: sabiamente tiene la precaución de informarnos en algún momento de que «a veces, para refrescar, leía a Julio Verne, Defoe, Mark Twain, Salgari, Poe, Babel, y mucha poesía». La parte del león de su tiempo lector, en cambio, se la llevan pesos pesados como Faulkner, Sartre, Hemingway, Dos Passos, Musil, Hansum [sic], Engels, Nietzsche, Balzac, Proust e tutti quanti.

El hambre cultural también incluye el cine: Rocco e i suoi fratelli, ¡Bienvenido Mr. Marshall!, Pickpocket, El cuchillo en el agua..., y en verdad en verdad os digo que sería bastante curioso, al menos curioso, averiguar por qué habrán caído alguna vez las grullas en desgracia ante el régimen castrista, pues lo cierto es que nuestro narrador vio la película soviética Cuando pasan las grullas con el título Cuando vuelan las cigüeñas. ¡Lo que afina la censura, Señor!

Así pues, y sin necesidad de herniarnos mucho el cráneo para ubicarlo de algún modo, este libro sería lo que los castizos llaman un Bildungsroman, una novela de formación, y además de formación de un escritor, porque a lo largo de todo el volumen no faltan las alusiones a que el narrador terminará impepinablemente escribiendo; y tampoco son pocas las páginas que se dedican a elucubrar sobre el fenómeno de la escritura. En ese sentido, el libro no engaña a nadie, y si al lector le gusta este género de prosa, lo leerá con gusto y hasta embebecido. Desde luego, y lo reconozco paladinamente, es una prosa que sirve de manera muy funcional, ajustada como un guante, al personaje que narra. Pero una cosa es el personaje que narra y otra el autor que firma la novela, y a mí se me hace que el autor ha escogido esta opción de manera obligada. Bien porque no sabe de otra, bien porque sí sabe que sus lectores potenciales seguro que son, en una inmensa mayoría, mirones por interpósita persona. Y si al menos en lo más íntimo de la trastienda de su personaje hubiese un sacudón de angustia real, de odio real, de miedo real, y no sólo de angustias, odios y miedos literaturizados, lo que nos cuenta podría conmover otras fibras que las puramente escopofílicas (de voyeur, para que nos entendamos). Por eso hablo en el título de esta reseña de una prosa caducifolia: fatalmente, le llegará su otoño.

Intentaré resumir mis impresiones con dos parábolas. En la Friesenstrasse de Colonia, donde vivo, hay una tienda cuyo dueño ofrece degustaciones de whiskies para principiantes (40 ), entendidos (50 ) y sibaritas (60 ), y en esta tercera ronda se incluye el paladeo de algunos caldos que poseen la irrepetible condición de provenir de un solo barril. Por ejemplo, una rareza tan absoluta como es el Cadenhead's Dumbarton de 32 años, del que sólo se comercializaron 220 botellas, tres de las cuales vinieron a parar a tan singular tienda coloniense. Parafraseando a Lope: «Eso es whisky; quien lo probó, lo sabe». Me valgo de semejante parábola casi evangélica –la conversión del agua en elixir de vida, y eso es lo que «whisky» significa en escocés: el agua que da vida– para poder expresar mi sentimiento final después de haber leído esta novela de Pedro Juan Gutiérrez: sus parámetros alcanzan a cubrir a duras penas los de la ronda de 50 , es decir, la de los entendidos, pero los que más gozarían degustándola, por diez euros menos, serían los afortunados principiantes.

Hay otra parábola aplicable, y es la del calefón, como lo llamaban los argentinos del tiempo del tango Cambalache. Usted abre la espita del gas, y al cabo de unos segundos enciende un fósforo y lo acerca allá donde escucha el susurro, y, ¡flusssssh!, hace su aparición la llamita piloto, y después de unos segundos más abre el grifo del agua corriente, y ¡flusssssh!, la parrilla del calefón se convierte en un incendio, en una barbacoa del aire, mientras el agua mana de la canilla con un calorcito graduable y revivificante, casi resucitador. Pues bien: esta novela de Pedro Juan Gutiérrez es algo así como la llamita piloto, y una de Fernando Vallejo o de Reinaldo Arenas –cuyos respectivos whiskies son de un solo barril– vendrían a ser como la parrilla en llamas. Así de sencillo.

01/05/2006

 
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