ARTÍCULO

Vida de un naturalista

Península, Barcelona, 248 págs.
Trad. de Antoni Cardona
 

Buffon fue ante todo un naturalista. Su obra en el campo de la historia natural, que en aquel entonces incluía disciplinas como la geología, la paleontología, la etología, la biología y la botánica, no halla muchos competidores dignos en el siglo XVIII . Su Historia Natural es un monumento científico y literario de primer orden que, en el siglo XVIII , fue un auténtico best-seller. También era un hombre muy ambicioso y eso, en principio, puede proporcionar buen material para novelar. Pero por otra parte, en un siglo de philosophes, profesionales de la polémica, entusiastas de la diatriba, Buffon rehuyó los enfrentamientos con sus críticos filósofos o religiosos. Prefería la tranquilidad al heroísmo. Huía de los salones parisinos donde el ingenio filosófico hallaba su lugar natural para lucirse. Le interesaban más los cotilleos de su pueblo de Montbard, contados por su peluquero, que pedantes discusiones de los salones parisinos. Siempre que podía se retiraba a su casa rural y allí se imponía una estricta rutina regida por el trabajo. Y en un momento en que sus colegas naturalistas, suben a las montañas, descienden al fondo de las minas y grutas, exploran las nuevas tierras descubiertas y hacen expediciones científicas a los lugares más inhóspitos, Buffon viajaba osadamente sólo en el tiempo, reconstruyendo la historia del sistema solar y de la Tierra, pero lo hacía encerrado en su estudio de Montbard, en sus jardines y en sus forjas. En este sentido, una novela sobre Buffon podría resultar intimista. Lo más interesante de la vida de Buffon está en sus ideas, en su obra y en las de sus colegas, amigos o enemigos, algunos de los cuales sí tenían una vida interesante. Y a eso se atiene el autor en este libro.

Las confidencias del conde de Buffon, de Martí Domínguez Romero, es la traducción de un texto que en su original catalán ganó varios premios, el Andrómina de novela en 1997 y el Creixells de literatura en 1998, en la Comunidad Valenciana. Esto puede darnos una indicación de su calidad, que no creo discutible. Pero me temo que también puede provocar expectativas en el potencial lector que no estoy seguro de que se vean satisfechas por la lectura. El título tampoco ayuda mucho a hacerse una idea de lo que vamos a leer y a disfrutar. Se nos presenta un supuesto manuscrito, de carácter autobiográfico, de Buffon, descubierto en el Museo Nacional de Historia Natural de París. No digo que no nos informe sobre muchos aspectos de Buffon, incluso personales, pero tengo muchas dudas de que el contenido de estas páginas pueda considerarse confidencias. Las veleidades extramatrimoniales de Buffon y su sentido práctico al hacer de su lozana amante una eficaz ama de llaves, así como su ateísmo eran, ya en su momento, secretos a voces. En realidad en el libro apenas encontramos nada que no pueda hallarse bien documentado. Lo que sorprende y admira es más su fidelidad a la documentación disponible, que su creación o elaboración del personaje o de la época. Eso no quiere decir que no haya páginas literariamente muy logradas. La descripción de la sobremesa en la que Buffon, su esposa Marie Françoise y el libertino padre Ignace –que suelta los tacos salmodiándolos en gregoriano– comentan los chismes de aquel «gallinero de sabios» que es la corte de Federico II de Prusia, con la muerte por empacho de La Mettrie; la venganza de Voltaire tras una disputa con Federico II; su cruel crítica a su antiguo amigo Maupertuis, entre alusiones al arte amatorio de los caracoles y los sapos, constituye sin duda un buen ejemplo. Y ese final ponderado entre la rendición al ingenio de Voltaire, que hace que se le perdone casi todo, y el reconocimiento de la mayor entidad científica de Maupertuis que, no obstante, el público jamás preferirá, es realmente ilustrado. Pero el interés de Domínguez, que no su debilidad, por las ideas frecuentemente vence al literato que hay en él. A menudo son las teorías, las hipótesis, las que constituyen la sustancia de su texto, las que protagonizan su relato que es más intelectual que existencial, más divulgativo que confidencial. Eso no resta el menor interés a la lectura. Ni que decir tiene que una presentación de algunas ideas y creencias, sobre los más distintos aspectos de la naturaleza, de un momento en que el ingenio alcanzó cotas difícilmente superables, puede resultar y resulta apasionante. Pero eso hace que la admiración de Domínguez por el personaje y su mundo a menudo se traduzca tanto o incluso más en la reproducción que en la recreación. Quizás en esto podamos reconocer al científico que es el autor. Su pasión por la veracidad y la fidelidad le lleva a utilizar con gran frecuencia el recurso a la cita literal entrecomillada de un modo que más se parece a la divulgación que a la novela histórica. Pero nadie se lamentará de que Domínguez-Buffon, al comentar su historia natural del hombre y los textos que ha tenido que leer, nos comente algunos de los seres fantásticos que todavía poblaban la antropología del momento, como esos hombres de una sola pierna y, sin embargo velocísimos, descritos por Claudio Eliano, «llamados esciópodos (del griego skia, sombra, y podos, pie) porque cuando hace mucho sol se echan al suelo y se dan sombra con su gran pie» y otras historias similares.

Pero, más aún que las ideas, lo que domina el libro es el riquísimo anecdotario del XVIII francés. El autor no nos instala en París, como Pauline Gedge nos hace vivir en el antiguo Egipto, Steven Saylor en la Roma de Cicerón, Dmitri Merezhkovski en la Florencia de Leonardo, o Patrick O'Brian en el mundo naval de las guerras napoleónicas. En la mayor parte de ocasiones no nos sitúa en un espacio físico concreto. Apenas hay referencia alguna al contexto social o histórico. Es el espacio cultural el que se nos dibuja con la técnica del impresionista. El lector puede ir componiendo este ambiente a través de las innumerables anécdotas que se producen entre aquellos personajes formidables que se reunían en los salones de París y que polemizaban incansablemente con la más aguda ironía o el sarcasmo más sangrante. El libro se lee con gran placer que aumenta a medida que avanza la lectura y van desfilando los grandes protagonistas de la ciencia y la llustración francesa vistos por Buffon. Reaumur, ese teólogo de las moscas; Maupertuis, el «achatador de la Tierra»; el gran y pobre Rousseau; Diderot, el materialista más próximo a Buffon; La Condamine, el políglota explorador del Amazonas; La Mettrie, posiblemente el único ateo de entre todos ellos que también muere como tal; Franklin, y su pararrayos; Linneo, el auténtico Adán y el gran adversario científico de Buffon; Helvetius, silenciado por sus perseguidores religiosos; De Brosses, un ingenio poco conocido; madame de Goffrin, una madame de la cultura; madame du Chatelet, la newtoniana que alimentaba científicamente a Voltaire; y Voltaire, sobre todo el propio Voltaire, siempre presente y temido azote de unos y otros que, además, se enfrentan incansablemente entre sí. También hay presencias de fondo ominosas: la Sorbona, cuna del fanatismo, y el poder religioso en general, el gran censor que propicia ejecuciones ejemplares como la de La Barre. Y en aquel mundo ilustrado, el brutal descuartizamiento, tras todo un día de tortura ante un numeroso público, de Robert Damiens que había atentado contra Luis XV. El desarrollo intelectual de Buffon, su historia del universo, sus ideas sobre la transformación de las especies, sirven de excusa para la aparición puntual de aquellos formidables personajes que aparecen quintaesenciados en algunas de sus tesis o afirmaciones más significativas. Lo cierto es que no deseamos seguir la lectura captados por la intensidad dramática del relato, o atrapados por el desarrollo de la trama, sino simplemente porque tenemos la certeza de que se nos contarán más ocurrencias y anécdotas, se nos citarán epigramas y frases ingeniosas de alguno de los numerosos personajes que eran profesionales de la ocurrencia chispeante. Puede haber dudas de que el libro pueda considerarse una novela histórica, pero en todo caso es un libro que se lee con placer. El lector decidirá dónde poner el acento.

01/12/2000

 
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