ARTÍCULO

Literatura escondida

Gedisa, Barcelona
Trad. de Javier Arrambide y Marta Pino
312 pp. 22 €
 

El Levítico, del Antiguo Testamento, es generalmente el primer libro de la Biblia que estudian los niños judíos, pero es casi desconocido en el ámbito cristiano. Apenas se lee en la liturgia y los cristianos raramente lo estudian en serio. Está integrado casi en su totalidad por una legislación detallada, dada al parecer por Moisés a Dios en el monte Sinaí para la regulación del culto, la alimentación y diversos tipos de «impureza» (enfermedades de la piel, flujos sexuales) y el modo de afrontarlos. Contiene, de hecho, el famoso mandamiento «amarás al prójimo como a ti mismo» (Lev. 19:18), pero en su mayor parte tiene que ver con lo que los cristianos llaman tradicionalmente ley «ceremonial» más que ley moral, que se considera que ya ha dejado de ser vinculante para los cristianos, pero que sigue siendo de incumbencia continuada únicamente para los judíos.
Este tipo de material es, por otro lado, potencialmente muy interesante para un antropólogo social que se ocupe de los rituales por los que las sociedades regulan su vida. Mary Douglas, una de las representantes más distinguidas de la moderna antropología británica, fallecida en mayo de este año, intenta reconstruir aquí la visión del mundo que subyace en este material aparentemente inflexible. Muestra que las disposiciones legales del Antiguo Testamento pertenecen a dos mundos de pensamiento marcadamente diferentes. El Libro del Deuteronomio, y libros históricos como el de los Reyes que lo toman como la norma, se centran en el pensamiento «racional-instrumental», que guarda algunas afinidades con los típicos procesos de pensamiento de las personas urbanas modernas. Ha de razonarse a favor de la obligación moral; ésta guarda relación fundamentalmente con la conducta interpersonal, no con cuestiones rituales y alimenticias; y disuade de cualquier cosa que huela a «culto a la naturaleza». Posee, en realidad, un tono algo protestante. El Levítico, por otro lado, pertenece a un mundo de pensamiento «analógico». Los seres humanos son vistos como un microcosmos, relacionado con el macrocosmos que es el universo, y la obligación ética consiste en ajustarse a ciertos modelos cósmicos más que en obedecer normas racionales. Lo que importa es lo que Shakespeare llamó el «rango»: la correcta ordenación de un mundo construido jerárquicamente, en el que ciertas cosas simplemente «no se hacen». La ética tiene que ver con modelos en la conducta humana que se relacionan con la ordenación divina del mundo, no con la obediencia a órdenes a favor de las cuales puede razonarse.
Douglas había estudiado anteriormente las leyes alimenticias en el Antiguo Testamento en su pionero Pureza y peligro (1966), defendiendo que los animales prohibidos no se clasificaban como maléficos de ninguna manera, sino simplemente como anomalías: el marisco, por ejemplo, no es kosher no porque tenga nada de malo (y ciertamente no por razones higiénicas, como muchos suponen), sino simplemente porque no se adecua a un ideal de pescado (que «debería» tener aletas y escamas, no patas). La antropóloga aplica aquí este tipo de análisis a todo el sistema ritual del Levítico. En el caso de la legislación expiatoria, su objetivo es mostrar que las partes del cuerpo del animal sacrificado representan las diferentes zonas dentro del santuario (concebido en el Levítico como una tienda sacra, pero modelado a partir del templo de Salomón o su sustituto del siglo vi) y que éstas, a su vez, simbolizan las diferentes zonas del monte Sinaí al que ascendió Moisés para recibir la ley. La montaña tiene una parte baja, una sección central y una cima; la tienda tiene una especie de «nave» para los fieles normales, un «lugar sagrado» para los sacerdotes, y un sanctasanctórum al que sólo puede entrar el sumo sacerdote el Día de la Expiación. Lo mismo sucede con el animal expiatorio: todos los fieles pueden comer algunas de las partes, otras se reservan a los sacerdotes, mientras que otras se consumen por completo en el fuego como un puro presente a Dios. El reflejo de cada macrocosmos en su correspondiente microcosmos representa todo un sistema de pensamiento que debemos recuperar si queremos entender el Levítico. Sólo así podemos comprender, por ejemplo, por qué el sebo –que es perfectamente comestible y realmente apetecible– no puede comerse, sino que debe devolverse a Dios, su hacedor, por medio del fuego: se corresponde con la cima de la montaña y con el sanctasanctórum.
Pero, ¿por qué el Levítico como literatura? Difícilmente se aproxima a la idea que una persona moderna tiene de una obra literaria, sino que se asemeja más a un manual de ritual. En su propuesta más notable, Douglas defiende que el modo de pensamiento macrocosmos-microcosmos se aplica al propio libro. El Levítico está estructurado por analogía con el santuario (y, por tanto, con la montaña y el cuerpo del animal expiatorio). Los dos bloques de material narrativo, por ejemplo, que parecen desconcertantes dentro de un manual ritual, están ubicados de ese modo dentro del libro para corresponderse con la posición de las dos mamparas dentro de la tienda sagrada. El libro mismo es, así, una imagen del santuario, y está pensado para ser descifrado como una especie de visita guiada.
La obra de Douglas contiene una buena dosis de especulación, y este último punto en concreto no encontrará aceptación entre muchos estudiosos de la Biblia, mucho más tendentes a pensar que el proceso de composición del Levítico comportó mucha más casualidad de lo que presuponen los análisis de Douglas. Sin embargo, los conceptos que constituyen la base de El Levítico como literatura son convincentes. En vez de representar una serie de órdenes divinas no motivadas para las que no puede argüirse ninguna lógica, las leyes aquí reunidas consagran toda una visión del mundo, que es ajena a muchas personas modernas, pero que podría resultar enteramente convincente para aquellos que viven en una sociedad jerárquica tradicional, estructurada. Como muestra Douglas, este modo de pensamiento tiene consecuencias teológicas positivas. Explica, por ejemplo, la desgracia en términos de la ruptura del orden cósmico, no haciendo cargar con la culpa a la víctima humana, y en ese sentido es más compasivo que las teodiceas de­sarro­lla­das por los profetas, para quienes el sufrimiento implicaba un pecado deliberado anterior. Como resume con acierto el texto editorial de contraportada, «Mary Douglas defiende que el Levítico no es la doctrina intolerante de unos sacerdotes profesionales protestones, sino una poderosa declaración intelectual sobre una religión que resalta la justicia y la compasión de Dios».
En el que ha sido su último libro, Douglas siguió introduciéndose en un mundo de pensamiento aparentemente ajeno y mostrando que, al fin y al cabo, no era tan ajeno: un tema que ha caracterizado toda su escritura, desde sus primeros trabajos de campo entre los lele en lo que era entonces el Congo, pasando por obras como Símbolos naturales (1970), donde aplicaba los mismos principios al estudio de los obreros irlandeses desplazados en Inglaterra, hasta llegar a sus estudios bíblicos, incluido In the Wilderness (1993), un análisis del libro de los Números. La suya fue una voz absolutamente personal en el mundo de las letras, y Douglas será añorada enormemente. 

Traducción de Luis Gago

01/10/2007

 
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