ARTÍCULO

Un liberalismo sui generis

St. Martin's Press / St. Antony's College, Londres, 1997
 

Ralf Dahrendorf es una de las figuras públicas más reflexivas de nuestro tiempo. Este prestigioso sociólogo alemán fue miembro del primer gobierno de Willy Brandt y más tarde comisario europeo, antes de convertirse en director de la London School of Economics and Political Science (1974-1984) y luego en director del St. Antony's College de Oxford (1987-1997). Ahora ha regresado a Londres, donde dedica gran parte de su tiempo a su cargo en la Cámara de los Lores.

Esta recopilación de ensayos, procedentes de notables conferencias académicas y discursos públicos pronunciados en la década de 1990, no es fácil de caracterizar. La mejor descripción es quizá la que hace el propio lord Dahrendorf en su breve prefacio: «De alguna manera, este libro caerá donde debe: entre esto y aquello. No es una obra de ciencia social ni de política, sino ambas cosas. No es un trabajo erudito ni un folleto popular, sino ambas cosas. Es además el libro de un inglés germano, de un intelectual activo que ha ido a caballo de las fronteras de todos los mundos en que ha tenido la suerte de ser bien venido». El título After 1989 surge de la creencia de Dahrendorf de que 1945 y 1989 han sido los dos años más importantes del período que abarca su vida. El primero de ellos trajo la victoria sobre el nazismo (y la liberación del autor de un campo de la Gestapo). El último señaló el colapso del comunismo y la extensión de los frutos de la victoria liberal-democrática de 1945 a los países de Europa central y oriental.

El primero de los ensayos, «¿Tienen que fracasar las revoluciones?», es una breve y elegante crítica del utopismo revolucionario, incluido el utopismo revolucionario democrático, y una defensa de la tradición angloamericana de las «revoluciones reluctantes» (1688 y 1776), opuesta a la utópica revolución francesa de 1789. Este capítulo establece el tono de todo el libro y esboza el «liberalismo sui generis» de Dahrendorf: abierto al cambio pero respetuoso con la tradición; favorable a la elección individual pero contrario al individualismo sin freno; firme defensor de los mercados libres y la propiedad privada, pero opuesto a la destrucción del «tercer sector», que él considera indispensable para la fortaleza de la sociedad civil.

Los doctrinarios de diversas especies verán sin duda en esto un vano intento de cuadratura del círculo. Y éste es el tema, en efecto, de otro ensayo del volumen, «Prosperidad, civilidad y libertad: ¿Podemos cuadrar el círculo?». Su argumento principal (que también sostenía el trabajo de la comisión sobre creación de riqueza y cohesión social, que Dahrendorf dirige en la Cámara de los Lores) es que «la clave para cuadrar el círculo es fortalecer, y en parte reconstruir, la sociedad civil» (pág. 77). Por sociedad civil entiende Dahrendorf «la textura de nuestra vida con otros, que no necesita que los gobiernos la mantengan, porque es creada por iniciativas de origen popular». Su rasgo central es la asociación, que proporciona el necesario elemento de cohesión. El mercado (en el ámbito económico) y el público (en el ámbito político) son los espacios donde interactúan las asociaciones de la sociedad civil. Las sociedades civiles proveen las estructuras profundas o, como Dahrendorf las llama, las ligaduras donde se ancla la constitución de la libertad. Edmund Burke lo dijo bien, añade Dahrendorf, cuando habló de «el contrato originario de la sociedad eterna».

En el capítulo «Por qué importa la excelencia», Dahrendorf desarrolla su «liberalismo sui generis» en una dirección especialmente impopular entre los intelectuales liberales de hoy en día: la crítica del igualitarismo y el relativismo. Aquí Dahrendorf describe una «concepción extraviada de la democracia»:

«Se piensa que los valores "emergen" de algún modo cuando liberamos a las personas de restricciones, les animamos a ser mejores y les congregamos para el discurso y la comunicación. Entonces, de algún modo, surgen la verdad, la bondad y la belleza, como brotan los géiseres del suelo de Islandia. Esto es Habermas (aunque en caricatura) y antes que él, Rousseau. Pero es un error... El adoptar una actitud "por qué no" ante todo lo que la gente haga, diga o desee es un paso hacia la anomia, hacia la ausencia de reglas. Y la anomia, como la entropía, es en último término la muerte» (pág. 65).

Preocupaciones similares se plantean en «La responsabilidad pública de los intelectuales. Contra el nuevo miedo a la Ilustración». Este capítulo comienza con una discusión sobre Karl Popper, un «gran científico público» que pertenece a «esa pequeña banda cuyo fundador y patrón en este siglo fue Albert Einstein» (pág. 113). Dahrendorf lamenta la desaparición de este tipo de científico público, con su inquebrantable compromiso en la búsqueda de la verdad y su sentido de la responsabilidad hacia la sociedad en su conjunto. Las comunidades científicas son hoy, cada vez más, rehenes de una especie de sindicalismo en la ciencia. «De vez en cuando se atribuye a alguien la invención de un nuevo "paradigma", lo que le eleva algunos puntos en el índice de citas y le promociona, pero esto sucede sin que se entere nadie fuera del círculo mágico» (pág. 114).

Al principio de este capítulo, Dahrendorf apunta que en él se refleja la postura de «un intelectual que todavía quiere persuadir a los otros del "carácter único de la verdad" sin confiar en el primero que pretenda estar en posesión de ella» (pág. 112). Esta anticuada concepción liberal reaparece al final, cuando Dahrendorf evoca un sermón de 1992, pronunciado en la capilla del King's College de Cambridge, por un «agnóstico judío nacido en Praga», el filósofo y antropólogo Ernest Gellner. En este sermón, titulado «El carácter único de la verdad», Gellner hablaba de tres grupos ideológicos contendientes en la actualidad: los relativistas, los fundamentalistas, y un tercer grupo (donde el propio Gellner se situaba) que él denominaba puritanos de la Ilustración. Gellner compartía con los relativistas la concepción de que la tolerancia es importante, pero como puritano de la Ilustración, despreciaba el prejuicio relativista según el cual todas las aproximaciones a la verdad son igualmente válidas. «Nuestro mundo es plural, en efecto, pero se basa en el carácter único de la verdad», afirmaba Gellner. Y aquí reconocía que los fundamentalistas tienen razón en un asunto primordial: la verdad sí que importa. Ralf Dahrendorf está de acuerdo con Ernest Gellner y añade: «Hablar del carácter único de la verdad es otro modo de decir que hay principios universales no sólo en el conocimiento sino también en la moralidad. No obstante, nunca podemos estar seguros de haberlos encontrado. Por consiguiente, debemos cuidarnos tanto del dogmatismo fundamental como del libertinaje del relativista» (pág. 122).

En cuanto a Europa, foco de la parte final del libro, Dahrendorf también sostiene opiniones singulares. No es en absoluto un «euroescéptico», pues mantiene que Europa importa y que Gran Bretaña debe ser parte de ella. Pero al mismo tiempo es un «europeo escéptico» que piensa que los complejos planes para la unión monetaria «tienen dos serias debilidades: son irrelevantes y tienden a dividir» (pág. 165). Son irrelevantes porque la unión monetaria no afronta los problemas cruciales del desempleo y los obstáculos del lado de la oferta a la competitividad. Más grave aún parece el problema de la división, que nos devuelve al tema principal del libro: después de 1989. En este punto Dahrendorf es muy crítico con la conducta de la Unión Europea:

«La decepción clave es la respuesta que nosotros, los afortunados europeos, damos a las necesidades de aquellos para quienes no sólo la idea de Europa central, sino de Europa, debe hacerse realidad ahora... Europa occidental ha traicionado sus principios y promesas cuando, en vez de tender la mano a Europa central, se ha ensimismado en la llamada "profundización" à la Maastrich, e incluso ha permitido que la protección de ridículos intereses creados [...] prevaleciera sobre los imperativos políticos. Al menos institucionalmente, la Unión Europea ha dejado en la estacada a Europa, un continente necesitado de cooperación e integración» (pág. 162).

«¿A dónde nos lleva todo esto?», pregunta Dahrendorf al final de uno de sus capítulos, y el lector puede muy bien preguntar lo mismo. Su respuesta, que él teme que defraude a sus lectores, es que «los intelectuales tienen una responsabilidad pública». Pero quizá esta conclusión sea menos decepcionante de lo que parece a primera vista. Porque revela la sabiduría de este gentleman británico, alemán de nacimiento, cuyo sentido del equilibrio y la moderación se expresa perfectamente en la famosa frase de Edmund Burke que Dahrendorf citaba en la conclusión de su libro de 1990, Reflections on the Revolution in Europe: «Tengo poco que alegar en favor de mis opiniones, salvo la prolongada observación y mucha imparcialidad. Vienen de alguien que [...] cuando el contrapeso del barco en que navega se ve amenazado por la sobrecarga en un lado, está deseoso de llevar el pequeño peso de sus razones a fin de que pueda preservar su equilibrio».

Quizá esto suene poco alentador para quienes intentan construir nuevas democracias sobre las ruinas que el totalitarismo comunista ha dejado en Europa central y oriental, y que ahora pueden sentirse tentados por toda clase de doctrinas totales. Pero en la tradición angloamericana de la libertad bajo la ley, esa amplia tradición con la que se identifica Ralf Dahrendorf, el equilibrio y la moderación siempre han importado más que ninguna doctrina total.

Traducción de Guillermo Solana

01/05/1999

 
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