ARTÍCULO

El príncipe de los viajeros y España

3 tomos, Monteávila
Trad. de Lisandro Alvarado, Eduardo Röhl y José Nucete-Sardi
Edición, estudio crítico y notas de Manuel Hernández González. Francisco Lemus Editor, La Laguna
Cátedra, Madrid
Edición y traducción de Miguel Á. Vega
260 págs. 1.500 ptas.
Cátedra, Madrid
Edición y traducción de Karl Rudolf y Miguel Ángel Vega
234 págs. 1.500 ptas.
 

«Quien pueda viajar, que viaje. Sólo en el viaje se encuentra la verdadera consideración de la vida... y hay que compadecer a aquellos que gastan dinero y tiempo, inmersos en un aburrimiento gris, frente a la estufa... o aquellos (no menos despreciables), que se dejan arrastrar como maletas», decía el archiduque Maximiliano de Austria en 1851 en su primer, y entusiasta, viaje a España. «Intenté echar en Andalucía los cimientos de la botánica geográfica... mientras el célebre barón de Humboldt, con más medios y conocimientos que yo, abarcaba en grande los del Nuevo Mundo. La empresa del príncipe de los viajeros aventajaba tanto a la mía en estos respectos, cuanto le es inferior en número de pormenores, que sólo requieren de parte del observador infinita paciencia.» Con estas palabras de 1805, recogidas por Colmeiro, se expresaba Simón de Rojas Clemente, autor de una obra que sigue siendo poco conocida.

Ambas frases me sirven para enmarcar el entusiasmo y los interrogantes que puede suscitar el gran viaje a la América española de Alejandro de Humboldt (1769-1859), cuando se inicia su bicentenario, puesto que tuvo lugar entre los años 1799 y 1804. El viaje llevó a Humboldt y a su acompañante, el botánico francés Aimé de Bonpland, a Venezuela (sobre todo Orinoco arriba a la búsqueda infructuosa de su conexión con el Amazonas), por dos veces a Cuba, a Colombia (entonces Nueva Granada), a Ecuador y Perú, a México o Nueva España, y a los Estados Unidos. Si pasma el itinerario, más asombrosos son aún los resultados concretos de la investigación, que constituyen quizá la obra viajera individual más extensa, por sus aportaciones a la ciencia y por su calidad literaria. Reconocido es que los resultados de los viajes de Humboldt al Nuevo Mundo renovaron por entero la visión que sobre los trópicos y sus habitantes tenía la ciencia europea. Pero ello no obsta para que queden ciertas sombras, algunas paradojas y no pocos interrogantes.

El primero es, sin duda, que la conmemoración del bicentenario no haya sido acompañada hasta la fecha por suficientes reediciones de calidad y fidedignasLa única reedición en España, que yo sepa, es la del Ensayo político sobre la isla de Cuba, que se comenta en el artículo de Francisco Quirós.. Por eso es de agradecer que se haya editado aquí por primera vez el Diario de viaje a España (1799-1800) de Wilhelm von Humboldt (1767-1835), hermano de Alexander, gran lingüista y reformador de la educación, coincidiendo también con su bicentenario, dentro de la prometedora colección «Cómo nos vieron» de la editorial Cátedra (a la que también pertenece Por tierras de España. Bocetos literarios de viajes (18511852) de Maximiliano de Austria, luego emperador de México). Alejandro y Guillermo de Humboldt son dos viajeros muy distintos, como veremos, en cuanto a actitud y observaciones, y resulta apasionante poder compararlos.

LAS FACILIDADES DADAS AL VIAJE AMERICANO

Llegado a España tras varios iniciativas viajeras frustradas (Egipto, el Atlas, los mares del Sur), Alejandro de Humboldt no encuentra sino facilidades en la corte de Aranjuez por mediación del embajador prusiano Forell y del marqués de Urquijo, «un ministro ilustrado». El pasaporte que se le extiende por el secretario de Estado y por el Consejo de Indias es el más amplio posible: «Poder ejecutar todas las operaciones que juzgare útiles para el progreso de las ciencias [....] dar al barón de Humboldt todo el favor, auxilio y protección que necesite». El propio Humboldt reconoce esta benevolencia: «Nunca había sido acordado a un viajero permiso más alto; nunca un extranjero había sido honrado con mayor confianza por el gobierno español».

Esta actitud contrasta con la cautela que había mostrado Francia con anterioridad; con que más tarde Inglaterra le declarara persona non grata para que no visitara con mirada crítica las cadenas de montañas del Altaï y del Himalaya; y con el viaje «tutelado» a Rusia y los confines de Siberia en 1829. Y, sobre todo, esta liberalidad de la corte de Madrid, escrupulosamente respetada en las colonias, contrasta con la actitud de Portugal que en todo momento prohibió la entrada de los viajeros en Brasil y trató de desacreditar sus escritos. Las investigaciones recientes confirman la aprensión mostrada por Charles Minguet de que si Humboldt y Bonpland hubieran logrado su objetivo de alcanzar el Amazonas por el canal del Casiquiare hubieran sido inmediatamente apresados por las autoridades portuguesas, inquietas por el afán expansionista del sabio alemán y de Prusia.

Todo fueron facilidades. Para empezar, que se diera orden al capitán de la corbeta Pizarro, que era el barco del correo ordinario entre la metrópoli y las colonias en el que los viajeros fueron hasta Cumaná en Venezuela, para que se detuviera en Tenerife el tiempo necesario para que Humboldt y su acompañante pudieran subir al Pico. En todas partes, fueron objeto de recibimiento satisfactorio. Durante los cinco años en que recorrieron los países del Nuevo Continente, advierte el sabio alemán, nunca notaron señal de desconfianza, y en medio de las más penosas privaciones, «jamás tuvieron que quejarse de la injusticia de los hombres».

Esto parece ser así por mucho que los más recelosos vean en las palabras de Humboldt la prudencia y la astucia con la que actuaba para no levantar suspicacias y no molestar al gobierno español. Sin duda, la difusión de su Ensayo político sobre Cuba fue restringida debido a su alegato antiesclavista. Sin duda, Humboldt mostró una capacidad especial para cultivar la amistad de la sociedad criolla, y ésta le mostró su hospitalidad. Pero ello no resta mérito ni a Humboldt, ni a las sociedades española y americana. No regateó las críticas a la administración española ni en Venezuela ni en Nueva España, lo que no le impidió dedicar el libro sobre ésta a Carlos IV como homenaje de reconocimiento. El ensayo había recibido el apoyo del virrey Iturrigaray desde 1804. Y es célebre la habilidad retórica de Humboldt para desactivar toda suspicacia con su dedicatoria al rey: «En mi obra se reflejan los sentimientos de gratitud que yo debo al gobierno que me ha protegido y a esta nación noble y leal que me ha recibido no como un viajero, sino como un ciudadano. ¿Un trabajo como éste podría desagradar a un buen rey cuando dicho trabajo se refiere al interés nacional, al perfeccionamiento de las instituciones sociales y a los principios eternos sobre los que reposa la felicidad de los pueblos?».

Pero, por una coincidencia del destino, ese mismo rey era el que había mandado a prisión precisamente en La Coruña al «infortunado Malaspina». Los viajeros, en el momento de zarpar, miraron con insistencia al fuerte en el que estaba encerrado y le dedicaron su último pensamiento en Europa. Quizá sea cierta, pues, la hipótesis de Minguet. Debido en parte a los sucesos de la Revolución francesa se había producido una liberalización en las colonias; unos años más tarde un viaje como el que se realizó no hubiera sido posible. Pero Minguet llega aún más lejos: España tenía, pese a todo, la suficiente fuerza e ilustración para emprender reformas y para desear la extensión de los conocimientos.

LA ACTITUD ANTE EL VIAJE DE DOS HERMANOS

Alejandro y Guillermo de Humboldt remiten el uno al otro en lo que a sus observaciones y experiencias en la Península Ibérica se refiere. Pero la verdad es que sólo nos queda el diario de Guillermo, porque Alejandro es extraordinariamente parco en palabras y traslada sus observaciones a las que luego publicó Laborde. Sigue sin conocerse en detalle a qué dedicaron el invierno en Madrid Humboldt y Bonpland, además de a recoger la información que mencionan.

Pero no caben ni objetivos ni actitudes ni relatos más distintos que los de los dos hermanos. Para Guillermo, como recuerda su editor, el viaje tiene una motivación weimeriana: España era la pieza que faltaba en el inventario cultural europeo de la colonia de eruditos reunidos en Weimar en torno a la duquesa María Amalia. Al no poder ir a Italia como hubiera sido su deseo y encontrarse en París, Guillermo de Humboldt se resigna al Sur que representa España. Su interés es etnológico y cultural, su actitud inicial es extraordinariamente negativa, su antipatía evidente, abundando cansinamente –al menos al principio– en todos los tópicos de la duquesa d'Alnoy y de otros viajeros más cercanos en el tiempo como Bourgoing, que estuvo en España dos veces, entre 1777 y 1785 primero y en 1793-1794 después: los contrastes entre una Vizcaya y una Cataluña más prósperas, más europeas, siquiera sea porque en Vizcaya hay robles europeos y una Castilla que es un desierto sin apenas población ni árboles; la suciedad y carestía de fondas y posadas; la falta de higiene de las ciudades con calles estrechas y sórdidas, sin pavimentar: ni siquiera Sevilla o Córdoba le merecen alguna indulgencia; la fealdad de los tipos humanos, etc. Hay momentos en que el deshilvanado diario de Guillermo de Humboldt parece la repetición exacta de textos anteriores (y posteriores).

Pero el diario del mayor de los Humboldt es también la historia de un tránsito y, sobre todo, un extraordinario repertorio de retratos y de noticias personales, culturales y sociales. El gran Humboldt, fundador de la universidad moderna pero pésimo observador de la naturaleza a tenor de lo contenido en este diario, se ve sometido al extrañamiento meridional y a sensaciones ambiguas, como dice Miguel Ángel Vega: considera la naturaleza española con la retina centroeuropea en la que la montaña alpina y los árboles caducifolios son referente obligado y le impiden literalmente ver el bosque; se muestra teorizador obstinado que rehúye toda emoción. Pero va siendo, a su pesar, desconcertado (las páginas en las que describe la «lascividad» del flamenco son antológicas) y hasta cautivado por un ambiente especial y por un talante abierto y generoso. La antipatía inicial se suaviza y las páginas finales del diario, camino ya de Perpignan, contienen esta confesión: «Miro atrás con un sentimiento especial hacia España. Es un país maravilloso cuyos habitantes amaré siempre».

Ni la actitud ni la torpe escritura de estas anotaciones de diario tienen nada que ver con el texto de Alejandro, pese a que el geógrafo quería dejar fuera de la relación histórica los detalles y las penalidades de la vida de viajero y pese a que confiesa haber tenido que vencer muchas veces la repugnancia a incluir esa «parte dramática» en su obra. Para empezar, el autor logra transmitir desde el principio su pasión por el viaje, deseo de vida errante y de conocimiento de tierras lejanas de la temprana juventud, trocado con los años en anhelo de ver de cerca «la naturaleza salvaje, majestuosa, variada en sus producciones». Viaje para el que se ha preparado con holgura y a conciencia y para el que persigue ambiciosos objetivos: recolectar plantas y fósiles, hacer provechosas observaciones astronómicas, analizar químicamente el aire: «Pero todo esto no es el objetivo principal de mi viaje. Mis ojos estarán siempre dirigidos hacia la acción combinada de las fuerzas, la influencia que el mundo inanimado ejerce sobre el de los animales y las plantas dotadas de vida, hacia esa armonía». Alejandro de Humboldt acierta a trasmitir lo que todo viajero de largo andar ha experimentado alguna vez: lo imponente que es el instante en que se deja por primera vez de ver la tierra familiar; el recogimiento y el aislamiento hasta entonces no conocidos que embargan al viajero en su primer viaje, sentimientos todos ellos descritos por el autor al dejar de ver la costa gallega; y la impaciencia del viajero, el hostigamiento al que le somete el tiempo, las privaciones a las que le obliga. Hace Humboldt, al abandonar La Orotava para subir al Teide, esta sutilísima apreciación: «Mas en un viaje como el que yo acababa de emprender, poco se goza de lo presente. Hostigados sin cesar por el temor de no ejecutar los proyectos del mañana, vivimos en una inquietud perpetua. Las personas que gustan apasionadamente de la Naturaleza y de las artes, experimentan estas mismas sensaciones al recorrer Suiza o Italia. No pudiendo ver sino una pequeña parte de los objetos que les atraen, se inmutan en medio de sus regocijos, con las privaciones que les imponen a cada paso».

A Alejandro de Humboldt casi todo en la naturaleza le apasiona pero se contiene en sus expresiones para evitar la fatiga del lector. Es también notable, creo yo, la temprana expresión de la incomunicación a la que se ve sometido el viajero salvo cuando está entre otros viajeros: «Cuando un viajero ha de describir las cimas más altas del globo, las cataratas de los grandes ríos, los valles tortuosos de los Andes, se expone a fatigar a los lectores con la monótona expresión de su asombro». Más vale que dé a conocer el carácter particular de cada zona, los paisajes.

Una última nota de la sensibilidad mostrada por el viajero americano es la comprensión que muestra hacia que ninguno de los conocidos en Santa Cruz hubiera ascendido al Teide. Cuanto más cerca se tiene algo, viene a decir, menos nos interesa, y lo mismo que en Canarias pasa en la ciudad de Shafhause, en Suiza, en donde vecinos importantes no habían visto de cerca el salto del Rin. Su predisposición positiva y su simpatía hacia los tinerfeños no sufren en absoluto por esta pasividad. De Tenerife se aleja con nostalgia, como su hermano de España: «Nuestra permanencia en Tenerife había sido de corta duración, y de esa isla nos separamos con todo como si la hubiésemos habitado durante mucho tiempo».

VISIONES DE ESPAÑA Y ESTEREOTIPOS CENTROEUROPEOS

Ya he dicho que la Península está casi ausente del texto de Alejandro y demasiado estereotipada en el de Guillermo. Pero no se pueden pasar por alto algunos hechos relevantes. Fue Alejandro de Humboldt el que en cierto modo «descubrió la Meseta». Habiendo entrado en España por Cataluña, para ir después a Valencia, se desplazó de Valencia a Madrid (por la carretera que su hermano considera no sólo la mejor de España sino la más bonita) fijando la posición de varios puntos, de modo que pudo determinar mediante el barómetro la altura de la altiplanicie central.

Los cálculos fueron completados hasta el Guadarrama por Thalicker, el colector del Real Gabinete de Historia Natural, y publicados, con un primer perfil altitudinal, inmediatamente, en 1799 en los Anales de Historia Natural. La noticia de Humboldt sobre la configuración del relieve peninsular fue escrita en 1808 y publicada, en versión revisada en 1826, en la tercera edición del Itinerario descriptivo de España de Laborde. En ella se confirma la existencia de una meseta central, la más extendida de las europeas, dice, y por su posición comparable a la mexicana, sacando en consecuencia el carácter necesariamente extremo de las temperaturas en ambas Castillas. «¿Qué soberanos europeos tienen sus palacios, Escorial y la Granja, situados a 550 y 640 toesas de altitud?» se pregunta Humboldt (la toesa es algo menos de dos metros). Con todo, es de lamentar la prudencia del naturalista que se niega a entrar en detalle sobre la historia física de un país en que sólo había permanecido seis meses y que acababa de ser recorrido por viajeros instruidos. Sobre Canarias se explayó y en Canarias no llegó a estar ni una semana...

Quizá más tiempo y más trabajo le hubieran permitido presentar una visión más matizada del interior peninsular, sobre el que, en la única frase que le dedica, se muestra tan inmisericorde como su hermano: «Apártase uno sin pesar de la altiplanicie de las Castillas que, casi por doquier, está desnuda de vegetación [...] y donde, en invierno, se experimenta un frío asaz penetrante, y en estío un calor que agobia».

Para Guillermo, el hombre de letras, Castilla es un desierto y lo más triste que se pueda pensar. Lo repite a cada ocasión, en cada desplazamiento: «Tan pronto se penetra en Castilla, el contraste con la bella Vizcaya es horrísono. Campiña pelada la llaman de manera muy expresiva los españoles... Quién no haya visto este país, difícilmente podrá hacerse una idea de tan horrible desierto». La ausencia de vegetación es lo que más le llama la atención. Los ojos (acostumbrados a los robles) no le permiten apreciar sino los pinares del Guadarrama y le sumen en la mayor de las perplejidades los pinares de piñonero, «árboles de aspecto muy extraño, ni muy altos, ni muy gruesos, y que no tienen ramas inferiores sino una copa redonda arriba».

El rasero centroeuropeo lo aplica a montañas y vegetación. Pero también al rey que no le merece a Guillermo de Humboldt otra consideración que la de un capataz de forestales prusianos. En Sierra Morena advierte que, aunque parece una cadena montañosa, no se parece a los Alpes o a los Pirineos. Las montañas de Málaga, que le recuerdan las montañas de otros países, le parecen imponentes. En Sierra Nevada que en la Veleta, cuya altura había sido medida como la mayor peninsular por Clemente de Rojas, dice que hay un glaciar.

De modo que el extrañamiento que siente sólo se atenúa en el País Vasco o en Cataluña, entre otras cosas porque hay montañas y robles como los que él conoce. «Las dos provincias por las que se entra en España y se sale de ella, Biscaya y Cataluña, tienen una notable semejanza por lo que respecta a la situación. Ambas son montañosas, están más pobladas forestalmente y son más agradables. Incluso en el tipo de vegetación hay una cierta semejanza, por ejemplo, el roble. Pero Cataluña es más grande y más bonita». Y la mayor proximidad vegetal tampoco es suficiente: aunque en Vizcaya hay robles bellos y mayestáticos, de varios siglos de edad, en ningún sitio, en definitiva, ha visto desde que salió de Alemania un bosque realmente espeso.

Incluso un viajero por España tan entusiasta como lo fue el archiduque Maximiliano de Austria, sufre en el valle del Guadalquivir el espejismo centroeuropeo, ya que lo que debería ser la cima del encanto meridional le traslada en sueños al país magiar. Los alcornocales gaditanos le dejan en la perplejidad de ser ese roble tan pintoresco hermano del sur de su Quercus germanica, que sin duda, dice, se ha convertido, para él, en un objeto feérico. También a Maximiliano los montes de Málaga acaban por recordarle en sus laderas y en su atmósfera a sus Alpes altos, y «un sentimiento casero y alegre traspasa su pecho». Con estos precedentes no sé si compartir el lamento del futuro emperador al que esperaba tan dramático destino en México: «¡Lástima que Goethe no estuviera en España...!».

Si el paisaje de Castilla está todavía por descubrir –y por construir– para los Humboldt, muy distinta es la apreciación que Alejandro hace de Tenerife. En la isla encuentra mansión propia para disipar toda melancolía y a la isla pertenecen algunas de sus páginas más antológicas, uno de sus «cuadros» más logrados. Se trata, como él bien dice y practicó con técnica depurada, no de cansar repitiendo expresiones de asombro, sino de indicar el carácter particular que distingue a una zona, dando a conocer la fisonomía del paisaje tanto mejor cuanto más se acierta en sus rasgos individuales. Se trata de presentar de manera estética los hechos naturales, de sumar ciencia y arte. Sería demasiado largo reproducir aquí el cuadro completo de La Orotava pero quizá no esté de más conceder la voz al autor desde la cumbre del Teide: «Cuando estuvimos sentados en el borde exterior del cráter dirigimos nuestra mirada hacia el noroeste, donde las costas están adornadas de villas y aldeas. A nuestros pies presentaban el más variado espectáculo acumulaciones de vapores, constantemente agitadas por los vientos. Una capa uniforme de nubes de la que ya hemos hablado antes, y que nos separaba de las bajas regiones de la isla, había sido horadada en varios puntos por efecto de pequeñas corrientes de aire que la tierra calentada por el sol comenzaba a devolver hacia nosotros. El Puerto de la Orotava, sus naves enclavadas, los jardines y las viñas que circundan la ciudad, se presentaban al través de una abertura que parecía agrandarse a cada instante. De lo alto de estas regiones solitarias se hundían nuestras miradas en un mundo habitado; gozábamos del contraste significativo que presentan los costados escuetos del Pico, sus laderas escarpadas cubiertas de escorias, sus altiplanicies desprovistas de vegetación, con el aspecto risueño de los terrenos cultivados».

El entusiasmo del barón de Humboldt no amainó con la contemplación posterior de sitios más majestuosos: «Después de haber recorrido las riberas del Orinoco, las cordilleras de Perú y los hermosos valles de México confieso no haber visto en ninguna parte un cuadro más variado, más atrayente ni más armonioso, por la distribución de las masas y de las rocas». Quizá el archiduque Maximiliano no se equivocaba cuando sentenciaba de modo rotundo: Sólo se aprende a través de la mirada.

LA CIENCIA Y LA SOCIEDAD COETÁNEAS: INFORMANTES AVECINDADOS Y ORIUNDOS

Una de las cosas más llamativas de los viajes que estoy comentando es la cantidad de contactos que mantuvieron los hermanos Humboldt. De esos contactos salió todo un universo de informantes, de muy distinta participación en el suministro de datos, pero sin los que no se explicaría la desproporción entre el tiempo invertido en los viajes y los enormes resultados, al menos en lo que al viaje americano se refiere. Al genio de Alejandro se debe sin duda la captación, la elaboración y el filtrado de toda esa información, pero se requería una cierta densidad de conocimientos y sobre todo generosidad para que fuera puesta a su disposición. Al genio de Guillermo se debe sin duda la competencia y la autoridad que alcanzó en las lenguas hispanas pero también él contó con el concurso de muchos contertulios y no hay que olvidar que desarrolló su itinerario con el Viaje de Antonio Ponz en la mano, a modo de guía actual, hasta el punto de reconocer que no vio alguna cosa de interés porque no venía en el Ponz.

Como se comenta en la introducción al libro de Wilhelm von Humboldt, todas las fuerzas vivas del Madrid anterior a la francesada reciben al gran filólogo alemán o coinciden con él en otras casas: Cavanilles, Colonilla, Iriarte, Lugo, Ródenas, Moratín, Pellicer, Quintana, Cienfuegos, Abella..., además de extranjeros avecindados como el químico Proust, el mineralólogo Hergen o el editor Van Kooten, y muy particularmente los representantes diplomáticos, embajadores y cónsules, de los países europeos. No es precisamente el embajador de Sajonia, Forell, el que le merece el juicio más indulgente. No le faltan ni cabeza ni conocimientos, admite el mayor de los Humboldt, y ha tenido además la inteligencia de ocuparse de España y de tratar con españoles, por lo que ha ejercido una influencia beneficiosa sobre las instalaciones eruditas. Pero, «es extremadamente pedante y testarudo y se comporta en Madrid como un sajón».

Un año antes, su hermano había apreciado en Forell particularmente sus extensos conocimientos de mineralogía y su interés por favorecer los progresos de la Ilustración. Pero su juicio no es desinteresado, ya que Forell fue quien le introdujo a su benefactor, el marqués de Urquijo. El barón de Humboldt no tiene reparos en reconocer cuánto ha tenido ocasión de aprender en Madrid y cuán deseable hubiera sido una estancia más prolongada, impedida por su anhelo de iniciar la aventura. Pero en Madrid vio a lo más granado de los naturalistas del momento, los que más necesitaba para su expedición. Al padre Cavanilles, tan notable por la variedad de sus conocimientos como por la sutileza de su espíritu; a Née (quien junto con Hänke había ido como botánico en la expedición de Malaspina) y que tenía formado uno de los mayores herbarios de Europa; a Casimiro Gómez Ortega, catedrático del Real Jardín Botánico y traductor de los tratados de arboricultura de Duhamel de Monceau; al abate Pourret; a los sabios autores de la Flora del Perú, Hipólito Ruiz y José Pavón. Todos, añade Humboldt, nos ofrecieron sin reservas sus ricas colecciones. Ya en Madrid, los dos viajeros pudieron examinar una parte de las plantas de México, descubiertas por Martín Sesse, José Mariano Mociño y Vicente Cervantes, cuyos dibujos habían sido enviados al Museo de Historia Natural de Madrid: «Este grande establecimiento, cuya dirección se había confiado al señor Clavijo, autor de una elegante traducción de las obras de Buffon, no nos ofreció a la verdad ninguna serie geológica de las Cordilleras, pero el señor Proust, tan conocido por la extrema precisión de sus trabajos químicos, y el señor Hergen (sic), mineralogista distinguido, nos dieron noticias curiosas sobre varias sustancias minerales de América». A la lectura de estas rápidas notas, se vuelve a echar de menos un mayor detalle en el relato de Humboldt sobre su estancia en España y a desear que la publicación de sus diarios vaya disipando la falta de información.

Sin duda, la sociedad cultivada del Madrid de la época, como la de las grandes ciudades de las colonias americanas, era reducida. Pero, sin duda también, mostraba una gran disponibilidad y era afable de trato.

Más explícito aún es Humboldt en Tenerife. Si Santa Cruz y La Laguna no le deparan más que atenciones y buen hospedaje, en El Puerto de la Orotava disfruta de la hospitalidad de la familia Cólogan, que tiene casa abierta a todos los viajeros y que ha llevado a climas tan distintos la amenidad de la cultura europea. En el jardín botánico encuentra a los que habían de acompañarles en la subida al Teide. De nuevo dos forasteros: Gros, el vicecónsul francés que conocía las Antillas y había subido a menudo al Pico, y el jardinero escocés, Cornelio Mac Manur, discípulo del director del jardín botánico de Kew. En este momento reconoce Humboldt que se contrató a este jardinero porque por el atraso hacía falta apelar al conocimiento de los forasteros. Como también comenta algo que, por desgracia, se ha hecho habitual en los jardines botánicos descuidados: allí donde se pierden los géneros se ponen etiquetas. No puedo dejar de evocar con este motivo las largas páginas de elogio que su hermano Guillermo dedica al arboricultor de Aranjuez, Pablo Boutelou, miembro de una larga dinastía y que muestra una dimensión cultural de la arboricultura que luego se fue perdiendo.

Pero más allá de los contactos sociales y de los acompañantes de ocasión está la valiosa información que Alejandro de Humboldt se encarga de obtener de quien puede suministrársela. Recordaré sólo dos nombres cuya trascendencia está ampliamente documentada por el editor del viaje a las Canarias: el de Borda, autor de un mapa de las islas Canarias y, sobre todo, el de Broussonet, médico y botánico francés, que había residido en Mogador antes de ser cónsul de Francia en Canarias en la época en que Humboldt pasó por allí, y que le suministró, a su vuelta a Francia, toda la información de base para su primera (y genial) elaboración de los pisos de vegetación en Tenerife: la región de las viñas, la región de los laureles, la región de los pinos, la región de las retamas y la región de las gramíneas, para las que calcula los límites altitudinales. Es esta cliserie la que luego sería objeto de rectificación a partir de las informaciones más detenidas de Leopold von Buch y de Smith: región de las formas africanas, región de las parras y los cereales, región de los laureles o regio sylvativa, región de Pinus canariensis y región de las retamas. Con esta clasificación confeccionó Humboldt el cuadro físico del Teide y con ella nacía en realidad la geografía de las plantas.

Las relaciones del sabio naturalista en América no son objeto de este comentario. Pero algunos datos pueden ayudar a confirmar lo dicho: la obra de Humboldt no se entiende sin una constelación de relaciones, de informadores, al hilo del viaje o tras él. Ya he comentado la habilidad que parece haber mostrado el viajero para congraciarse con la sociedad hispanoamericana, lo que no evitó ni algunos conflictos ni, en ocasiones, expresiones críticas. Pero de nuevo brilla la percepción humboldtiana para distinguir a los más valiosos: en Colombia los elogios a Celestino Mutis se plasmaron más tarde en la noticia sobre él publicada en la Biografía Universal de Michaud; en Perú leyó, pero no trató a Hipólito Unanue, aunque luego recomendara a Bolívar a Mariano de Rivero y a Ustariz; en México disfrutó de la excepcional colaboración de Fausto de Elhuyar, director del Real Seminario de Minería, de Vicente Cervantes y de Sesse. Sin duda es en México donde más ayuda obtuvo puesto que llegó a describir y cartografiar el norte del país que no visitó. Los investigadores mexicanos actuales concluyen que el Atlas de la Nueva España tiene que ser considerado en realidad como el resultado de tres siglos de determinaciones geográficas.

Por lo general, Alejandro de Humboldt reconoció los apoyos recibidos y hacía explícitas sus fuentes y sus consultas. Quizá no siempre con toda la amplitud y la precisión necesarias, pero eso no puede chocar para la época. Tengamos en cuenta que, en contrapartida, Humboldt representó un catalizador para conocimientos dispersos y confirió su autoridad a autores hasta entonces desconocidos. Los beneficios fueron mutuos para Humboldt y para la ciencia española y americana de la Ilustración en el tránsito al romanticismo; pero es una trama compleja en la que merecería la pena seguir indagando.

Estas complejas relaciones confieren todo su alcance a las palabras del sabio alemán sobre Tenerife que contienen cierta carga de legítima vanidad: «He bosquejado el cuadro físico de la isla de Tenerife, y he tratado de exponer nociones precisas sobre la constitución geológica de las Canarias, sobre la geografía de las plantas propias de este archipiélago, y sobre su agrupamiento a diferentes alturas sobre el nivel del mar. Aunque me lisonjeo de haber llevado alguna luz sobre objetos de que tantas veces han tratado otros viajeros, pienso, no obstante, que la historia física de este archipiélago tiene todavía un amplio campo que explotar».

LAS EDICIONES EN ESPAÑOL

Después de este recorrido podemos abordar la cuestión de las ediciones. Como se ha apuntado alguna vez, al dar a conocer su obra americana, Alejandro de Humboldt no lo hizo ni en tiempo ni en forma: fue en cierto modo víctima de su ambición, se arruinó en la empresa y la edición monumental resultaba tan inaccesible por cara como por inmanejable. Eso explica algunas cosas pero no aclara suficientemente por qué Humboldt está insuficientemente editado en España, y, sobre todo, poco o nada reeditado. Haciendo un balance muy rápido, podría decirse que los textos más conocidos, por las numerosas ediciones en los países respectivos, son los ensayos políticos sobre Nueva España y Cuba, en los que se ha reparado más en las posiciones indigenistas y antiesclavistas, respectivamente, que en el conjunto de la aportación. No se ha reeditado en España El Cosmos, cuya versión española, de Bernardo Giner, es de 1874 (la alemana empezó el año de la muerte del autor, y fue póstuma) y sí, los Cuadros de la Naturaleza, en la editorial Iberia, pero en 1961 y sin el estudio introductorio que merecen. En cuanto a algunas de las otras grandes obras que forman parte de la colección americana, los Sitios de las Cordilleras y Monumentos de los Pueblos Indígenas y Cristóbal Colón y el descubrimiento de América. Historia de la Geografía del Nuevo Continente y de los Progresos de la Astronomía Náutica en los siglos XVyXVI , no hay más versiones en español que las primeras: la de Sitios, de Bernardo Giner en Madrid en 1878 (con reedición en Buenos Aires en 1968); la de Cristóbal Colón, de Luis Navarro de 1892. Más suerte han tenido algunos de estos libros en Francia ya que las Editions Erasme de Nanterre emprendieron en 1989 la publicación de toda la obra americana de A. von Humboldt con el título de Memoria americana, colección que, según mis noticias, ha quedado interrumpida al morir el gran estudioso francés de Humboldt, Charles Minguet en 1998, pero que ha permitido al menos que se publicaran en buenas y bien ilustradas ediciones el Essai sur la Géographie des Plantes, obra fundadora de la biogeografía y nunca editada en español, los Tableaux... y los Vues... («Cuadros» y «Sitios»). Por su parte, la pequeña editorial Utz de París ha reeditado también en 1997 la versión integral de 1811 del Essai Politique sur la Nouvelle EspagneVéase mi nota «Ediciones, traducciones y lecturas de la obra americana de Humboldt» en Ería, Universidad de Oviedo, 24-25, 1991, págs. 119-125..

Pasemos a comentar la edición que es objeto de este artículo: la relación histórica del viaje, escrita en francés y publicada por la Biblioteca Venezolana de Cultura en 1941 con el título Viaje a las regiones equinocciales del Nuevo Continente, hecho en 1799, 1800, 1801, 1802, 1803 y 1804 por A. de Humboldt y A. de Bonpland, la traducción es de Lisandro Alvarado con Eduardo Röhl y José Nucete-Sardi para los últimos volúmenes. Es la misma que ha sido objeto recientemente de reimpresión por la editorial Monteávila en tres volúmenes. Y la misma que ha sido utilizada (y revisada en puntuación y tildes, no siempre con acierto) para la edición de 1995 por Francisco de Lemus editor, de La Laguna, del Viaje a las islas Canarias, que contiene un estudio crítico y unas pertinentes notas de Manuel Hernández Cortés. Este Viaje a Canarias corresponde al primer volumen de Viaje e incluye los preparativos del mismo, la estancia en la Península en el invierno de 1799, la travesía desde La Coruña, emprendida el 5 de junio de ese año, y la estancia en Lanzarote y Tenerife, incluido el relato de la ascensión al Teide. Además aparecen en apéndice la rectificación del propio Humboldt sobre los pisos de vegetación de las Canarias, contenida en el volumen IV, las cartas escritas por él desde Canarias y que Minguet incorporó a su compilación de Cartas americanas, publicadas en Caracas en 1980, así como dos fragmentos de Cuadros que versan sobre el pico del Teide y el drago de la Orotava, en la versión de B. Giner de 1876.

Los problemas de la relación del viaje no proceden, pues, de la traducción que, hasta donde yo he podido advertir, es casi impecable. Proceden más bien de que en España (hasta el libro de Canarias) se ha manejado una edición mutilada de la Biblioteca Indiana de Aguilar, que luego se ha popularizado con el nombre Del Orinoco al Amazonas. Proceden también de que la relación del viaje está incompleta y se detiene en Colombia. Por eso es tan interesante y puede estar tan cargado de promesas el que se estén editando los diarios completos del viajero cuyos manuscritos se conservan en la Biblioteca de BerlínUna selección en dos volúmenes se ha publicado por Margot Faak en una edición del Centro de Investigación Alejandro von Humboldt de la Academia de Ciencias: el primero, contiene los diarios en la lengua que se escribieron, sobre todo en francés, el segundo es una traducción al alemán. Esta noticia la he tomado de la comunicación «Alexander von Humboldt's work on Mexico» de Ulrike Leitner del Alexander von Humboldt ForschungStelle de Berlín, presentada a la Conferencia Internacional «Alexander von Humboldt y la ciencia americana. Bicentenario», celebrada en agosto pasado en México D.F.. El diario de la estancia en Perú había sido ya editado en Lima en 1991 por el Centro de Investigación y Promoción del Campesinado, pero yo no lo conozco.

Si no han abundado, por desgracia, las reediciones en este primer año del bicentenario, sí se ha celebrado, en cambio, un congreso internacional en agosto de 1999 sobre Alejandro de Humboldt y la ciencia americana, organizado por la Sociedad Mexicana de la Historia de la Ciencia y de la Tecnología, con Omar Moncada, del Instituto de Geografía como presidente del Comité Organizador y Héctor Mendoza Vargas como secretario del mismo. Las actas de la conferencia son testimonio de una concurrencia numerosa de autores, y del punto en que se encuentran las investigaciones sobre las relaciones de Humboldt con otros científicos y con figuras de las sociedades locales antes, durante y después del viaje.

01/03/2000

 
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