ARTÍCULO

La geografía de un judío norteamericano del siglo XX

Seix Barral, Barcelona
Trad. de Ramón Buenaventura
368 pp. 18,61 euros
Seix Barral, Barcelona
Trad. de Ramón Buenaventura
312 pp. 18,75 euros
Mondadori, Barcelona
Trad. de Jordi Fibla
736 pp. 23,56 euros
Mondadori, Barcelona
Trad. de Ramón Buenaventura
256 pp. 18,17 euros
 

Tengo delante de mí un libro abierto, y en la página de la derecha contemplo una fotografía en blanco y negro del escritor Philip Roth, realizada en 1990 por Elliott Erwitt, y en la que el novelista posa para un retrato en el que debe entenderse que es su cuarto de trabajo.
Todo en la habitación transmite orden, concierto, pulcritud y austeridad. Roth es el centro de la composición. Está cómodamente sentado en un sillón giratorio hecho de cuero y metal, sin zapatos, con calcetines claros, y su cuerpo no sugiere ninguna tensión. Detrás de él, en el fondo de la imagen, favoreciendo la sensación de profundidad de campo en la perspectiva, se encuentra una cama muy sencilla completamente arreglada, con las sábanas limpias y estiradas y con una manta muy corriente ocupando con exactitud su lugar a los pies del mueble.
También puedo ver la mesa de trabajo del escritor. Sobre ella reposan una máquina de escribir eléctrica, un flexo poco destacable, tres gruesos volúmenes con aspecto de diccionarios apilados y, encima de ellos, un pequeño atril en el que reposan unos pocos folios. Debajo de la mesa hay un gran cesto de mimbre lleno de papeles con todo el aire de haber sido usados y desechados. El suelo y las paredes de la habitación están hechos con tablones de madera. Dos pequeños cuadros cuelgan, sin querer llamar la atención, en la pared contra la que se apoya la cama. A su lado se abre una ventana por la que entra mucha luz.
Philip Roth, el escritor, sentado en el funcional sillón con una pierna sobre la otra, apoyando un pie en una alfombra oscura y de pelo tupido, no mira a la cámara ni da muestras de ser consciente de su presencia. Roth está ensimismado, ausente, con la mirada perdida en un espacio indefinible, en un ser y en un estar que nada tienen que ver con la habitación en la que ocurre el fenómeno.
El aseado cuarto en que trabaja Roth no tiene aroma de hogar, no es un espacio acotado por la intimidad personal, no refleja de ninguna manera una puesta en escena cálida ni expresa una concreta individualidad. No, la habitación en la que Philip Roth trabaja y se muestra en la fotografía de Elliott Erwitt tiene todos los requisitos funcionales de un territorio de nadie, de un mundo que se ocupa temporalmente y de manera productiva y eficaz, pero que puede abandonarse en cualquier instante si las circunstancias lo exigieran, y hacerlo, además, sin ningún pegajoso sentimiento de melancolía. La habitación de Roth transmite encontrarse permanentemente preparada para su abandono inmediato, para ser el punto de partida de una diáspora siempre esperada. En definitiva, es la geografía de un judío nor­tea­me­ri­ca­no de las décadas finales del siglo XX.
Es esencial en la narrativa de Philip Roth su dualidad estadounidense y semítica. En literatura, como recuerda André Maurois refiriéndose al caso de Marcel Proust, los cruces son saludables y ayudan al espíritu a juzgar correctamente, ofreciéndole distintos puntos de comparación. Otro francés de nombre André, pero de apellido Gide, recuerda que los artistas se reclutan entre aquellos que son producto cultural de un cru­ce, entre aquellos en los que coexisten exigencias opuestas, entre quienes desde el nacimiento presentan en su interior un conflicto íntimo. Philip Roth cumple todas y cada una de las premisas anunciadas por Gide: sin ellas, su literatura no se entiende, sencillamente no se explica.
La condición de judío de clase media en la Norteamérica revelada como única y emergente superpotencia del mundo occidental tras la Segunda Guerra Mundial, vertebra y marca a fuego toda la obra narrativa de Philip Roth, la condiciona de principio a fin, es su íntima esencia.
Esta rotunda afirmación se comprueba una vez más acercándonos hasta los cuatro últimos libros publicados en España por el autor americano: tres de ellos traducidos por Ramón Buenaventura, y el original del año 1961 por Jordi Fibla.
En los cuatro libros, en las distintas historias que en ellos se plantean y de­sarrollan, aparece de un modo u otro la misma óptica que, como ya hemos dicho, viene a enfocar el tratamiento y exposición de los temas y asuntos presentes en toda la narrativa del autor nacido en Newark (Nueva Jersey) en 1933. Me refiero al hecho de ser judío en el seno de una sociedad en la que ha habido un antisemitismo poco disimulado durante el inmediato tiempo anterior a su nacimiento, y en la que paulatinamente serlo deja de considerarse un rasgo definitorio, deja de señalarte inequívocamente como minoría, aunque sí te marca de forma indeleble desde el punto de vista de la construcción personal y de la propia historia de los referentes sociales y culturales de los que, como judío, no puedes disociarte sin experimentar un cataclismo de proporciones insospechadas.
En este sentido, los protagonistas principales creados por Philip Roth (con frecuencia autorretratos con rasgos muy reconocibles en el autor) están inmersos en una cíclica diáspora espiritual en la que deben reinventar sin descanso su propia identidad, buscar en el horizonte destinos alternativos a los que les ofrece la mecánica lógica de su vida en una congregación o familia judía englobada en otra mucho más numerosa gentil, y a la vez revisitar de forma crítica el pasado personal, pero también el común de su comunidad. Así, los «héroes» de Roth están completamente desamparados, y lo están por partida doble dada su dualidad judía (metafísica) y estadounidense (física), lo que afila el desamparo llevándolo hasta la abierta desesperación.
Todos estos caracteres definitorios están ya ampliamente explicitados en el primer libro publicado por Roth, Goodbye, Columbus (1959), y más concretamente en la novela corta que da título a todo el trabajo, integrado por otros cinco relatos bastante más breves que enfocan el desarrollo general de su trama en torno a una situación única y concreta, y entre los que se encuentra alguna obra maestra incontestable de verdad (pienso, por ejemplo, en el titulado «Eli, el fantástico»).
La novela corta «Goodbye, Columbus» hay que entenderla como el auténtico estreno en el mundo literario del autor, y una propuesta de asuntos e intenciones a la que en términos globales le ha sido fiel durante el resto de sus libros. En esta historia Roth narra el amor de verano de dos jóvenes judíos de clases sociales distintas en la ciudad de Newark: Neil Klugman, procedente del barrio modesto de la ciudad, y la guapa Brenda Patimkin, quien vive en una lujosa área residencial. Este convencional planteamiento lo aprovecha Roth para construir un relato de amor imposible a ojos vista y trufarlo con delicadeza y atrevimiento de muchas de las que van a ser sus constantes obsesiones desplegadas en sus restantes trabajos: las represiones y transgresiones sexuales, la estratificación social, el erotismo, las relaciones familiares, el marco ético que impone la cultura y la religión, la presencia estatuaria de la muerte, el esfuerzo por liberarse de la memoria familiar y étnica, la necesidad de diluirse en el anonimato que proporciona la cotidianidad, o la dimensión cómica del trabajo por llegar a triunfar en unos Estados Unidos símbolo de la opulencia.
Deseo insistir en la cuestión de que, a lo largo de «Goodbye, Columbus» y de los cinco relatos que la acompañan desde 1959, Roth traza ya las líneas maestras temáticas y conceptuales que configuran, de un modo u otro, su larga trayectoria narrativa hasta la actualidad. Por esta misma razón no se me ocurre a bote pronto una manera mejor de iniciarse en la obra de Philip Roth que empezar por su principio, es decir, por Goodbye, Columbus, y así tomarle el pulso desde su latido inicial a una novelística que, transcurrido casi medio siglo desde su primera aparición, es hoy una de las más sólidas, coherentes y abrumadoramente sobresalientes de la literatura occidental contemporánea. 

 

01/05/2008

 
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