ARTÍCULO

Laureles de Babel

Muchnik Editores, Barcelona, 1999
Premio joven 98 de Narrativa
200 págs.
Ópera Prima, Madrid, 1958
Premio Joven y Brillante 1996
182 págs.
 

Una de las novedades más notables de este fin de siglo es, sin duda, ese nuevo modo del ocultamiento consistente en la proliferación desmesurada y caótica de todo. La posibilidad de conocer, de dominar cualquier aspecto de la realidad es una tarea cada vez más penosa dadas las dimensiones y la confusión reinante en lo que constituye el objeto de conocimiento. La literatura no es una excepción a este fenómeno. En la década anterior aún era frecuente encontrar estudios sobre el «estado de la cuestión» en los que se resumía, con bastante precisión, el panorama literario nacional, sus corrientes principales y las secundarias. El volumen de publicaciones actual, la diversificación de tendencias y la ineptitud de cierta crítica influyente a la hora de jerarquizar obras y autores desde criterios solventes, hacen casi imposible dibujar un mapa aproximado que dé cuenta de la situación actual de nuestras letras.

La narrativa, por razones comerciales y sociológicas de todos conocidas, es el género que con mayor claridad aparece marcado bajo el signo de Babel. Y una de las concausas que permiten comprender la intrincada mixtificación de nuestra narrativa es, sin duda, el auge de los premios literarios. En primer lugar, la misma proliferación de premios ha atenuado su poder promocional que, si bien tenía una orientación fundamentalmente mercantil en la mayoría de las ocasiones, en otras muchas ayudaba al despegue de obras y autores con ambiciones estrictamente literarias. Por otro lado, si hasta no hace mucho existía una nítida separación entre galardones «venales» y de «prestigio» (artístico, se entiende), cada vez resulta más difícil distinguir unos de otros, por la sencilla razón de que los premios de más modesta retribución económica empiezan a buscar cauces intermedios que conjuguen cierta exigencia de calidad con la presencia de elementos (literarios o no) que faciliten la inserción del libro en el mercado.

Como ilustración de esto último (aunque con muchas matizaciones en cada caso) nos podemos servir de las cuatro novelas laureadas que nos traen aquí. A excepción del ganador del IV Premio Lengua de Trapo, Jesús Torrecilla, los demás novelistas son bastante jóvenes (Fernando J. López se hizo con el Premio Joven y Brillante con diecinueve años), a lo que hay que añadir la circunstancia de que estamos ante cuatro primeras novelas (circunstancia casi inevitable en el caso de los dos premios dirigidos a jóvenes autores). La cuestión es que la juventud y la novedad son dos de los más preciados señuelos con que, a despecho (o a falta) de las auténticas cualidades estéticas, un libro puede llegar a la cima de toda buena fortuna literaria, esto es, obtener el marchamo de «novela actual». Por lo demás, y confirmando la diversidad inextricable de nuestro panorama narrativo, estamos ante cuatro novelas completamente diferentes tanto en lo que respecta a la pericia de sus autores como a sus ambiciones y a sus estrategias formales.

In(h)armónicos, la primera novela del más joven de nuestros autores, obtuvo en 1996 el Premio Joven y Brillante, cuyo jurado estaba integrado por Camilo J. Cela y otras relevantes personalidades. Lamentablemente, la precocidad de Fernando J. López atañe sólo al dudoso mérito de conseguir la publicación de su libro, no a su talento. El autor reúne a un grupo de personajes en una comisaría, donde han sido conducidos para declarar sobre la oscura muerte de Mario, personaje con el que mantenían relaciones de diverso tipo. Durante el transcurso de una larga noche asistimos a la revelación de sus entresijos personales y a nuestro propio tedio como lectores. La novela mantiene una acusada bisoñez en todas sus facetas, desde el existencialismo gesticulante y sartricida, hasta la elección de una estructura fragmentaria en la que se ponen en juego diversas voces y materiales narrativos sin que exista un proyecto global que los redima de la arbitrariedad.

Algo más cabe esperar de Luis García Muñoz, no porque El ímpetu del tren sea una buena novela (ni siquiera es sólida), sino porque en ella se detecta una ambición literaria personal, no impostada, y el esfuerzo por construir un mundo propio. La narración tiene mucho de borgiano, no sólo por la función que desempeñan los cuentos del escritor argentino en el mecanismo de la peripecia, sino también porque, de manera cercana a aquél, la literatura y la ficción acaban adueñándose de la realidad y la vigilia. Todo esto no deja de ser un cúmulo de buenos propósitos dentro de una narración fallida. Hay en el narrador ese exceso de complacencia de quien se sabe fácil de verbo y cifra todo su empeño en elaborar un discurso envolvente y bien sonante, aunque desprovisto de consistencia. Consecuencia del exhibicionismo de Gaspar, personaje narrador, es que la trama detectivesca que él mismo activa queda profundamente dañada por la querencia al monólogo reiterativo y ensimismado de una voz que emplea las palabras «memoria», «olvido» o «laberinto» con la frecuencia suficiente como para que pierdan todo su significado. Y así los personajes y la misma comprensión de los acontecimientos fenecen bajo el fárrago de una prosa redundante y, por momentos, ridícula o incomprensible (con aljófares como: «un hombre al que no había visto nunca quiso negarme un desayuno que no había pedido», pág. 74, o «como su enorme moño negro en pelo también negro», pág. 21).

El Premio de Novela Jaén ha alcanzado un sólido prestigio gracias a una perseverante apuesta por obras que no cedían al conformismo de la actualidad narrativa. La ganadora de esta última edición no es, en apariencia, una excepción en la trayectoria del certamen. Niños, primera novela publicada de Jordi Martín Jurado, es un conjunto de pinceladas narrativas, cercanas al diario pero sin su sometimiento a la periodicidad, con las que vamos conociendo el mundo de un narrador muy peculiar. Peculiar porque el autor ha conseguido crear una voz que, siendo la de un niño por su empleo del léxico y la sintaxis, alcanza por momentos una lúcida penetración de su realidad. Esta circunstancia resulta admisible en el contexto de una ficción que, desde la primera página, se desentiende de las ataduras de la verosimilitud realista. Encontramos así a un protagonista capaz de crear niños con un pequeño esfuerzo de concentración, y de hacerlos desaparecer de forma aún más cómoda y supitaña. Todo esto es excepcional, aunque admisible en un mundo disparatado en el que la fabricación de niños o ideologías está a la orden del día. Este planteamiento ficcional sirve para proyectar, filtradas por el humor y el absurdo, una serie de reflexiones sobre la educación, la familia, el poder de la televisión, la pérdida de las ideologías, etc. Aquí reside, empero, uno de los principales problemas de la novela, ya que a pesar del filtro impuesto por el narrador, todas esas reflexiones implícitas resultan sospechosamente coyunturales y livianas (se incurre en la alegoría, diría Borges). Por otro lado, la novela se desmorona conforme avanza la lectura por la reiteración de anécdotas prácticamente inconexas y, a menudo, faltas de gracia. Al final asalta la certeza de que estamos ante una simple ocurrencia y que para su feliz materialización literaria el cuento hubiera sido un molde más apropiado.

Con Tornados, Jesús Torrecilla, profesor universitario afincado en Estados Unidos, se da a conocer como autor literario. Es la suya la novela más convencional de las cuatro que aquí reseñamos y, por ello, tal vez la menos imperfecta. Sin embargo, y a pesar de que su autor (nacido en 1954) es el mayor de todos ellos, en su libro se percibe como en ninguno de los otros el deseo de apuntarse al carro de cierta modernidad superficial. Su peripecia, que transcurre fundamentalmente en Los Ángeles, reúne el resplandor de Hollywood, la presencia de estrellas del celuloide, de sempiternos fracasados como Ray Novoa (el cazador de tornados que acabará por hacer frente a la desesperación a tiro limpio), junto con el retrato de una América triste y sórdida, enclaustrada en el desencanto y la televisión. Añádase a todo esto unas gotas de Internet (cuya presencia no puede estar más traída por los pelos) y el cóctel de actualidad está listo. La novela está correctamente escrita, y nada más. Falta fuste en los personajes, falta una estructura coherente, pero sobre todo falta una brújula interna que permita esclarecer el sentido del relato. Además, todo está impregnado de un tufillo muy familiar, tan familiar como los telefilmes de sobremesa que comienzan aclarando que la historia está basada en hechos reales.

01/05/1999

 
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