ARTÍCULO

Fuentes de la historia

Cat. de la Real Biblioteca, XIII, Editorial Patrimonio Nacional, Madrid.
Cat. de la Real Biblioteca, XIV (I), Editorial Patrimonio Nacional, Madrid
Editorial Patrimonio Nacional, Madrid
Cat. de la Real Biblioteca, XVI (II)
 

La relación entre reyes y filósofos, tándem que Leonard Krieger eligió como título de un libro de 1970, nunca ha dejado de producir resultados noticiables. Tomado el segundo tramo de la ecuación en sentido lato, cabría en él tanto Rubens como Voltaire, y, junto con ellos, los respectivos flujos de influencia sobre sus patronos, que mucho me temo fueron siempre bastante más permeables a las procedentes de tipos como el primero, pues hace tiempo que se sabe que los llamados Déspotas Ilustrados mezclaban en dosis muy desiguales despotismo e ilustración, «manchando» el magma despótico con minúsculas briznas de aroma ilustrado.

En cualquier caso, y casi siempre bajo su atenta mirada, los reyes tuvieron a bien coleccionar lo que Fernando Checa llamó «objetos heteróclitos», entre los cuales los libros constituían, como ya sucediera con Felipe II, parte sustancial de su proyecto cultural. Otros ejemplos infinitamente más recientes, casi de ayer mismo, en el ámbito librario, pueden sin duda aducirse y contemplarse en Londres y París. Lamento no poder decir lo mismo de Madrid.

En tales menesteres no fueron los de Borbón muy a la zaga de los Austrias. En cuanto a la perduración de sus fabricaciones desde luego les pasaron de largo. Nos toca, justamente, ocuparnos ahora de una de ellas, pues fue Felipe V –rey todavía «pendiente» e «invertido» creo que en Játiva, donde aún cuelga boca abajo un retrato suyo: en tan poco aprecio lo tienen en la ciudad–, sentó las bases de lo que son hoy tanto Biblioteca Nacional como Real Biblioteca, divorcio entre ambas sobrevenido en 1836. Esta última es vástago, pues, de una Biblioteca Real Particular o de Cámara cuya finalidad no precisa mayor aclaración. Carlos IV la enriqueció especialmente. En ella entraron libros, ciertamente, pero también colecciones de manuscritos, cuyo Catálogo de 1994 me atrevo a sugerir que inauguran un «después» en el trato de los estudiosos con la Real Biblioteca. Al poco, en 1999, algunos de los muchos manuscritos e impresos fueron individualmente catalogados en los cuatro volúmenes que figuran en cabeza, a saber, los del monasterio de las Descalzas Reales de Madrid, de las Huelgas Reales de Burgos, más los impresionantes dos gruesos tomos que recogen, papel a papel, los que pertenecieron a don Diego Sarmiento de Acuña, conde de Gondomar.

Las Descalzas constituyen uno de los monumentos más singulares de nuestro patrimonio, y no tanto desde el punto de vista arquitectónico, cuanto en su calidad de epítome, en el centro de Madrid, de lo que desde varios puntos de vista fue la monarquía de los Austrias. Las personas reales que lo ocuparon en él dejaron sus libros, unos 3.000. De toda clase hay, si bien en especial, habida cuenta de la específica naturaleza de sus inquilinas, sobrepujan los que pasados por las manos de Nicolás Antonio entrarían en el variado anaquel de la Theologica (Sacrae Scripturae, Catechistica, Ascetica, Spiritualia seu Mystica...). Índices varios (onomástico, títulos, materias, cronológico) permiten al estudioso la rapidísima identificación de cada uno de ellos. Es lo que se pide en otros depósitos y no siempre ni tan bien catalogado se encuentra.

De las Huelgas vino alguna cosa a la Real Biblioteca y ahora se da cumplida relación del envío (impresos y manuscritos). Éstos son 51, los primeros, 615. Valga para el contenido lo dicho arriba. Varía, por supuesto, la escala.

Las cosas de don Diego son otra cosa. No hay lugar aquí para hablar del personaje. Pero quien fue corregidor en Valladolid, embajador en Londres y fiel consejero de tres Felipes (15671626), tuvo que dejar, sin duda, copioso testimonio escrito de sus andanzas. Esto se sabía. Existe incluso bibliografía reciente sobre hombre y época, de la cual me atrevo a decir que no es ni mucho menos definitiva. Pues bien: aquí están papel a papel –repito– un par de volúmenes de los cuatro –«al menos»– que rinden cuenta de la actividad epistolar de don Diego, evaluada en unas 3.000 cartas. Pero como, además, el personaje era individuo atento a la vida cultural de su época, el alcance de su patrimonio va mucho más allá de cuanto pudiera interesar al historiador de los hechos políticos de la España o la Europa de ese tiempo, extendiéndose, sin ir más lejos, hacia la literatura, como sus escudriñadores de hoy en día saben. Un repaso al índice onomástico dará testimonio, por otra parte, de los corresponsales de don Diego y de su altura, convirtiendo de rebote a estos documentos en otros tantos asideros para el estudio de la vida y andanzas de gentes tales como Jacobo y Carlos Estuardo, nuestro duque de Lerma –por supuesto– o Luis XIII Borbón.

Catálogos de este género son los que los historiadores ansían y agradecen –me refiero, naturalmente, a aquellos que acuden a dichos depósitos documentales–. Entre ellos, entre estos historiadores, se pondera y comenta luego dónde vale la pena trabajar, hacer rendir las horas, contribuir, en suma, al avance del conocimiento de nuestro pasado. Por consiguiente, su deuda con profesionales como los que han sacado adelante estos catálogos resulta impagable. Lo que antecede quiere ser, por tanto, más que noticia, testimonio de esto último.

01/01/2002

 
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