ARTÍCULO

El bulto como ambición

Destino, Barcelona
564 pp. 21 €
 

Una vez más, el premio Nadal vuelve a defraudar. Pero no lo hace por su baja calidad o por su carga de comercialidad, sino por una cuestión más sutil que conviene aclarar. Para afianzar el tirón del premio, la editorial ha elegido a un autor de cierto nombre con el fin de presentar un reclamo de supuesta calidad literaria y ha optado por una novela histórica (un género de moda desde hace años) para asegurar el grosor de las ventas. Ninguna de las dos cosas, por desgracia, es garantía de nada, ya que ni la obra alcanza los méritos necesarios ni creemos que asegure el éxito a causa de su tediosa narración.
Una novela como Lo que sé de los vampiros ejerce sobre un lector poco atento un efecto abrumador, muy semejante al de los best sellers en quienes creen estar al día en la actualidad cultural fiados tan solo de las orquestaciones publicitarias. Como ellos, esta novela de Casavella abruma, primero por su extensión (parece establecido en nuestros días que un éxito de ventas ha de ser necesariamente un volumen de gran bulto) y, después, por el peso muerto de las referencias históricas y culturales o de las digresiones filosóficas (parece también establecido que los best sellers deben prestigiarse con un barniz culturalista) que van de continuo frenando el relato.
Casavella sitúa la acción en la segunda mitad del siglo XVIII. Un segundón de la nobleza rural gallega, Martín de Viloalle, novicio destinado a la iglesia, decide acompañar a los jesuitas expulsos de España e inicia unas andanzas por diversos lugares de Europa malviviendo como puede de sus dibujos y caricaturas hasta que embarca hacia América. Este deambular del personaje tiene como motivo acoger en la novela asuntos tan dispares como la política prusiana centroeuropea o la efervescencia de las logias masónicas durante este período.
Se trata, pues, de una narración itinerante, con una estructura que recuerda a las novelas bizantinas, o con una forma de entender el relato similar a la novela picaresca. Pero es una picaresca sin pícaros, como ocurría en alguna célebre novela alegórica del siglo XVII. Martín es un personaje desnortado (el pícaro no lo era) que va por el mundo como un espectador, por lo que sólo sirve de pretexto para que el narrador muestre una visión muy parcial y superficial de la sociedad de la época a través de ciertos nobles, intelectuales, charlatanes o mercachifles. Sus rasgos de buscavidas o servidor de amos (como el peculiar señor de Welldone) son acaso meros mecanismos de ilación de una trama ya de por sí bastante desflecada.
Porque Lo que sé de los vampiros es, en síntesis, una colección de trancos narrativos demasiado desconectados entre sí o, siendo benévolos, débilmente engarzados por digresiones tediosas o casualidades y situaciones imprevistas difícilmente justificables. Esto sucede, sin duda, con el capítulo inicial, una acción militar que al parecer sirve, sin que se sepa por qué, de arranque de la trama; con los exhaustivos circunloquios con que se adereza el episodio de la logia masónica; con la peripecia estrambótica (narrativamente hablando) de Welldone que se cuenta en una extensísima y aburrida carta; o con la súbita reaparición de la familia Fieramosca al cabo de mucho tiempo, ya muy avanzada la historia (cosa creíble en las novelas bizantinas, no aquí). Sólo son algunos ejemplos.
Y si es indispensable que toda ficción sea coherente y creíble, lo expuesto hasta ahora apunta en una dirección contraria: lo que flaquea es la verosimilitud. No es posible, creemos, encontrar en esta historia una apariencia coherente de verdad cuando los personajes son esquemáticos y sin matices, muñecos que actúan sin intimidad ni sentimientos, y los ambientes son decorados de cartón piedra como sacados de una película mediocre. Tampoco es más verosímil el lenguaje, porque el autor no mantiene un tratamiento sistemático y equilibrado ni del léxico ni de las expresiones, sino que oscila entre frases y palabras que suenan forzosa y forzadamente a antiguas y otras que son muy familiares para los lectores de hoy.
En consecuencia, no se entiende bien qué se ha querido premiar con el Nadal, si una obra que con el destello de lo cultural e histórico fuera capaz de engañar a no pocos despistados, o un artefacto voluminoso que apabullara a la mayoría con los excesos de sus fuegos artificiales, tanto en los episodios como en la escritura, para convertirse en éxito. Ninguna de las dos opciones parece satisfactoria aquí: con relación a la primera, más que sorprender o deslumbrar, la novela causa perplejidad; con relación a la segunda, se ha de convenir en que una narración con tantos materiales prescindibles y aburridos difícilmente llegará a un gran público que sólo busca en ciertos premios literarios el entretenimiento.
Así pues, sólo resta una cosa. Esta novela de Casavella demuestra a las claras que su última razón de ser se encuentra en el peso y en el bulto de sus páginas. Pocas veces en los últimos años se ha visto en España una obra a la que, pese a sonar a tópico y a frase hecha, le sobren tantas páginas. Otro tanto le sucedía a su anterior novela, asimismo voluminosa, El día del Watusi. A una y a otra les vendrían muy bien unos cuantos recortes. Y a su autor, un consejo, aunque no seamos los más indicados para darlo: frente a la grafomanía arbitraria y compulsiva, siempre es recomendable un poco de sosiego. 

 

01/08/2008

 
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