ARTÍCULO

¡Proletarios de todos los países, uníos!

Crítica, Barcelona, 1998
Introducción de Eric Hobsbawn; Texto bilingüe; Traducción de Elena Biosca (Introducción) y León Mames
152 págs.
 

Hace ahora ciento cincuenta años de la publicación de uno de los panfletos más influyentes en toda la historia del pensamiento político: El manifiesto del partido comunista de Marx y Engels. Los aniversarios, en general, parecen siempre justificación suficiente para reeditar esas obras que alcanzan la categoría de clásicos. Esto es, que han ingresado en ese panteón llamado canon. El librito o panfleto que nos ocupa forma ya parte por méritos propios y sin género de duda alguna de los clásicos. Pero ofrece, quizás, algo más. Es un clásico que también posee la inmediatez de lo contemporáneo.

Sus frases rotundas y apasionadas permanecen todavía en nuestra cultura política más cotidiana, en nuestros pre-juicios políticos. Esto es, informan en buena medida los reflejos políticos que nos orientan diariamente. Y en este sentido, su vocabulario no nos es indiferente sino que todavía resuena en nosotros. Quizá ya no pleno de la capacidad incendiaria y avivadora de la acción política que tuvo en su día. Pero sí, al menos, para despertar un juicio político o una evaluación determinada. Y esto, me atrevería a decir, de izquierda a derecha. En suma, sus frases forman parte de lo que nos es familiar al representarnos políticamente el mundo.

También, en algún sentido, el Manifiesto tiene todavía la fuerza movilizadora de la ideología. Esto es, aún enhebra ideas y conceptos que influyen sobre nuestra percepción de la política. Bien cierto es que algunas de sus partes nos son ahora lejanas y anticuadas. Muchos de sus valores y sus fines y, en lo más concreto, la tercera parte, no resultan obsoletos y extraños. Además, la experiencia terrible del socialismo real hace que la mayor parte de sus propuestas programáticas no sólo nos parezcan utópicas (en el peor sentido de la palabra) sino, lisa y llanamente, indeseables. Sucede esto, por ejemplo, con la fe desmedida que transmiten sus páginas en el cambio revolucionario, radical, violento y total de la sociedad: la pasión por la gran ingeniería social. También ha variado la geografía de su relevancia. Por ejemplo, la abolición del trabajo infantil o la escuela pública ya no forman parte de un ideal que esté más allá de la sociedad burguesa sino que constituyen lo normal en el mundo desarrollado. Un mundo liberal que, sin embargo, ha afrontado en muchos países, con un cierto éxito, la cuestión social. Sin embargo, no ocurre lo mismo en otras muchas partes del mundo. Por ello, a pesar de que ya no nos ofrece un programa político razonable ni deseable que oriente la acción política real, el Manifiesto aún retiene la fuerza cautivadora de la ideología. Aún concita la nostalgia de lo completamente otro. Y lo hace porque muchos de los problemas que alumbraron su escritura siguen con nosotros, en otras partes del globo y, también, en el primer mundo.

El Manifiesto tiene, en este último sentido, un valor ideológico. Esto es, el manifiesto cumple una función ideológica al explicitar lo políticamente relevante y dar lugar a una cierta evaluación política. Así, sobre los problemas de la explotación y la miseria en el mundo (y hasta sobre la contingencia en que sume a pueblos enteros y a hombres concretos la globalización), el Manifiesto ofrece todavía una explicación sugestiva (y digo sugestiva, no entro en su veracidad). En esta historia hay un culpable condenado por la historia y víctima que serán redimidos. Hay también una lógica inscrita en el tiempo: la historia de las luchas de clases y la creación por la sociedad burguesa de su enterrador. El Manifiesto proporciona también una evaluación en la que se señalan los obstáculos a eliminar para que acontezca la emancipación de toda la humanidad (y señala la forma dolorosa de su eliminación). Y, sobre todo, cumple la importantísima misión ideológica de proporcionar orientación y esperanza a los que sufren un presente adverso. En resumen, el Manifiesto es ideología, pero de primera calidad (al menos en los sintético y persuasivo de su discurso).

La edición de aniversario que comentamos está a la altura que merecen las circunstancias. Va precedida de una bella presentación de Eric Hobsbawm, incluye un pequeño album de fotos y es bilingüe. El texto castellano reproduce el muy digno y elegante de las OME de Crítica y el alemán es el canónico de la edición de Karl Marx-Friedrich Engels Werke de Dietz-Verlag. Además, se reproducen todos los prólogos escritos directamente por Marx y Engels a distintas ediciones de la obra y, por último, la transcripción de la única página conservada del proyecto original de Marx de los Manuscritos. En suma, un bonito recordatorio de algo que todavía, de alguna manera, late vivo en el presente.

01/09/1998

 
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