ARTÍCULO

No basta la intención

Destino, Barcelona
426 pp. 20 €
 

Por desgracia, el Premio Nadal vuelve a defraudar, como lo ha hecho en más ocasiones de las deseables en los últimos quince o veinte años, salvo honrosas excepciones que, por otra parte, no figuran en las listas de los libros más vendidos. Y vuelve a defraudar porque en los objetivos del premio parecen interponerse unos intereses ajenos a los que le otorgaron un gran prestigio durante las primeras décadas de su existencia, porque los valores literarios han sido desplazados y sustituidos por patrones más acordes con el actual mercado editorial y porque se han tomado como metas irrenunciables los productos narrativos destinados al puro entretenimiento y no las obras que exigen la implicación del lector en la interpretación del texto.
Ahora le ha tocado el turno a Clara Sánchez con una novela sobre un cazanazis que desvela la identidad de un grupo de alemanes del Tercer Reich asentado en el Levante español. En el haber de la autora hay que incluir, sin duda, las buenas intenciones, que ya pueden percibirse en sus novelas anteriores, pues Clara Sánchez ha tratado siempre de ofrecer un testimonio más o menos verosímil y benévolo de los conflictos cotidianos en la vida de nuestro tiempo. Semejante actitud y buenas intenciones prosiguen en Lo que esconde tu nombre, si bien con diferente dirección, pues la novela cuenta una historia cotidiana actual, pero derivada de unos antecedentes históricos –el holocausto de la Segunda Guerra Mundial– que sirve para denunciar de modo paradigmático la impunidad de los delitos contra la humanidad y los derechos humanos universales.
Sin embargo, de poco vale el sentido teleológico de su posible mensaje moral si no va acompañado de una adecuada actuación narrativa, de una escritura caracterizada por la excelencia lingüística y de un estilo especial. La novela del Nadal 2010 aporta ciertas deficiencias significativas que, aparte de entorpecer con creces el flujo natural del relato, contrarían, de una parte, las reglas de la lógica en la urdimbre de la historia y, de otra, las pautas que deben regir algunas de las técnicas narrativas utilizadas. En uno y otro caso lo que falla es la verosimilitud, principio muy antiguo y, como se sabe, esencial de la literatura.
En la novela flaquea, de entrada, la verosimilitud de la historia o, siendo más precisos, el desarrollo de la acción que van enhebrando los dos protagonistas narradores. Parece lógica –de nuevo las buenas intenciones– la elección del personaje de Julián, uno de los miles de republicanos españoles que soportaron los campos de exterminio nazi, y que ahora, desde Argentina, donde vive, regresa a España, previo aviso de su compañero Salva, para desenmascarar a varios dirigentes del campo de Mauthausen que viven en la costa una ancianidad incógnita y apacible. También puede resultar coherente que Julián utilice para sus propósitos a la joven Sandra, una madrileña que, por casualidades que no vienen al caso, es aceptada en la casa de dos nazis noruegos y acaba entrando en su círculo de correligionarios.
Sin embargo, no resultan creíbles la caracterización ni las peripecias de los personajes: Julián, un octogenario cercano a los noventa, con los achaques propios de la edad, y Sandra, una embarazada de meses, no parecen los adecuados para ejecutar los cometidos de un asunto tan peligroso ni para sobrellevar los riesgos y los movimientos incesantes de la trama. Pero mucho menos creíbles son los nazis, pues es inaceptable que personajes aclimatados a la crueldad y al asesinato, y organizados en una disciplinada «Hermandad», cuyos ritos y actividades recuerdan a los del pasado, dejen de actuar como tales cuando son descubiertos por Julián y reaccionen como medrosos ciudadanos, sin responder a la provocación y desapareciendo del lugar sin dejar rastro. Poco adecuado es este final, aunque simbolice la denuncia de la impunidad de los delitos contra la humanidad.
La verosimilitud tampoco sale airosa en la técnica del punto de vista narrativo. La novela está contada mediante el contrapunto de las voces de los dos protagonistas que, de forma alternante y sucesiva, van dando cuenta de los lances de la historia. Y aquí radica el problema, pues de todos es conocido que la primera persona narrativa tiene un punto de vista restringido, que cada narrador sólo puede contar lo que sabe y no lo que aún no ha podido llegar a conocer. No es creíble, por tanto, que Julián diga algunas cosas o nombre a personas que sólo conoce Sandra hasta ese momento (véanse como muestras las páginas 116 y 123 sobre Alice y Otto), o que Sandra hable con toda naturalidad de aspectos personales de Julián que todavC

01/06/2010

 
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