ARTÍCULO

Memoria del nacionalismo vasco

 

Emprendo en estas hojas el comentario de dos libros que parcialmente se refieren a una misma época y hablan frecuentemente de una misma gente: El péndulo patriótico. Historia del Partido Nacionalista Vasco, II: 1936-1979, de Santiago de Pablo, Ludger Mees y José Antonio Rodríguez Ranz, y El precio de la libertad. Memorias (1948-1977), de Mario Onaindía.

Son dos trabajos distintos: quien conozca el primer tomo de El péndulo patriótico sabe que se trata de una investigación que utiliza como fuente fundamental y casi exclusiva el muy completo archivo del Partido Nacionalista Vasco; el segundo se basa en los recuerdos de Mario Onaindía, condenado a muerte en el juicio de Burgos de diciembre de 1970 por pertenecer a la dirección de ETA que decidió matar a Melitón Manzanas (luego fue dirigente de Euskadiko Ezkerra y es actualmente un significado miembro del Partido Socialista de Euskadi, y perdóneseme reducir la presentación del autor a tres datos de su vida política. Tiempo habrá para otras cosas).

Son distintos, pero son dos libros en buena medida complementarios, porque cada uno cuenta cosas que el otro no puede contar, y la lectura de los dos permitirá un mejor conocimiento de lo que fue la vida política del País Vasco en los años sesenta y setenta. Lamentablemente, esta noticia común no puede hacer un comentario paralelo de los dos libros, a lo que renuncio desde el principio para optar por una glosa sucesiva.

Realicé en un número precedente de Revista de Libros (núm. 46, octubre de 2000) una reseña del primer tomo de El péndulo patriótico. Es un buen libro que expone (con alguna asimetría, dicho sea con una palabra de moda en materia relacionada) la historia del nacionalismo vasco desde su origen hasta la guerra civil. El período que se abría en julio de 1936 estaba menos estudiado y, aunque existen muy apreciables análisis de los primeros años, seguía habiendo muchas preguntas. Por eso, el interés con que se esperaba este segundo tomo era particularmente intenso. El libro, digámoslo desde ahora, lo ha satisfecho con creces, tanto en el aprovechamiento de los materiales como por la ausencia de peajes pagados al escribirlo.

GUERRA Y RENDICIÓN

El acuerdo de los nacionalistas con los italianos para hacer una rendición por separado, la entrega en Santoña y la intervención del ejército de Franco abortando la salida por mar hacia Francia era algo que supe desde niño, porque en Santoña se acabó la guerra para mi padre, y comenzó la cárcel. Imagino que el temprano conocimiento del hecho hacía ver como natural algo que despierta, cuando menos, perplejidad, y que ha resultado tener poco que ver con aquella idea que tenía mi padre de que se trataba de llegar a Francia para volver a entrar por Cataluña y continuar luchando por la República.

En 1978 se publicó el libro de Miguel de Amilibia Los batallones de Euskadi, cuyo relato parecía difícil de creer. Amilibia, destacado socialista guipuzcoano en los años treinta, relataba cómo el PNV se mantuvo al margen de la contienda hasta que no consiguió que se aprobara el Estatuto vasco, el 5 de octubre de 1936, tras lo que se constituyó el Gobierno que presidiría el nacionalista Aguirre. Fueron las izquierdas quienes vencieron en la calle el 18 de julio a los sublevados, y ellos quienes, luego, defendieron infructuosamente Irún, San Sebastián, que cae el 13 de septiembre, y el resto de la provincia, que estaba ocupada casi en su totalidad diez días después. Hubo que esperar otros diez para que se produjera la movilización del PNV.

El libro de De Pablo, Mees y Rodríguez Ranz no desmiente a Amilibia, sino que lo completa. Los nacionalistas no tenían nada clara la opción de apoyar a la República. Influía en ello la confesionalidad católica de unos y el laicismo de la otra, pero no menos lo hacía la repugnancia por mezclarse en un problema que era ajeno, en definitiva, por ser cosa de españoles. El acuerdo que finalmente permitió la vinculación de los nacionalistas con la República contemplaba la aprobación del Estatuto, la movilización de los nacionalistas y la entrada de Irujo en el Gobierno. Los autores del libro dejan abierta la posibilidad de que en él se hubiera aceptado restringir el compromiso militar del PNV a la defensa del solo territorio vasco. Aunque, como dicen, eso es poco verosímil, el (probable) bulo sólo pudo proceder de la necesidad de justificar su compromiso con el Gobierno español ante determinados sectores de las bases nacionalistas. (Otros datos confirman esos recelos: el nombramiento de Irujo como ministro de la República no fue publicado en el periódico del PNV, Euzkadi, y provocó la enésima salida del partido de Luis Arana Goiri).

Era grande la necesidad del Gobierno republicano de contar con un socio católico. Debían romper la imagen izquierdista que dificultaba las relaciones con los países en que el electorado conservador (católico o no) tuviera alguna importancia (es decir, de casi todos). Esta parece ser la clave que explica las cesiones de los no nacionalistas y su tolerancia ante los jelkides.

El Gobierno vasco, formado por representantes de todos los partidos fieles a la República, adquiere desde el principio una significación básicamente nacionalista. Los autores de El péndulo patriótico nos informan de que la simbiosis entre Gobierno y PNV llega al extremo de que el primero pagara nóminas a dirigentes, incluso locales, del partido. La voluntad política de crear «un auténtico Estado vasco», se ve facilitada por el aislamiento en que se encontraba el frente norte: Euzkadi dispondrá de moneda, fronteras, ejército, política exterior, diario oficial, símbolos, organización de la administración de justicia, universidad (de la que hasta entonces carecía) y policía. La organización de las tropas se hace por colores políticos, y los nacionalistas emprenden una organización partidista de sus propios batallones, integrados en Euzko Gudarostea (Ejército vasco), lo que no impide que el lehendakari se reserve el mando de todas las tropas vascas. Las dificultades de coordinación de éstas con el ejército republicano que operaba en Santander y Asturias se debieron, sobre todo, a la voluntad nacionalista de actuar separadamente, lo que explica las tempranas y reiteradas tensiones con el mando republicano central y se manifiesta en las no menos tempranas negociaciones con Franco y búsquedas de mediación con quien pudiera facilitarlas.

Los sondeos para conseguir mediar entre los nacionalistas y Franco se emprenden por el Vaticano y por Italia ya a finales de 1936, y el intento de conseguir una paz separada tiene en mayo de 1937 valedores de tanto peso como Ajuriaguerra y Leizaola, cuyos planteamientos acaban prevaleciendo sobre los de quienes, como Aguirre e Irujo, eran partidarios de mantener la lealtad a la República.

Las negociaciones con Italia comienzan pronto. Los nacionalistas deberían liberar a los presos y garantizar la no destrucción de la industria vizcaína, cosa que hicieron. Tras la caída de Bilbao, los dirigentes del PNV, que prosiguen las conversaciones para sentar las condiciones de la rendición, alegan la existencia de «una absoluta desmoralización en todos los combatientes vascos», y las tropas nacionalistas reciben órdenes de no prestar colaboración con el resto del ejército del norte. Los comisarios del PNV entienden que su tarea consistía en «evitar toda participación en la lucha» y en «debilitar el frente de tal manera que las Divisiones italianas pudieran moverse a su antojo».

No hay complicidades entre los autores del libro y la postura de los nacionalistas ante lo que acabó siendo la rendición y captura en Santoña. El relato de las mil conversaciones e intentos de negociaciones (también con militares franquistas) que llevaron allí están en el libro, y la valoración final que la operación merece a De Pablo, Mees y Rodríguez Ranz es que «la rendición de Santoña fue negativa para el desarrollo militar de la guerra, puesto que, de no haberse producido, hubiera sido posible la resistencia republicana en el norte hasta el invierno de 1937 [...]. Otra cosa es que la actuación del PNV fuera plenamente coherente con su visión de la Guerra Civil, ya que no se batía por la república, sino por la libertad de Euskadi». Esa era la cuestión central: la frágil vinculación emocional y política de los nacionalistas con la República española (más por española que por República).

Las conversaciones previas a Santoña eran conocidas por el Gobierno republicano y, consecuentemente, por los partidos que formaban parte, junto al PNV, del Gobierno vasco (que, dicho sea de paso, habían sido marginados completamente en aquella operación). La rendición, sin embargo, cambió muy poco las cosas. Seguía siendo importante para la República contar con el aval de un partido católico que pudiera incrementar sus apoyos internacionales. Se nombró un juzgado especial en el Tribunal Supremo para intentar dirimir las responsabilidades por la derrota militar en Euskadi y en todo el norte pero, en definitiva, tal nombramiento no tuvo consecuencias (como no fuera obligar al PNV a adoptar varias medidas para que ninguno de los máximos responsables quedara a merced de la justicia republicana).

Tras Santoña siguen los conflictos dentro del PNV sobre la conveniencia de colaborar con la República y hay quien se niega a desplazar la dirección a Barcelona, por considerar contrario al ideario nacionalista actuar políticamente en territorio español.

El Gobierno vasco mantiene su actividad desde la capital de Cataluña. Como señalan los autores, el exilio no elimina aquella voluntad de mantener la «estructura cuasiestatal» de un Gobierno Vasco que los socialistas consideran patrimonializado por el PNV y que, en octubre de 1937, pretende que los combatientes vascos que afluyeran a la zona leal constituyeran una unidad militar dependiente de él. El deseo de crear y controlar un ejército vasco busca no sólo la reconquista de Euzkadi sino impedir, si la guerra era favorable, los «estragos y barbaries en nuestra Patria» que pudieran provocarse si fueran milicias extremistas las que entraran en Euskadi.

La voluntad de diferenciar entre los vascos y los restantes españoles se manifiesta igualmente en la asistencia social: se trata de que el Gobierno vasco estableciera su propia red de atención a los refugiados para, como se señala en el libro, «tratar que Francia distinguiese entre el exilio español y el vasco, mucho mejor organizado y menos problemático»: lo que los autores llaman la «visión particularista que de la guerra seguía teniendo el PNV» se manifiesta en este y en múltiples ejemplos que no podemos recoger aquí. Aunque Irujo mantuviera su compromiso con la República (y no fue el único nacionalista que lo hizo), son muy numerosos los ejemplos de equidistancia entre los dos bandos, de despreocupación por el futuro de la República y de falta de compromiso con ella por parte del partido. Valga la cita de una declaración del Euzkadi Buru Batzar, de 1938, afirmando que está «en completa libertad de acción, sin compromiso alguno con la República para el futuro, si principalmente se ve en el Gobierno el afán de atentar contra nuestros derechos». Lamentablemente para todos, la pérdida de la guerra también implicó la imposibilidad de disfrutar tales derechos, aunque la primera declaración tras el definitivo triunfo de Franco, realizada el 2 de abril de 1939, reiteró aquella postura: «El PNV no tiene ningún compromiso ni con el gobierno de la República, ni con los partidos, ni con las organizaciones sindicales que la apoyaban, llamados del Frente Popular español. El partido tiene plena libertad de acción, pudiendo mantener las relaciones de pura cortesía que puedan convenirle».

Muestra de tal libertad serían propuestas como la de Leizaola, que pretende hacer entrismo ya en 1939, y combatir al régimen desde dentro, infiltrándose en sus instituciones, manteniendo una fachada de lealtad al régimen y así conseguir que «incluso en Falange [...] mande un espíritu vasco, manejado por nosotros», al tiempo que se considera preciso llevarse bien con los patronos vascos para que «no nos llenen de maquetos las fábricas», e ir a la máxima colaboración para así evitar «la desaparición de la raza».

Los debates sobre las vinculaciones con la República son intensos y, entre las razones que abonan su mantenimiento, no falta la económica. A Aguirre le daba «repugnancia todo esto español [...]. Pero cuando me pongo a pensar en la cuestión del dinero no sé qué hacer».

1939-1960

La riqueza de información con que se analiza el período de la guerra civil prosigue en el tratamiento de la posguerra. Entre los muchos aspectos interesantes cabe citar todo lo relativo a la organización nacionalista en Hispanoamérica o al establecimiento de relaciones internacionales por parte de los llamados «Servicios», que establecen unas estrechas relaciones con varias instituciones de inteligencia de países aliados y, particularmente, con el Departamento de Estado de los Estados Unidos. La información suministrada por los afiliados en Hispanoamérica puede encauzarse permitiendo que el PNV obtenga recursos, y disponga de una importante fuente de relaciones internacionales. Es también interesante seguir el hilo de la relación partido-Gobierno vasco, siempre monopolizado éste por aquél, o de la continua tentación nacionalista de convertir el Gobierno vasco en órgano nacional vasco, cuyos miembros no nacionalistas habrían de actuar «con independencia de todo organismo cuya extensión no esté reducida al ámbito de Euzkadi y a sus ciudadanos» (tentación que no hace sino expresar el mantenimiento de su identificación entre vasco y nacionalista).

La información que recogen los autores de El péndulo patriótico sobre la actividad del nacionalismo vasco durante la guerra mundial en los distintos frentes (aliados, alemanes, partidos e instituciones republicanos, partidos del Gobierno vasco...) y de las tensiones internas que se producen en su seno durante este período es extraordinariamente abundante, útil y bien contextualizada. Lo mismo cabe decir de la etapa que se abre con el triunfo de los aliados. En aquel complejo mundo, parece claro que el compromiso político de los nacionalistas estuvo con los aliados. Pero, bien fuera por intentar jugar a todas las cartas, por presiones alemanas a dirigentes concretos que siguieron viviendo en Francia, o por simpatías ideológicas con el nazismo que, como señalan los autores, también se dieron, no faltaron colaboracionistas entre los nacionalistas. Al margen del recordatorio de los casos individuales más notorios, se menciona en el libro un informe redactado por el Euzkadi Buru Batzar que, entre otras cosas, dice: «creemos en el talento político del Führer, en su sagacidad, en su alto espíritu de comprensión y esperamos que en el nuevo orden a establecer en Europa y particularmente en España, el problema vasco habrá de ser tenido en cuenta [...] 2. Porque el problema vasco está íntimamente ligado al problema racial alemán, y, por lo tanto, es lógico y natural esperar que el Führer lo acoja y lo resuelva con la mayor simpatía».

Tras la victoria aliada, se acerca el momento en que, al decir de los autores, «a los nacionalistas les tocó abandonar el escenario y acomodarse en las butacas de los espectadores, si bien no iban a faltar intentos de apropiarse otra vez del guión y volver a actuar». Ello se refleja en el libro, que recoge los incesantes debates sobre la postura ante las instituciones republicanas, las relaciones con la restante oposición vasca o española y los continuos problemas de organización, que no reflejan sino la inoperancia ante la nueva situación que se abre en los cincuenta. La capacidad de los partidos y de la generación de la guerra para mantener su oposición al régimen entra en una especie de letargo: han desaparecido las expectativas de cambio inmediato y toca asumir la realidad. La puesta en marcha de una nueva industrialización implica la aparición de una conflictividad social que se expresa al margen de los partidos y la expansión de la industria, que vuelve a requerir numerosa mano de obra foránea, supone el cambio de las pautas de vida de las zonas rurales.

Es revelador el informe de un nacionalista bilbaíno sobre las transformaciones que se están produciendo en el valle de Arratia en 1955. En los pueblos se ha pasado a hablar normalmente en castellano, y «el labrador, al convertirse en obrero, ha perdido las virtudes y el conservadurismo que le caracterizaban». Sigue: «Ceanuri es el pueblo en que más arraigo tienen las costumbres tradicionales. No está permitido el baile agarrado. Ni en el Gorbea que pertenece a Ceanuri se permite el día de San Ignacio, en que son las fiestas de allí, el baile agarrado», pero «la zona agrícola de Arratia está siendo absorbida por el espíritu de la ciudad y la economía casi independiente del caserío rota, convirtiéndose los baserritarras en masa obrera con todas sus características». Igualmente importantes son los cambios en Bilbao, donde crece la despolitización y todo el mundo, hombres y mujeres, hablan sólo de fútbol. Los inmigrantes (los coreanos) plantean no pocos problemas para el modelo de sociedad nacionalista, crecen las huelgas y la agitación obrera, mientras los nacionalistas son incapaces de intervenir en un movimiento del que desconfían, porque no pueden controlarlo.

En este marco comienzan los problemas del partido nacionalista con su organización juvenil, Euzko Gaztedi. Las críticas de los jóvenes nacionalistas por la falta de directrices del partido ante los nuevos conflictos sociales genera un notable activismo en el que participa el grupo Ekin, inicialmente ajeno al PNV pero que se fusiona con Euzko Gaztedi entre 1955 y 1957. Volverían a separarse dos años después adoptando el nombre de Euskadi ta Askatasuna.

El nacimiento de ETA y la muerte de José Antonio Aguirre, en 1960, son el final de una etapa aunque, en lo fundamental, la actividad del partido siga reducida a los debates y conflictos internos de una dirección apenas renovada desde la guerra. Por eso, pese a aislados repuntes de activismo de los jóvenes nacionalistas, el partido tiene escasa incidencia en la vida política realmente existente en el País Vasco. El nuevo protagonista que lleva a la calle la voz de la comunidad nacionalista empieza a ser ETA.

LA COEXISTENCIA CON ETA Y EL FINAL DEL FRANQUISMO

La presencia de ETA afecta a la vida del PNV, en desacuerdo temprano con los planteamientos ideológicos del nuevo grupo (particularmente a medida que van introduciéndose en él esquemas marxistas), y con una contenida irritación ante la actitud de prepotencia de sus miembros. No obstante, actúa la solidaridad con los «compatriotas» obligados a escapar de España, o con los condenados a penas de muerte. La existencia de ETA influye también, de modo episódico, en la realización de actos violentos por parte de las juventudes nacionalistas aunque el libro revela, sobre todo, el notable enquistamiento de una organización aparentemente muy desconectada de la nueva vida política vasca con cuyos protagonistas, que no están en el Gobierno vasco, no tienen puntos de contacto.

Llegados aquí, hagamos un descanso y cambiemos de tercio. El péndulo patriótico es, y no pretende ser otra cosa, un trabajo basado sobre todo en la documentación guardada en los archivos del PNV, para lo que se informa sobre todos los datos que permiten entender el contexto en el que nacieron aquellos documentos. ¿Podrían haber ido los autores un poco más allá, entrevistando a militantes o buscando otras fuentes para ver cómo vivían su nacionalismo los afiliados durante estos años? Muchas veces se incorporan datos sobre el número de organizaciones municipales existentes durante estas últimas décadas del franquismo, otras veces descubrimos que tales informaciones se desmienten con otras relativas a pocos años después, que parecen subrayar la falta de organización y la inoperancia. El lector de este libro cree confirmar algo que se aceptaba entre las gentes metidas en el mundo del último antifranquismo: que el PNV apenas existió políticamente en la práctica desde los años cincuenta-sesenta. Pero también entonces teníamos datos para saber que había grupos culturales, que había coros, que, al margen de los más explícitamente políticos como las convocatorias a los Aberri Egunas, se organizaban actos sin más misterio que un concierto, pero que permitían que los asistentes ajenos a la comunidad nacionalista descubriéramos la existencia de un mundo que tenía una particular fuerza y contaba con sus propias claves.

Las preguntas que siempre me he hecho sobre si había o no impulso explícitamente partidista en aquella actividad, si había reuniones de partido o se trataba meramente de iniciativas individuales que eran secundadas por gentes que se sabían pertenecientes a la familia no se contestan en este libro (y, muy probablemente, es mejor que no se respondan, porque hacerlo hubiera obligado a una investigación diferente, y bastante enjundia tiene la que se ha realizado).

Algunas respuestas pueden buscarse en trabajos de otro estilo. Las investigaciones de Marianne Heiberg sobre Elgueta y de Joseba Zulaika sobre Iciar son muy reveladoras de las características y la evolución de la comunidad nacionalista y de sus relaciones con los demás a lo largo del franquismo. Y, muy particularmente, para lo que aquí se trata, ha de citarse el primer tomo de las Memorias de Mario Onaindía, publicadas con el subtítulo de El precio de la libertad y que se refieren a los primeros veintinueve años de su autor (1948-1977).

Onaindía ha escrito algunas novelas, además de libros propios de su condición de político y de otros relacionados con otros de sus grandes temas de interés (el cine, la historia, la filología...). Este libro es, también, una extensa novela o, mejor, se lee como una novela. El relato de las historias de la familia, la recreación de la infancia en su Lekeitio natal o, luego, en Éibar, permiten evocar, desde dos lugares tan distintos, esa gran transformación social que empieza en los años cincuenta. Onaindía hace que entremos en ese mundo, y hacerlo nos permitirá ver cómo los distintos personajes que hemos visto crecer con él optan políticamente en los sesenta. Antes de eso, estará su paso por los mercedarios, dos años en el convento que tenían en Lekeitio y otros tres en Sarria (Lugo): la piedad, la lectura..., unas cartas con una chica del pueblo y la vuelta a casa en un Éibar donde, en los primeros sesenta, la política empieza a estar por todas partes.

El relato de esa época tiene un extraordinario interés para conocer la vida en el País Vasco durante los últimos quince años del franquismo. A los efectos de esta reseña, hagamos notar que estas memorias son de alguien que pertenece a una familia en la que, aunque hay un abuelo socialista, el sentimiento predominante es nacionalista. Pero sólo cuando tuvo dieciocho años oyó por primera vez hablar de tal partido en presente, y no como algo de la guerra civil. Tuvo ocasión de confirmar pronto que el PNV seguía vivo: su padre le presentó a un responsable de Éibar, y le ofrecen integrarse en él. La organización estaba entonces preocupada por la necesidad de prepararse para lo que viniera tras la muerte de Franco y, en particular, por la exigencia de disponer de militantes con capacidad para ser alcaldes. Visto que en Éibar la edad de la militancia nacionalista era relativamente alta, o que carecía de capacidad para estudiar, le propusieron asistir a unas reuniones de formación que se celebrarían los sábados en San Sebastián. Allí se juntaron, en el colegio de los jesuitas, unas treinta personas.

Además, en Éibar, estaban los cine-fórums donde los debates eran tanto de política como de cine, seminarios para discutir de libros que llevaban más directamente a la política (celebrados en un círculo al que rimbombantemente llamaban Tefiso, porque estudiaban teología, filosofía y sociología). Y todo ello ayudaba a que las ideas y la actividad que se le proponían por parte del partido parecieran cada vez menos apetecibles. La propaganda de Euzko Gaztediaren que repartía no parecía importar demasiado a los amigos, y él mismo estaba más interesado por las expectativas que despertaba la reciente constitución de Comisiones Obreras. La actitud del responsable eibarrés ante gente (e ideas) a las que Onaindía respetaba acabó por romper los lazos.

Reuniones, charlas, contactos con gentes muy diversas, lecturas, discusiones..., las páginas del libro que relatan la vida política en Éibar en esos años son muy sugerentes y revelan algo que estaba pasando en muchas otras partes. Los debates sobre marxismo, movimientos revolucionarios, movimiento obrero, cuestión nacional... ocupan a muchos jóvenes, buena parte de los cuales se integrarán en organizaciones políticas que, salvo en el caso del PC, no suelen tener que ver con las que hicieron la guerra. Onaindía tiene el arte de narrar en presente su evolución ideológica y sus preocupaciones políticas de entonces, y consigue que pueda hoy entenderse aquel embrollo mental de gente de veinte años, algunos de los cuales, como él mismo, entraron en ETA.

La descripción de su militancia en ETA vuelve a aportar elementos interesantes. El relato de la vida cotidiana de un liberado es muy indicador de lo que era el antifranquismo en aquellos años. El trabajo de captación de nueva gente, las redes de solidaridad y acogida a los militantes, los planteamientos políticos y la actitud de sus miembros poco tienen que ver con lo que ha acabado siendo la organización (la propia afirmación nacionalista nada tiene del exclusivismo que se mantenía en el PNV). Y las características de sus actores explican el voluntarismo y la improvisación que hacen al grupo extraordinariamente frágil ante la policía: buena parte de las «caídas» (como la detención del propio Onaindía) se deben a una más que notable ingenuidad.

La reseña de los hechos subraya los elementos más personales de los compañeros de militancia, que a veces parecen jugar a la guerra. El rito de la guerra, la entrega de las pistolas, los atentados con explosivos, la valoración de la violencia como partera de la historia convive con la simultánea afirmación del tabú de no matar. El estupor y rechazo de la madre del autor cuando le ve esconder una pistola debajo de la cama, y su radicalidad cuando le dice que si hay algún atraco de ETA en el banco en que su hijo trabaja no quería volverle a ver en casa, expresan el trasfondo social de rechazo a la violencia, actitud que tiene algún reflejo entre los militantes. Los ejemplos más conocidos de ello son el atentado a la delegación de El Correo en Éibar donde, tras poner la bomba, los activistas descubren que hay luz dentro, y que alguien puede ser alcanzado, por lo que vuelven a retirarla y son ellos quienes son heridos por la explosión. O el atraco a La Naval de Sestao, en que los atracadores no utilizan su armas y son retenidos por el personal del astillero.

Sin embargo, la lógica de la inmolación, el mundo de la pureza, la entrega, lo excelso del fin que se pretende, lo malvado del enemigo... acaban teniendo consecuencias. No es seguro que en ello influyera el elevado número de ex seminaristas, clérigos y ex clérigos atraídos a la nueva organización, aunque no puede olvidarse la definición cristiana de buena parte de sus miembros (uno de aquellos militantes de ETA me contaba cómo, entre los argumentos que se daban para animar al compromiso político, estaba la mención al cuarto mandamiento: no sólo había que honrar a los padres biológicos, también era preciso hacerlo a la patria). La entrega a Dios lleva a (o se transforma en) la entrega a la colectividad oprimida, y si se admite el martirio, no es difícil admitir, también, la posibilidad de la muerte del otro. Hay un pasaje de las memorias que espeluzna (tanto más cuanto que se narra reproduciendo la naturalidad con que debió de proponerse): un plan para matar a un guardia civil en que lo importante era la grabación que había de hacerse del atentado, que luego se remitiría a la prensa internacional para que conocieran la lucha del Pueblo Vasco por su libertad. Hubiera sido el primer atentado mortal pero, aunque el proponente dio alguna vuelta sobre el tema, se olvidó el asunto, quizá por las dificultades técnicas que presentaba la filmación. Puede pensarse que se trataba de algo más cercano a un juego de rol que a un proyecto con visos de llevarse a la práctica. Pero cuando se tienen pistolas es fácil que el juego se convierta en realidad.

Estaba el deseo de inmolación y estaban las pistolas. Los dos tuvieron algo que ver con la decisión de Etxebarrieta de matar al guardia civil José Pardines, que les dio el alto en un control. Horas después él mismo fue abatido, y su muerte dio el primer mártir a la causa. A ello siguió el acuerdo de matar al comisario Manzanas, asesinado al acabar el verano que había empezado con la muerte de Etxebarrieta. Luego vino la detención de la dirección (y de casi todos los que no consiguieron pasar a Francia). El régimen escenificó el gran escarmiento en lo que sería el juicio de Burgos.

El relato del juicio, el recuerdo de la sentencia condenándole a muerte, la narración de cómo se vivió desde la cárcel la multitudinaria solidaridad manifestada desde todo el mundo, son páginas que impresionan. La ETA de Burgos nada tenía que ver con la primera, la de diez años antes (ni con la siguiente, de muy pocos años después). Era, sobre todo, expresión de ese mundo que hemos visto en Éibar, la búsqueda de una libertad que sólo era posible con la simultánea conquista de la igualdad. Su mundo simbólico estaba más cercano al de la nueva izquierda que al del PNV. Por eso entre los abogados defensores de los acusados había representantes de toda la izquierda española y, por eso, uno de los mensajes que con más claridad se desprendió del juicio fue el viva a los trabajadores de España. ETA parecía emprender el camino que pocos años antes habían seguido los de ETA Berri, que habían abandonado el nacionalismo y se habían convertido en un grupo comunista, el Movimiento Comunista de España. El momento coincide con una extraordinaria crisis en su seno. Escubi, uno de los dirigentes más significados en los últimos tiempos, que había marchado a Francia y abandonado el partido para crear el grupo Células Rojas y el grupo mayoritario de ETA tras la VI Asamblea, deja de definirse como nacionalista y evoluciona al trotskismo. Coincidiendo con el juicio, los sectores más militaristas de la organización recuperan protagonismo, secuestrando al cónsul alemán en San Sebastián, Beihl. Se fragua una escisión entre este sector, que subraya su vinculación simbólica con la V Asamblea y la organización, que pasará a llamarse ETA VI. Desde la cárcel, en Cáceres, los juzgados en Burgos declaran su apoyo a ETA V. Gracias a ello, ésta puede mantenerse como la única ETA: los sextos se dividen y se convierten en marginales.

Faltaban casi siete años de cárcel hasta conseguir la libertad. En este tiempo pasado en Cáceres y en Córdoba no faltan historias espeluznantes, aunque prima el relato de los planes, las conversaciones y los debates con Teo Uriarte y con Zalbide, que son frecuentemente muy divertidos. A partir de aquí, la información sobre la vida política pasa, obviamente, a un plano muy secundario. La relación de los encarcelados con su organización cambia, dejan de ser influyentes en ella, tampoco es excesiva la información que reciben y aunque conocen las tensiones que acaban separando a ETA militar de ETA político-militar, de su relato no se deduce que se siguieran con particular interés o que se intentara incidir en ellas como se hizo con la separación entre ETA V y ETA VI. Pero sí hay otro tipo de información, también política, que permite entender las preocupaciones teóricas, políticas y personales de su autor. Son, en buena medida, las de los antifranquistas de izquierda de su generación.

EL PÉNDULO EN LA TRANSICIÓN

Volvamos al PNV del último franquismo. Los autores de El péndulo patriótico nos confirman algo que nos había contado Onaindía: el partido había intentado organizarse, sin demasiado éxito, en los últimos años sesenta, y su ideología seguía manteniendo unos planteamientos obsoletos, que difícilmente pueden satisfacer ni siquiera a los jóvenes de ambiente «vasquista». La falta de capacidad de incidencia y la ausencia de renovación ideológica permiten, para compensar, estar abierto a todo, incluso a un asombroso posibilismo.

Su preocupación por no quedar, como en 1930-31, al margen de las fuerzas que pudieran traer la democracia a España aconseja activar su participación en el Equipo de la Democracia Cristiana del Estado español y a integrarse en la Plataforma de Convergencia Democrática auspiciada por el PSOE.

El PNV está presente en la «Platajunta», que integra a todos los partidos españoles de oposición democrática, pero no trabaja por trasladarla a Euskadi. En algún momento acepta crear un organismo unitario que incluyera a los partidos que no estaban en el Gobierno vasco, pero abandona la idea, alegando que no puede admitir a quienes no aceptaran explícitamente la inclusión de Navarra en Euskadi. Había utilizado excusas semejantes, un año antes, cuando la Asamblea Democrática de Euskadi, vinculada a la Junta Democrática, pide la ampliación del Gobierno vasco o del Consejo Delegado, para convertirlos en órgano unitario coordinador de la oposición democrática en Euskadi.

El Gobierno vasco, cuya inoperancia durante decenios era patente, era una institución nacionalista, y se había mantenido precisamente para poder desempeñar, en momentos como los que venían, el papel de Gobierno Provisional, paralelo al que, se imaginaba, habría de instalarse en Madrid. Tal y como se planteó la transición, tampoco desempeñaron ese papel. Cuando en toda España, y particularmente en Cataluña, se pedía «Libertad, Amnistía, Estatuto de Autonomía», sólo algunos no nacionalistas pidieron en Euskadi la puesta en marcha provisional del Estatuto del 36, y cuando los catalanes utilizaron la «vía Tarradellas» para el acceso a la preautonomía, el PNV prefirió mantener al margen al Gobierno vasco, no queriendo perder ni compartir la legitimidad histórica que encarnaba el gobierno de Leizaola.

Volvamos atrás. La tantas veces intentada reorganización comienza a tener efectos ya en la etapa de Suárez, a finales de 1976. Con ella vuelven a manifestarse las tensiones internas sobre radicalidad o moderación y sobre la actitud que hubiera de tener el partido con el conjunto de la oposición española. En marzo de 1977, el PNV celebra su primera Asamblea Nacional desde los años de la República. Para sorpresa de quienes no pertenecían a la familia nacionalista, se mantiene la «interpretación soberanista de la foralidad» y se asume el lema sabiniano Jel, Dios y Ley Vieja, «expresión que conjuga una concepción trascendente de la existencia con la afirmación de la Nación Vasca, cuyo ser político ha de expresarse a partir de la recuperación de la soberanía contenida en el régimen Foral». En un momento en que se hablaba de «independencia», «autodeterminación», «autonomía», «federalismo» o de otros conceptos vinculados con una visión, digamos, racional, del Estado, aparece en el panorama político vasco la reclamación de la reintegración foral (cuyo significado, sin embargo, no era fácil interpretar).

Sin embargo, sí se produce la modernización en otros campos: la raza, por supuesto, desaparece de escena, sustituida por «la voluntad integradora» en el pueblo vasco, y desaparece también la organización femenina, Emakume Abertzale Batza: a partir de entonces, tanto las mujeres como los hombres podrían ser afiliados del partido. El relanzamiento de las juventudes nacionalistas no se hace sin conflictos e igualmente plantea problemas la definición de las relaciones entre el partido y el sindicato ELA (no sólo por la definición del lazo entre ambos sino, en primer lugar, por la existencia de dos ELA, distintas y contrapuestas).

Los excelentes resultados obtenidos por el PNV en junio de 1977 permiten al partido gozar en la política vasca de una centralidad que no había tenido nunca. La fuerza de sus votos se ve potenciada por la existencia de ETA: todos los partidos le reconocen como la única fuerza política capaz de acabar con el terrorismo, lo cual lo define como interlocutor necesario para todos, y lo coloca en una envidiable posición en que cualquier crítica contra él puede aparecer como crítica contra los vascos y, en consecuencia, como obstáculo para la necesaria pacificación. Su inactividad política durante los últimos veinticinco años no ha tenido efectos: ETA ha permitido que el problema nacional se haya situado en el centro de la vida política vasca y el florecimiento del patriotismo beneficia electoral y políticamente al PNV, que es consciente de que tendrá fuerza mientras haya un problema vasco que resolver.

Ello obliga a rearmar ideológicamente a la nueva afiliación, buena parte de ella recién llegada al nacionalismo. Se pone en marcha un periódico diario vinculado al partido: Deia nace pocos días antes de las elecciones y, aunque carece del rótulo de órgano oficial del PNV, intentará desempeñar el papel que, en su día, jugó Euzkadi. Por otra parte, desde el momento en que la patria vasca es aceptada por todos y que, en los últimos tiempos, también los partidos no nacionalistas convocan y asisten al Aberri Eguna, tal festividad ha dejado de tener el carácter de fiesta nacionalista. Por eso se dejan las celebraciones unitarias, dejan de salir a la calle en el Aberri Eguna y reafirman la comunión nacionalista en su propia fiesta, el Alderdi Eguna, el Día del Partido, que celebran por primera vez en septiembre de 1977.

Renace la dialéctica «abertzales» versus «españolistas», particularmente alimentada por la llamada izquierda abertzale, pero no menos por el PNV. La recomposición de la comunidad nacionalista obliga a recuperar el viejo lenguaje y parte de la vieja mitología. La nueva posición que el partido tiene en la política española hará estallar los conflictos internos que enfrentarán en 1977 a los, otra vez, «sabinianos» con el grupo de parlamentarios, pero la exclusión de los fundamentalistas no acaba con la sempiterna tensión entre radicalidad y posibilismo de la que el PNV sigue extrayendo su fuerza.

Eso sí, el posibilismo preferirá utilizar una lógica distinta a la lógica política convencional. No se pide autonomía, sino que se reclaman derechos históricos. La memoria colectiva del partido conoce las ventajas que históricamente se habían derivado de la indeterminación de los fines y de la particularidad del título por el que se pretenden. Por eso se apuesta en la constituyente por una autonomía conseguida por un título distinto al constitucional, y por eso se decide no aprobar la Constitución. Entre los muchos temas que el libro aborda, destaco la información sobre los debates y tensiones que acompañan a la aprobación de lo que sería el reconocimiento constitucional de los Derechos Históricos.

PALABRAS FINALES

Como he reiterado, El péndulopatriótico es el resultado de una investigación cuya fuente principal es la documentación de los archivos del PNV. Ello le permite aportar una información crucial para conocer e interpretar la historia de este partido (y, por supuesto, la historia del País Vasco). Hay ocasiones en que se echa de menos la utilización de otras fuentes, particularmente en el último capítulo, pero soy consciente de que cualquier ampliación hubiera obligado a prolongar extraordinariamente la investigación o a dejar de incluir las que citan, que son, básicamente, inéditas. Y ello hubiera sido un error, porque la riqueza de los materiales que aporta este libro ha sido útil a sus autores para culminar una investigación muy valiosa, y permitirá a quien vaya a estudiar este período contar con una documentación impagable. Algunas de las preguntas que se plantean al lector interesado pueden encontrar respuesta en las Memorias de Onaindía. Si en un libro está, sobre todo, la información de la actividad de la dirección de un partido que vive fuera de España, en el otro se cuenta cómo eran y qué hacen, dentro, sus militantes y otros muchos antifranquistas, nacionalistas o no. Gracias a los dos, se puede conocer mejor la historia del País Vasco durante el franquismo.

01/01/2002

 
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