ARTÍCULO

Rescate de un «francotirador»

Debate, Madrid, 182 págs.
Debate, Madrid, 182 págs.
 

Al editor y novelista barcelonés Mario Lacruz, fallecido hace unos meses (1929-2000), no le alcanzó la justicia literaria merecida por su obra, exigente y original, aunque escueta, compuesta por sólo tres novelas. De alguna declaración del escritor se desprende que el haberse dedicado a publicar trabajos ajenos le retrajo de avanzar en los suyos propios, quizás desanimado por la vaciedad que se esconde con frecuencia en ese mundillo de la creación, adornado de puertas afuera de engañadores oropeles. Como sea, este autor que estuvo en el centro de la edición española más importante, y siempre refugiado en un discretísimo segundo plano, lejos de todo protagonismo, deja una labor de un mérito singular. Aunque desconocido del público común –sus libros no han figurado en esas colecciones populares que los hacen circular mucho–, tal relieve lo advirtió en su momento la crítica. Los más solventes panoramas de la novela de postguerra, los de Eugenio de Nora, Gonzalo Sobejano e Ignacio Soldevila, lo tratan con respetuosa atención, entre proclamas de su calidad y avisos acerca de su olvido.

En estos estudios se nota la raíz del desconocimiento de Lacruz, el carácter extemporáneo de su escritura, que no encaja en los movimientos dominantes en el momento de publicar sus libros. El propio narrador lo sabía y parecía tenerlo a gala, según se desprende de un autorretrato citado por Nora en el cual se considera fuera de todo grupo y se reconoce como un «francotirador». Estas observaciones no son ajenas al motivo de las presentes líneas, comentar la reedición de la primera y la última de las novelas de Lacruz, El inocente y El ayudante del verdugo. Ambas han de leerse con la vista puesta también en la circunstancia de su salida inicial. Esto me lleva a anotar que falta en esta recuperación la novela aparecida entre ellas, La tarde, y cuya exclusión no entiendo, porque hubiera facilitado el recorrido completo del escritor, permitiendo ver bien el sorprendente salto que se da en su corta trayectoria. No sé si el haber tenido una reedición no alejada (en la ed. Sirmio, 1993) explica la rara decisión presente.

El inocente (1953) es una novela policíaca de cuando este género no existía como tal en España, y hasta estaba mal considerado. Una presunta novela policíaca, habría que decir. Porque la presencia de un delito y de unos policías no autorizan a sostener que un relato pertenezca a esa modalidad bastante codificada. Al revés, el gran acierto de Lacruz –junto a la perfecta construcción en cuatro movimientos musicales: andante, adagio, scherzo y allegro con fuoco– radica en desarrollar una intriga delictiva para una finalidad indiferente al género, una narración existencialista cuyo verdadero meollo está en el problema de la culpa y las causas edípicas de éste.

Por estas razones Sobejano emplazó con muy buen tino a Lacruz dentro de su libro aludido en un apartado curioso: en el capítulo de «novela social» lo puso entre los autores que indagan «en la persona». Hacia lo personal, y no colectivo, apunta la novela, lo mismo que Latarde (1955), de introspección psicologista, la cual, notaba Nora, retrata una clase «dineraria y ociosa», pero carece de una voluntad de emplazar el retrato en «nuestro mundo». Son novelas, pues, al margen de la tendencia testimonial vigente en los años cincuenta. Es curioso que esta voluntad crítica aflore, como culminación de lo intuido en Latarde, en el otro título rescatado ahora de Lacruz, El ayudante del verdugo. Es curioso porque cuando aparece, 1971, esa orientación ha pasado de moda, con lo cual el autor vuelve a estar fuera de juego, pero fiel a una escritura hecha con libertad artística interior.

El ayudante del verdugo contiene la denuncia de un sistema, de la corrupción que anida en él y de unas relaciones de complicidad con el poder, dentro de círculos económicos. Narra la historia un abogado que cuenta sus servicios a un empresario desaprensivo. Son dos triunfadores en un ambiente degradado con huellas transparentes de la corrupción social y económica de la postguerra. Ayudante y verdugo se compenetran y lo que es un duro cuadro de época tiene también el valor de indagación en comportamientos personales, en el proceso por el cual un cínico asume los principios del corruptor. Por eso, aunque novela de clase, de cierta clase social, y narración crítica de un período histórico, es también relato psicológico, universalista, terreno en el que Mario Lacruz se movía con mayor comodidad y perspicacia, vistas en conjunto sus tres novelas.

He resaltado temas e intenciones, pero eso no hace justicia al valor último de las dos novelas recuperadas, y también de la otra restante. Ese es un valor literario basado en una construcción compleja, pero diáfana en su materialización, en una lengua eficaz y cuidadosa (y de apariencia engañosamente sencilla), en una concepción culta del relato y, en fin, en un arte de narrar que consiste en disponer una anécdota interesante por sus sucesos y por sus personajes, detrás de la cual se desliza algo más, pues lo hondo no está reñido con lo ameno en Lacruz. La relectura hoy de estas dos novelas aguanta con una vivacidad como no suele ser común en otras de su época y aun de la actual. Tienen una dimensión intemporal que las hace también de nuestro tiempo. Merece la pena, aunque sea con esta tardanza, leer a Mario Lacruz, sobre todo El inocente, ahora ya con una favorable distancia en la que importa poco su actitud de francotirador.

01/11/2000

 
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