ARTÍCULO

Un reflejo cultivado

Espasa Calpe, Madrid, 1998
 


Al finalizar la lectura de esta novela se tiene la certeza de que Manuel de Lope pretendía escribir una obra lineal y sin ínfulas de profundidad, apta para el consumo general y que pudiera conseguir un premio de los que deben amortizarse con fuertes ventas. Una cuestión distinta es si lo ha conseguido, si a la postre no nos ha dado liebre en lugar de gato. Por un lado, el escritor burgalés escoge unos elementos de aderezo que apuntan a la diana intentada: la previsibilidad y sencillez de la trama, su corte de novela negra con personajes de troquel y ambientes estereotipados, así como su protagonista plano y vulgar, esquemático y sin relieve, el abogado Kauffman. Por otro lado, sin embargo, las tentaciones literarias del estilo ponen en peligro a veces su funcionalidad como tal relato de evasión. Son muchas las páginas en las que encontramos tres o más metáforas –algunas excelentes, propias de la imaginación verbal del autor de Bella en las tinieblas– que desvían la mirada del lector «intentado»; por ejemplo, las antorchas de la fiesta que cierra la obra le sugieren al autor «diminutos cristianos incinerados para iluminar la fiesta de Nerón». De ahí que podamos hablar de una escritura que se pretende ligera y que en el fondo está cargada de cálculo y de elaboración porque el narrador ha querido quizá contentar a todos por la vía de contentarse a sí mismo: aquellos que habían ensalzado las excelencias de su anterior novela y aquellos otros que acabarán leyendo esta nueva, pues la órbita del premio les conduce a ella de forma inexorable.

De Lope construye Las perlas peregrinas alternando con habilidad camerística tres temas principales: la veraniega catarsis matrimonial con su carga de soledad, celos e infidelidades de un anodino y amoral abogado madrileño; la ciega violencia del mundo financiero bajo el foco irreal del verano marbellí y la patética ambición de víctimas y verdugos de espurio perfil. El elemento aglutinador lo constituyen las perlas extraviadas de un misterioso collar histórico, perlas que unen al protagonista, el abogado Kauffman, con varios personajes variopintos: un malogrado joyero, varios llamativos intermediarios, el Gran Duque, el hombre de negocios Garras, los policías Potes y Cangrejo, el argentino Prwzulski, etc. No falta un mayordomo oriental asumiendo su tradicional papel, de hecho el personaje mejor logrado y más hilarante de la novela. A medida que avanza el relato vemos que el humor es el hilo que cose las diferentes costuras: sin él la novela no alcanzaría ese halo de parodia del género negro que muy a menudo el estilo adjetivado y metafórico –como si el narrador estuviera pasando con esfuerzo al lenguaje literario la acción de una película mediocre– desmiente. Entre los golpes de humor que se prodigan con elegancia y puntería en la segunda mitad de la obra, hay unos tramos narrativos algo digresivos en los que el tono desfallece. La acción, es evidente, no interesa al autor, que no se la cree. La acción, para el género en que se mueve, tiene en sus puntos álgidos el lastre de cierta minuciosidad descriptiva que enmaraña la escena, pese a que la sintaxis se esfuerza en ser clara y sugerente en todo momento.

Si el humor textual de De Lope, basado más en juegos de palabras que en imágenes, va ganando brillantez a medida que avanza la narración, no se puede decir lo mismo de la intriga. El prematuro descubrimiento del asesino y el cambio argumental de las perlas de puras joyas a cápsulas de plutonio, no parece ayudar a que el lector devore con omnívoro interés las páginas que restan. Esas dos inconsistencias pueden dejar a más de un lector de premios en la cuneta. Pero es aquí donde se produce la sutil transformación del relato. Es como si tras ocho capítulos de enganche, lidiados con ligeros arabescos y guiños de manual, el autor se decidiera a sacar las botas del excelente vino que guarda en la bodega. Entonces abandona la intriga, hace jirones el guión de la parodia estricta de un thriller y se mete de lleno en la médula de sus personajes. El Gran Duque, del que cabía esperar más como intrigante, acaba siendo un terrorista del golf y un intoxicador de invitados, además de un ser para la muerte, en palabras de Heidegger. Kauffman desvela su ramalazo de benefactor de ninfas y nos regala una de las escenas eróticas más verosímiles y mejor contadas que hemos leído en la reciente literatura española. En este campo la pericia del narrador es destacable, como también lo es a la hora de relatar el tormento inquisitorial de Patas Blancas y el rito purificador de Aquino, el mayordomo de Manila, que acaba con su huida en taparrabos y albornoz con rumbo hacia la isla de Tomelloso en frenética búsqueda de su Dulcinea. Aquino y la Lolita de los patines son los personajes más vivos del relato. Nos resarcen del dudoso sabor de boca de la pareja de policías y de la esposa de Kauffman de vacaciones, pretexto esta última para airear tópicos conyugales poco inspiradores que actúan, quizá paródicamente, como «reales» en el flujo de un relato que se hace más interesante cuanto más profundiza en la irrealidad.

«El mejor amigo del hombre es su propio reflejo», piensa Kauffman en un revelador punto de vista de la novela. Y en esto acaba convirtiéndose el poso de la lectura de Las perlas peregrinas cuando las perlas ya no importan: en el propio reflejo de Manuel de Lope. Un reflejo sólido, si bien comedido esta vez por necesidades del guión: el reflejo genuino y cultivado de un buen narrador.

01/08/1998

 
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