ARTÍCULO

El ironista catalán

Destino, Barcelona
Trad. de Jorge Rodríguez Hidalgo
1.846 pp. 46 €
 

El idioma catalán (el cual, dicho sea de paso, al contrario de lo que se insiste por doquier allende el Ebro, goza de una pésima salud a pesar de su nutritivo apoyo institucional) ha sido un peculiar instrumento para la prosa, muy diferente en sus registros que el castellano. Digo «ha sido», pues en mis treinta y tantos años de catalanófono aprendiz he visto cómo su riqueza de matices y sus recursos encogían, a golpe de correctores de estilo, con harta frecuencia gentes de raíz ex frailuna y dispuestos a imponer una exigente moralidad lingüística. Pero no todo ha sido culpa de los censores sintácticos y lexicográficos, pues más importante ha sido el efecto traumático de la burocratización idiomática, fruto del ascenso del país al rango de «autonomía», esto es, trozo de Estado, con la consiguiente eclosión de funcionarios, en todos los tamaños y de los colores más camaleónicos.
Durante aproximadamente un siglo y medio, el sentir de la catalanidad –intra o extraespañola, era igual– se manifestaba en el orgullo de ser trabajador esforzado y emprendedor, ajeno por completo al embrujo soñoliento de los despachos de la función pública, fascinación identificada en la imaginación colectiva hispana con «Madrí». Los funcionarios, ya se sabe, toman muchos y largos cafés, no dan golpe, y si alguien osa quejarse, se le recomienda que vuelva al día siguiente o, mejor, al otro (ya lo remarcó famosamente el tan madrileño Larra, en los albores del liberalismo). Esta circunstancia de laboriosidad catalana y gandulería madrileña ya no es así. Cataluña, mal que bien, posee un «algo» institucional que, si no es plenamente «Estado», es como mínimo administración propia, y su idioma oficial se ha hecho tan leguleyo en sus giros y tan propenso al canon como el mismísimo «español». Pero, como les digo, durante el grueso del siglo pasado las cosas no fueron así. Y por ello Josep Pla (1897-1981) –ensayista y periodista– queda hoy en día iconizado, a pesar de muchas opiniones catalanistas en su contra. Me explicaré.
El genio de la lengua catalana, como antiguamente se decían estas cosas, su viveza como medio de expresión hablado y escrito en prosa, ha sido su propensión extraordinaria al sarcasmo. El gusto por la befa irónica surge de cada símil o metáfora. No se caracteriza necesariamente esta pulsión mordaz por requerir un oído fino para captar la sutileza despectiva. De hecho, el humor catalán decimonónico podía ser de trazo bien grueso, lleno de excrementos, pedos y genitales expuestos al escarnio: piensen en ese triste remanente, del todo domesticado, que es el caganer de los belenes navideños. Por supuesto, no todo en la literatura catalana ha sido xaró o «vulgar». Muy al contrario, el idioma puede dar de sí registros aptos para otros fines más elevados, líricos o jocfloralencs. Asimismo, la lengua goza de una aguda precisión descriptiva, que la predispone a redondear cualquier tipo de narración, sea creativa o analítica: comparen, si no, la diferencia entre ser «leído» y ser lletraferit.
Pero de su fondo popular emana una llaneza dura, una franqueza igualitaria, que no perdona las pretensiones de nadie, sin excepciones. Según el tópico catalán, ello es lo que suele llamarse el espíritu rebentaire, dispuesto, en efecto, a reventar con brutalidad cualquier ingenuo intento de fer volar coloms, lanzando perdigonadas como escupitajos a cualquier tentativa de echar ideales al vuelo: si un colombófilo debidamente asociado echa sus palomas a dar vueltas por el aire, cualquier catalán urbano replicará aún hoy que juega con sucias «ratas volantes». Tal dureza expresiva hace del catalán un auténtico útil diseccionador, perfecto para narrar la inherente tontería del ser humano en sociedad y, muy especialmente, la estulticia política. Hoy, la abusiva ideologización de la comunicación y su estrechez han matado buena parte de esta pulsión, muy específica y característica, y con un tono inmediatamente distinguible de la –digamos– intrínseca «mala baba» de los restantes hombres y tierras de España.
¿Por qué esta capacidad sarcástica catalana va de lleno hacia lo que hoy ya damos por supuesto como «el surrealismo»? De ahí que los ampurdaneses hayan sido tradicionalmente apreciados por su toque especial. No era mera boutade cuando Dalí insistía que el catalán era «racialmente» su­rrea­lis­ta o, a la inversa, que el «arte catalán racial» era el surrealismo. El pintor de Cadaqués hablaba del todo en serio, confiado en que nadie en Madrid lo entendería, y más: que todos en Barcelona disimularían, pues esta crudeza del catalán idiomático contrastaba con las presunciones formales del Noucentisme dorsiano, así como el gusto por la decencia homologada a la «post-Spiesser-Ideologie», el provincianismo desarrollista europeo de mediados del si­glo xx con el cual se identificó tan intensamente el pujolismo. La gracia como escritor de Pla –nacido, como se sabe, en el Ampurdán– fue ser el último avatar del espíritu burlón del catalán, incluso cuando escribía en castellano. Su estilo es eso, como su apellido, plano, al menos en apariencia, pero siempre con el giro que da el genio de la lengua, que se vuelve, cual cola de escorpión y pica, una y otra vez. Resulta que sorna con gusto no duele.

El corresponsal catalán en Madrid

En cierto sentido, Pla fue un catalán profesional, ejercicio excepcionalmente duro en su caso, ya que intentó serlo con sus vecinos y conciudadanos y no sólo «en el extranjero», en el París de la Francia o en los Madriles. No duda en ejercer de catalán peripatético (ya se sabe: se vaya donde se vaya, siempre un catalán hallará a otro, aunque sea en el lugar más remoto). Así, buena parte de su extensísima obra (cuarenta y siete tomos en su Obra completa reconocida) son evocaciones ensayísticas, pero detenidas, de lugares o de viajes (es decir, atravesar lugares, con cierta prisa, pero con el ojo puesto para el detalle relevante y el oído listo para captar la conversación esclarecedora). En resumen, además de catalán profesional, también periodista, reportero de oficio.
Ir de catalán profesional le otorga a Pla como autor la aparencia de la ingenuidad, de ser un poquitín simplón y, por tanto, hacer preguntas vagamente socráticas a quien se encuentra por el camino, además de hacérselas a sí mismo, como guiño al lector. Hay un malicioso estilo catalán de conversación que dicta no decir lo que se piensa, sino aquello que hará al interlocutor destaparse, decir él lo que piensa, por creerse inmune al ataque; bien hecho, lo mejor es que el interfecto ni se entera del aguijón.
Así lo hizo Pla en Italia, en 1922, como corresponsal del ascenso del fascismo mussoliniano, con vivos reportajes para La Publicitat que más o menos consagraron su reputación (como en ABC, las crónicas equivalentes, mucho más líricas, forjaron el renombre de Sánchez Mazas). Entonces, tras el golpe primorriverista en 1923, Pla hizo equipo en Berlín y París con el ingenioso Eugeni Xammar y hasta se acercó al Moscú bolchevique (aunque lenguas viperinas quisieron insistir en que se lo inventó todo, actitud creativa que también se ha atribuido a Xammar). Pero Pla se cansó de correr con Macià en el exilio parisino y se acercó de nuevo al otro Don Francesc, a Cambó. De pronto, en 1928, reapareció en Barcelona como biógrafo oficial del líder catalanista conservador, repartiendo rechufla catalana a siniestro y otra vez a siniestro, lo que, muy lógicamente, enfadó a las izquierdas barcelonesas de entonces, que lo tildaron de traidor. En la práctica, nunca lo perdonaron. Por ello, Pla se encontró más cómodo en Madrid, de donde relató la llegada de la República, de modo algo comparable a los comentarios de Julio Camba, en su Haciendo República. Pero la ironía de Pla ha sobrevivido, mientras que las bromillas hispanogalaicas de Camba (¿quién soporta hoy La rana viajera?) se han quedado en tan poca cosa como los atrevimientos de los Jardiel Poncela, Mihura y demás graciosos bien situados en el mercado madrileño y/o «nacional». Tanta «ramononería» pseudosurrealista se ha evaporado –a pesar de su ventajoso uso de los recursos del castellano– frente al surrealismo más auténtico, sea el oficial francés, fiel a la doctrina bretoniana, o catalán, con su perenne irreverencia rupturista.
Valentí Puig, en su útil prólogo a La Segunda República española de Pla, en versión castellana del editor del volumen, Xavier Pericay, enfatiza, con razón, la comparación obligada de don Josep con su competencia o contexto, los periodistas análogos de la coyuntura republicana en Madrid. Es una percepción ya señalada por el propio Pericay en su anterior recopilacion, igualmente voluminosa, Cuatro historias de la República, publicada también por Destino en 2003. En esta suerte de antología de libros enteros, Pericay reunió Madrid, el advenimiento de la República, de Pla; Los enemigos de la República, del malogrado Manuel Chaves Nogales; Haciendo República, del ya citado Camba, y, para acabar, La República sin republicanos. Comentarios libres, de «Gaziel» (Agustí Calvet, durante los años republicanos director de La Vanguardia y uno de los escasos personajes de la producción catalana que, igual que Pla, se movía entre el periodismo, con todos sus costes cotidianos, y la producción de ensayos de mayor ambición y enjundia)Xavier Pericay (ed.), Cuatro historias de la República [Josep Pla, Madrid, el advenimiento de la República; Manuel Chaves Nogales, Los enemigos de la República; Julio Camba, Haciendo República; Gaziel, La República sin republicanos. Comentarios libres], Barcelona, Destino, 2003.. Por si fuera poco, Pericay parece decidido a trasladar al castellano la obra de Pla, ya que no hace mucho tiempo realizó una traducción de diversos Dietarios planianos, que asume la versión de El cuaderno gris realizada en su día (pero también reeditada) para Destino por Dionisio Ridruejo y su mujer Gloria RosJosep Pla, El cuaderno gris: un dietario, trad. de Dionisio Ridruejo y Gloria de Ros,Barcelona, Destino, 2002; Josep Pla [Arcadi Espada y Xavier Pericay, eds.], Dietarios (I). El cuaderno gris/Notas dispersas y Dietarios (II). Notas para Sílvia/Notas del crepúsculo, trad. de Dionisio Ridruejo y Gloria de Ros (El cuaderno gris) y Xavier Pericay,Madrid, Espasa Calpe, 2001-2002..
En efecto, Pla escribía crónicas más o menos parlamentarias para el diario barcelonés de la Lliga, La Veu de Catalunya, pero, como cualquier escribidor que se precie, con fechas topes de entrega, hizo todos los corta-y-pega y aprovechamientos que pudo para vender versiones, traducidas al castellano, de sus piezas más atractivas (porque tenía un trozo que sobraba en La Veu, pongamos por caso) en otros diarios «de provincias». Competía, en consecuencia, con los demás reporteros o cronistas parlamentarios del momento, en especial, visto retrospectivamente, con aquellos que recogían el relato diario para convertirlo en hipertexto de referencia, como el oficioso Arturo Mori, con sus trece volúmenes de Crónica de las Cortes constituyentes de la Segunda República española, publicados por Aguilar durante 1932-1933Arturo Mori, Crónica de las Cortes constituyentes de la Segunda República española, Madrid, M. Aguilar, 1932-1933, 13 vols.. Era un tipo de colección que abundó en la oferta editorial decimonónica y, después, en el cambio de siglo, que algunos autores pudieron rea­li­zar con cierto éxito, como «Azorín» (quien, por cierto, aunque alicantino de Monóvar, gustaba de mostrar lo bien que entendía el catalán)Azorín, Parlamentarismo español, 1904-1916, Madrid, Calleja, 1916.. Puede que el mejor ejemplo de la fusión literario-periodística de la crónica parlamentaria fuera el gallego Wenceslao Fernández Flórez, con sus Acotaciones de un oyente. Segunda serie, Cortes constituyentes (1931), autoimitación de unas series que ya había realizado unos años antes, en el declinar del parlamentarismo de la Monarquía Wenceslao Fernández Flórez, Acotaciones de un oyente. Segunda serie, Cortes constituyentes, Madrid, Renacimiento, cop. 1931; Wenceslao Fernández Flórez, Acotaciones de un oyente: recopilación seleccionada de las crónicas publicadas con este mismo título en ABC, comprende los períodos parlamentarios de octubre de 1916 a octubre de 1918. Primera serie, Madrid, Librería de la Viuda de Pueyo, 1918 (2.ª ed.).. Además, por supuesto, pululaban «en los papeles» los columnistas tipo Camba o ese repu­tado «maestro de periodistas», el reptiliano César González-Ruano, que ha­cían comentarios más generales sobre temas de interés, y no la dura narración diaria de los eventos políticos de la jornada capitalina, las sesiones parlamentarias y las declaraciones ministeriales.

El ironista catalán

Al contemplar los eventos madrileños, Pla aportaba una cierta frescura de mirada, en ambos sentidos de la palabra. Ello se halla del todo presente en su relato del 14 de abril en la capital del Estado, refundido de sus apuntes y crónicas, y publicado en 1933. El «punto de vista catalán» (en la medida en que exista tal cosificación) hace que se observe a Madrid como una ciudad extranjera, en la cual el catalán es por definición un forastero, siempre a punto de meter la pata, de decir «Bon día» y de ser objeto de inquisiciones espontáneas («Usted es de Barcelona, ¿verdad?») o sentencias no buscadas («¡Qué acento catalán más horroroso!»). Pero Pla le dio la vuelta a eso de «Ustedes los catalanes...». Cuando tocaba, escribió el castellano como salía, con toda la mala intención. ¿Por qué los modismos catalanes no iban a ser tan válidos como los americanismos? Si los madrileños no lo captaban, era su problema, su provincianismo. Retrató la política madrileña igual que lo había hecho en otras partes igualmente lejanas, durante sus años como corresponsal en Roma, París u otras ciudades eu­ropeas. Había idiosincrasias locales a explicar y Pla las explicaba. Ello produce un efecto de distorsión chocante para el lector español habitual, efecto que no llega –pero se acerca– al contemporáneo espejo valleinclanesco (otro que incorporaba descaradamente galleguismos en su castellano para mejor obtener un impacto literario). Este posicionamiento catalán de Pla era especialmente efectista en la etapa de 1931-1936, ocasión en la cual los provincianos tomaron al asalto la política al uso. Reírse del diputado recién llegado de las profundidades de la provincia profunda a los pasillos del poder ha sido un pasatiempo satírico desde los tiempos de la Asamblea Nacional en 1789, al iniciarse la Revolución Francesa, pero el recurso siempre funciona y provoca la sonrisa, aún hoy. Pues Pla se situó en una perspectiva especial, barcelonesa, con el especial complejo de superioridad catalán (que también puede ser a la inversa), para discurrir sobre la evolución de la vida parlamentaria y política de la Segunda República, con todas sus intrigas y, en general, con las absurdidades que marcan el quehacer político si se estudia atentamente, sin ser tomado en serio.
Como ya hemos señalado, Pla fue un catalán profesional, incluso en Barcelona. Pero hubo un precio a pagar. Un coste fue su escasa resonancia en la literatura española, ya que se situó mayoritariamente en la literatura catalana; sin embargo, en casa, estaba visto como un bicho raro, que no sintonizaba con las verdades archiconocidas de la «sociedad de familias» y del catalanismo. Por ello, precisamente, no se casó con una noia com cal y se rejuntó con una noruega (esta compañera, luego rechazada, se vengó a gusto muchísimos años después con una biografía de Pla, cuando el feminismo había triunfado y la misoginia ya no estaba de moda)Véase Cristina Badosa, Josep Pla, el difícil equilibri entre literatura i política, 1927-1939, Barcelona, Curial, 1994; esta autora editó posteriormente una síntesis: Cristina Badosa, Josep Pla: biografia del solitari, Barcelona, Edicions 62, 1996; existe una versión en castellano: Cristina Badosa, Josep Pla: Biografía del solitario, Madrid, Alfaguara, 1997.. Si las izquierdas catalanistas no iban a perdonarle su «traición» camboniana de 1927-1931, menos iban a reírle su mordacidad con los desaciertos abundantes de la Esquerra Republicana en el poder con Macià a partir de abril de 1931, o su causticidad con la revolución de opereta que lideró Companys en 1934. Llegada la hecatombe del verano de 1936, Pla cruzó definitivamente la línea de lo permitido con su fidelidad a Cambó, sobre todo cuando al jefe lligaire, en octubre, ya le resultó imposible posponer durante más tiempo su definición pública, y se adhirió, con todas las consecuencias, a la «causa nacional». Así, Pla se pasó el resto de su vida dentro del ámbito franquista, encerrado en el «círculo mágico» del régimen, pero sin ser franquista, ni propiamente parte del régimen. Como tantos otros. Los perdedores, quienes se quedaron fuera del círculo, no te­nían por qué ser indulgentes; algo les tenía que quedar. Y, para las nuevas generaciones catalanistas, surgidas con la «nueva izquierda» de los años sesenta, Pla era el perfecto objeto de rechazo ideológico.
En este sentido, son muy útiles, como contrapunto a la relectura de Pla sobre la alta política de los tiempos republicanos (o sus altibajos), las recién publicadas memorias del periodista barcelonés Carles Sentís (1911)Carlos Sentís, Memòries d’un espectador, Barcelona, La Campana, 2006.. Mucho más joven que Pla, Sentís fue, sin embargo, su colega en más de un sentido, como reportero y también en su trayectoria política, con opciones análogas en la Guerra Civil y problemas parecidos en las décadas posteriores. Pero Sentís ha sido más longevo aún que Pla, lo que le ha permitido una actuación destacada en la «Transición» y el privilegio que se deriva de ser un nonagenario con la cabeza clara. Además, al revés de Pla, aunque fuera corresponsal extranjero y escribiera sobre muchos temas foráneos, y aunque se autocaracteriza de «espectador», Sentís se ha contentado con ser un articulista catalán más, en diarios, radio o libros, y no un ensayista al margen del periodismo, con auténtica vocación de literato. Observa, pero no ironiza, si no es imprescindible; es decir, utiliza la ironía como recurso, pero no como método, a la manera de Pla.

Un libro invisible

Esta misma exigencia, el deseo de ser «hombre de letras» y no un publicista más o menos enterado, condicionó toda la relación de Pla con su producción más –digamos– historiográfica (él no lo hubiera dicho así, sin duda). El periodista acepta la errata o el desliz como algo normal de su labor, mientras que el escritor profesional con sentido de estilo no puede tolerarlo. Así, Pla quiere siempre corregir, hasta el punto de desear suprimir obras enteras del conjunto recopilado de su obra. Así, La Segunda República española de Pla reemplaza a un libro borrado del canon planiano por el propio don Josep.
Pla redactó numerosas obras de historia de la España y/o Cataluña contemporáneas, algunas firmadas, otras sin firma y todavía alguna más por encargo, aparecido bajo autoría ajena. A la biografía de Cambó, en tres volúmenes (1928, 1929, 1930), subtitulados Materials per a la història, añadió en 1931 una versión sintética, titulada Vint-i-cinc anys de política catalanista: ­l’obra d’en Cambó.Josep Pla, Vint-i-cinc anys de política catalanista: l’obra d’en Cambó, Barcelona, Tipografia Emporium, 1931. Con tales antecedentes, se asegura que suya fue la historia oficial (no firmada) de la Lliga, Història de una política, obra aparecida en 1933Història d’una política. Actuacions i documents de la Lliga Regionalista: 1901-1933, Barcelona, Lliga Catalana, 1933.. Durante su exilio en tiempos de la Guerra Civil, redactó Spagna: grandezza e destino di un impero para Antonio Logothete, libro publicado por éste con éxito (dos ediciones) en Roma en 1939Antonio Logothete, Spagna: grandezza e destino di un impero, Roma [Nuova Grafiche: se entiende que fue edición del «autor»], 1939; 2.ª ed., 1940.. Al final de la contienda, y «liberada» Barcelona, a lo largo de 1940-1941 publicó una voluminosa Historia de la Segunda República, en cuatro gruesos volúmenes, en la casa Destino, entonces la editorial del falangismo oficialista (como indicaba su nombre, pues recordarán «la unidad de destino en lo universal»). Corre el malicioso rumor –que no me he molestado en verificar– que Pla, al haber perdido los originales (o al menos algunos de ellos) de sus crónicas diarias de La Veu, se dedicó a visitar hemerotecas y arrancar las hojas pertinentes, hasta poder compilar su narración y entonces traducirla. Sin duda, era capaz de eso y mucho más. Como de no hacerlo.
En todo caso, Pla no quedó contento con ninguna de estas obras historiográficas y, ante su reedición, bien sufrió amnesia y suprimió el libro directamente de sus obras completas, bien se enfrascó, incansable, en su reelaboración. Así, no reeditó Historia de la Segunda República, que por ello se cotiza en elevadas sumas en los libreros anticuarios. Accedió a publicar tres series de Cròniques parlamentàries –1929-1932, 1933-1934, 1934-1936–, más o menos del mismo modo que publicó las series de minibiografías, sus famosos Homenots (otro ejemplo de su humor catalán, ya que esta voz es palabra de mala definición, y en realidad no pasa de ser el antónimo de homenet, hombrecillo)Josep Pla, Cròniques parlamentàries (1929-1932), Barcelona, Destino, 1982; Josep Pla, Cròniques parlamentàries (1933-1934), Barcelona, Destino, 1982; Josep Pla, Cròniques parlamentàries (1934-1936), Barcelona, Destino, 1983; Destino ha reeditado las dos últimas series en 2005.. Ya se sabe, ante la compilación de las obras propias suele haber dos posturas por parte de un autor: o se asume con resignación historicista la trayectoria propia, y se dejan los textos como estuvieron en su día; o se retoca y reescribe indefinidamente, para hacer las últimas correcciones momentos antes de meter un pie en el ataúd. Don Josep padecía un acuciante sentido de su oeuvre como conjunto, y por ello nunca la pudo dejar tranquila, ahora con preocupación por censurar esto, borrar aquello y corregir lo de más allá. En parte, esta inquietud de Pla fue una respuesta al ninguneo que, como castigo, le impuso el catalanismo; un instrumento –utilicemos la expresión, en alusión a otro de­sarrelat, propia del canónico Antoni Rovira i Virgili, «una conspiració de silenci»– que el afectado debe sufrir de buena gana si quiere que algún día se le perdonen sus pecados contra la patria. De un modo muy característico en él (algunos dirían, en los ampurdaneses), Pla no quiso ni asumir su sanción y escarmentar, ni tampoco no hacerlo. Logró su ambición de ser el más emblemático autor de prosa en catalán del si­glo xx. Este triunfo fue, si ello es posible, su mayor ironía. 

01/04/2007

 
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