ARTÍCULO

Los movimientos sociales y el poder

Alianza, Madrid, 1997
Trad. de Herminia Bevia y Antonio Resines
376 págs.
 

Hace casi treinta años, los estudiosos de la protesta social abandonaron las visiones aceptadas hasta aquel momento y comenzaron a elaborar lo que con el tiempo se convertiría en un nuevo paradigma teórico. Para empezar, cambiaron la denominación de su objeto de análisis: la expresión «comportamiento colectivo», acuñada por Robert E. Park en los años veinte y que, a pesar de su escasa precisión, aún se utilizaba en los años sesenta, fue sustituida por la de acción colectiva y, más en concreto, «acción colectiva de protesta» (contentious collective action), denominación esta desprovista de la carga peyorativa de su predecesora. Otro cambio aún más importante: los nuevos teóricos desecharon la separación radical –que los autores anteriores habían considerado un eje fundamental de su análisis– entre el «comportamiento colectivo», por un lado, y las formas institucionales y convencionales de acción social; incluso dejaron de atribuir a aquél el carácter no racional o directamente irracional que se le había asignado tradicionalmente. Por último, y sin duda bajo el influjo de la oleada de movimientos sociales de las décadas de 1960 y 1970, en la que muchos de ellos habían participado o de la que al menos habían sido testigos directos, los nuevos teóricos acabaron rechazando la vieja idea de que los actores de la protesta social eran individuos anómicos, de comportamiento desviado e irracional, cuya participación en los movimientos de protesta respondía a las tensiones provocadas por la crisis económica o el cambio social acelerado. Fueron, por consiguiente, la defensa de la racionalidad de los participantes en los movimientos sociales, y también de sus objetivos y de su estrategia, junto con el reconocimiento del papel de las organizaciones y el rechazo de las tensiones sociales como factor explicativo fundamental, los rasgos básicos del nuevo paradigma; en especial, en la versión de la «teoría de la movilización de recursos», de especial éxito entre los sociólogos norteamericanos.

El libro de Sidney Tarrow Power in Movement, publicado en inglés en 1994 y cuya traducción al castellano acaba de aparecer, es un buen reflejo de este cambio, y también del recorrido de esa corriente teórica durante los últimos veinte años. Lo que el autor pretende es presentar un «marco general» para la comprensión de los movimientos sociales, definidos como «desafíos colectivos planteados por personas que comparten objetivos comunes y solidaridad en una interacción mantenida con las élites, los oponentes y las autoridades». Y las preguntas centrales que se plantea se resumen en estas tres: ¿en qué circunstancias surgen dichos movimientos?; ¿cuál es su dinámica y, sobre todo, cuáles son los rasgos comunes, si es que existen, en la evolución de todos ellos?; y ¿cuál, por fin, el impacto que producen en la realidad sociopolítica? Tres preguntas que tal como refleja el título de la obra, desembocan en una cuestión central: el poder de los movimientos, y más en concreto, la relación que esta forma de acción colectiva mantiene con el poder institucional, es decir, con el Estado.

No hay grandes novedades en las respuestas. O por lo menos, no hay novedades que sorprendan a quienes hayan seguido la ya abundante producción, tanto en el terreno teórico como en el estudio empírico, de su autor. Especialista en los conflictos sociales en la Italia de los años sesenta y setenta –a los que dedicó un libro fundamental, Democracy and Disorder: Protest and Politics in Italy, 19651975 (1989)–, Tarrow es además autor de una síntesis de las teorías recientes sobre la acción colectiva (Struggle, Politics, and Reform: Collective Action Social Movements and Cycles of Protest, publicada también en 1989), y asiduo participante e impulsor de diversos intentos de conectar los análisis de los sociólogos norteamericanos con las versiones europeas del nuevo paradigma. Todo lo cual le coloca, sin duda, en la mejor posición para escribir un compendio como el que ahora nos ocupa; pero a la vez produce, al menos entre sus lectores más asiduos, una cierta sensación de reiteración (agrandada en este caso por las múltiples repeticiones que, quizá para reforzar su tono didáctico, se encuentran en el propio libro).

En el fondo, toda la argumentación de Tarrow, presente en estas diversas aportaciones, es el resultado de una opción metodológica, alejada no sólo de las viejas formulaciones del «comportamiento colectivo», sino también de otras visiones teóricas más recientes. Hace ya algún tiempo, Alberto Melucci resumió la diferencia entre los enfoques europeo y americano, posteriores al cambio de los setenta, en una expresión muy simple, pero muy precisa: los sociólogos europeos se preguntaban por las raíces de los movimientos actuales, por el «porqué» de su surgimiento, es decir, por los rasgos de los estados y las sociedades contemporáneas que impulsaban a sectores de la población a participar en ellos; en cambio, sus equivalentes americanos se planteaban el «cómo», o lo que es igual el análisis de las motivaciones de los actores y los recursos disponibles para la movilización. Pues bien, en lugar de estas dos preguntas, la variable que Tarrow considera crucial, y sobre la que reposa toda su construcción, tiene que ver con una tercera interrogante: la de «cuándo» se forman y expanden los movimientos sociales.

El énfasis en el «cuándo» no tiene que ver con un afán de precisión temporal, que acercaría esta nueva óptica al enfoque tradicional de los historiadores; más bien responde a la idea de que el «cuándo» explica en gran medida el «porqué». Dicho en otros términos: los movimientos no derivan directamente de las tensiones estructurales, las crisis sociales o el malestar de los peor situados en la sociedad; antes al contrario, aparecen cuando se reducen los costes de la acción colectiva, gracias al surgimiento de oportunidades y recursos nuevos. Ahora bien, para Tarrow los fundamentales no son los recursos internos, como la capacidad económica o el liderazgo, sino los recursos exteriores al grupo y que éste no controla por sí mismo. Los incentivos más importantes a la hora de convertir el descontento subyacente en un movimiento social corresponden a las oportunidades políticas, que aparecen o se expanden al margen de la voluntad de los promotores de la acción colectiva. Y lo que es válido para un movimiento aislado, lo es también para el conjunto de movimientos de un determinado período: porque los primeros que aparecen, los movimientos «madrugadores», ayudan a ampliar las oportunidades y los recursos del resto, dando lugar así al desarrollo de un «ciclo de protesta» en el que incluso los más débiles tienen la posibilidad de defender e impulsar sus propios objetivos.

Nada de esto es, como antes decía, nuevo en la obra de Tarrow; incluso se puede trazar una larga lista de autores –empezando, cómo no, por Charles Tilly– que colocaron en un lugar central en su esquema interpretativo la teoría de la oportunidad política. Más novedoso resulta, en cambio, el intento de completar esa teoría con la introducción de dos recursos complementarios: los marcos conceptuales a través de los que se construyen los significados de la acción, y las estructuras de movilización que permiten a los líderes de un movimiento desencadenar la movilización de sus seguidores, en ausencia de formas organizativas rígidamente estructuradas y jerarquizadas. De lo que se trata con esta ampliación es de incorporar en el modelo las aportaciones recientes de otros sociólogos, en especial de Snow y sus colaboradores en lo que al «enmarcado» se refiere, e incluso los estudios históricos que, en la línea abierta por Maurice Agulhon, han examinado las formas de sociabilidad y su papel en la vida política y la movilización social.

En esta ampliación del marco teórico no se incluye, en cambio –y quizá ésta es la mayor carencia del esquema, al menos en mi opinión– el examen de las identidades colectivas que los movimientos contribuyen a crear y de las que extraen su capacidad de acción. En el fondo, el análisis de Tarrow sólo está interesado por las raíces y las repercusiones políticas de los movimientos; por ello, en su enfoque no entran, o sólo de forma marginal, las repercusiones de los movimientos sociales en las esferas no directamente políticas. Por poner un único ejemplo de los muchos que brinda su libro: el análisis del Mayo francés, definido como un fracaso a partir del examen de sus repercusiones en la política institucional, en concreto en la elaboración de la Ley de Orientación Universitaria, resulta del todo decepcionante para quienes consideren los cambios que en otros ámbitos sociales, y en la misma actitud vital de quienes participaron en él, trajo consigo la movilización estudiantil.

Quizá la mayor decepción que produce una obra de estas características, tan rica por otro lado en información sobre la movilización social de los dos últimos siglos, procede de la escasa utilidad de la teoría para el examen de todas las formas de movilización social. Sidney Tarrow asegura que su marco general es aplicable a todos los movimientos sociales, incluidos los violentos y revolucionarios. Pero hay demasiada ambición en esta frase. No parece que los teóricos de las revoluciones estén dispuestos a conformarse con el estudio de las oportunidades políticas, dejando de lado las razones estructurales de los procesos de lucha frontal por el poder. Pero tampoco es seguro que las formulaciones de su obra sean de especial ayuda a la hora de entender los novísimos movimientos sociales de la década de los noventa. Los componentes étnicos, nacionalistas o religiosos de las movilizaciones más relevantes de este fin de siglo, su fuerte carga de violencia y radicalismo, su permanencia en el tiempo al margen de las coyunturas políticas van mucho más allá de lo explicable a partir de las formulaciones sobre la racionalidad de los actores, el carácter cíclico de los movimientos y la búsqueda de los mecanismos que permiten reducir los costes sociales de la movilización. ¿No será que una teoría surgida de la oleada de los sesenta ya no resulta aplicable a muchos movimientos de nuestros días? ¿Será necesario revisar de raíz el propio paradigma, e incluso volver a las «tensiones estructurales» y las «creencias míticas» para explicar esta nueva ola de movilización? Si así fuera, la victoria de los enfoques teóricos recogidos en la obra de Tarrow sólo habría sido temporal, y otra vez le llegaría el turno a las viejas concepciones, tan desacreditadas durante las tres últimas décadas.

01/03/1998

 
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