ARTÍCULO

Un caballero cristiano

Fundación Caja Madrid/Anthropos, Madrid, 1996
Ed. de J. M. Palacios y R. Rovira
4 vols.
 

La obra de García Morente se articula en el llamado proyecto orteguiano: reencontrar al pensamiento español con la cultura universal europea. No vacila García Morente en reconocer a Ortega como el filósofo español más relevante de los últimos tiempos y si bien su pensamiento discurre por los mismos vericuetos que los del fundador del perspectivismo, no deja de sospecharse una distancia entre ambos una vez estallada la Guerra Civil española.

Nace García Morente en Arjonilla (Jaén) en 1886 y estudia el bachillerato francés en el liceo de Bayona. Viaja a París para realizar los estudios de filosofía en la Sorbona, y en el Colegio de Francia recibe la magistral enseñanza de Henri Bergson, quien le prueba las carencias del positivismo. A su regreso (1907) convalida sus estudios en la Facultad de Filosofía y Letras de Madrid y, en el curso 1907-1908, conoce a Ortega. Con posterioridad marcha a Alemania con el fin de ampliar estudios. Allí, en las universidades de Berlín, Leipzig, Munich y Marburgo, toma cuerpo su pensamiento filosófico. En Marburgo contactó con las figuras más señeras del neokantismo: H. Cohen y P. Natorp. A partir de entonces el idealismo kantiano pasó a ser el punto de referencia de su pensamiento, para luego recalar, previa navegación por el método fenomelógico husserliano, en la filosofía de la vida de Ortega. Fruto de este recorrido intelectual son sus libros La estética de Kant, La filosofía de Henri Bergson, La filosofía de Kant, etc.

Convencido de que el hombre es esencialmente animal filósofo, se preguntará por qué desde el Renacimiento hasta las primeras décadas del siglo XX no se generó en España un pensamiento rigurosamente sistemático y totalizador. Para responder a esta cuestión se situará al margen de las vicisitudes políticas, sociales y económicas del país, que denomina «contingencias» históricas, y se atendrá a lo que caracteriza como «alma española». En una de sus visitas a Argentina (1934), retrata los avatares de la filosofía en España y asegura: «Para decirlo brevemente, el alma española no es apta para el tipo de filosofía que hasta ahora ha venido haciéndose en Europa, y no es apta para este tipo de filosofía porque el alma española adora otros ídolos que no la pura inteligencia. El alma española pone por encima de la contemplación teorética especulativa intelectual la acción; pone por encima de la teoría la vida» «La filosofía en España», en Obras Completas, t. I, vol. 2, pág. 414.. Habría, por tanto, una naturaleza fija e independiente de las circunstancias históricas –es más, éstas se conformarían a instancias de aquélla– responsable de la ausencia de pensamiento español en el panorama filosófico europeo.

García Morente parece, pues, compartir aquella pasión dramática de los historiadores españoles liderados por Menéndez Pidal que circunscribían el problema español, el supuesto fracaso ante la modernidad, al estrecho ámbito de las esencias nacionales. Tal construcción suponía, como luego reprochara Américo Castro a Sánchez Albornoz, la existencia de una identidad permanente e impermeable a la historia; en definitiva, los problemas históricos de España se resolverían una vez dilucidada la metafísica del ser español. Bien sabemos que la salida a este falso problema se establece gracias a la incorporación de las ciencias sociales a la investigación histórica. ¡Cuánto mejor hubiera sido que Morente se centrara, al igual que lo hiciera Ortega, en la cuestión de la incapacidad de las elites sociales de España para dirigir el progreso en vez de en una incontrastable «alma española»! No obstante, acierta al afirmar que es con la obra de Ortega cuando el pensamiento español se europeiza y sale de la postración en que se hallaba. Como bien apunta en su artículo «Carta a un amigo: evolución filosófica de Ortega y Gasset», el autor de las Meditaciones del Quijote saca al pensamiento español de los «epígonos mediocres» de la escolástica, de los «residuos informes» del positivismo y de las «místicas nieblas» del krausismo para ubicarlo en el centro de gravedad del pensamiento moderno: el idealismo. Si tanta repercusión tuvo Ortega en España y en Hispanoamérica se debió, según Morente, al nuevo giro que daba a la filosofía, incardinándola precisamente en la feliz intuición de que la vida es la realidad radical y primaria. El alcance de esta original visión orteguiana sobre la primacía del ser de la vida no se deja esperar: quedan superados definitivamente el realismo y el idealismo, toda vez que el primero incluye el yo en el mundo y el otro, el mundo en el yo. Ni el yo (sujeto) ni el mundo (objeto) son realidades originarias; antes bien, forman parte de nuestra vida, auténtica plataforma que posibilita la constitución de ambos. Por otra parte, justamente por radicar la filosofía no en las lindes del puro pensamiento sino en el llano suelo de la vida es por lo que, según Morente, el pensamiento de Ortega llega a lo más profundo del ser español. El «alma española» tienta en el seno de la filosofía orteguiana las cuerdas que armonizan su voz.

Quizá, para una recensión de estas Obras Completas, sea inoportuno extenderse en sus apartados «Ensayos y conferencias» y «Artículos de prensa» y no ahondar más en el de «Libros». Justifica esta elección el hecho de que sus libros cumplen una función introductoria al pensamiento filosófico, mientras que en sus otros escritos –muchos de ellos desconocidos o tan dispersos que resultaba un trabajo ímprobo su localización– encontramos no sólo al pedagogo, al maestro en el arte de presentar los problemas filosóficos con claridad y lucidez apabullantes, sino al filósofo que no desfallece ante el rigor y profundidad que exigen los temas tratados. Como botón de muestra véanse sus ensayos «La moral y la vida», «Pequeño ensayo sobre la risa», «Ensayo sobre la vida privada» y el «Ensayo sobre el progreso». Este último incorporado, sin previa justificación, en el apartado «Libros» cuando en el prólogo los editores aclaran que, en la ordenación de los escritos, han conjugado dos criterios: el de género al que pertenecen y el cronológico.

Por lo demás, la tarea de búsqueda y reconstrucción del pensamiento de Manuel García Morente llevada a cabo por los editores es, además de generosa, de una inusitada y encomiable minuciosidad, aunque se echa en falta una elaboración más crítica respecto de la disposición de estas Obras Completas. J. M. Palacios y R. Rovira dividen estas Obras en dos tomos: abarca el primero treinta años (1906-1936) y el segundo apenas cinco (1937-1942). Y señalan que dicha división la fundan en lo que Morente califica como el «Hecho extraordinario» de su vida: su conversión al catolicismo en la noche del 29 al 30 de abril de 1937 y posterior decisión de entregarse al sacerdocio. Sin embargo, compartiendo que este hecho introduce una quiebra en su pensamiento, lo cierto es que inmediatamente después de su conversión dicta en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Tucumán un curso, transcrito en las Lecciones preliminares de filosofía, en el que ex profeso soslaya la relación entre filosofía y religión, entre fe y razón. Es más, en la carta dirigida a su amigo García Lahiguera asevera que procuró dar a este curso «un carácter anodino en lo que toca a los problemas coincidentes con la Santa Religión» «El hecho extraordinario», op. cit., t. II, vol. 2, pág. 440.. En efecto, solamente aparece en la última lección la figura de Dios, el «Dios a la vista» de Ortega, a título de despedida. No se aprecia, por tanto, tal fractura o escisión en sus trabajos inmediatamente posteriores al hecho de la conversión; más bien, habría que apuntar que la existencia de un segundo momento en el pensamiento morentiano reside en razones ideológicas: su decidida defensa de la causa nacional. Y en este extremo, cuando pretende justificar doctrinalmente al alzamiento contra la supuesta conjura comunista, es cuando se distancia definitivamente de Ortega. En el prólogo, los editores han señalado la proximidad entre Morente y Ortega pero lamentablemente han pasado por alto la distancia que los separa. Es muy improbable que Ortega coincidiera con las tesis de la última época de Morente. Difícilmente Ortega podía estar de acuerdo con su obra Idea de la hispanidad, donde afirma que el estilo de vida de España se encarna en la figura del «caballero cristiano». Resulta sorprendente constatar cómo García Morente, educado en el laicismo francés, se acoge al discurso oficial del régimen franquista. Esta es, a mi juicio, la verdadera conversión que marca un salto cualitativo en el transcurso de su pensamiento.

01/04/1997

 
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