ARTÍCULO

Leyendas de ayer y de aquí y de allá

 

Uno de los motivos que impulsaron a José María Merino a componer este libro, Leyendas españolas de todos los tiempos, es meritorio, estimulante y valeroso: «En España se está viviendo un momento de profunda fragmentación desde afanes, por lo menos poco lúcidos, de perder una perspectiva de conjunto de nuestra cultura. Para cualquiera que vea el asunto con sentido común y buena fe, esa pérdida de una perspectiva de conjunto no puede suponer otra cosa que el olvido y con ello la dilapidación de un patrimonio rico y diverso, muy entrelazado, que pertenece a toda nuestra sociedad y que desde su solidez y abundancia se enriquece de las partes de que se compone para, a su vez, enriquecer a cada una de ellas. También lo legendario conforma ese patrimonio, y este libro es un aporte, por pequeño que pueda resultar, para su mantenimiento». José María Merino se propone rescatar y reactualizar el vasto mundo legendario, y de este modo nos refiere cómo el rey franco Carlos el Calvo mojó sus dedos en la sangre de la herida de Wifredo el Velloso y los pasó, de arriba abajo, por la superficie del escudo del guerrero, que hasta entonces no pintaba ningún blasón (pág. 47). Pero calculo que la razón principal de escribir este libro es la enorme fuerza narrativa, dramática, poética e incluso visual del material que trata, por lo que debemos considerar a esta «memoria soñada» como una recreación literaria, antes que como un trabajo erudito o como un alegato. El punto de vista de Merino es el de los antiguos poemas del romancero; sólo que aquí los romances van en prosa.

«No soy antropólogo ni lingüista, sino narrador», advierte Merino. Es buena advertencia; porque los romances, antes de ser materia de trabajo de eruditos, fueron poemas narrativos que se escuchaban como hoy se va al cine y se transmitían de viva voz. Merino ha reunido sus leyendas para que se lean, no para que se estudien. Su libro no es un trabajo erudito sino que pretende ser –y lo consigue– amena literatura. No obstante, algo nos dice el narrador que, por ser muy cierto, estremece: «Me temo que en España se ha perdido ya el momento de recoger leyendas por vía oral». A finales del siglo XIX , William Butler Yeats dio el grito de alarma en Irlanda: se evaporaban las leyendas, y él y otros se dedicaron a salvar lo que fuera posible. Lo mismo se hizo en España, incluso en épocas anteriores, aunque acaso con menos brillo literario. Todavía hace veinte años era posible escuchar algún deslavazamiento de leyenda o cuento en las aldeas; pero han desaparecido las aldeas bajo las depredaciones del turismo rural y de los adosados para urbanícolas de fin de semana, y la televisión (y otras modernidades más agresivas que acechan) ha terminado, temo que para siempre, con la oralidad. En consecuencia, los cuentos populares y leyendas que no se hayan recogido, están perdidos de manera irremediable. Es tristísimo y terrible tener que escribir esto, pero es así. Las nuevas generaciones, que lo saben todo sobre ordenadores y hamburguesas, pero que son incapaces de sostener entre sus dedos una pluma estilográfica o de apreciar un «turnedó», jamás escucharán un cuento de labios de una vieja. Pero serán afortunados si los leen en libros como éste de Merino. Porque el material legendario ha quedado reducido a los libros.

Hace Merino, en fin, la consabida distinción entre leyenda y cuento, que no es relevante y de la que se puede prescindir. Los límites entre ambos géneros muchas veces resultan imprecisos, y aquí mismo conviven cuentos con leyendas. Lo que importa es que las narraciones resulten amenas y estén bien narradas y escritas. No es necesario decir que lo están; no vamos a descubrir a estas alturas a José María Merino como narrador ni como prosista.

Del mismo modo que los romances, que se ordenan por temas (históricos, de tema francés, novelescos, líricos, fronterizos, etc.), Merino dispone su material temáticamente; no falta entre los héroes el Cid joven, personaje habitual de nuestro romancero (en tanto que la épica presenta a un Cid maduro y más sosegado). Las leyendas son agrupadas en diez apartados, con un orden cronológico dentro de los cuatro primeros, que son los que tienen un cierto fundamento o, cuando menos, referencia histórica concreta. Así, el primero, titulado «De fundaciones, caudillos y pérdidas», trata de la fundación mítica de España, de su pérdida por don Rodrigo, de su restablecimiento por don Pelayo, y, en fin, de la conquista de Granada, incluyendo asimismo el famoso episodio del caballo y el azor, sobre la independencia del condado de Castilla. En la leyenda recogida por Merino, el fundador del primer asentamiento sobre España fue Túbal, hijo de Jafet y nieto de Noé. Es posible que Merino no haya consultado a Tirso de Avilés (ya que no le incluye en la bibliografía), quien reproduce una letrilla en la que se afirma que Noé en persona fundó la villa de Navia. Los otros agrupamientos sobre tema histórico se refieren a reyes, reinas, damas y caballeros; agravios, traiciones, venganzas, simulacros y castigos, y, en fin, a amores y desamores.

Mayor interés etnográfico que histórico presentan las leyendas dispuestas a continuación según los siguientes agrupamientos: De parajes; de milagros y vírgenes benditas; de diablos, brujas, errantes, malditos y fantasmas; de culebras, dragones y estirpes asombrosas; de talismanes, tesoros y palacios subterráneos y de aventuras y sueños, que puede que sea el apartado más endeble, tal vez por ser el menos legendario. Roberto Frassinelli tenía bien poco de legendario; más bien era un caradura que se estableció en Asturias a mediados del siglo XIX para depredar los residuos de la desamortización y que fue aprovechado hace una docena de años por otro de igual calaña que se proponía convertir en «paraíso turístico» los Picos de Europa. A Benito Soto le conocemos por La burla negra, la magnífica novela de José Mª Castroviejo. Y Genarín es un chiste privado de ciertos leoneses; fuera de ese contexto, puede que no tenga tanta gracia.

En los demás apartados, a veces nos da la sensación de que estamos leyendo Los evangelios del diablo, de Claude Seignolle, o la trilogía de Cabal; o alguna leyenda de Bécquer. Hay un componente atlántico en muchas de esas leyendas, que se manifiesta principalmente en la atmósfera. Al enumerar los grandes aquelarres españoles, no se cita Monasterio de Hermo, que Merino, como leonés, debería conocer. Nuevamente nos cuenta la leyenda del «caldero de oro», a la que dedicó una de sus primeras novelas. Es difícil sintetizar una leyenda y Merino lo logra, aunque sin la sencillez con que Ramón Menéndez Pidal resumía poemas, cuentos y romances. Esto es: Merino no renuncia a su oficio de novelista. Está en su derecho.

01/12/2000

 
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