ARTÍCULO

Carme Riera y el arte de la impostura

Alfaguara, Madrid
320 pp. 15 euros
Alfaguara, Madrid
152 pp. 14 euros
 

De un tiempo a esta parte, Carme Riera busca interlocutores en sus novelas. Lógicamente, el interlocutor del novelista es el propio lector, pero el lector suele desconocer detalles de la vida del novelista. Carme Riera busca interlocutores que le ayuden a comprender su propia vida o, al menos, ciertos episodios de su vida que resultan oscuros para ella misma. Empleando la segunda persona narrativa, Riera se dirige a alguna persona entre sus lectores que posea esa información privilegiada.
En La mitad del alma, Riera se dirige a uno de sus lectores en particular, que acudió a la tradicional firma de libros del día de Sant Jordi de Barcelona en abril de 2001. Se trata de recabar información sobre su madre, que falleció en circunstancias todavía no aclaradas a finales de los años cincuenta. A lo largo de la narración, la autora nos revela los secretos de esta singular mujer y su apasionante existencia: casada con un rico industrial mallorquín muy ligado al régimen franquista, la madre de Carme Riera realiza frecuentes viajes a París para visitar a su padre republicano en el exilio y también, tal como vamos conociendo a lo largo de la narración, para entrar en contacto con grupos de la resistencia antifranquista que se mueven a ambos lados de los Pirineos. Así es como conocerá al mismísimo Albert Camus que, como es sabido, participó muy activamente en la resistencia republicana en el sur de Francia.
La novela es ya de por sí interesante por el retrato que hace de los catalanes de los años cincuenta que vivían a uno y otro lado de la frontera. Pero el morbo de la narración –lo que le proporciona su enorme interés y su emoción– reside en la implicación de la novelista en la propia trama de la novela. Porque a partir del arranque mismo de la novela –cuando Carme Riera está, junto a Quim Monzó, firmando libros en el día de Sant Jordi en Barcelona– nadie duda de que la autora está contándonos un episodio de su propia vida o, mejor dicho, de la vida de su madre, pero, en cualquier caso, algo que incide de forma dramática en su propia existencia. Solamente algún lector avisado puede saber que la verdadera madre de Carme Riera vive hoy en día y que se llama Carme Gilera y no Cecilia Balaguer, como pretende la autora en su narración. La impostura de Riera es típicamente posmoderna. Se trata de borrar para siempre las lindes entre realidad y ficción, entre autor y narrador, entre la Carme Riera real y la persona que escribe la novela. Según el Diccionario de la Real Academia, la palabra «impostura» puede significar «suplantación, falsedad, mentira o calumnia». De todas estas definiciones participa la novela de la Riera. No cabe la menor duda de que está «suplantando» a la figura de su madre, que está «falsificando» su persona, que está mintiendo sobre su vida y, lo que es aún más grave, que está incurriendo en evidente calumnia al sugerir que fue una doble espía de Franco y los republicanos.
Que los novelistas se nutran de su propia vida para escribir sus novelas es un recurso tan antiguo como la propia novela.Ahora bien, que la falsifiquen, que la suplanten o que, en último término, se calumnien a sí mismos o a su propia familia es, por decirlo de alguna manera, esa otra «vuelta de tuerca» de la era posmoderna en la que todavía estamos inmersos.Véase si no la última novela de Javier Cercas (La velocidad de la luz), donde el propio autor, el propio Javier Cercas, se acusa a sí mismo de ser el responsable de la muerte de su mujer en un accidente de coche. Ambos autores consiguen lo que se proponen en sus respectivas obras: dar un valor añadido a la historia que están contando al inmiscuir en ella sus propias vidas.Ambos relatos participan de la misma intensidad y emoción en la medida en que el autor, aparentemente, está contándonos detalles espeluznantes de su propia vida.
El arte de la impostura es, sin embargo, un arte esquivo y no siempre se triunfa empleando este recurso. En su novela más reciente, El verano del inglés, Riera retoma de nuevo un capítulo de su propia vida –el verano que pasó en una universidad estadounidense aprendiendo inglés– para ofrecernos una versión truculenta de su propia experiencia. Cierto que en este caso se camufla bajo el nombre de Laura Prats, una ejecutiva de una empresa catalana que necesita apremiantemente aprender el idioma, pero este disfraz apenas consigue ocultar la figura de la propia Riera. La historia de fantasmas y terror que nos cuenta está directamente inspirada en sus propias experiencias, tal como ella misma ha declarado, ya que se había cometido un crimen en la residencia en que le tocó vivir y se hablaba de los fantasmas que poblaban el lugar. En el caso de esta novela, también existe la figura del interlocutor, ya que está escrita en segunda persona. La narradora se dirige al abogado que ha de defenderla en el juicio que se sigue contra ella por haber dado muerte a su profesora de inglés. La inculpación del propio narrador de la historia es, como ya he indicado antes, parte de este ejercicio de calumniarse a uno mismo, característica esencial de esta narrativa de la impostura que trato de describir aquí.
Pero, en este caso, Riera recurre también a sus lecturas: Mrs. Grose, su profesora de inglés, es el nombre del ama de llaves de Otra vuelta de tuerca, la obra de Henry James; la mansión en la que se encuentra recuerda a la de Cumbres borrascosas; y el crimen y escenas finales son un calco de Psicosis de Hitchcock. Desgraciadamente, el remake de Riera acaba naufragando en un género difuso que no es ni la «novela gótica», ni el thriller, ni un melodrama, ni siquiera una brillante parodia de todos estos géneros.
Naturalmente, toda obra literaria es, por su naturaleza misma, una impostura, en el sentido de que el autor de una novela deja que sean sus personajes los que «suplanten» su propia personalidad. Pero sólo cuando aparece el autor en las páginas de su propio relato pasa el lector a ser consciente de esta impostura. Me refiero a la persona en carne y hueso, a la Carme Riera que el lector conoce por haber visto su fotografía en la prensa y en los libros. En el momento en que el lector acepta que es la propia escritora la que nos está contando su propia vida, ya sabe que se mueve en un terreno movedizo. ¿Se trata de una confesión real o, por el contrario, de una impostura, es decir, de una suplantación, de una falsedad, de una mentira, de una calumnia? ¿Y por qué no de ambas cosas a la vez? ¿Puede uno confesarse y, a la vez, mentir en la propia confesión? Esta última posibilidad sería, a mi manera de ver, la que más se acercaría a la verdad cuando nos enfrentamos a las últimas obras de Carme Riera y Javier Cercas.
El arte de la impostura, tal como nos demuestra Riera en su propia obra, no es sencillo porque se trata, en definitiva, de ser despiadado con uno mismo. Es un «yo acuso» contra el propio «yo» y, aunque esta acusación sea falsa, no deja de haber una parte de verdad en ella. Porque, posiblemente, en su impostura, el autor está leyendo su propio subconsciente, está relatándonos no aquello que realmente ha sucedido en su vida sino aquel deseo oculto, aquello que realmente hubiera deseado que sucediera. En cualquier caso, la impostura es un haraquiri literario que el escritor realiza frente a sus lectores y que puede alcanzar la grandeza que sin duda tiene La mitad del alma, o despeñarse por los abismos del absurdo como ocurre en El verano del inglés.

01/08/2006

 
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