ARTÍCULO

Cuentos de una vida

 

En varias ocasiones Ana María Matute ha descrito el gran temor que le produce hablar en público. La autora explicó que esta aprensión se basa primordialmente en la timidez y en un potencial regreso de la tartamudez que sufrió cuando era niña. El temor a las palabras pronunciadas en alto y el talento evidente a la hora de labrar historias con palabras escritas son características que Matute comparte con autores como Henry James, Jorge Luis Borges, Lewis Carroll y W. Somerset Maugham. La puerta de la luna es la que se ha encargado de recordar al lector recientemente este ingenio literario de Matute (ganadora, entre otros, del Premio Nadal, del Premio Planeta y del Cervantes, que recibirá en este mes de abril) con una compilación de sus textos cortos, en la que se incluyen todos los cuentos publicados entre 1947 y 1998 y los artículos periodísticos.
Los mundos imaginados por Matute cuentan con la vitalidad de lo cotidiano. Los argumentos surgen de forma pausada y natural. Prácticamente todos los cuentos se desarrollan en sintonía con la sentencia de la protagonista de «El chico de al lado»: «A veces basta la cadencia de una voz, el súbito remolino de polvo de un sendero, para recordarnos algo. Algo grande o pequeño –da lo mismo–». El primer texto, llamado «Los cuentos vagabundos», que se antepone al resto de los libros, explica cómo operan los caprichos de la imaginación y las herencias literarias. La autora menciona que existe una especie de transmigración de cuentos que tomarán formas, colores y nombres según el sitio y el tiempo en que se encuentren. «Los cuentos son la voz del pueblo», dijo Matute en una entrevista publicada en el ABC Cultural, y esta sentencia resume lo que podremos verificar a lo largo de toda la colección.
En los primeros cuentos publicados, de Los niños tontos (1956), El tiempo (1957) y Tres y un sueño (1961), las fantasías de la infancia se funden con los sueños inútiles y el posterior recuerdo de lo que no pudo ser. Así, relatos como «Los niños buenos», «Vida nueva», «Sombras» o «La isla» se centran en la oposición de los mundos infantiles a los de la vejez. En «La isla» vemos cómo el paso hacia el universo de los adultos acarrea la pérdida de la posibilidad de imaginar y con ella, la dificultad de estar en sintonía con el mundo. En todos estos textos, tanto niños como ancianos sufren de ilusiones malogradas. Esta contraposición de universos se ve también en el que quizá sea el mejor cuento de El arrepentido y otras narraciones (1967), «Los de la tienda». Aquí el personaje principal, un niño llamado Dionisio, decide ayudar a una familia con dificultades y nos muestra cómo el altruismo infantil choca con la mezquindad de los adultos.
Los relatos de las Historias de la Artámila (1961) cambian de tono con respecto a la obra anterior de la autora. Aquí su narrativa se vuelve más desestabilizante. Otros son los personajes de estas historias: los pobres, los desclasados y los locos hacen ahora más que un acto de presencia. Muchos de los cuentos de las Historias de la Artámila tienen la misma inquietante vuelta de tuerca sobre el final (por ejemplo en «El incendio», «La felicidad», «Pecado de omisión», «Los alambradores», «La chusma» y «Los chicos»). Pero cuando parece que estamos acostumbrándonos al mismo tipo de desenlace, un relato como «El ausente», que narra las arbitrariedades de los sentimientos de un «matrimonio mal avenido», descoloca al lector que esperara lo previsible.
Algunos muchachos (1968) posee otro estilo, otro tono, quizá más personal y en el que predomina la primera persona. La mayoría de estos relatos (como «Algunos muchachos», «Noticia del joven K» o «Una estrella en la piel») presentan la visión de los adolescentes o los niños con una voz que sugiere un profundo entendimiento de las peculiaridades de la infancia, con una prosa que sigue los ritmos de las palabras típicas de la juventud o la adolescencia, pero sin abandonar el gusto por lo nostálgico «como el color de septiembre, las conjunciones de los astros o los amigos lejanos y, ya, misteriosos: como si todos se hubieran quedado sin voz, y anduvieran en sandalias por dura y compacta arena».
Los artículos que aparecen en La puerta de la luna fueron publicados originalmente durante 1961 y 1963. Cada uno de estos textos es autónomo, y cada uno trata un tema distinto, abarcando cuestiones tan diversas como los privilegios del silencio o la necesidad de la tristeza, o los árboles y el descenso de los pantanos de Mansilla de la Sierra, el pueblo de la infancia de Matute. Dentro de esta sección nos encontramos con un texto corto que lleva el mismo título del libro. Allí la autora explica que «La puerta de la luna era un lugar, una roca, una especie de plataforma de piedra» y que constituyó el «escondite ideal de nuestra infancia». Matute hace uso de las memorias de la niñez para componer varios de los pasajes de estos microtextos. El lirismo de muchos de ellos, como «El murciélago» o «La selva», nos recuerdan la excelencia de la voz escrita de Matute y la manera en que «Igual que siempre […] vacío mis bolsillos de sorpresa, de nostalgia, de miedo o esperanza. Por si algo pudiera utilizarse en algún tiempo».

01/04/2011

 
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