ARTÍCULO

La construcción cultural de la identidad nacional española

 

El último libro del profesor norteamericano Inman Fox nos hace recordar que pronto se cumplirán cien años desde que la crítica regeneracionista sentó en el banquillo de los acusados a la historia de España, la juzgó, y la condenó a cerrar con doble llave el sepulcro del Cid y olvidar los nombres de Colón, Otumba o Pavía. Fue un período de fuego intelectual, de efervescentes actitudes éticas y grandilocuentes discursos, donde la tensión por el futuro del país comenzó a expresarse mediante una interrogación emotiva sobre el genio nacional y las esencias de la raza española. Sus miradas sobre el pasado abrieron el camino para el debate acerca del llamado «problema de España». Alrededor de esta cuestión y durante los cinco decenios siguientes se originó una especie de «patología nacional» en la que se vieron implicados los mejores eruditos, investigadores y ensayistas de la «generación de 1914».

En La invención de España, los diagnósticos de esta generación son utilizados, a modo de eslabón dorado en la cadena que forma la construcción cultural de la identidad nacional española. El libro constituye una exploración histórica cuyo origen sitúa el autor en la tercera década del siglo XIX, con la consolidación del Ateneo de Madrid como centro de sociabilidad cultural, y culmina en los años sesenta de nuestra centuria cuando aparecen los síntomas indiciarios de la «crisis de identidad nacional». Y así, el tema principal de la obra de Inman Fox –que cultura y nacionalidad pertenecen a un mismo orden en el plano de las ideas– se expone mejor a través de la narracción de los rasgos nacionalistas de aquel «grupo selecto de españoles» que, siendo hijos de los años más intensos de la historia de la cultura contemporánea, vivieron hasta el final de sus días con la angustia de cumplir su compromiso de preguntarse sobre el ser español. Después de todo, cuando leemos el capítulo séptimo comprendemos la lógica de un relato formalmente homogéneo y la concepción de la historia intelectual sobre la que se ha construido la obra. Dedicado a la comunidad imaginada, la literatura, el pensamiento y el arte, es el apartado más amplio en páginas y denso en imágenes. Se trata de autores conocidos (Unamuno, Ganivet, Azorín, Ortega, Machado o Maeztu), a quienes Inman Fox destinó importantes monografías desde que comenzó a darse a conocer en la España de los sesenta. Centrados en el estudio de los novelistas y pensadores de fin de siglo, sus libros y los de otros hispanistas anglosajones abrieron caminos para la rehabilitación y el redescubrimiento de una larga lista de autores que habían sido olvidados o utilizados durante los años más duros de la dictadura franquista.

Por todo ello, la primera impresión «historiográfica» que produce el libro es que ha sido escrito como fruto tardío de una gran tradición concluida. Un libro redivivo del género literario señalado arriba –el del «carácter nacional de los españoles»–, que parecía haber sido enterrado con los luminosos trabajos de Francisco Ayala, Jaume Vicens Vives, José Antonio Maravall o Julio Caro Baroja. Sin embargo, desde la cubierta el propósito del hispanista estadounidense está dirigido a que esta primera impresión no nos acompañe mucho tiempo. La invención de España intenta por caminos propios adecuarse a historiografía moderna sobre las identidades colectivas y responder así, tanto al subtítulo del libro –Nacionalismo liberal e identidad nacional– como a la intención confesada en la última página de la introducción de «explicar el proceso de la invención de una España liberal» Para conseguirlo, junto al título donde aparece el exitoso término «invención» de Hobsbawm, Inman Fox no duda en utilizar alguno de los más recientes trabajos sobre el nacionalismo, emplear la definición de «cultura» tomada del antropólogo Clifford Geertz o aplicar el concepto de «espacio público» de Jürgen Habermas.

En realidad, se trataría de un utillaje teórico interesante si no fuera porque al manejar los modelos de Geertz, su concepción de la cultura queda muy limitada a las producciones intelectuales o artísticas de una elite, olvidando sus aspectos sociales y quedando «lo cultural» –en palabras de Roger Chartier– reducido a un campo particular de prácticas o producciones. De igual modo, resulta difícil compaginar los conceptos de «espacio público» e «institucionalización» de la cultura nacional, sin distinguir claramente entre el plano del discurso científico –encargado de verificar y eventualmente de descalificar las tentativas más burdas de manipulación del pasado– y el plano ético-político, incluido en el régimen de la «esfera pública». De hecho, la confusión que aparece en el capítulo segundo de La invención de España no surge tanto de la adopción del término «espacio público» –realmente ni el propio Habermas llega a ofrecer un criterio para individualizar la relación entre los dos planos– como del escaso apoyo en los más novedosos estudios que han modificado las interpretaciones sobre el universo cultural de la España decimonónica. Y es aquí, a partir de la página veintisiete, cuando para el lector comienzan las interrogaciones sobre su aplicación, los desconciertos ante los vacíos y las discrepancias acerca de sus contenidos.

En este punto, si bien el profesor Inman Fox tiene razón cuando señala el Ateneo de Madrid como la institución cultural por excelencia del liberalismo, no tiene sentido teórico olvidar que el conjunto de procesos de legitimación que marcaron la institucionalización de la cultura liberal burguesa convirtieron a las cinco grandes Academias (la Española, la de la Historia, la de las Bellas Artes de San Fernando, la de Ciencias Físicas, Exactas y Naturales, y la de Ciencias Morales y Políticas) en los centros rectores encargados de diseñar el panorama científico español y construir el consenso en torno a algunos valores decisivos para la convivencia civil (uno de ellos el de patria o nación española). Un sistema oficial académico, consolidado durante la época de la Restauración, alrededor del cual se generó un espacio cultural que abarcaba desde el mundo de la edición hasta el mercado de la historia y donde la Universidad no pasaba de ser un mero centro subordinado. Desde luego, esta aplicación de conceptos o definiciones «de moda», unida a una concepción tradicional de la historia intelectual como historia de las ideas, de individuos o escuelas, hace que el libro de Inman Fox se resienta no sólo con sus planteamientos generales, sino también en sus detalles. Así, por ejemplo, en el segundo capítulo, vuelve a repetir la importancia de los krausistas en nuestra historia intelectual y en la «invención» de la conciencia nacional. En mi opinión, creo que ha llegado la hora de explicar que la capacidad de influencia y penetración del krausismo en la España decimonónica quedó muy limitada a determinadas áreas y períodos políticos muy concretos. Mucho más, si lo comparamos con la dimensión pública alcanzada por la cultura oficial que siempre mantuvo a los krausistas en los márgenes del sistema.

Otros espesores se añaden al libro, cuando el desconocimiento de estudios de historia intelectual e historia de la historiografía tan importantes como los de Esperanza Yllán, Juan María Sánchez Prieto, Josep M. Fradera, Manuel Jorba, Manuel Suárez Cortina, Rafael Asín, Gonzalo Pasamar o Enric Pujol Esperanza Yllán, Cánovas del Castillo, entre la historia y la política, Centro de Estudios Constitucionales, Madrid, 1985; Juan María Sánchez Prieto, El imaginario vasco. Representanciones de una conciencia histórica, nacional y política en el escenario europeo, 1833-1876, EIUNSA, Barcelona, 1993; Josep M. Fradera, Cultura nacional en una societat dividida. Patriotisme i cultura a Catalunya (1838-1868), Curial, Barcelona, 1992; Manuel Jorba, Manuel Milà i Fontanals en la seva época. Trajectòria ideològica i professional, Curial, Barcelona, 1984; Manuel Suárez Cortina, Casonas, hidalgos y linajes. La invención de la tradición cántabra, Universidad de Cantabria Editorial Límite, Santander, 1994; Rafael Asín, «Estudio Preliminar» a Rafael Altamira, Historia de la civilización española, Crítica, Barcelona, 1988, págs. 9-37, como ejemplo de los abundantes trabajos que ha dedicado a Altamira; Gonzalo Pasamar, Historiografía e ideología en la postguerra española: La ruptura de la tradición liberal, Prensas Universitarias de Zaragoza, Zaragoza, 1991; Enric Pujol, Ferran Soldevila. Els fonaments de la historiografia catalana contemporània, Editorial Afers, Catarroja-Barcelona, 1995., por citar unos pocos de los aparecidos en los últimos años, llevan a nuestro autor a realizar en el capítulo tercero una sintética exposición de lo que fue el primer período de la historiografía liberal española. Se trata de una descripción apresurada, basada en las clásicas obras de Modesto Lafuente, las ideas de Cánovas sobre la decadencia, el discurso de entrada de Fernando de Castro en la Real Academia de la Historia o la Historia de España y de la civilización española de Rafael Altamira. Autor este último a quien se continúa juzgando más por la merecida fama que alcanzará posteriormente que por la realidad de su presente. No en vano, cuando se señala que era «sin duda alguna el historiador español de más importancia alrededor del cambio de siglo» (pág. 49), podemos recordar que en aquella época sólo era un prometedor y joven catedrático de Historia del Derecho de Oviedo que luchaba por hacerse un hueco en el mundo académico. Un universo donde, asesinado Cánovas del Castillo, sobresalían y dominaban las figuras de Menéndez Pelayo, Eduardo de Hinojosa, Fidel Fita, Manuel Dánvila, los profesores de la Escuela Superior de Diplomática o los miembros más relevantes del Cuerpo Facultativo de Archivos, Bibliotecas y Museos. Al respecto, no se puede omitir aquí el papel fundamental desempeñado por los archiveros en el mencionado progreso. Convertidos en los historiadores característicos del período, fueron los responsables de la investigación científica en sentido estricto y de la divulgación de la forma oficial de entender la historia Ignacio Peiró y Gonzalo Pasamar, La Escuela Superior de Diplomática (los archiveros en la historiografía española contemporánea), Anabad, Madrid, 1996..

Lo mismo puede decirse de la exclusión en el libro de los aspectos sociales de la historiografía. Y es que, en el conjunto del contexto cultural decimonónico, el verdadero sentido de esta literatura se adquiere cuando comprendemos sus preocupaciones por representar históricamente su identidad social y política. Sobre esto, quizás sea conveniente aclarar que el autor de La invención de España no ha tenido en cuenta que la cuestión de la formación de la conciencia nacional de los españoles, como ha señalado recientemente el profesor José María Jover, conecta directamente con la historia social –con la construcción de la historia nacional pero también con el interés de difundir una imagen de España entre los ciudadanos de las clases medias y populares–. Desde esta perspectiva, parece inevitable el estudio de la función que va a cumplir en la representación y mitificación nacionalista la abundante literatura histórica escolar, desde los catecismos de la escuela primaria hasta los manuales consumidos por el público de estudiantes de los institutos y universidades José María Jover Zamora, «La huella del pensamiento canovista en la conciencia nacional de los españoles: los manuales escolares», Conferencia pronunciada en la Fundación Ramón Areces de Madrid, el 13 de marzo de 1997.. Por otra parte, resulta difícil pasar por alto el hecho de que siendo muy relevantes los valores patrióticos, nunca fueron los únicos componentes que caracterizaron las obras de la historiografía liberal. A su lado, tanto el interés por legitimar genealógicamente a la «burguesía» como las preocupaciones por el método para construir –no inventar– la historia de España o la relevancia otorgada a la historia local –considerada como un elemento fundamental para la construcción de la historia nacional–, son otros tantos elementos que nos deben ayudar a valorar globalmente la producción histórica del tramo de 1854 a 1902.

La visión tradicional de Inman Fox y la utilización de una bibliografía envejecida o incompleta –como pueden ser las desarticuladas y manipuladas Obras Completas de Joaquín Costa–, le llevarán en los tres siguientes capítulos, a repetir tópicos tan rebatidos como la búsqueda de la solución dictatorial por Costa o Altamira Entre otros, la revisión de estas opiniones la realizó Alfonso Ortí en artículos como «Regeneracionismo e historiografía: el mito del carácter nacional en la obra de Rafael Altamira», publicado originalmente en el libro colectivo editado por Armando Arberola, Estudios sobre Rafael Altamira, Instituto de Estudios Juan Gil Albert (Diputación de Alicante), Alicante, 1987, págs. 275-371, incluido en Alfonso Ortí, En torno a Costa (populismo agrario y regeneración democrática en la crisis del liberalismo español) Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación, Madrid, 1997, págs. 391-472., generalizar sobre el origen del catalanismo y el pensamiento nacionalista vasco e ignorar, casi por completo, la profunda transformación institucional experimentada por la cultura historiográfica. En el primer cuarto del siglo XX fue la Universidad y el Centro de Estudios Históricos, dirigido por los catedráticos madrileños –los catalanes lo hacían en el Institut d'Estudis Catalans–, desde donde se proyectó, hasta 1936, una imagen radicalmente nacionalista de la historia de España. Por lo demás, la descripción de la obra de Ramón Menéndez Pidal parece eximir al profesor Fox de cualquier referencia a Sánchez Albornoz, Luis García de Valdeavellano, Antonio Ballesteros o Eduardo Ibarra, por mencionar unos pocos de los historiadores más comprometidos con la revisión del pasado español. El libro termina con un peculiar y breve epílogo. En estas páginas, no deja de sorprender que una apuesta tan ambiciosa concluya pasando con rapidez y casi olvidando lo determinante que ha resultado para la «deconstrucción» de la identidad colectiva contemporánea la realidad de una guerra, el triunfo del franquismo y el dominio ejercido durante cuarenta año por la hegemónica cultura nacionalcatólica.

En la actualidad los historiadores españoles llevan ya una serie de años reflexionando sobre la formación del Estado nacional, y para la mayoría de ellos el estudio de las ideas de unos pocos sobre las esencias hispánicas apenas tiene sentido. Así las cosas, la llamada final que realiza nuestro autor a «reescribir la historia cultural del país», nos permite concluir con una reflexión y un reconocimiento. Una reflexión sobre las dificultades que, hoy, tienen algunos hispanistas para romper con sus viejas ideas y nutrirse de las más renovadoras interpretaciones que están surgiendo en el medio intelectual español. Y, sin dejar de valorar la importancia que han tenido sus obras y sus personas al posibilitar la creación de escuelas e investigaciones, el reconocimiento de cómo el hispanismo anglosajón sigue haciendo coincidir sus libros con un mercado donde consigue importantes éxitos de ventas.

01/12/1997

 
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