ARTÍCULO

Leo, [y] luego existo

Anagrama, Barcelona, 192 págs.
 

Poco tiempo atrás tuve que reseñar un relato acerca de cómo se escribió otro relato, y ahora me proponen, también para reseñarlo, que lea este libro acerca de la lectura. Parecería que me persiguiese algo que ontológicamente sería impensable que lo pudiera hacer: la pescadilla que se muerde la cola. ¿O me perseguirá, quizás, un fenómeno tan generalizado como ése de que la literatura ha terminado convirtiéndose en la protagonista literaria por excelencia? No lo sé, pero reseñaré este libro, y además de manera positiva, porque se lo merece.

A pesar de que tan pronto como ya en la página 15 me encontré con una «escalera [que] era circular», y la verdad es que pienso que debe ser medio imposible, si es que no del todo: porque ¿cómo subir o bajar por una escalera circular? ¿No sería más bien de caracol esa escalera? Y luego, en la siguiente página, una tautología de las que al menos a mí me hacen fruncir el ceño: «el río que llevaba al delta y a las islas». ¿Y de qué se compone un delta si no es de islas? Si un delta no se compusiera de islas, ello equivaldría a que el Bósforo no fuese un estrecho. En fin, se conoce que Piglia me ha contagiado con su análisis de un error en la traducción de Salas Subirat del Ulises de Joyce, allí donde convirtió una «potato» en una «zanahoria», por desconocimiento de la vieja superstición irlandesa de que llevar consigo una papa es remedio seguro contra el reúma. Pero ya volveremos a ese tema.Ahora vayamos al grano.

Este es un libro sumamente inteligente y escrito por alguien que sabe lo que se trae entre manos.Ya el índice promete suculenta lectura. He aquí los capítulos que Piglia nos propone: ¿Qué es un lector?; Un relato sobre Kafka; Lectores imaginarios; Ernesto Guevara, rastros de lectura; La linterna de Anna Karenina; Cómo está hecho el Ulises.Y el autor lo concluye con las siguientes palabras: «Desde luego este libro no intenta ser exhaustivo. No reconstruye todas las escenas de lecturas posibles, sigue más bien una serie privada; es un recorrido arbitrario por algunos modos de leer que están en mi recuerdo. Mi propia vida de lector está presente y por eso este libro es, acaso, el más personal y el más íntimo de todos los que llevo escritos».Y se lo creo, se lo acredito, se lo abono... es más: estoy seguro de que debe [de] ser así.

Con lo cual entramos en un terreno de veras movedizo. Porque para extraerle todo el jugo a este libro, para poderlo gozar a cabalidad, sería preciso haber leído todos y cada uno de los libros que Piglia leyó en su vida.Aunque los haya leído con otros ojos, aunque haya sacado distintas consecuencias de sus lecturas. Dicho de otro modo: éste es un libro que sería muy difícil que encontrase lectores adecuados, si no fuese porque la prosa del autor arrasa con las falencias del lector. Sencillamente, como da gusto leerlo, qué importa lo que se pierde en el camino... Hélas! Porque mucho peor sería que nos perdiésemos el libro mismo que tenemos ante los ojos.

Como también soy un lector empedernido y a quien no le basta con lo que está viendo escrito en la página, me detuve particularmente en aquellas del libro de Piglia, mi tocayo, donde no lo pude seguir en su razonamiento. Pondré un ejemplo: para Piglia no es un misterio que si no conocemos el idioma original de lo que está escrito, tenemos que valernos de la traducción, dándola por buena.Yo no sé si él sabe alemán, pero sí sé que cita con bastante autoridad a Kafka para sacar ciertas conclusiones de su diario, y en otro pasaje cita así mismo un texto fabuloso del autor praguense, La verdad sobre Sancho Panza: «Sancho Panza –que por lo demás nunca se jactó de ello– en el transcurso de los años logró, componiendo una gran cantidad de novelas de caballería y de bandoleros, en las horas del atardecer y de la noche, apartar de tal manera de sí a su demonio (al que después dio el nombre de don Quijote)».

Pero lo que escribió Kafka, si doy en traducirlo literalmente al pie de la letra (perdóneseme el pleonasmo) y sin ínfulas literarias, es lo siguiente: «Sancho Panza –quien por lo demás nunca se vanaglorió de ello–, al correr de los años, y con la ayuda de una gran cantidad de novelas de caballeros y de ladrones durante las horas vespertinas y nocturnas, logró distraer de tal modo a su demonio –al que luego daría el nombre de don Quijote– que éste acometió como una veleta las más locas hazañas, las cuales, sin embargo, por falta de un objeto predestinado –que justamente hubiera debido ser Sancho Panza– no perjudicaron a nadie». Como se ve, una diferencia esencial es que Sancho Panza no compuso aquellas novelas, sólo requirió su ayuda.Y algo más sutil: no es que Sancho apartase de sí a su demonio de esa manera, escribiendo tales novelas, sino que con su lectura logró distraerlo tanto que... («de tal modo que...») don Quijote acometió las más locas hazañas, etc. La cita incompleta trastocó el sentido de la frase.

Me he detenido en este cotejo porque ello indica, entre otras cosas, que me tomé muy en serio la lectura de El último lector. Tanto que me provocó una tremenda decepción en el capítulo final, el dedicado al Ulises de Joyce. En él, Piglia rastrea con una nitidez envidiable cómo es que Salas Subirat, cuando se tropieza por primera vez con una patata, en el momento en que Leopold Bloom sale de su hogar en 7 Eccles Street y la palpa en su bolsillo («Potato I have»), sencillamente no sabe qué hacer con la pobre papa y la traduce «de acuerdo con otro contexto (el suyo, no el de Bloom)»: Salas Subirat traduce «Soy un zanahoria» [soy un gilipollas], y con ello transmite lo que sería el autorreproche de Bloom al darse cuenta de que se olvidó el llavín de la casa. Los siguientes lugares donde la papa aparece, como «potato» o como «spud» (papa, en el argot irlandés), Salas Subirat insiste en la zanahoria o en hurtarle el cuerpo al argot. Hasta que llega la escena del prostíbulo y el espíritu de la madre de Bloom se saca una papa de la bolsa de su enagua, y la joven puta Zoe Higgins le saca a Bloom la «papa negra dura arrugada» que carga en el bolsillo izquierdo del pantalón. Esta detección hecha por Piglia es tan perfecta, tan redonda, que uno se pregunta lo más elemental: ¿por qué no investigó en ningún momento por qué Salas Subirat no retrocedió hasta la primera vez en que aparece la papa, para corregir todos los errores cometidos en el camino? ¡Eso sí que habría sido genial detectarlo!

Con ello contesto a una afirmación contenida en este libro, cuya lectura recomiendo sin dudas. Dice Piglia: «El nombre asociado a la lectura remite a la cita, a la traducción, a la copia, a los distintos modos de escribir una lectura, de hacer visible que se ha leído (el crítico sería, en este sentido, la figuración oficial de este tipo de lector, pero por supuesto no el único ni el más interesante)». Dicho a calzón quitado, como se suele decir en el país de Piglia: es posible que el autor tenga razón en que el crítico quizá no sea el lector más interesante, y lo afirmo como lector, no como crítico. Sólo que el autor se olvida al decirlo de algo muy importante, y es que al escribir semejante cosa no hace otra que tirar piedras contra su propio tejado.Algo que yo no he hecho, antes al contrario, pues creo que ese su tejado –que es más bien una soleada azotea– puede cobijar muchas y preñadísimas lecturas, casi tantas (ojalá tantas) como lectores.

01/11/2005

 
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