ARTÍCULO

Batalla de consignas

 

Durante la Guerra Civil [...] se libraron muchas y cruentas batallas, pero ninguna tan larga y enconada como la batalla por la opinión extranjera». Quitando el punto casi inevitable de retórica, la primera frase de este documentado estudio refleja bastante fielmente en su concisión la trascendencia que tuvo la propaganda en el exterior para influir en los gobiernos democráticos y ganar a la opinión pública para la propia causa (o, en su defecto, o complementariamente, deslegitimar la causa del enemigo). Gobiernos democráticos y opinión pública, he señalado, y no hay que extenderse mucho sobre el particular, porque sólo donde hay libertades políticas tiene sentido ese mecanismo de construcción de imágenes persuasivas y sólo en esas coordenadas –por oposición a las dictaduras– puede haber verdadero debate y movimientos sociales de adhesión o repulsa. Es congruente aceptar por ello que una investigación de estas características busque el contexto de una sociedad abierta. Puede darse por buena la afirmación de que Gran Bretaña era todavía en aquellos momentos el Estado más importante del Viejo Continente y también, aunque sea más discutible, que fuese el lugar donde el eco de la contienda española alcanzara más resonancia y se viviera de forma más intensa. Con todo, el lector distanciado, el que busque una visión de conjunto, echará de menos las referencias a Francia y la comparación con lo que sucedía en el marco francés, la otra gran democracia de la época y la más próxima (no sólo geográficamente) a la tragedia que se desarrollaba en suelo peninsular. Se comprende, en suma, que esta es la traslación de una tesis doctoral y que el autor ha primado, como no podía ser de otra manera por su origen, el estudio intensivo y minucioso sobre cualquier otra consideración. Pero ya que ha quedado una obra relativamente corta (y, digamos de paso, ágil y de amena lectura, virtudes no frecuentes en estos casos), quizá no hubiera estado de más añadir algunas estimaciones comparativas con el vecino pirenaico, que hubieran podido servir incluso para perfilar mejor la especificidad de la respuesta británica. El autor probablemente aduciría que bastantes lagunas hay ya en el campo acotado como para meterse en otros ámbitos claramente diferenciados, y no le faltaría razón desde sus presupuestos. De hecho, resalta en las páginas iniciales las limitaciones de algunas fuentes y las insuficiencias de nuestro conocimiento. Desde esas premisas, se plantea profundizar y completar los estudios de autores como Southworth, Buchanan o Moradiellos, en la estela de una investigación académica de historia de la propaganda que se articula en tres bloques, que responden al esquema clásico del proceso de comunicación: emisión, mensaje y recepción.
Empieza, naturalmente, por la propia acuñación del conflicto: Cruzada o Movimiento Nacional contra el marxismo para unos; resistencia democrática a la rebelión militar y heroica lucha antifascista para sus contrincantes. Unos y otros, en todo caso, empeñados desde tempranas fechas en representar la «verdadera España» frente a la invasión extranjera, aunque sólo se tuvieran ojos para distinguir los «extranjeros» que convenían, es decir, los del enemigo, italianos y alemanes del bando franquista o los soviéticos e internacionalistas del Ejército Popular. Como en toda guerra, el paso inmediato es cargar al rival con todas las atrocidades, reales o inventadas, y en ello franquistas y republicanos no hicieron más que seguir el guión previsible, aireando siempre la crueldad del adversario. Desde la quema de iglesias y martirio de religiosos hasta el bombardeo de Guernica y otros objetivos civiles, todo se utilizó con ese propósito, magnificando siempre el terror ajeno y negando el desatado en las propias filas. Señala el autor con buen criterio que, más allá de la letanía de agravios concretos, exageraciones, distorsiones o simples mentiras, lo que se trataba de poner sobre el tablero era la naturaleza misma de la contienda: una lucha de la civilización (entendida siempre como la opción propia) frente a la barbarie que encarnaba el otro (y, por tanto, en este sentido, hablar de barbarie roja o parda venía a representar lo mismo en el discurso propagandístico). Nos situamos así en el ámbito de la cultura, entendida en su acepción antropológica (el otro era la bestia). Y es precisamente en este apartado, como expresa Hugo García, donde puede decirse que «los logros de la República entre los intelectuales británicos fueron muy superiores a los del bando sublevado» (p. 181). Pero resultó ser a la postre una victoria pírrica, más testimonial que efectiva. ¿Por qué? Aunque el autor no profundiza en el tema, sí apunta algunas sugerencias interesantes. Conviene, para terminar, detenerse un momento en el asunto, en lo que podríamos llamar los «límites de la propaganda».
Primero, la labor de cada bando no operaba en el vacío sino que, muy al contrario, tenía que vérselas con el proselitismo del contrario, originando el choque un enrarecimiento en la opinión pública que llevaba en última instancia al barullo, el desentendimiento y la abstención. Conscientes de ello, los agitadores extremaban a menudo el mensaje, pero esa exacerbación de los ribetes militantes no siempre daba el resultado apetecido y en no pocas ocasiones producía el efecto opuesto: una incredulidad generalizada. Estaban, por otro lado, los prejuicios, las ideas preconcebidas y los estereotipos acerca de España y los españoles que distorsionaban la percepción de los mensajes: se tendía, por ejemplo, a relativizar la crudeza de la guerra en una nación que había descollado por convertir la «sangre derramada» en «fiesta nacional». A veces se abusa de la expresión «una guerra cercana»: la guerra, en realidad, estaba en un extremo de Europa y los británicos, salvo minorías concienciadas o radicalizadas, guardaban sus distancias con una conflagración que, por mucho que se dijera, les era ajena. Y, sin agotar el conjunto de factores, no puede olvidarse que era preciso contar también con la firme determinación de los gobernantes británicos (Baldwin, Chamberlain) de no implicarse en el conflicto bajo ningún pretexto o circunstancia.
Por no rehuir finalmente el balance, aun a riesgo de simplificación, puede decirse que esta peculiar batalla española en suelo británico terminó sin vencedores ni vencidos. Más aún, la evolución de los acontecimientos se produjo al margen de las campañas orquestadas por unos y otros; así, como acaba reconociendo el propio autor, el «progresivo empeoramiento de la imagen de Franco en Gran Bretaña [...] pudo no ser tanto un logro de sus adversarios como el resultado indirecto de la impopularidad de sus aliados» (pp. 230-231). Porque en la guerra, la política y el mundo moderno en general la propaganda es muy importante, claro, pero sólo hasta cierto punto.

01/07/2010

 
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