ARTÍCULO

Natalia

El Acantilado, Barcelona, 168 págs.
Trad. de Celia Filipetto
Espasa Calpe, Madrid, 240 págs.
Trad. de Félix Romeo
Pre-Textos, Valencia, 128 págs.
Trad. de Andrés Trapiello
 

Quien desee definir con precisión en qué consiste el hechizo que emana de esta prosa inimitable, se verá metido en apuros. Porque no es fácil delimitar dónde radica su encanto que, sin embargo, existe, es real, está presente y empapa cada línea de un poder evocador emocionante que llega a ser adictivo. Natalia Ginzburg (Palermo, 1916-Roma, 1991) escribe de un modo cristalino pero seco, a ras de suelo, desprovisto de florituras verbales, imperturbable, sin ceder nunca a la tentación del sentimentalismo lacrimógeno, por más duros y tremendos que sean los hechos que está narrando, y algunos de ellos lo son: el auge del fascismo y el matadero europeo, el exilio, su confinamiento en los Abruzos, la prisión y muerte de su marido Leone, de origen hebreo, lejos de ella, a manos de los verdugos.

La prosa de Natalia Ginzburg, reconozcámoslo, es pobre, como era pobre la Italia de posguerra de la que se nutren sus recuerdos que sirven de caldo de cultivo a sus ficciones. Hay, en este sentido, una sintonía total entre la época y el individuo, que puede explicar en parte, aunque no agota, el secreto de su atractivo. Los temas de que trata en su libro de ensayos Las pequeñas virtudes no son en modo alguno brillantes ni escandalosos; son, para decirlo pronto, de poco lucimiento: los zapatos rotos, Turín, la comida inglesa, los hijos, el suicidio del amigo Cesare Pavese, un día de agosto, a solas en un hotel, cuando la ciudad estaba desierta. Todos ellos, no obstante, dejan transparentar entre líneas grandes dosis de pudor y de ternura, un sentido moral de la existencia y una secreta afición hacia la vida que, pese a todos sus sinsabores y dificultades –parece decir esta prosa–, es digna de ser vivida.

Es la mirada exigente y alerta de quien decidió consagrar sus días y sus noches a pasar a limpio el mundo; de quien ante todo necesita ver claro, no hacerse falsas ilusiones, no engañarse a sí misma ni engañar a los demás; la de alguien que no escribía para halagar al oyente ni retratarlo en su libro bajo ángulos favorecedores, y que adopta la lucidez extrema como divisa.

Lejos de poses grandilocuentes y de soflamas retóricas, Natalia Ginzburg emplea en su escritura el tono confesional de quien escribe una carta, algo íntimo, cercano, cálido y discreto. ¿Por qué mentir a un amigo? Todos, mientras leemos, somos amigos de Natalia Ginzburg. De ahí que sus libros posean ese aire confidencial y amoroso, un poco casero, como escrito a vuelapluma entre dos faenas domésticas. Es la misma emoción de tacto áspero y documental que encontramos, por ejemplo, en el cine italiano de la época, en los grandes guiones neorrealistas de Cesare Zavattini (Ladrón de bicicletas, El limpiabotas), Roberto Rosellini o Ermanno Olmi: la conquista del detalle, la pasión por lo concreto.

Los textos que componen Las pequeñas virtudes se publicaron de forma independiente, como artículos de prensa. Hay algo en ellos, sin embargo, que contradice su origen coyuntural, algo que desborda la inmediatez del encargo y los eleva a la categoría de literatura de calidad, digna de perdurar en el tiempo, con perlas tales como el titulado «Las relaciones humanas», que destila sabiduría, autocrítica y una irónica misericordia hacia nuestra especie.

Sobrecoger con lo mínimo es la especialidad de esta narradora, que en Sagitario, compuesto por tres novelas breves (su género predilecto, donde encontró su medida), vuelve a demostrar su dominio del estilo coloquial directo, expuesto a través de una prosa incolora pero de enorme eficacia narrativa, bien traducida por el novelista Félix Romeo. Las tres están narradas en primera persona por tres mujeres que ven alejarse su juventud y empiezan a pisar esa inquietante línea de sombra de la que hablaba Conrad. En este tríptico de historias hallamos el mismo clima de sorda recapitulación, la misma desesperanzada atonía frecuentada por ráfagas de comicidad chaplinesca, muy divertidas, que hallamos en otras de sus obras, igual de recomendables, como son Nuestrosayeres (Debate, 1996), Familia (Alfaguara, 1982) o Querido Miguel (Lumen, 1989).

Otra buena noticia la constituye la iniciativa de la editorial Pre-Textos, que ha tenido el acierto de rescatar de su catálogo, con nuevo diseño y la misma traducción debida a Andrés Trapiello, la que quizá sea, junto a Léxico familiar (Ediciones del Bronce, 1998), la obra maestra de su autora: Las palabras de la noche. Es muy posible que en esta novela breve y perfecta, escrita en apenas veinte días de inspiración sostenida, se condense la quintaesencia de su arte de narradora parca en palabras y amiga de los silencios. Su escaso centenar de páginas constituye un milagro de ligereza, gracia alada y verdad, puesta al servicio del propósito moral de relatar la historia de dos familias en la Italia fascista de cuyo fondo de reptiles brota una desnuda, tiernísima y desolada historia de amor condenada al fracaso, tal vez una de las más puras y tristes de que tenga noticia este lector.

Los infiernos domésticos de Ginzburg son suavemente terribles, delicadamente vulgares. En eso, y no sólo en eso, se parece a su maestro Chéjov. Todos los relatos de Ginzburg están escritos en el jardín de los cerezos. En sus historias suele haber parejas a punto de contraer matrimonio que van a visitar tiendas de muebles, y esto, tal como ella lo cuenta, es la cosa más triste del mundo: una excursión a la nada. A veces uno de los personajes, sin saber por qué, se suicida. No en vano la imagen que mejor define el desamparo de su escritura es la de un banco solitario junto a un río, en un jardín de provincias con árboles escuchimizados, un domingo por la tarde. Su escritura duele, pero consuela. Querida Natalia.

01/02/2003

 
COMENTARIOS

Begoña 03/06/15 12:25
Muchas gracias por la información!
Begoña
Un placer

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