ARTÍCULO

La sombra del tiempo

Losada, Madrid, 838 págs.
Trad. de Nora Dagh
Igitur, Tarragona, 131 págs.
Trad. de Olivier Giménez López
Siruela, Madrid, 264 págs.
Trad. de Alfonsina Janés
Minúscula, Barcelona, 170 págs.
Trad. de Feliú Formosa
 

Sigue sorprendiendo, a pesar de todo lo conocido, el intenso brillo y la fuerza arrolladora que emanó del mundo germanoparlante en aquel tiempo previo a la gran catástrofe que hemos dado en llamar la época de entreguerras. En un mundo de absoluto conflicto, lastrado sobre todo por tremendos problemas de identidad, los hijos de los imperios centrales, llegados a la madurez como ciudadanos de agónicas repúblicas, dieron luz a un momento de esplendor que sigue iluminándonos hoy en día. Parecidas cosas ocurrían en nuestra propia y agónica República española, y tal vez hubiera que rastrear en busca de las concomitancias, pero no es este el momento ni la ocasión.

Uno de los motivos de sorpresa de aquel firmamento centroeuropeo es tal vez el hecho de que sus estrellas menos brillantes dieran lugar a obras tan sólidas y solventes como las de los autores que nos ocupan hoy, maravillosamente rescatadas por un impulso editorial que está reabriendo fuentes que han estado olvidadas durante largo tiempo.

Entre ellas, Franz Werfel y Ernst Weiss ocupan posiciones que no pueden ser más dispares. La trayectoria de Werfel, niño mimado del escenario cultural checo y vienés, convertido en el exilio americano en estrella de masas no por un libro, sino por la película que inspiró –La canción de Bernadette–, y la de Ernst Weiss, escritor maldito carente de éxito, que se suicidó al entrar los nazis en París en 1940 y no conoció su propio éxito póstumo, apenas tienen en común los escenarios en que discurrieron y alguna circunstancia no por importante menos anecdótica, como haber sido ambos amigos del emblemático Kafka.

Sus obras son claros vástagos de esa dispar trayectoria. Los cuarenta días del Musa Dagh, la obra en que Werfel narra el entonces aún reciente genocidio armenio y anticipa en él la catástrofe que se avecina, es hija de un viaje a Oriente Medio en el que el entonces autor de éxito conoce la historia de los armenios sacrificados y decide escribir sobre ella. Durante más de tres años, el escritor trabaja en una epopeya de la que espera que sea su obra magna, la escribe, la reelabora, tiene ocasión de anticipar pasajes en giras de conferencias por Alemania, e incorpora al texto el clima de un país que se desliza irresponsablemente hacia la ruina. Cuando se publique, Los cuarenta días del Musa Dagh estará a la venta durante dos meses, antes de ser prohibida por el régimen nazi.

La trama del libro es de epopeya clásica: durante la Primera Guerra Mundial, el ejército turco inicia el exterminio sistemático de la población armenia, prosiguiendo así un genocidio inmemorial y repetitivo con muchos precedentes en el pasado. Ante la expectativa de ser degollados como corderos, una serie de pueblos agrupados en torno a una montaña mítica, el Musa Dagh (Montaña de Moisés), eligen el camino de la resistencia, encabezados por un militar europeizado que es a la vez presencia del autor y figura simbólica: Gabriel Bagradian. Desde ese momento, la novela narra el asedio de la montaña y la compleja red de relaciones personales de los hombres y mujeres encerrados en ella.

Sin saberlo aún, Werfel anticipa en su libro la historia inminente, e incluso refleja las posturas que luego serán objeto de debate: la sumisión ante el destino o la rebelión frente a él. Lo hace con una pluma experta y profesional, con una progresión narrativa impecable, un claro dominio de la emocionalidad y del drama y unas gotas de historia, salpicando el relato e impregnándolo de credibilidad. El resultado es una novela monumental, uno de esos textos para las largas horas de lectura y las aún más largas de reflexión.

El contraste con el caso de Weiss no puede ser más agudo: exiliado, perseguido, Ernst Weiss escribe El testigo ocular a contrarreloj, con la finalidad de presentarla a un concurso de una organización americana de ayuda a los exiliados alemanes. Ni ganó el concurso ni vio publicada la novela, y nunca sabría que veinte años después conocería muchas ediciones en su propia lengua, y que más de sesenta después de su muerte estaríamos aún hablando de ella.

El testigo ocular ya no prefigura el drama nazi, sino que se ocupa de él, y de forma en extremo original: su protagonista es un médico austríaco que al año siguiente de terminar la Primera Guerra Mundial tiene ocasión de tratar un caso de ceguera histérica en un ex combatiente: un cabo llamado Adolf Hitler. Años después, el médico es testigo desde la distancia de la irresistible ascensión de su antiguo paciente, y finalmente víctima de ella, como tantos otros.

Pero lo que resulta estremecedor es la descripción del personaje, hecha en un momento tan cercano como el año 1938, en medio de los hechos, reelaborada en el 39, cuando quedaban meses para el trágico fin del autor y pocos años para el de su extraordinario personaje. Elaborada desde la visión clínica de un médico, lo que tenemos ante nosotros es quizá la primera aproxima ción nunca escrita a los miserables orígenes del Mal en la mente de un ser resentido hasta lo indecible.

Es esa inmediatez, esa clara visión y ese fuerte reclamo lo que constituye el principal interés de la obra. Por lo demás, el libro tiene las virtudes y los defectos de todas las novelas de Weiss: resulta muy llamativo, por ejemplo, el propósito de situar al personaje como criatura, lo que hace que se nos narre su vida entera desde su infancia, sus circunstancias familiares, toda su evolución, para no llegar hasta mucho después a lo que constituye el núcleo argumental del libro. Fue una técnica narrativa que Weiss practicó en todos sus textos importantes, y que quizá despista al lector actual, acostumbrado a entender la novela no como la vida, ni siquiera la vida de nadie, sino como un fragmento de vida.

El pulso narrativo del autor, fuerte y sólido, se resiente de la prisa con que fue escrita la novela: a veces parece perderse la ilación, da la impresión de que los acontecimientos no encajan entre sí, o quizá hay un deseo de meter muchas cosas en un texto en un momento histórico en el que la existencia se contraía minuto a minuto, hasta lo que de hecho fue la desaparición.

Junto a estos dos volúmenes de obra magna, los otros dos textos comentados no pueden aspirar a otro galardón que el de la perfección intrínseca, y a reflejar dos mundos distintos dentro de aquel mundo polifacético que fue la Austria-Hungría de principios del siglo XX . Los dos cuentos recogidos en Lamuerte del pequeño burgués son quizá más Werfel que su obra larga comentada, porque recogen más el ambiente nutricio de su literatura. Brilla en ellos el lúcido cinismo de la Viena de los cafés, la que esperaba el fin del mundo, que acabó por llegar.

A su vez, Jarmila muestra la otra cara de la reluciente moneda habsbúrguica: la Austria rural de esa misma época, lo que no era Viena, y por tanto la gran desconocida, en un texto mucho más compacto que el anterior de Weiss, aunque reúna todos sus mismos rasgos, pero mucho menos singular.

Sombras de la larga sombra del tiempo, en las que descansar del calor abrasador de esta época de plomo derretido.

01/10/2004

 
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