ARTÍCULO

Progromos, revolución y ficción

Candaya, Barcelona
434 pp. 20 €
 

Si en la historia de la novela latinoamericana el tema del exilio en Europa, forzado o voluntario, es profuso y hasta algo repetitivo, lo es mucho menos el del fenómeno complementario: la emigración europea a Latinoamérica. Ya sólo por esto, la novela de Lázaro Covadlo que motiva estas líneas constituye una bienvenida incorporación al panorama literario hispanohablante, sobre todo por ilustrar asuntos cuya presencia literaria es aún más escasa que la propia inmigración, como la diáspora específicamente ruso-judía en Argentina.
Covadlo basa la novela en la historia de su propio abuelo, un ucraniano judío de ideales libertarios que emigra a Argentina a principios del siglo XX, se asienta, mal que bien, en el país, si bien regresará años más tarde a Rusia para integrarse a la causa de la Revolución, tras lo cual su rastro se desvanece. En la novela, narrada por el nieto, el abuelo se llama Baruj Kowenski y ha nacido también en Ucrania, de la que huye no sólo por hambre o por motivos políticos, sino para escapar de los pogromos que asolan su región. Este es un elemento de crucial importancia en su novela y articula buena parte de la narración, a saber, la identidad judía del abuelo y de la mayoría de los personajes. Podría decirse que la novela ratifica hasta cierto punto la controvertida tesis del escritor británico Niall Ferguson sobre el carácter étnico, además de económico, de las guerras que devastaron el continente y el mundo en uno de los siglos más sangrientos de la historia conocida, pues el fervor revolucionario de Kowenski y otros nunca está desligado del recuerdo de los genocidios perpetrados contra su grupo en Europa. El abuelo, sin embargo, va desarrollando a lo largo de la novela un cierto escepticismo con relación a todo fervor ideológico, étnico, revolucionario o de otro tipo, y acaba su vida convertido en un fantasma de la imaginación del narrador, aunque un fantasma judío, de todas formas.
Kowenski llega a Argentina, se amaña una vida con actividades de todo tipo, que incluyen el contrabando o el trabajo del cuero, y después de varias peripecias, entre las que se encuentra un matrimonio con una viuda en una villa de judíos del inmenso campo argentino, acaba enfrentado con una mafia judía debido a una antigua novia de Ucrania que ha sido engañada por proxenetas de la temible y famosa red conocida como Varsovia y llevada a Argentina a trabajar como prostituta. Entretanto, sus ideales revolucionarios se han revivificado y, a pesar de tener una nueva mujer e hijos (entre los cuales, el padre del narrador), a los que apenas ha visto, decide dejarlo todo y volver a Rusia a pelear por la Revolución.
El narrador, nieto de Kowenski y que no ha conocido jamás al abuelo, inicia la novela en el momento del regreso del abuelo a Rusia y explora el pasado de Kowenski a lo largo de dos tercios de la novela, para luego especular sobre su sino una vez llegado a su destino, del que no puede saber nada o casi nada. En realidad, la novela trata tanto de la vida de Kowenski como de la relación del narrador con su abuelo, para lo que desvela pasajes de su propia vida en historias entrelazadas. Además, el narrador se permite varios interludios con historias de otros personajes de la época relacionados o no con el abuelo –algunos de la importancia histórica de Perón o Dzerzhinski– y no escatima reflexiones sobre el destino o el carácter ficticio de la existencia personal o de la historia, ambas, en fin de cuentas, producto de la imaginación.
Este es el principal problema, sin embargo, de esta novela valiosa, pero desigual: intenta demasiado y pierde, por ello, unidad estructural y temática. Otra de sus carencias es la de la perspectiva narrativa. Desde el inicio, el narrador no deja de recordarnos que todo lo que cuenta sobre su abuelo es tan solo imaginación, producto de su creatividad sobre la base de unos cuantos datos, conversaciones o memorias. El tercio final de la novela es incluso más radical, al hacer sobrevivir al abuelo a la guerra civil rusa y convertirlo en agente de los servicios secretos soviéticos, de vuelta en Argentina, y espiando a su antigua familia en la distancia, atrapado para siempre en su falsa identidad. Lo hace aparecerse al narrador en varias ocasiones, ya convertido tan solo en ficción emotiva del mismo, con lo que el foco narrativo pendula de modo incómodo e irreversible de la historia del abuelo a la conciencia nostálgica del nieto. Este recurso no tiene por qué ser un obstáculo en sí, administrado en las dosis adecuadas y como parte orgánica de la historia, pero, al insistir tanto en la ficcionalidad de la narración, el lector pierde identificación emocional con los personajes y la verosimilitud se ve afectada sin remedio. A esta identificación emocional no contribuye tampoco el hecho de que Covadlo haga gala de un conocimiento más bien general de su tema, carente de toda particularidad experiencial. Se ha documentado de modo prolijo, sin duda, pero como mantiene casi siempre una excesiva distancia narrativa, los personajes aparecen algo desencarnados, faltos de presencia sensorial. Los ambientes y paisajes, a su vez, bien no aparecen, bien cumplen una función meramente ornamental, como magros decorados de teatro. Cualquier novela que pretenda tratar una historia de carácter tan épico no puede renunciar a que estos elementos figuren como partes integrales de la trama.
Por alguna razón que desconozco, suele decirse de Covadlo que es un escritor de culto. Me imagino que este es uno de aquellos marbetes con que el mundo literario se adula a sí mismo, pero si lo que quiere insinuarse es que sus obras son de difícil acceso o están destinadas a una élite, el marbete es equivocado. Su estilo es llano, casi periodístico, y hasta incurre demasiado en el cliché y la repetición. De hecho, se habría beneficiado mucho de una más ardua labor editorial. Por último, queda señalar que el título es desconcertante: ni el libro abunda en muchachas salvajes, ni el partido parece ser tan importante, bien vista la historia. En realidad, promete lo que no ofrece, y aunque los títulos pueden ser artilugios lúdicos o simbólicos, en este caso está, a mi parecer, mal escogido.

01/01/2010

 
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