ARTÍCULO

La guerra empezó en octubre

Encuentro, Madrid .
447 págs. 2.900 ptas
 

Pasados varios meses desde su publicación, Los orígenes de la Guerra Civil ha conseguido ser algo más que uno de tantos libros de historia española que se publican cada año en nuestro país; para empezar, cuenta ya con la característica singular de estar entre los más vendidos desde que apareció en el mercado (varias reimpresiones le convierten en un espécimen extraordinariamente singular de la historiografía española) y sin embargo ser uno de los más ignorados por un amplio sector de los especialistas. Merecerá, pues, la pena explicar quién es su autor, en qué consiste la historia objeto de estudio y cuál es la tesis que desafía el modelo de explicación clásica del transcurrir y la quiebra de la Segunda República española para entender, entre otras cosas, por qué este libro tan demandado por el gran público no ha sido recibido por parte de muchos historiadores más que con un «oscuro silencio» (en palabras de Pío Moa, ABC, 3-X-1931).

Ante todo es necesario señalar rasgos muy poco habituales del autor. Pío Moa no es un historiador de cátedra ni tiene tras de sí una evolución política que se ajuste a los cánones más normales seguidos por la izquierda española en estas dos últimas décadas. Comunista en el franquismo y antiguo miembro de los GRAPO, comete tres errores respecto de lo que es políticamente correcto: primero, pasar del marxismo a la crítica del papel de la izquierda revolucionaria en la historia contemporánea española, poniendo a su vez en tela de juicio la asociación de la tradición republicana con la defensa de las libertades y la democracia; segundo, asumir sin más las consecuencias intelectuales y políticas de un ejercicio de la historia que no tiene por límite el revisionismo políticamente aceptable para los afectados por la crítica; y tercero, cuestionar las interpretaciones al uso sobre la viabilidad y el desarrollo de la Segunda República, sin duda el antecedente más inmediato de la democracia en España para amplios sectores de la izquierda. La mezcla es a todas luces explosiva, suficiente para que muchos ni se molesten en leer el libro, a lo que cabe añadir además un estilo en el que abundan ese tipo de apreciaciones y consideraciones propias del lenguaje periodístico.

Una de las razones por la que seguramente este libro ha despertado tanto interés entre el gran público es su título ambicioso. No se trata, como pudiera pensarse en un principio, de un simple afán comercial, sino que responde en verdad a la hipótesis central del texto. Los orígenes... está dedicado básicamente a estudiar la revolución de octubre de 1934 protagonizada por los socialistas y la esquerra catalana, y en la que no fue baladí el apoyo material de los anarquistas asturianos y el sostén ideológico de la izquierda republicana. Sin embargo, el análisis de la revolución no se agota en ella misma y tiene un sentido último que es el que da título al libro: Pío Moa considera que la huelga revolucionaria de octubre es la principal causa del inicio de la inestabilidad y de la quiebra de la legitimidad del régimen republicano que finalmente condujeron a un enfrentamiento de suma cero entre la izquierda y la derecha en las elecciones de febrero de 1936, haciendo poco menos que imposible que la República pudiera convertirse en una democracia que asegurara la alternancia política pacífica y las libertades de todos los españoles con independencia de su adscripción ideológica; la izquierda revolucionaria, por tanto, y no sólo la derecha de la conspiración y el autoritarismo, sería la principal responsable de la destrucción de la República y del agotamiento del centro-derecha que había resultado vencedor en las elecciones de noviembre de 1933.

Aun siendo octubre el tema central, la estructura del libro responde ciertamente a ese propósito de más envergadura que es el análisis político del siempre olvidado segundo bienio. Una primera parte presenta un resumen detallado de los días que duró la insurrección, desde el 4 de octubre de 1934, momento en que la CEDA entró en el gobierno y el PSOE cumplió su amenaza de dirigir una revolución contra el orden constitucional establecido, hasta el día 14 de ese mismo mes, una vez detenido Largo Caballero y asegurada la victoria militar sobre los insurrectos en Asturias. Una segunda parte aborda los antecedentes de la revolución, es decir, ese período tan sumamente importante y tan poco conocido que va desde que la izquierda perdiera las elecciones en el otoño de 1933 hasta la entrada en el gobierno de la CEDA. Son páginas, sin duda, trascendentales para entender los sucesos revolucionarios y poner al descubierto la sinceridad del discurso de oposición desleal que utilizó el grueso de la izquierda para desacreditar a los gobiernos del centro-derecha. Un tipo de discurso que demuestra la voluntad de ruptura violenta con el orden republicano que caracterizó al PSOE a partir de enero de 1934 y que nada tenía que ver ni con la protección de las conquistas sociales del primer bienio ni con la defensa de una República democrática como siempre se ha dicho. Por el contrario, Pío Moa explica que la estrategia revolucionaria de la izquierda no fue defensiva y que los partidarios de la violencia dentro del PSOE estudiaron y desarrollaron cuidadosamente un plan revolucionario que incluyó la defenestración de los propios compañeros que como Besteiro no comulgaban con ellos. Paradójicamente ni los mismos líderes del PSOE creían que la CEDA fuera fascista. La izquierda republicana se negó a alinearse del lado de la legalidad y a desmarcarse de quienes respondieron a la derrota electoral con la violencia. Y la esquerra republicana de Cataluña, por su parte, demostró no tener ningún interés en alcanzar un acuerdo con el gobierno del radical Ricardo Samper que evitara los enfrentamientos políticos entre Barcelona y Madrid, y prefirió azuzar la polémica y construir un discurso de víctima que en su momento le sirviera para justificar un levantamiento militar contra Madrid. Por último, Los orígenes... tiene una tercera parte dedicada a los «preparativos revolucionarios», cuyo análisis confirma el deseo expreso que acompañó a la izquierda socialista y catalana de subvertir el orden y la legalidad republicana fuera como fuera y en la que se cuenta con todo detalle lo que resultaron verdaderos preparativos (frente a la pasividad absoluta del gobierno) para afrontar, caso de no triunfar de inmediato en el pronunciamiento revolucionario, una guerra civil.

El balance de aquel octubre que aposteriori se convirtió en un mito de la lucha por la libertad, es francamente desolador. Según la estadística oficial que sigue Pío Moa y que es una de las más optimistas, los muertos fueron unos 1.375 y más de 3.000 los heridos; los daños materiales alcanzaron la nada despreciable cifra de 935 edificios destruidos, entre éstos 58 iglesias, 26 fábricas y 63 edificios públicos; los detenidos fueron cerca de 15.000 (muchos más según otras fuentes, tal y como apunta el autor), al parecer la mayor parte liberados en pocos meses tras las celebraciones de los juicios; y aunque no pueda cuantificarse, tanto o más significativo que todos los datos anteriores y muy a tener en cuenta para comprender lo que pasó en 1936 es la repercusión negativa que debió tener la revolución en las filas del ejército, en la confianza de los empresarios, en el aumento del extremismo de las juventudes y de los sindicatos, y en la moral de la derecha católica que había optado por aceptar el régimen republicano y luchar por sus derechos dentro de la Constitución.

Como es sabido y recuerda Pío Moa, dentro del PSOE sólo el sector liderado por Besteiro se opuso a la revolución y criticó duramente a sus mentores –y bien cara le costó su osadía–; fuera de éstos, ni la izquierda obrera ni la republicana hicieron otra cosa que justificarla o disculparla, y no tuvieron inconveniente en aprovechar la herida social y política que aquélla había abierto para reorganizarse y definir el objetivo de su propaganda y movilización con vistas a las próximas elecciones. Aquellos mismos partidos y líderes de izquierda que dijeron defender la democracia republicana y las libertades constitucionales contra la acción de la derecha no dudaron un instante en respaldar moralmente y utilizar políticamente un levantamiento revolucionario cuyo único objetivo era derribar un gobierno legítimo, elegido por procedimientos constitucionales y respaldado por una mayoría electoral. Cabe preguntarse entonces ¿por qué estalló la revolución nada más entrar la CEDA en el gobierno y no esperaron siquiera a ver cómo gobernaba la derecha? ¿Y cómo es que siendo tan antirrepublicano ese centro-derecha ni siquiera los ministros de la CEDA aprovecharon el golpe de fuerza de la izquierda en 1934 para acabar con la República? Como ha señalado Stanley G. Payne, «el problema nacía, desde luego, de la insistencia de los republicanos de izquierda en identificar la república no con la democracia o con la ley constitucional, sino con un conjunto específico de ideas políticas y de políticos y en considerar como una traición cualquier cambio de unos y otros» (La primera democracia española. La Segunda República, 1931-1936, Madrid, 1995, pág. 246.)

Acierta Pío Moa al resaltar en su segunda parte el análisis político del segundo bienio, en especial del período que va desde diciembre de 1933 hasta octubre de 1934, porque con él se entiende mejor el trasfondo de manipulación ideológica que sirvió para justificar la revolución y se puede explicar detenidamente cómo la izquierda, socialista pero también republicana, se negó desde el mismo día en que perdió las elecciones a admitir el papel de oposición democrática que le tocaba ejercer. Cualquiera que repase la prensa de esos diez meses de 1934 comprenderá rápidamente por qué una parte importante de la historiografía de la República ha preferido olvidarse de su existencia y limitarse a dar por sentada la propia interpretación que la izquierda elaboró entonces, esto es: que el gobierno del Partido Radical, con el apoyo de la derecha gilroblista, estaba desmantelando las conquistas sociales y políticas del primer bienio, comportamiento que autorizaba a proceder, bien con un golpe de fuerza para derribar al gobierno –en opinión de los socialistas– o bien con un golpe de Estado dirigido por el presidente de la República –en opinión de la izquierda republicana.

Pese a todas la resistencias apriorísticas y pese a que la tesis central del trabajo resulte extraordinariamente polémica, lo cierto es que este libro no hace más que ahondar en un surco que otros muchos han ido abriendo tiempo atrás y que no ha tenido todas las consecuencias que cabría esperar. Pío Moa, a decir verdad, arriesga algo más en sus afirmaciones de lo que ha venido siendo habitual, en parte porque su objeto de estudio entraña más riesgo, al afectar al hecho y al momento mismo de la quiebra de la Segunda República. En todo caso, en el fondo de su análisis permanecen cuestiones que no son nuevas y que ya han apuntado otros historiadores como Richard Robinson, autor de un libro con un título muy similar al de Pío Moa: Los orígenes de la España de Franco... (Barcelona, 1973), en el que documentaba detalladamente el accidentalismo flagrante de que hicieron gala los socialistas desde el mismo año 1931. Los socialistas, según ponía de relieve Robinson, aseguraron siempre que sólo les interesaba la República si se gobernaba en clave de izquierdas; en noviembre de 1931, Largo Caballero declaró que pasarían a métodos revolucionarios si se les excluía del poder y en fecha tan temprana como febrero de 1932 las juventudes socialistas empezaron a pedir la toma revolucionaria del poder. Por otra parte, incluso Santos Juliá, aun cuando haya llegado a conclusiones opuestas absolutamente a las de Robinson o Pío Moa, ha explicado cómo los socialistas entendieron que la proclamación de la República en abril de 1931 había sido el resultado de una revolución y que el nuevo régimen no era sino una propiedad particular que se justificaba sólo al servicio de un programa de transformación social y política que creara las condiciones necesarias para hacer la revolución socialista definitiva («Los socialistas y el escenario de la futura revolución», en AA.VV., Octubre 1934, Madrid, 1985). Para los socialistas, la República burguesa estaba muerta, de ahí que el camino no fuera otro que la revolución e incluso si hacía falta la guerra civil. En ese sentido, Pío Moa no hace sino rescatar el análisis de Robinson, que fue tajante al concluir que «fueron los socialistas, no la CEDA, quienes se volvieron decididamente contra el sistema democrático» (pág. 167).

Además de Robinson, algunas de las tesis de Los orígenes... invitan a pensar en otros trabajos que de un modo indirecto están ahí presentes, como los de Manuel Ballbé sobre orden público y militarismo en la España contemporánea y la biografía de José María Marco sobre Azaña. En cualquier caso, la principal novedad de Los orígenes... es que el análisis del comportamiento de la izquierda antes, durante y después de la revolución hace inevitable la discusión sobre una cuestión decisiva: la responsabilidad de esta misma en el proceso por el cual la República, al degenerar en un sistema de inestabilidad permanente y al no poder o no querer asegurar las garantías para la libertad civil y política, quedó abocada a su propia destrucción a manos de las fuerzas desleales que con el paso del tiempo y el aumento del extremismo político se hicieron con el control de la opinión, bien de quienes la habían explotado para preparar la revolución, los socialistas, o bien de quienes nunca habían confiado en ella, los conservadores autoritarios y partidarios del golpe militar y la conspiración.

01/09/2000

 
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