ARTÍCULO

Los desafíos de la democracia

 

José María Gil-Robles no había cumplido aún los veinticinco años cuando el golpe del general Primo de Rivera hizo saltar por los aires la Constitución de 1876, aunque para entonces ya había logrado la cátedra de Derecho Político y había entrado en el consejo de redacción de El Debate. Era en ese momento un joven abogado interesado sobre todo en la vida política y la movilización católica. Formado en el tradicionalismo e involucrado en el experimento del Partido Social Popular, y como tantos otros católicos, no recibió la dictadura de Primo con especial animosidad: todo lo contrario.
Pero nada de eso es especialmente relevante si se compara con lo que vino después. El fascinante año político de 1931 lo catapultó al centro de la vida política nacional. Él fue uno de los responsables de que el conservadurismo católico pasara del shock producido por la inesperada caída de la monarquía a un estado de excitación y movilización que permitió poner en marcha el primer partido moderno de la derecha española contemporánea. Pese a su juventud y a la presencia de otros líderes más experimentados, Gil-Robles saltó de la pequeña política y la redacción periodística a la dirección del grupo posibilista de los católicos españoles. El premio a la perseverancia y el legalismo llegó a finales de 1933, cuando las urnas permitieron a los republicanos de centro y a la CEDA hacerse con el control del nuevo parlamento republicano y, por tanto, del gobierno.
Hasta aquí su biografía es, sin duda, la de un éxito. Logró lo que nadie había conseguido en la derecha española: movilizar a los católicos y llevarlos a la competición legal por el poder. Sin embargo, tres años más tarde, pocas semanas antes de que empezara la Guerra Civil, si bien Gil-Robles había logrado repetir unos magníficos resultados en las elecciones de febrero de 1936, el proyecto posibilista encalló. En vista de la situación social y política de la primavera de 1936, el conservadurismo pragmático y legalista de los cedistas no tenía mucha cabida. Era muy difícil seguir sosteniendo la posibilidad de otra República en la que cupieran los católicos y los conservadores cuando, pese a la opinión de muchos republicanos, la izquierda obrera campaba por sus respetos en muchas localidades del país y para amplios sectores de las clases medias el dilema ya no era elegir entre uno u otro gobierno, sino la supervivencia.
Al fracaso del posibilismo le sucedió el desencanto: del convencimiento a mediados de julio de 1936 de que no había otra salida que el uso de la fuerza, pronto se pasó a la decepción y el alejamiento del nuevo Estado franquista. Y a este desencanto le sucedió otro desengaño no menos importante que el del posibilismo: cuando, años después, Gil-Robles volvió de lleno al redil monárquico y se convirtió en una persona de confianza de don Juan de Borbón, sus consejos, sus informes y su visión de cómo debían llevarse las relaciones entre la Corona y el dictador contaron más bien poco. Pero no fue el último fiasco, aunque sí debió de ser uno de los más amargos. Todavía en la recta final de su vida experimentó un nuevo fracaso en la organización de una alternativa democristiana a la muerte de Franco.
Esta apasionante trayectoria es bastante conocida, tanto por lo mucho que escribió Gil-Robles como por los estudios disponibles sobre la política republicana y la edición de sus principales discursos. No obstante, una buena biografía política del personaje es una de las lagunas de nuestra historiografía. El libro que ha escrito Alfonso Rojas Quintana se inscribe en esa situación. Está construido con materiales diversos: las publicaciones principales del protagonista y diversos papeles de su archivo referidos mayormente a los años del exilio y la causa monárquica. Y responde a un propósito explícito de luchar contra el olvido «de un político de talla», en palabras de su autor.
Aunque contiene alguna información interesante, el libro presenta una serie de problemas no menores. Uno es el afán de «hacer justicia» a la figura del biografiado, algo que impide al biógrafo tomar suficiente distancia en los momentos más críticos de la biografía de Gil-Robles. Otro, el fundamental, es la debilidad del análisis político. De hecho, no encontrará el lector un estudio bien trabado que contribuya a desentrañar los detalles de la actuación del político salmantino o la complejidad de su evolución doctrinal, todo ello debidamente contextualizado y con un riguroso contraste de fuentes. Pero, siendo esto importante, no lo es menos el hecho de que este trabajo resulta, en términos científicos, un producto inacabado, en el que no se detallan las fuentes de las que proceden buena parte de las citas, algunas de ellas importantes para comprender una biografía tan polémica (a modo de ejemplo, las citas de las páginas 49, 55, 68, 117 o 391). No extrañe, por tanto, que el lector vaya acumulando una creciente desconfianza a medida que avanza en la lectura, sensación que raya en el enfado cuando descubre que los análisis del contexto político apenas son originales, tan poco originales que uno puede comprobar en la página 55 que un párrafo entero del libro de Javier Tusell (Las Constituyentes de 1931: unas elecciones de transición, Madrid, CIS, 1982, p. 62) es literalmente copiado en el cuerpo de texto sin la debida nota de referencia o sin las obligadas comillas.
Pese a esta malograda biografía, no cabe duda de que la política española de los años treinta no está agotada en términos de investigación científica. Los cientos de estudios disponibles no son óbice para que todavía hoy puedan abordarse con rigor aspectos que apenas han sido tratados o que han padecido las consecuencias negativas de los prejuicios ideológicos y los tópicos. Un ejemplo de ello es el libro que acaba de publicar Fernando del Rey Reguillo. Paisanos en lucha es uno de esos estudios que marcan un antes y un después en el análisis de un período histórico. Lo es porque pocos trabajos de historiadores ya consagrados se basan en un estudio tan pormenorizado –apabullante en algunas ocasiones– y honesto de las fuentes como es el caso. Pero también porque, aunque ya disponíamos de estudios regionales y locales sobre la política republicana de muy variada calidad, éste supone un salto cualitativo indiscutible, en la medida en que su autor no se conforma con la particularidad de lo local, sino que persigue mejorar el análisis de la política nacional partiendo de la riqueza y los matices que introduce la visión a ras de sueloEn este sentido, el propio autor se remite a obras como la de Michael Seidman, A ras de suelo. Historia social de la República durante la Guerra Civil, Madrid, Alianza, 2003..
Paisanos en lucha es un trabajo sobre el devenir de la vida política en la provincia de Ciudad Real durante todo el período republicano, todo ello debidamente enmarcado en un detallado, tal vez excesivo, estudio de la economía, la sociedad y la cultura, con especial atención al caso de la «agrociudad» manchega de La Solana. Pero es, sobre todo, un buen ejemplo de cómo puede hacerse historia política yendo desde lo particular a lo general, y viceversa; un modelo de cómo matizar, a partir del análisis micro, muchos de esos juicios tan asentados sobre las dificultades para consolidar una democracia en la España de entreguerras.
La riqueza y complejidad del análisis que ofrece Paisanos en lucha dificulta elaborar una reseña que haga plena justicia al libro. No obstante, el libro tiene, a mi juicio, algunos objetivos precisos y relevantes que merecen ser destacados. El primero y más importante es el estudio de cómo se traduce en el ámbito local la llegada de la política democrática. Ahí se constata un aspecto poco valorado por la historiografía: al margen de las continuidades o rupturas, la competencia no es un alimento fácil de digerir y el mero hecho de que se reconozca el sufragio universal o se constitucionalicen ciertos derechos no impide que la democratización sufra de un importante déficit de cultura cívica.
A diferencia de todos los tópicos sobre la Segunda República como un período idílico de modernización, reformas y progreso abortado por la reacción derechista, Paisanos en lucha pone de relieve la tremenda complejidad que rodeó la llegada de la política de masas y la persistencia de comportamientos puramente transicionales en el proceso de modernización política. Como buena parte de la Europa de entreguerras, la sociedad española del momento tenía que hacer frente a una multitud de «disputas no resueltas y ambigüedades manifiestas»Richard Overy, El camino hacia la guerra, Madrid, Espasa, 2009, p. 25.. Así, la política clientelar, lejos de desaparecer, se transmutó. El de los socialistas, con su afán de patrimonializar el régimen y corporativizar las relaciones laborales con ellos como juez y parte, es un ejemplo bien estudiado en el libro. O lo ocurrido con la vida de los ayuntamientos, que siguieron sometidos, en algunos casos con mayor grado de arbitrariedad y consecuencias nefastas para la convivencia ciudadana, a criterios de intervención administrativa al servicio de los intereses del o de los partidos de turno en el gobierno.
En segundo lugar, Paisanos en lucha es un estudio profundo sobre la violencia política en la España republicana, un factor que el autor analiza desde diferentes perspectivas: teniendo en cuenta los factores sociales, las características del campo español, las lógicas de exclusión cultural, los enfrentamientos de identidad, etc. Desde todas ellas se llega a la conclusión de que la violencia física, pero también la exclusión como una forma de hacer política, y la intransigencia como un valor de primer orden en la competencia por el favor ciudadano, condicionaron muy negativamente las posibilidades de una democracia pluralista en la España republicana. El libro de Fernando del Rey ofrece un cuadro completo de lo extendida y persistente que fue la violencia política en todo el período, y el modo en que esa «brutalización» de la política contribuyó a que germinaran odios irreversibles y actitudes proclives a convertir en enemigo al adversarioGeorge L. Mosse, De la grande guerre au totalitarisme. La brutalisation des sociétés européennes, París, Hachette, 1999.. Es verdad que se trata de la provincia de Ciudad Real y que el autor no pretende extrapolar las conclusiones a toda la nación, pero no es menos cierto y a la vez significativo que esa persistencia de la exclusión y la violencia vino irradiada desde la política nacional y tuvo otras manifestaciones igual o más dramáticas que la manchega en otras partes de España, especialmente de la mitad sur.
En tercer lugar, Paisanos en lucha introduce importantes matizaciones en aspectos poco conocidos o demasiado prejuzgados sobre la vida política republicana: la dimensión local de la intensa politización que acompañó al nuevo régimen y la dificultad de canalizarla pacíficamente; la propagación del lenguaje extremista y antiliberal desde la política nacional a la vida cotidiana de los ciudadanos; la lógica patrimonialista que acompañó a las izquierdas fundadoras del régimen; la consecuencias negativas de la cultura antiliberal y tradicionalista en la derecha católica; los esfuerzos de los republicanos de centro –básicamente de los lerrouxistas, pero no sólo– para conducir la República por un camino de integración; la profunda deslealtad y el extremismo ideológico que caracterizó a los socialistas y a su sindicato tras su salida del gobierno en el otoño de 1933; las políticas de la venganza que se practicaron en el ámbito local a partir de octubre de 1934, que apenas conocemos, pero de las que tenemos algunos importantes indicios; la fortaleza de la CEDA como principal organización de la derecha católica y agraria, etc.
Paisanos en lucha no tiene un final feliz, como es lógico. El relato de la primavera y el comienzo del verano de 1936 resulta demoledor. Tal vez este capítulo sea una de las aportaciones más sustantivas del libro por cuanto el autor, huyendo de todo simplismo y maniqueísmo, y evitando quedar maniatado por análisis presentistas, reconstruye semana a semana el terrible deterioro de la convivencia que se produjo en muchas localidades de Ciudad Real como resultado de una compleja amalgama de factores. Sin restar peso a las consideraciones económicas, lo cierto es que el estudio corrobora la centralidad de la política y sus actores como factor explicativo. Al final, la exclusión practicada por la izquierda obrera, la impotencia –a veces complicidad– de las autoridades de la izquierda republicana para con los desmanes y arbitrariedades, la práctica de una violencia planificada contra todos aquellos que no eran parte del Frente Popular, la depuración de funcionarios por motivos ideológicos, la utilización partidista de las policías locales o las lógicas vengativas instaladas en la política municipal, fueron factores que dinamitaron la vida democrática. Paisanos en lucha no nos cuenta que la Guerra Civil comenzara antes del 18 de julio, pero sí nos ayuda a entender por qué cuando empezó llegó cargada de sangre, odio y destrucción más allá de los campos de batalla.

01/11/2010

 
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