ARTÍCULO

Inmigraciones en Francia: una perspectiva histórica

 

La acogida de las numerosas y diversas oleadas de inmigración a lo largo de los siglos XIX y XX ha hecho de Francia un caso único en Europa. Francia es actualmente el país europeo que más se asemeja a lo que los estadounidenses llaman «una nación de inmigrantes». De hecho, durante la década de 1920 Francia superó a Estados Unidos como el país con el mayor número de inmigrantes en términos porcentuales: siete por ciento de la población o tres millones de personas. El modelo francés de asimilación (esto es, desaparición de diferencias culturales) sigue siendo inconfundible. Una República unitaria e indivisible se ha mostrado hostil a «comunidades» étnicas, religiosas o nacionales diferentes dentro de sus fronteras y hasta fechas recientes ha insistido con un grado considerable de éxito en que los inmigrantes y sus descendientes se asimilen a la cultura francesa. Esta demanda de conformidad se ve cuestionada actualmente tanto por los franceses como por los inmigrantes. De manera menos ambiciosa, el objetivo ha pasado a ser la integración (conservación de un cierto grado de autonomía cultural) más que la asimilación. Los recientes problemas de integración y asimilación de inmigrantes no europeos –que culminaron en los disturbios generalizados de noviembre de 2005 por toda Francia– han suscitado una copiosa literatura. Vincent Viet está convencido de que los modernos Estados-nación fabrican inevitablemente al «Otro». Su libro –rico y fascinante– recoge las transformaciones lingüísticas de la lengua francesa que reflejaron las relaciones sociales cambiantes entre los franceses y sus inmigrantes. Defiende que las «representaciones del Otro» determinan la identidad de los propios franceses.Viet comienza su estudio en la segunda mitad del siglo XIX. De 1850 a 1880, el «emigrante» del ancien régime fue sustituido por el «inmigrante». Esta época de muy intensa industrialización dio lugar a la construcción retórica «trabajador inmigrante». El período 1870-1914 favoreció una integración nacional sin precedentes entre los propios franceses, así como el reforzamiento de la distinción entre personas francesas y extranjeros. La construcción de las modernas infraestructuras físicas –ferrocarriles y carreteras– y el aparato cultural asociado –educación libre, laica y patriótica– resultaron esenciales a la hora de forjar la unidad económica y lingüística. Sin embargo, a finales del siglo XIX, el patriotismo –incluso con la liberal Tercera República– se mudó fácilmente en xenofobia hacia los inmigrantes, muchos de los cuales eran italianos que se veían envueltos periódicamente en peleas con trabajadores franceses. De esa xenofobia surgió el antisemitismo y puso en entredicho la naturaleza misma de la República, que había concedido la nacionalidad e iguales derechos a una minoría no cristiana cuya movilidad ascendente generó ressentiment entre diversos estratos sociales. La xenofobia popular no impidió que la República estableciera a partir de 1889 el ius soli, que garantizaba la nacionalidad a todos los nacidos en Francia.Además, a los extranjeros se les permitió ocupar puestos de funcionarios, afiliarse a los sindicatos y mandar a sus hijos al colegio.Viet realiza la muy interesante observación de que las teorías de la infección preconizadas inicialmente por Louis Pasteur alentaron la libertad de circulación para los trabajadores extranjeros. Las enfermedades dejaron de achacarse a contagios importados por foráneos, atribuyéndose en cambio a una bacteria ya presente en Francia. Carecía, por tanto, de sentido restringir los movimientos de los foráneos. Las crecientes demandas económicas, especialmente de obreros y soldados durante la Primera Guerra Mundial, provocaron que Francia acogiera a decenas de miles de extranjeros llegados de países europeos como España (167.000 inmigrantes), de sus posesiones africanas, y de Asia y sus colonias asiáticas (entre ellos se encontraban Ho Chi Minh y Chou en Lai). La reconstrucción de la posguerra requirió otra afluencia masiva de extranjeros que, al igual que en el período de la preguerra, volvió a desatar reacciones xenófobas. Los «expertos» –médicos, profesores de universidad, abogados, burócratas– afirmaron que había más probabilidades de asimilar a unos grupos de extranjeros que a otros. Concluyeron rápidamente que los africanos eran más propensos que los inmigrantes europeos a vivir con cargo a los fondos públicos y a acabar en la cárcel o en el hospital. Tanto los expertos como la opinión pública crearon estereotipos de grupos inmigrantes: los judíos eran trabajadores infatigables; los italianos, religiosos; los polacos, tanto religiosos como grandes bebedores. Por regla general, sin embargo, los franceses seguían rechazando cualquier tipo de reconocimiento oficial de comunidades nacionales o religiosas e insistían en que la asimilación se produjera individualmente. Como señala Viet astutamente, esta demanda persistente de asimilación total e inmediata desdeñaba toda consideración de la experiencia de los emigrantes franceses llegados desde las provincias. Se habían fundido con la cultura nacional después de formar sus propias comunidades en las grandes ciudades, especialmente París. Su vinculación con la gente, el idioma y la religión de su lugar de origen contribuía y no entorpecía el gradual proceso de integración. Las consecuencias políticas de la Gran Guerra generaron oleadas de nuevos inmigrantes a Francia: sesenta y seis mil rusos blancos, veinte mil antifascistas italianos, miles de armenios y minorías cristianas de países árabes. El control nazi de Alemania a partir de 1933 trajo decenas de miles de judíos, y el dominio nacionalista de España empujó hasta Francia a centenares de miles de españoles, aproximadamente seis veces más que durante la Primera Guerra Mundial. Dado el aluvión de extranjeros durante los años treinta –un período de estancamiento económico–, resulta notable que la tradición de asilo político y, en términos más generales, la necesidad de inmigración no se cuestionaran nunca seriamente en Francia, a pesar de un nuevo brote de xenofobia y antisemitismo.Tampoco se puso en entredicho la relativamente generosa concesión de la nacionalidad francesa, y entre 1919 y 1939 casi un millón de extranjeros pasaron a ser franceses. Lo cierto es que los preparativos y la movilización para la guerra inminente hicieron que los inmigrantes resultaran incluso más indispensables. Aproximadamente cien mil extranjeros, muchos de los cuales eran refugiados republicanos españoles, ayudaron a los militares franceses en el primer año de la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, por primera vez en la historia francesa, los extranjeros se convirtieron en los chivos expiatorios de la decadencia y la derrota francesas en 1940. El gobierno de Vichy rompió con todos los regímenes anteriores al excluir a los extranjeros de los puestos de trabajo oficiales, internándolos y privándoles de su recientemente adquirida nacionalidad francesa. Los judíos, especialmente los extranjeros, fueron el blanco ideal. Durante la guerra, setenta y seis mil judíos (dos tercios de los cuales eran extranjeros) fueron deportados, y sólo dos mil quinientos lograron sobrevivir. Vichy también animó a Alemania a que satisficiera sus necesidades de mano de obra reclutando inmigrantes de suelo francés. No constituye por ello ninguna sorpresa que los extranjeros, incluidos miles de españoles, se erigieran a menudo en la vanguardia de la resistencia francesa a la ocupación alemana, a pesar de que esta circunstancia fuera minimizada durante décadas tras la Segunda Guerra Mundial debido a la insistencia gaullista y comunista patriótica, si es que no nativista, en la naturaleza «francesa» de la Resistencia. El nuevo Estado republicano establecido tras la guerra asumió el control de todas las decisiones importantes relativas a la inmigración. En 1946, los tecnócratas dominantes –entre ellos el más prominente fue el demógrafo y economista Alfred Sauvy– demandaron inmigrantes sanos, jóvenes y assimilables. Este último criterio dejaba fuera a los norteafricanos, cuyas costumbres y civilización, se argumentaba, impedían su absorción en la cultura francesa. Se favorecía a los europeos, especialmente españoles y portugueses. Sin embargo, argelinos musulmanes –a menudo analfabetos– llegaron para ocupar puestos no cualificados en la Francia metropolitana. Viet subraya que el Estado francés tomó medidas que serían tildadas actualmente de discrimination positive con objeto de facilitar su integración. No obstante, durante la guerra de Argelia, de 1957 a 1962, diez mil personas que fueron consideradas sospechosas de guardar relación con actividades terroristas fueron internadas en campos en territorio francés. Este conflicto colonial reforzó la imagen de los argelinos musulmanes como inassimilables. En los años sesenta, Francia siguió prefiriendo a los inmigrantes europeos –de nuevo españoles y portugueses– que ascendían a casi setecientos mil en 1970. A pesar de la reticencia de las élites que estaban encargadas supuestamente de controlar la llegada de inmigrantes, la inmigración del norte de África y del África subsahariana no dejó de crecer. Viet achaca su fracaso a la hora de integrarlos al pesimismo de las élites en relación con la supuesta incapacidad de los africanos. La construcción social por parte de los franceses de un «Otro» extranjero es la responsable de la alienación de los inmigrantes respecto de la sociedad y la cultura francesas. Su argumento recuerda a las Réflexions sur la question juive de Sartre en que el «judío» es simplemente la creación de imágenes gentiles. Según Viet, 1968 fue el momento del «descubrimiento del Otro» (p. 226), especialmente inmigrantes de las antiguas colonias francesas, que constituían casi una cuarta parte de la población extranjera.Viet da por hecho que los estudiantes y trabajadores extranjeros se unieron a sus camaradas franceses durante las protestas. Sin embargo, la participación de extranjeros, especialmente de obreros norteafricanos, en las masivas huelgas de trabajadores de 1968 fue muy baja. El autor defiende de manera más convincente que la extrema izquierda asumió el papel de portavoz y abogado de los inmigrantes a pesar de que éstos mostraran poco interés en proyectos «revolucionarios». Durante los años setenta, sin embargo, los trabajadores extranjeros sí que se mostraron muy activos en las huelgas consistentes en negarse a pagar los alquileres por sus altos precios. Su militancia en este tema de la vida cotidiana tuvo el efecto de promover su acceso a mejores viviendas públicas a finales de los años setenta, a pesar de que se hallaran situadas en las banlieues y alejadas de los centros urbanos. En los años ochenta estos proyectos de viviendas subvencionadas (grands ensembles) se convirtieron en guetos extranjeros, y Viet condena al Estado francés por su fracaso a la hora de desarrollar e imponer una política de «integración social» que –piensa– podría haber impedido esta «guetización». Al culpar al Estado por su falta de previsión,Viet evita plantear la pregunta difícil y con una gran carga política de por qué determinadas comunidades de extranjeros –por ejemplo, asiáticos y judíos norteafricanos– que también se reunían en determinados barrios urbanos o suburbanos aceptaron los valores dominantes de la clase media de movilidad ascendente gracias a logros académicos con más facilidad que sus homólogos africanos islámicos. La conclusión a finales de los años setenta de lo que los franceses llaman «los gloriosos treinta años» (les trentes glorieuses) de prosperidad económica trajo consigo presiones xenófobas renovadas. En 1977, el gobierno ofreció aproximadamente diez mil francos a los extranjeros que quisieran regresar a sus países de origen. De 1977 a 1980, 57.900 inmigrantes aceptaron la oferta: el 40% eran portugueses, el 26% españoles y sólo el 3,7% (2.142) argelinos, a pesar de que este último grupo ascendía a más de ochocientas mil personas. Una vez más,Viet culpa al Estado francés de la falta de participación de trabajadores argelinos en este programa. Sostiene que el gobierno francés –en cooperación con el régimen argelino– debería haber construido viviendas en Argelia para fomentar su partida. Viet subraya que los años ochenta inauguraron una nueva situación que se caracterizó por altos niveles de desempleo que impidieron que nuevos inmigrantes quedaran asimilados en suelo francés por medio de sus actividades profesionales. Lo que sucedió, en cambio, es que muchos inmigrantes empezaron a reforzar su identidad religiosa diferente. El desarrollo de un communitarisme durante un período de crisis económica contrastaba fuertemente con la continua asimilación de grupos anteriores de inmigrantes incluso durante las depresiones económicas de las décadas de 1880 y 1930. Muchos franceses nativos reaccionaron ante la crisis económica y el fracaso del universalismo republicano votando a la extrema derecha, y en 1984 el racista Frente Nacional logró su gran irrupción en la política francesa. Las nuevas dificultades de absorción de extranjeros también provocaron el efecto de poner en tela de juicio el ius soli, que no se había cuestionado durante las anteriores crisis económicas de las décadas de 1880 y, como ya se ha señalado, de 1930. Ralph Schor piensa que la situación actual es en gran medida una repetición de la de los años treinta. Su análisis no aborda los cambios que se han producido en el terrorismo desde el período de entreguerras. No hay duda de que en los años treinta se producían actividades terroristas, pero se trataba por regla general de asesinatos de blancos políticos individuales. Por contraste, los terroristas contemporáneos, vinculados a menudo al islam radical, golpean a una masa anónima de ciudadanos. Schor declara que el tipo similar de crisis de «identidad nacional», que se correspondió con el aumento de la xenofobia y el antisemitismo durante el período de entreguerras, resurgió en los años ochenta por los mismos motivos: desempleo y demagogia de la derecha. Excepto por su intento de establecer un paralelismo entre el recelo francés del «catolicismo nacional» de españoles, polacos e italianos durante los años treinta y la desconfianza del islam entre los franceses, su argumento ignora el papel del islam. Cita encuestas realizadas en los años ochenta que mostraban que la mitad de los franceses temían al islam, y el 71% lo juzgaban «fanático». Durante esa década, el historiador Fernand Braudel ofreció un análisis que difería del de Schor. Braudel utilizó el controvertido concepto del «choque de civilizaciones». El analista, cuya revista se subtituló «Economies, Sociétés, Civilisations», pensaba que el modo de vida islámico y sus actitudes hacia el papel de las mujeres impedía la asimilación. Estas diferencias culturales explicaban por qué dos terceras partes de los veinte mil matrimonos mixtos fracasaron, ya que estos matrimonios exigían que uno o ambos cónyuges rompieran con su entorno. «El islam es más que una religión», concluía Braudel, «es toda una civilización llena de vigor, un completo modo de vida» Fernand Braudel, The Identity of France, trad. ing. de Sian Reynolds, Nueva York, 1988, 2 vols., vol. 2, p. 214. . La negativa por parte de Schor a afrontar temas delicados de cultura y religión provocan su incapacidad para explicar sus propios datos. Por ejemplo, una encuesta de 1985 que cita revelaba que el 45% de los franceses se negaría a aceptar a un yerno o una nuera árabe, pero el porcentaje descendía a sólo el 25% si fueran asiáticos. La explicación que da Schor del rechazo de extranjeros no europeos –«cuanto más cerca [de los franceses] se halla un inmigrante en idioma, costumbres, aspecto físico o jerarquía de presencia, más se le acepta» (p. 227)– no puede dar cuenta de estas diferencias sustanciales en la percepción de los inmigrantes árabes y asiáticos. Los franceses admiran a los asiáticos por su capacidad de adaptarse y los buenos resultados de sus hijos en el colegio. Aparentemente, los empresarios no los discriminan en la misma medida que a los norteafricanos. En otras palabras, quizá Schor y Viet no estén enteramente en lo cierto en su afirmación sartreana de que el «Nativo» crea al «Otro». La dialéctica entre los dos sigue siendo, de hecho, una compleja interacción que desafía fórmulas simplistas. El tratamiento que da Schor al antisemitismo contemporáneo tampoco resulta completamente satisfactorio. Muestra correctamente cómo el «antisionismo» es en ocasiones un odio levemente disfrazado de los judíos que niega el Holocausto y defiende que un lobby judío controla Estados Unidos y el mundo. Ignora, sin embargo, el antisemitismo desplegado por los hijos de inmigrantes recientes procedentes de África, algunos de los cuales han participado en violentos ataques contra barrios judíos y contra personas judías. Parte de esta agresión antisemita es una respuesta al conflicto israelo-palestino, en el que judíos franceses se han convertido en sustitutos accesibles de los armados y lejanos israelíes. Otros actos violentos expresan el ressentiment de los hijos (porque la violencia es casi siempre masculina) de recientes oleadas de inmigrantes islámicos contra una minoría religiosa más integrada y de mayor éxito. El antisemitismo populista de comienzos del siglo XIX, que se había asociado a una izquierda anticapitalista, ha sido heredado por la banlieue de desheredados. Al igual que Schor y Viet, a Patrick Weil le preocupa refutar «el prejuicio racista de la inasimilabilidad» en relación con la inmigración francesa, especialmente la islámica. Weil es consciente de que Francia –al igual que sus colegas europeos– necesita inmigración. Para mantener el nivel actual de su población activa hasta el año 2050, Francia necesitará 110.000 inmigrantes por año, Alemania 500.000 e Italia 400.000.Aunque no cita cifras para España, reconoce que su bajo índice de natalidad también exige una cifra igualmente alta.Weil es muy crítico con la política de cuotas anuales del gobierno español. Las tilda de no realistas e ineficaces porque se han traducido en legalizaciones no planificadas y periódicas de cientos de miles de trabajadores clandestinos. El autor cuenta lo que él ve como la historia de la victimización de inmigrantes recientes. «Mercaderes del sueño» que tenían hoteles viejos e insalubres en centros urbanos explotaban a los argelinos que llegaban a Francia a finales de los años cincuenta y en los años sesenta. A finales de los sesenta, muchos inmigrantes se habían desplazado a bidonvilles de los suburbios. En los años setenta y ochenta, los gobiernos intentaron alojarlos en edificios de apartamentos subvencionados (HLM, habitations à loyer modéré). Para favorecer su integración, el plan original había sido dispersar a los grupos de inmigrantes «culturalmente diferentes» entre una población francesa nativa, pero muchos residentes franceses abandonaron rápidamente estos proyectos de viviendas públicas. Durante los años ochenta y noventa gaullistas y giscardianos influyentes, incluido el antiguo presidente Valéry Giscard d'Estaing, reclamaron limitaciones del ius soli tradicional de modo que los hijos de los inmigrantes no pasaran a ser automáticamente franceses sino que tuvieran que realizar una petición formal para poseer esa nacionalidad. Estos intentos de limitar el ius soli fracasaron en buena medida, pero, según Weil, dejaron un amargo legado a los jóvenes de origen norteafricano que se sintieron rechazados y no queridos. Muchos de ellos llegaron a pensar que eran únicamente «franceses de papel» (Français de papier). El estudio que realiza el autor de la controversia del velo (voile o foulard en francés) constituye uno de los aspectos más interesantes de su libro. Weil fue uno de los diecinueve miembros de la comisión, nombrada por el presidente Jacques Chirac en 2003, para estudiar temas de secularización y religión en la República francesa.Weil cuenta que desde 1989, y especialmente de 2002 a 2004, en las escuelas en que las muchachas llevaban el velo, las estudiantes que no lo llevaban estaban sometidas a fuertes presiones –que iban de los insultos a la violencia física– para ponérselo. Los jóvenes llamaban a las chicas que no los llevaban «malas musulmanas» y «putas» (putains). La comisión recibió los testimonios de padres musulmanes que se sintieron obligados a sacar a sus hijas de colegios públicos y matricularlas en instituciones católicas para que no tuvieran que seguir enfrentándose a semejantes insultos y amenazas.Weil defiende convincentemente que la comisión tenía la obligación de proteger los derechos de las estudiantes que no deseaban vestir con el velo. Recomendó, por tanto, que todos los símbolos religiosos «ostensibles» –incluidos los grandes crucifijos y las kipás judías– fueran prohibidos en los colegios públicos. Realiza la importante observación de que la ley que prohibía los velos estaba limitada a las menores en colegios públicos y que las mujeres adultas en la universidad y en la sociedad en general eran, por supuesto, libres de vestir como quisieran. Weil explica que la situación de los inmigrantes africanos y asiáticos actuales difiere de la de anteriores grupos de inmigrantes, ya que los primeros han tenido que enfrentarse a un «desempleo persistente y estructural durante treinta años» (p. 49). Sin embargo, como ha mostrado Viet, los inmigrantes del pasado pudieron asimilarse a pesar de las depresiones de las décadas de 1880 y 1930. Aunque es cierto que el paro parece haber sido más persistente en la crisis francesa actual, las protecciones del Estado del bienestar compensan parcialmente la falta de empleo. Además, los asiáticos –budistas o no– parecen haber logrado una mayor integración en la sociedad francesa en los últimos años. Su adaptación arroja algunas dudas sobre la tesis de que el paro es el único motivo de lo que parece ser el relativo fracaso de la integración por parte de un gran número de inmigrantes musulmanes y de sus hijos. Al contrario que los otros autores,Weil ofrece remedios específicos para la discriminación que han sufrido indudablemente los inmigrantes de origen africano y, especialmente, norteafricano. Se muestra muy crítico con la acción afirmativa estadounidense (discrimination positive). Por regla general se halla bien informado sobre las prácticas estadounidenses, pero no siempre su información es correcta.Afirma que, en el sistema estadounidense, si un candidato blanco y uno negro compiten por un puesto, el candidato negro habría de obtener el trabajo a pesar de que sus cualificaciones sean inferiores a las de su contrincante blanco. Por el contrario, la acción afirmativa concede el puesto al candidato negro sólo si sus cualificaciones son iguales a las de su contrincante blanco.Tampoco resalta Weil suficientemente el papel importantísimo que las mujeres, que se han beneficiado también de la acción afirmativa, han desempeñado a la hora de preservarla frente a sus numerosos detractores. Sin embargo, Weil está en lo cierto al subrayar el efecto perverso que ha tenido la acción afirmativa en negros cualificados cuya reputación profesional se ha resentido porque muchas personas –blancas y negras por igual– sienten que deben su puesto a su raza, no a su competencia profesional. Weil sabe que las diferencias históricas y contextuales hacen que la acción afirmativa a la manera estadounidense resulte inaplicable en Francia.Al contrario que en Estados Unidos, Francia nunca tuvo un siglo de esclavitud seguido de casi otro siglo de discriminación oficial (segregación) en una gran parte de su territorio nacional.Además, el Estado francés proporciona más protección social y una educación más igualitaria a sus minorías pobres que Estados Unidos, que ha eviscerado su mínimo Estado del bienestar y financia su educación primaria y secundaria con impuestos locales, haciendo que los colegios en los barrios más ricos sean muy superiores a los de las zonas pobres.Weil sugiere, por tanto, que Francia adopte una política de acción afirmativa que no se base en la raza o en la etnicidad sino en la geografía. Recomienda que el mejor diez por ciento de estudiantes de cada lycée francés sea admitido a las grandes écoles y a otras instituciones muy selectivas. La admisión basada en el ránking individual en los lycées evitaría clasificar a los estudiantes por raza o religión; pero la cohorte de estudiantes que ingresan constituiría, sin embargo, una muestra muy representativa de las clases sociales y los grupos étnicos de la nación. Este método más sustentado en la geografía puede que sea superior a soluciones basadas en la raza, pero estimularía sin lugar a dudas el resentimiento de aquellos estudiantes de los mejores lycées que se encuentran entre el mejor quince o veinte por ciento pero que verían negada su admisión en instituciones de prestigio. Además, este método de selección no afronta el problema de la retención de los estudiantes de lycées inferiores, un problema que ha asolado la educación superior en Estados Unidos. Muchos de estos estudiantes –a menudo minorías– se sienten incómodos y alienados en su nuevo y muy blanco entorno académico y no prosiguen sus estudios hasta licenciarse. Los europeos son conscientes de que los problemas de los inmigrantes en Francia resuenan en sus propios países. Francia –que contiene las poblaciones musulmana, budista y judía más numerosas de Europa– podría ser, de hecho, el laboratorio del continente. A veces, sin embargo, los experimentos de este laboratorio explotan, como sucedió en octubre-noviembre de 2005, cuando varias semanas de disturbios en zonas pobladas principalmente por inmigrantes y sus familias provocaron daños por valor de doscientos millones de euros, diez mil coches incendiados y más de trescientos edificios afectados, muchos de los cuales eran colegios. Los libros aquí reseñados constituyen un útil punto de partida para situar estas revueltas dentro de su perspectiva histórica. Los historiadores y los científicos sociales necesitan, sin embargo, seguir explorando por qué determinados inmigrantes y grupos de inmigrantes están deseando aceptar los valores dominantes de la clase media y por qué otros necesitarán aparentemente mucho más tiempo y nuevas políticas para integrarse en Europa.

Traducción de Luis Gago

01/10/2006

 
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