ARTÍCULO

Los dilemas de un ecologista excesivo

 

Al inicio de su célebre ensayo sobre Tolstói, Isaiah Berlin propuso distinguir entre pensadores «zorros» y «erizos». Los primeros, siguiendo el verso de Arquíloco, saben muchas cosas; los segundos, una sola, pero muy importante. Los zorros, a diferencia de los erizos, persiguen muchos objetivos, con frecuencia no necesariamente vinculados entre sí, contradictorios incluso. Los zorros propagan ideas que son centrífugas más que centrípetas; su modo de pensar es difuso y discurre en muchos niveles, aprovechándose de la esencia de una vasta variedad de experiencias y objetos. Tengo para mí que, con estas pinceladas de una dicotomía que no deja de ser aproximativa, la zorrería de Jorge Riechmann está fuera de toda duda, lo cual no es un desdoro si tenemos en cuenta la nómina de autores con los que, de acuerdo con Berlin, compartiría condición: Aristóteles, Erasmo y Goethe, entre otros.
Fiel a su divisa de libros y escritos anteriores, en esta su última obra Riechmann ha husmeado en el amplísimo espectro de saberes humanos que van de la cibernética a la biología molecular, con paradas frecuentes en la psicología evolutiva, la antropología, la estética, la filosofía de la mente y la física de partículas. Y todo ello, además, con el aliño de la cita poética, el comentario de prensa y el recuerdo de alguna viñeta humorística. Tal arsenal de fuentes culturales y científicas se justifica –en la mente del autor– porque la misión es, sencillamente, descomunal: no ya entender bien el negrísimo futuro que hemos construido, sino movernos a la acción. O más bien, por razones que luego veremos, a la inacción.
Estamos ante un libro de «ética con causa», no ante una especulación escolástica sobre algún problema moral concreto, sino frente a un manifiesto a favor de la que, para el autor, es la única vía por la que nos es dado transitar a partir de ahora si es que queremos lograr la sostenibilidad ambiental: la autocontención. Y de ahí la recomendación pascaliana con la que se titula la obra: saber quedarse tranquilo en una habitación, es decir, estar «de otro modo en el mundo», ligero, lento, cercano, silencioso y solaz; saber aburrirse, frustrarse, aceptar la tragedia de la finitud y resignarse es el remedio frente a la desgracia humana, la receta para ser felices según Riechmann.
Pero la radiografía que hace el autor de la situación alcanzada en el planeta por no haber sido suficientemente pascalianos, así como el catálogo de temas, autores y especialidades científicas manejadas para apoyar tal diagnóstico y la terapia que se recomienda, no es, como ya he apuntado, en absoluto autocontenida. «Hecatombe», «desplome», «catástrofe», «descarrile definitivo» son los términos apocalípticos que acompañan al lector desde la primera página. El «tratado de paz» con la naturaleza no puede demorarse «ni un día más», aunque en algún momento se desliza incluso la idea de que ya es demasiado tarde; en otro fragmento, sin embargo, se insiste en que disponemos, tan solo, de un plazo de veinte años (pp. 181-182)Aun reconociendo que nunca antes en la historia el ser humano ha tenido la capacidad de afectar tanto y tan globalmente a la biosfera, alguien tan autorizado en el análisis interdisciplinar de los problemas medioambientales asociados al crecimiento económico como Vaclav Smil ha renegado de sumarse a la lista de los científicos que se aventuran a presentar posibilidades extremas sobre inevitables futuros debidos al calentamiento global: «No deseo engrosar este dudoso género –señala– y es por ello por lo que muestro sólo las mejores pruebas disponibles y apunto a incertidumbres importantes sobre los impactos más notables del calentamiento global futuro» (Global Catastrophes and Trends. The Next Fifty Years, The MIT Press, Cambridge/Londres, 2008, pp. 181 y 214). En otro momento, Smil sentencia: «Todas estas expectativas [se refiere a las optimistas o muy pesimistas] no son más que modos informales y cualitativos de predecir y, como he dicho, tengo una profunda renuencia personal a emprender tales esfuerzos, y existe una vasta evidencia histórica que demuestra su naturaleza efímera y fracasada a la hora de retratar la complejidad del futuro de los asuntos humanos y de los fenómenos naturales» (ibíd., p. 219)..
Por momentos, la denuncia trasciende lo puramente ecológico. No sólo estamos ante el desastre medioambiental producido por lo que Riechmann tilda de tecnociencia capitalista –el modelo de crecimiento económico cimentado sobre el combustible fósil–, sino que las promesas «transhumanistas» (de perfeccionamiento genético) que brinda el avance de la biomedicina también deben ser miradas con recelo absoluto. Y no digamos ya la posibilidad de que, agotados los recursos y los sumideros en este mundo, emigremos a otro. Todo eso es igualmente condenable, aunque los argumentos no acaban de ser del todo claros, más allá de la apelación pascaliana a «estar más tranquilos» ante esos «excesos nietzscheanos» del progreso tecnológico, es decir, a claudicar ante nuestra mortalidad e imperfección. A ojos de este lector, Riechmann es también poco autocontenido en este ámbito. A nadie se le escapa que, como en otros muchos dominios de la ciencia, el progreso de la biomedicina puede resultar más perjudicial que beneficioso pero, ¿es que acaso no resulta éticamente justificado hacer que nuestros hijos sufran menos padecimientos físicos mediante la mejora genética? ¿Por qué seríamos menos humanos pudiendo disponer, por ejemplo, de órganos bioartificiales o prótesis inteligentes, o yéndonos a vivir a la Luna? E, incluso admitiendo que fuéramos «menos humanos» o «inhumanos», ¿seríamos peores por ello? Estos interrogantes, y otros muchos, son en cualquier caso harina para el costal de otra ocasión.
También se pierde la autocontención al denunciar el sostén político de la tecnociencia capitalista, y señaladamente a Estados Unidos, epítome de todos nuestros horrores medioambientales, y que previamente a la llegada de Obama habría contado con «el grupo dirigente más peligroso que ha gobernado nunca una nación industrial desde los tiempos de Hitler, Goebbels y Himmler». «Parece una barbaridad cuando lo escribo –añade Riechmann– [...], pero vuelvo sobre ello, reflexiono y recapacito, y no puedo sino reafirmarlo» (p. 172). No resultará tal barbaridad si es que ni la Rusia estalinista, ni la China de la Revolución Cultural, ni la Argentina de la Junta Militar, ni el Chile de Pinochet, ni el régimen de Pol Pot, por poner sólo los ejemplos más significativos, cuentan como naciones industriales. También hay poca «autocontención» en la insinuación de que no puede ser democrático aquel país en el que se genere electricidad en reactores nucleares (p. 124).
Pero vayamos ya con el meollo del libro, con el diagnóstico y con el remedio. Para empezar con lo primero, este reseñante tiene que reconocer de antemano su incompetencia para enjuiciar hasta qué punto lo que Riechmann tiene que decir sobre cosas tan variadas y complejas como el cambio climático, la eficiencia energética, los riesgos de la transgénesis o, incluso, el potencial peligro de que el Gran Colisionador de Hadrones (LCH) de Ginebra genere un agujero negro que engulla el planeta (una inquietud que llegó en forma de demanda ante el Tribunal Europeo de Derechos Humanos, siendo finalmente desestimada), es riguroso y suficientemente contrastado con los datos y teorías disponibles. Este comentarista sí puede constatar que sobre todas esas cuestiones hay científicos de indudable prestigio que han sostenido posiciones antitéticas a las de Riechmann, aportaciones que, en la mayor parte de los casos, ocupan lugares muy marginales del libro, cuando no resultan sencillamente silenciadas. Es el caso, paradigmáticamente, de Francisco García Olmedo, uno de los adalides del empleo de la tecnología genética para la producción de alimentos y, a mi juicio, uno de los mejores divulgadores sobre la materia en lengua castellanaSus contribuciones han sido frecuentes en esta misma revista. Véanse «Todo lo que nunca de¬seó estudiar sobre biotecnología molecular y que tampoco quiso preguntar», Revista de Libros, núm. 43-44 (julio-agosto de 2000), pp. 28-31, y «Mito y realidad de la agricultura ecológica», Revista de Libros, núm. 143 (noviembre de 2008), pp. 27-32, así como su último libro sobre esta materia: El ingenio y el hambre. De la revolución agrícola a la transgénica (Crítica, Barcelona, 2009). Sobre las posiciones de Riechmann al respecto de los transgénicos, también en esta revista se han evaluado críticamente por parte de un especialista en la materia como José Pío Beltrán: «No exageremos», Revista de Libros, núm. 114 (junio de 2006), pp. 23-24..
No me voy a detener sobre esta cuestión por las razones que antes he señalado relativas a mis límites cognoscitivos. Concedamos que Riechmann tiene razón: asumamos que debemos detener el crecimiento económico y las soluciones tecnocientíficas, desconfiar de las huidas hacia delante para poder seguir consumiendo más y desalojar del puesto de mando a quien pretenda conciliar crecimiento económico con protección medioambiental. Me parece a mí que, más allá del puro debate científico sobre qué hechos y qué conjeturas o predicciones resultan plausibles frente a las que no serían más que cantos de agoreros, hay dos escollos conceptuales muy serios en la anamnesis de Riechmann y en las condiciones de posibilidad de su terapia de autocontención.
«¿Cuándo se jodió el planeta, Zavalita?», podríamos preguntarnos parafraseando al Vargas Llosa de Conversación en la catedral, es decir, ¿por qué nos ha pasado esto? ¿Cómo hemos llegado a este punto de agresión medioambiental? Aquí la respuesta de Riechmann consiste, a lo largo de muchas páginas, en llamar la atención sobre nuestra debilidad de la voluntad, cuando no engaño o autoengaño, al respecto de lo que constituye cabalmente nuestro bienestar y progreso. Una característica esta, la de nuestro flaquear, o ser víctimas del engaño o autoengaño, secular y, por lo que parece, cuasi universal. Y añádasele a eso que, según Riechmann, la historia de la humanidad muestra que no aprendemos de los errores del pasado, que cuando, por ejemplo, encontramos fuentes de energía abundante, nos sale el tiro por la culata al no saber gestionarlas. Esa profunda desconfianza en el ser humano, ese fatalismo antropológico de Riechmann (véanse las páginas 124, 155, 178-179), parece poner un palo enorme en las ruedas de su apuesta programática: nada más y nada menos que cambiar un modelo de producción y el modo de vida planetario; poner la sociabilidad que proporciona el mundo del trabajo por delante de los deseos de bienestar personal y de control fáustico sobre el mundo. Ese giro copernicano sobre nuestro modus vivendi implica un conjunto de mutaciones que, no nos engañemos, duelen, y duelen mucho, como Riechmann mismo se encarga de insistir. La pregunta parece obvia: ¿por qué razones albergaríamos la esperanza de una revolución semejante si resulta que somos como niños, fácilmente engañables y dominables –salvo Riechmann, claro–, consumistas compulsivos y caprichosos? Riechmann, consciente del lastre que supone este realismo que él mismo etiqueta como «pesado», echa mano de Samuel Beckett para señalar que mejor eso que la utopía, también infantil, preñada de ilusión.
Pero es que cabe hacerse una pregunta previa, conceptualmente más profunda e inquietante: ¿qué es lo que nos pasa en realidad? ¿Cuál es el problema? La perplejidad nos asalta cuando, muy al final del libro (p. 272), al hilo de la discusión sobre las razones para nuestra esperanza en un futuro sostenido y sostenible medioambientalmente, Riechmann recuerda que «siempre nos quedarán las bacterias», es decir, que «los niveles básicos de la vida en este planeta son punto menos que indestructibles: ni aun empleando toda la inimaginable potencia destructiva acumulada en forma de armas de destrucción masiva lograríamos perturbar significativamente la vida bacteriana de la Tierra» (p. 273). Y, por si no nos había quedado claro, en la página 307 se insiste en que «el planeta se las arregla solo», y que casi todo seguirá cuando nos hayamos idoEn ello coincide también Vaclav Smil; véase op. cit., p. 212..
Hasta ese momento uno pensaba que nuestra inquietud era la del deterioro de las condiciones que nos permiten vivir como especie, es decir, que la conciencia medioambiental o ecológica era, fundamental aunque no exclusivamente, una conciencia antropocéntrica, centrada en nuestro bienestar y, si acaso, en el bienestar de otros animales que también pueden penar o gozar. Pero resulta que no, que en el fondo da igual lo que hagamos porque la naturaleza siempre ganará la partida. O bien nos mantenemos junto a ella porque moderamos nuestro impacto, y entonces todos –incluido Riechmann– tan contentos, o bien nos obstinamos en caminar por la senda del crecimiento sin límites, pero sólo a costa de nuestra propia supervivencia, pero no la de otras formas de vida sobre el planeta. Es decir, bien a Riechmann le concierne la naturaleza en tanto que medio para nuestra vida decente, bien lo único que le importa es que perviva el planeta aunque sea sin la especie humana, es decir, la naturaleza per se. Si lo primero, no es ningún consuelo saber que la vida bacteriana está preparada para cualquier agresión medioambiental por nuestra parte; si lo segundo, deberíamos saber qué valor tiene un planeta como el nuestro en el que no viven seres sintientes de ninguna especie y, sobre todo, para qué preocuparse por lo que, en el fondo, es imposible (que destruyamos la biosfera).
Esta tensión dilemática que aqueja al planteamiento de Riechmann deriva, en el fondo, de la ambigüedad que sobre nociones tales como «medio ambiente», «Tierra», «naturaleza» y semejantes permea todo el texto. Así, cuando se proclama, citando a Frederic Vester, que la naturaleza es la única empresa que no ha quebrado nunca en cuatro mil millones de años, está hablándose, sencillamente, del conjunto de entes y fenómenos, de sus poderes y propiedades, de lo dado o posible en función de regularidades causales estudiadas por las ciencias naturalesEn este punto sigue siendo referencia obligada la del clásico Nature (1874) de John Stuart Mill. Cito por la traducción al español de Carlos Mellizo, La naturaleza, Madrid, Alianza, 1998 (pp. 24-27). En la misma línea, Fernando Savater, «Naturaleza», Diccionario filosófico, Barcelona, Planeta, 1995, p. 256.. Y la pregunta que se suscita inmediatamente es si somos o no parte de esa misma naturaleza, una pregunta relativa, en definitiva, a nuestra condición.
No existe una respuesta única a lo largo del texto de Riechmann. Uno tiene la sensación de que, cuando se está en el registro de la denuncia, no somos parte de la naturaleza, sino sus amos despiadados; aquélla sería algo así como el objeto o juguete de nuestra amenaza contumaz. Y en esa misma línea de concebirnos como algo más, o algo diferente, a lo natural se sitúa Riechmann, tanto al destacar que la naturaleza no es nuestra «maestra moral» cuanto al señalar que nos hemos desviado de ella en nuestro afán de desarrollo ilimitado, es decir, que resultamos ser un tanto especiales frente al resto de seres vivos. ¿Y no podríamos entonces decir con Bacon que obedecemos a la naturaleza dominándola en función de nuestros intereses? ¿No está en nuestra naturaleza, como en la del escorpión de la fábula, explotarla a gran escalaUna actividad como alimentarse, tan instintiva, natural y poco intervencionista para todas las especies animales, es, sin embargo, desde tiempos lejanísimos, una cuestión técnica, cultural y de radical impacto en el medio cuando hablamos de la especie humana. Véase Francisco García Olmedo, El ingenio y el hambre, pp. 29-31 y 44-47.?
Todo ello empaña la apelación a la biomímesis en la que tanto insiste Riechmann. A su juicio, si la actividad productiva de los seres humanos es parte del sistema terrestre de la biosfera, los principios rectores del subsistema no deberían contradecir al del sistema englobante. Si en la naturaleza no hay maximización de valores y eliminación de derroches, eso es lo que debemos imitar. Pero, aun presuponiendo esta «sabiduría» al sistema biosférico, la naturaleza es siempre ciega a nuestros intereses: «A la naturaleza –ha dicho gráficamente Fernando Savater– le da lo mismo un desierto radiactivo que una fértil pradera, pero a nosotros no»Op. cit., p. 268.. De nuevo aquí se impone el recordatorio de Mill: «Casi todas las cosas que un hombre hace contra otro y por las cuales es ahorcado o encarcelado, son acciones que la naturaleza realiza a diario»Op. cit., p. 50.. A ello añádasele que la biomímesis se postula sobre el trasfondo de la, también insistentemente recordada, enorme complejidad de la biosfera, una complejidad para la que nuestro conocimiento es limitadísimo, lo cual recomienda humildad por nuestra parte. Pero entonces, ¿de qué manera ser buenos «bioimitadores» si aquello que tenemos que emular resulta tan difícil de conocer«Hablar de “control sistemático de la biosfera” –esa ilusión tecnocrática que hoy parece bastante extendida– resulta irracional, y podría acabar teniendo bastante de broma macabra: la ilusión del aprendiz de brujo» (La habitación de Pascal, p. 56). Convengamos entonces que la ilusión ha de ser tanto el «control sistemático de la biosfera» cuanto «la imitación sistemática de la biosfera».?
Además de la biomímesis, ¿qué medidas concretas propone Riechmann como parte de la «ética de la autocontención»? Con algunas, sencillamente, no puede estarse en desacuerdo. Así, cuando se señala que hemos de «tener en cuenta al otro» o «elegir no dañar» (p. 180). Con otras, como la incorporación en nuestro acervo político y moral de algunas concepciones no occidentales de la buena vida como el «sumak kawsay» que «ha acabado desempeñando un papel clave en la arquitectura conceptual de la nueva Constitución de Ecuador» (p. 17); o la reciprocidad quechua que supone el «randi-randi», o modos de producción o intercambio de bienes como el «minga» (una forma comunal de trabajo) o el «cambia mano», uno pediría poder «leer la letra pequeña». Cuando se aporta, es decir, cuando las medidas se detallan, otro gallo canta: ¿cabe realmente abandonar la «gestión de riesgos» y abrazar en cambio el «no producir sustancias tóxicas»? ¿Es realista señalar que: «Ningún anciano impedido debería carecer de su silla de ruedas eléctrica, en ningún lugar del planeta; pero, a la inversa, ningún adulto capaz de caminar y pedalear debería conducir un automóvil privado» (p. 293, la cursiva es nuestra)?
Nadie puede dudar de que la sobreexplotación de la biosfera nos sitúa ante una encrucijada moral mayúscula. Si nos atenemos al tratamiento estadístico que ha divulgado Smil, la relación entre consumo energético –medido en gigajulios por año per cápita– e índice de desarrollo humano es asintótica, es decir, a partir de los 200 GJ no hay ganancias apreciablesPuede consultarse en su página web: http://home.cc.umanitoba.ca/~vsmil/graphics/energy/hdi.htm.. También Riechmann da cuenta de que la relación entre ingreso medio y nivel de felicidad subjetiva que proporciona la encuesta mundial de valores tiene como resultado la existencia de un umbral de trece mil dólares de ingresos anuales (valor adquisitivo de 1995), por encima del cual no hay ganancias de felicidad.
Estados Unidos ha superado ampliamente el umbral relativo al consumo energético, pero muchísimos seres humanos viven escasamente por encima del nivel que se alcanzaba en la Edad de Piedra. A juicio de Smil, cabe vivir dignamente con un consumo de entre 70 y 80 gigajulios por año (la mitad del consumo per cápita que se da actualmente en EspañaJuan José Gómez Cadenas, «El futuro de la energía», Revista de Libros, núm. 151-152 (julio-agosto de 2009), pp. 3-6, p. 5.). Hay razones, por tanto, para la autocontención –razones asociadas a los peligros del exceso de consumo energético–, pero la pregunta es si tal restricción es universalizable. Los números indican que no: si hay razones de justicia –innegables– para procurar que todos los seres humanos puedan vivir dignamente y ese nivel se cifra energéticamente en 80 gigajulios, una sencilla multiplicación muestra que también hay razones de justicia para seguir creciendo al menos en buena parte del mundoIbídem.. ¿Cómo ser, por tanto, un ecologista autocontenido en un mundo tan desigualmente desarrollado?
La pregunta resulta especialmente acuciante cuando se insiste en que el desarrollo sostenible es un oxímoron, un imposible (p. 287), aunque a la vez se desea el desarrollo humano. ¿En qué está pensando Riechmann? En el libro no nos da ninguna pista, más allá de la afirmación de que el Índice de Desarrollo Humano de Naciones Unidas constituye una aproximación insuficiente. ¿Qué índice sería a su juicio suficiente? Y, por último, a la vista del escenario de desigualdad innegable que puede dibujarse con los datos contrastados a los que me he referido antes, la receta moral no puede consistir meramente en frenar el crecimiento mediante la autocontención, si es que ello implica una suerte de congelación del statu quo. Si se descarta el crecimiento económico en los países más pobres, la única alternativa consiste en dar marcha atrás, esto es, repartir lo que hasta ahora hemos venido obteniendo en el llamado Primer Mundo mediante la explotación incontrolada de los recursos planetarios. Sobre el modo de abordar esta redistribución una vez que hemos declarado que la fiesta ha terminado, cuestión cuya complejidad extrema no se le escapa a nadie, tampoco encontrará el lector muchas pistas en el libro de Riechmann.
En uno de los muchos excursos que dedica a explorar nuestra condición como seres vivos, Riechmann recuerda cómo la evolución nos ha dotado para la carrera de fondo. Las mismas actitudes del fondista –su resistencia, paciencia, coraje, tolerancia a la frustración y ponderación equilibrada de las circunstancias– son las que cimentan la ética y la política de la autocontención que él defiende en el libro. En realidad, los buenos fondistas llegan a serlo por sus episodios de exceso, es decir, por sus entrenamientos de velocidad. Para correr cómodamente mucha distancia hay que haber agonizado antes un poco en intervalos de carreras más cortas. Pienso que algo semejante ocurre con el ecologismo excesivo al modo en el que lo practica Riechmann. Son llamadas de atención necesarias para que, al menos, la conciencia y la acción colectiva se muevan un poco. De otro modo, en ausencia de exageraciones, ni siquiera comenzaríamos una carrera que probablemente significa nuestro futuro de supervivencia como especie. El movimiento ecologista, en su dimensión política y académica, siempre ha gozado un poco de ese carácter «desproporcionado», y gracias a ello probablemente hemos avanzado en la protección medioambiental. Pero las exageraciones, siendo graduables como los entrenamientos fraccionados, también deben moderarse. En otro caso corremos el riesgo de no tomárnoslas en serio, es decir, que nos agoten a las primeras de cambio.

01/11/2009

 
ENVÍA UN COMENTARIO
Nombre *
Correo electrónico *
Su comentario *
 
 
 
 

Normas de uso
Los comentarios en esta página pueden estar moderados. En este caso no aparecerán inmediatamente en la página al ser enviados. Evita las descalificaciones personales, los insultos y los comentarios que no tengan que ver con el tema que se trata. Los comentarios que incumplan estas normas básicas serán eliminados.

 
Deseo mostrar mi email públicamente
 
He leído y acepto la cláusula de privacidad.
 
 
 
Por favor, para evitar el spam necesitamos que resuelvas la siguiente operación matemática:
2 + 2  =  
ENVIAR
 
 
OTROS ENSAYOS DE PABLO DE LORA
RESEÑAS

 

BÚSQUEDA AVANZADA

Te animamos a bucear en el archivo de Revista de Libros. Puedes realizar tus búsquedas utilizando los siguientes criterios.

Todas las palabras
Cualquiera
Coincidencia
ENVIAR


Apúntate al boletín de Revista de Libros
ENSAYOS ANTERIORES
RDL en papel 187
RESEÑAS
 
  Apúntate a RdL
BLOGS
 
  Archivo RdL
 
Patrocinadores RDL